martes, 21 de agosto de 2018

Morenos


CAPÍTULO II


Cirilo se recuesta con el chala en los labios y entrecerrando los ojos recuerda las palabras de su hijo, y éstas lo llevan lejos en el tiempo. Hasta aquella tarde en el arroyo Sauce de Luna, en 1820, cuando combatiendo a las órdenes de López “Chico” resultó herido. Durante la huida la pérdida de sangre lo debilitó de tal manera que en un montecito cerca del Rincón del Yuquerí le pidió autorización al correntino que lo dejara quedarse a retrasar todo lo que pudiera a la partida que los perseguía.
-¡No puedo dejarte a morir, chamigo!- fueron sus palabras.
-Ya estoy juga’o.- le respondí.
Me tendió una bota con agua y su carabina.
-Solo me quedan dos tiros y vos los podés aprovechar. ¡Apuntá bién que ésta no yerra!
Me dio un fuerte apretón de manos  y se alejó a todo galope. Pero también recuerda con una sonrisa que no se quedó solo. Tres Charrúas se quedaron con él.  ¡Solidarios, los indios!, pensó.
Mientras escupe el pucho rememora que apuntó  y disparó. Vio caer al primer jinete antes de oír tronar la carabina. Disparó el segundo tiro y tumbó a otro.  Arrojó  la carabina y dando gritos  atropelló la partida, que sorprendida por el ataque sofrenó su carrera. Lo seguían a corta distancia los tres Charrúas dando alaridos y levantando polvareda con los manojos de ramas que llevaban atadas a las cinchas. Pasada la sorpresa los enemigos se dividieron y mientras unos les hacían frente los demás reemprendieron la persecución. Los indios se detuvieron y agotaron sus flechas con certeza bajando enemigos; él siguió adelante y el choque a pesar de ser desparejo, resultó ¡tremendo! Guiando el caballo sólo con las piernas, con la izquierda descargó el trabuco para luego utilizarlo a modo de maza mientras la diestra manejaba la tacuara a punta y tajo. El caballo pechaba y giraba, pechaba y giraba mientras  él descargaba golpes a diestra y siniestra. Sangrando por pecho y espalda no cejaba en aquella danza de muerte. Pero la diferencia era demasiada.  Lanzas y sables se empeñaban en destruir su carne. Hasta que una bola perdida puso fin a la masacre.

-¡Que mandinga te rejunte, negro’el demonio!
Fueron las últimas palabras que oyó antes que un disparo le clavara el hombro al suelo. Después silencio y sombras, las sombras envolviéndolo todo.

Cirilo sacude la cabeza como queriendo apartar los recuerdos, se lava la cara con agua fresquita y se dispone a comenzar una nueva jornada. Unce la mula a la bordalesa con ruedas en el Alto de las carretas y emprende la marcha. Casi dos leguas deben recorrer hasta llegar al punto del arroyo Maldonado donde carga el agua para vender en la ciudad. En un remanso junto al monte ribereño, cuelga la roldana de la rama de un sauce y balde a balde va llenando la barrica gigante entretanto la mula pasta tranquilamente.
Mientras descansa su mente divaga y se pone a pensar en la leyenda del Maldonado. ¿Sería en este lugar donde comenzó? Es un buen refugio para un fugado. Y según dicen había jaguaretés por estos lados. Este pensamiento lo hace ponerse tenso y prestar atención. Instintivamente manotea el facón mientras pasa la vista por el derredor. Al darse cuenta de su actitud, sonríe y retoma su labor. -¡Y dia’nde jaguaretés, si hemos corrido al bicherío lejos!- dice en voz alta

Previo a  emprender la vuelta pica naco, arma un chala y antes de devolver el facón a la cintura lo acuesta sobre las dos manos observándolo. El sol reverbera en el acero iluminando su rostro moreno. Detiene su vista en el mango, donde perduran las iniciales de su antiguo dueño. Sonríe y vuelve a recordar.
Las sombras lo envolvían, densas, aplastándolo. Y en medio de esas sombras surgieron unos ojos color amarillo que infundían terror; la penumbra se convirtió en unas fauces de largos colmillos. Ese animal, feroz habitante de la selva africana del que le hablaran sus padres, se agazapó y saltó sobre él con sus garras afiladas por delante. De su garganta brotó un grito.
Orunmilá! ¡Orunmilá!- invocando a los dioses de sus padres.
-Juá, juá, juá… No, Tizón, yo no soy ese que’stás llamando. Soy el Ciriaco de Monte. ¡Pucha que habías sido duro p’al epiche! Juá, juá, juá.
Ésa era la voz del Ciriaco. ¡Así era él, purita risa pero machazo por demás! Vuelve el facón a la cintura y emprende el regreso.
El bamboleo del carro lo vuelve a sumir en sus recuerdos, en aquel día cuando Ciriaco y el Mencho Silva lo llevaron hasta el rancho de Ña Minga, quien entre yuyos y venceduras lo ayudó a recuperar la vida. Y recuerda que oyó la voz de Ciriaco diciéndole:
-Tizón, cuando te recuperes y necesites conchabo buscame en la Estancia “Los Cerrillos”, en San Miguel del Monte. Y como un gaucho no puede andar desarmado te dejo mi facón, juá, juá, juá… Ché vieja, cuidámelo bien al Tizón, que machos como éste ha de haber pocos.
Y así sin darse cuenta, acompañado por los recuerdos, cruzó el puente de madera sobre el viejo Camino de Las Lomas rumbeando a la ciudad.

MORENOS                                           ISBN N°978-987-28908-9-6


domingo, 1 de julio de 2018

El niño y el Amauta

Homenaje al poeta Antonio Esteban Agüero.

Padre y Señor del bosque
¡Catedral de los pájaros!
Cantata del Abuelo Algarrobo

     El matrimonio en la cocina observan a través de la ventana a su hijo, quien camina parsimoniosa-mente costeando la huerta. Se dirige al algarrobo centenario que habita en un rincón del solar familiar, casi recostándose a la sierra. Como cada domingo, después de regar la pequeña parcela de hortalizas y desayunar en familia, se dirige a pasar el resto de la mañana con su amigo bajo el árbol.
     —Esteban, ¿hasta cuándo seguirá con esta historia del amigo? ¿No ves que habla solo, que no hay nadie con él?
    —¡Tranquilízate, mujer! Los niños en general tienen un amigo invisible. Es cuestión de la edad. Después se les pasa…
     —¡Si, pero ya es grande para tener un amigo invisible! ¿Y si consultamos con el pediatra?
     —¡Bueno, bueno! Si eso te tranquiliza, mañana lo vamos a ver y que él nos aconseje.
Bajo el algarrobo se desarrolla otro diálogo, entre el niño y un anciano, muy anciano, sentados en la tierra y recostados al árbol.
     —Abuelo Talcanco, ¡cuéntame otra vez la historia del algarrobo!
     —Si me llamas abuelo, entonces el algarrobo es mi tatarabuelo… Antes que un ave o el viento sembrara la semilla en éste lugar, el bosque se llamaba tasigasta, porque estaba poblado de la enredadera (tasi); de la sierra, por aquella cañada, ya bajaba cantarín el ismiango y a su voz se sumaba el canto de la calandria y el zorzal, llamando a Inti (el sol) y a la chirigua. Ni bien la luz bañaba las copas de los árboles, tras sonora carcajada el hornero se ponía a trabajar justo una luna antes de la nidada. La Pachamama se paseaba feliz por estos lugares, donde no había alambrados, donde hombres y animales convivían en armonía. Cuando la simiente germinó, comenzó una larga lucha por sobrevivir. Lucha contra los fríos vientos del sur y del norte, contra las nieves trashumantes de julio y la sequía de enero, contra el rayo traicionero y sus fuegos. Fue una larga lucha hundiendo sus raíces más profundamente cada día y estirando sus brazos al cielo con fervor.
     La pequeña mano acaricia las arrugas centenarias del árbol. El par de ojitos pardos se elevan hacia el ramaje que sostiene la luz y alberga un extraño coro de aves, que en su fronda hallan cobijo mientras el ojo avizor del halcón busca su presa. Semeja el ensayo de cada instrumento antes que la batuta del director llame a silencio. Cada uno lanza al aire su melodía: el Cardenal y el Reimoro, la eterna viajera y el Rundún, la Viudita y el Pecho colorado mientras el Cachilote busca nidos para robar y el Pájaro Carpintero marca el compás como queriendo encontrar el alma vegetal del árbol. Mientras loros y cotorras pretenden enseñar lenguas ya olvidadas, el anciano acariciando su Quipu de Amauta continúa su relato.
     —Francisco Antonio construyó su rancho cerca del algarrobo, que ya era centenario. Aprendió el arte del hornero y construyó su nido de madera, barro y paja. Así el árbol le significó cobijo al rancho, y la casa a los hijos que vendrían.
     —¿Quién era Francisco Antonio?
     —Fue el fundador de tu estirpe, un criollo que bajó desde La Rioja, descendiente de los invasores castellanos.
     —¡Pero mi casa no está cerca del árbol!
     —Todo fue cambiando; lentamente pero sin cesar. El castizo desplazó al Kakán de los Diaguitas. El monte se fue raleando hasta que solo el algarrobo quedó en pie. El ismiango, que aún sobrevive, perdió casi todo su caudal. Sin monte, se fueron los animales y los criollos nos desplazaron. Llegó el ganado y los alambrados; se abrieron caminos y el padre de tu padre construyó la casa en donde está ahora, en donde tu naciste. El rancho primero estaba allí a tu izquierda donde tasi sobrevive y florece cada primavera. Allí Francisco Antonio plantó el horcón y la cumbrera que el monte le prestó. El cañaveral y la tierra le prestaron cañas y barro para las paredes, y el techo se lo prestó el pajonal.
     El niño se pone de pie, se dirige al lugar y sus manitas acarician las flores, hasta que un picaflor aparece en escena buscando el dulce néctar. Entonces vuelve a la sombra protectora.
     —¡Qué lindo se está aquí! ¡Cuánta sombra!
     —Cuando el monte comenzó a morir, Pachamama le extendió los brazos al árbol tatarabuelo para ofrecer cobijo al pastor y su rebaño o a la tropa de carretas en un alto. Por las noches solitarias se reúnen a discutir presagios el Lechuzo y el Concón, el Alicuco y el Atajacamino, y a veces se suma al encuentro el invisible Piscu Yaco.
     —¡Abuelo, el árbol parece la catedral de los pájaros! A mí no me asusta el canto del Atajacamino, pero mi mamá cuando lo oye no respira y se persigna. ¿Por qué es invisible el Piscu Yaco?
     —Porque nadie lo vio jamás, solamente oyen su “piscuyaco…piscuyaco…” pero no lo ven.
     —Abuelo Talcanco, ¿el Algarrobo vivirá siempre?
     —No lo sé amiguito, no lo sé. Lo cierto es que hasta hoy, el Abuelo Árbol continúa bendiciendo a hombres y animales. Los bendice con la dicha de su sombra, brindándoles leña y abono, con su fruto, pan de la pobreza, Patay, Aloha y Añapa.
De la puerta de la cocina surge la madre secando sus manos en el delantal y llama al niño.
     —Toñito… Toñito… A comer…
Sin esperar respuesta, porque sabe que él vendrá corriendo, entra nuevamente a la casa. El niño se pone en pié y se despide de su amigo invisible.
     —Hasta luego Abuelo. Después de la siesta puedo volver.
     —Hasta cualquier momento, mi niño. Siempre me encontrarás junto al Padre y Señor del Bosque, a quien tú has llamado ¡Catedral de los pájaros! 

De "Ternas y Trilogías.             ISBN 978-987-28908-5-8

martes, 12 de junio de 2018

La última llamada

     Primer domingo de diciembre. Llamada de candombe; legado de quienes llegaron a estas tierras antes que nuestros antepasados europeos, encadenados, robados de su hogar, traficados como vulgar mercancía, ignominia de la civilización. La comparsa avanza por el empedrado de San Telmo. Alpargatas, cintas, bombachudos, dominós, tambores, percusión y danza.
La cuerda marcha con pasos cortos que marcan un ritmo muy vivo. Parece imposible que las caderas de las bailarinas no se desarmen en semejante frenesí ¡pero no aflojan! Hay manos que sangran, tiñendo los parches. Ya transitaron la mitad del recorrido y la exaltación no disminuye. La melodía que brota de los pianos, chicos y repiques, encajonada en la calle angosta, multiplica su volumen. La vibración de los cueros se transmite a los cuerpos a través de la madera; más adrenalina se vuelca al torrente sanguíneo manteniendo el delirio.
     Jorge ocupa su lugar justo en medio de la formación; pero su edad es más del doble que la del mayor de los jóvenes. Es para él un inmenso esfuerzo mantener la cadencia de los pibes. Pero respira hondo y se mantiene firme. Al llegar a la antigua Plaza de las Carretas, donde se concentra la mayor cantidad de público, detienen su caminar pero aumentan la métrica y el volumen. Allí la comparsa se exhibe en plenitud; ¡lo deja todo! Las manos castigan las lonjas; la vista no logra seguir el movimiento de los palos. Después de cambiar un par de veces de ritmo y de ejecutar algunos “cortes” de fantasía, hay que continuar. El candombe deja paso al milongón y llega el alivio. Sus manos hinchadas ya no golpean sino que acarician el parche. A Jorge, las piernas le pesan; en realidad lo que le pesa es la edad… Le viene bien aunque sea una cuadra “a media máquina”.
     Compartir con jóvenes hace que su reloj biológico funcione más lento; le hace bien. Pero los años son los años… y piensa mientras sigue con el toque: “¡No puedo más! ¡Me falta el aire! ¡El corazón me late en las sienes! ¡Ya está: ésta es mi última llamada! El año que viene vengo a sacarles fotos y a acompañarlos”
La comparsa llega al anfiteatro y ejecuta su despedida. Exhausto, se sienta en un murito del parque. Se desata las alpargatas para aliviar sus piernas cansadas. Deja el sombrero de paja a un costado y se recuesta en el pasto buscando descanso. El árbol -solidario- le obsequia una llovizna umbría y lo acuna con un concierto de hojitas al viento. Cierra los ojos, suspira muy hondo y acaricia la gramilla mullida y fresca. Se descalza. Su respiración se torna acompasada, pareja. Su pulso se sosiega. El sonido de las lonjas parece alejarse. Lo invade una sensación de paz inmensa.
“¡Qué bien se está aquí! Me cansé con la caminata al sol. Y… ya no tengo veinte años… Pero ¡qué buena estuvo! ¡La cuerda firme y pareja, sin decaer! Ale debe estar feliz; él parió esta comparsa ¡y la comparsa le responde!”
     El repique de los parches comienza a subir en volumen e intensidad. Piensa que otra comparsa está llegando al final del recorrido. También puede ser que estén homenajeando a un referente del candombe. Decide incorporarse y ver de quién se trata. Abre los ojos y ve a su sombrero y sus alpargatas alzando el vuelo. Sonríe… las cintas ofician de alas… se elevan cadenciosamente… Entonces, estira los brazos para recuperarlos; son suyos, son parte de su vestimenta. Sus pupilas le dicen que su piel blanca está cambiando de color, que se está tornando negra. Y sí, a simple vista observa cómo el color tiñe ahora sus brazos y manos, continuando su ascenso desde los dedos.
¡Pero qué le importa a él el color de la piel! Lo que quiere es recuperar sus prendas. Entonces se pone de pie y salta en pos de ellas, que se alejan buscando el azul del cielo. El aleteo acompasado de su dominó lo va acercando poco a poco a las alpargatas…
     La leyenda dice que los días de candombe en San Telmo, entre los últimos instantes de luz y las primeras sombras, de no se sabe qué árbol del Parque Lezama, alza el vuelo un ave de gran tamaño con el pecho y cabeza negro, vientre a rayas negras y blancas y grandes alas azules con ribetes verdes y blancos.
     Cuentan los que las han visto, que traza un gran círculo sobre el parque y que su canto parece decir algo así como: “kalakachí kalakachí kalakachí kalachán… kalakachí kalakachí kalakachí kalachán…” Gira un par de veces, como saludando a los tambores, y se pierde, luego, con su melodía en la inmensidad del cielo... 

Ternas y trilogías     ISBN 978-987-28908-5-8

martes, 8 de mayo de 2018

El explorador

     Cruzar un puente de Einstein-Rosen no resulta sencillo como muchos se imaginarán. A pesar del traje especial diseñado para absorber los efectos de la brusca aceleración en un instante, seguida casi inmediatamente por la no menos brusca des aceleración, el organismo se resiente. Se tiene la sensación de fragmentarse en mil pedazos y volver a armarse. El corazón y los pulmones tardan algunos minutos en recuperar su ritmo normal. La vista sufre, aunque esté debidamente protegida, ya que el comienzo del salto es como hundirse en una negrura infinita, y el final resulta en la invasión de una claridad cegadora. El cerebro demora unos cuantos segundos en recuperar sus funciones plenas, por lo que los reflejos son lentos. Esto supone un gran peligro, puesto que el punto de reinserción puede encontrarse ocupado por algún objeto, celeste o no, con el consiguiente peligro de colisión.
     La operación resultó exitosa y me encuentro cerca del planeta Marte del Sistema Solar. Establezco las coordenadas de aproximación para entrar en órbita y grabo las novedades, ya que al cruzar el puente se pierden las comunicaciones con la Base.
     Explorador a ExoTerraUno. Año 2974, Siglo XXX de la Era Terrestre. El salto se         realizó sin contratiempos. Ingresé al sistema conforme a lo esperado. Me repuse en pocos segundos. Estoy próximo a entrar en órbita marciana y sin novedades. Todos los instrumentos funcionan correctamente.

     Mientras me aproximo al planeta rojo, para terminar de relajar mis músculos repaso en la biblioteca holográfica de a bordo la historia de los terrícolas y su búsqueda de nuevos mundos. Selecciono un tomo y pienso: “¡Qué especie guerrera eran nuestros ancestros! ¡Tan diferentes a nosotros, los Exoterráneos y sin embargo de ellos descendemos! Siglo XX Terrestre, cuatro grandes guerras con noventa millones de muertos y a pesar de eso a fines del siglo continuaba la llamada ‘Explosión Demográfica’ ¡con una población mundial de más de seis mil millones de personas! En esa época descubrieron nuestro planeta al que llamaron por las siglas de ‘Objeto de Interés Kepler 268’”.
     Ya estoy en órbita marciana. Preparo los sensores de análisis y establezco coordenadas para iniciar aproximación. El objetivo es penetrar en la ionósfera de Marte e inspeccionar el hemisferio norte.
     Explorador a ExoTerraUno: Las bases terrícolas en Marte se mantienen en pie, semicubiertas por el polvo; en estos momentos se registra un viento de 120 km/h. El Monte Olimpo no muestra signos de actividad. 

     Dejo atrás el planeta Marte y me dirijo a la Tierra. Viajo a un treinta por ciento de la velocidad de la luz, algo imposible en el siglo XX, pero que nuestra tecnología hizo posible. ¡No comprendo por qué explorar el planeta de nuestros antepasados si ya estamos abocados a la colonización de otros mundos habitables más allá del Sistema Solar! Me asombra el azul profundo de la nueva atmósfera terrestre.
     Los terrícolas tuvieron que abandonar su hogar debido a su espíritu de autodestrucción, que terminó por hacer imposible la vida allí. Continúo leyendo la historia, y no logro asimilar sus contradicciones: en un lugar llamado Norteamérica había granjas de mil cuatrocientas hectáreas; mientras que en otro lugar, llamado África subsahariana, un granjero apenas subsistía con su parcela de menos de dos hectáreas; ¡superabundancia de alimento en un lugar y hambre en el otro! Como sostenía el pensador Veblen, a principios del siglo XX, nuestros ancestros no lograron superar la fase depredadora del desarrollo humano sino cuando tuvieron que abandonar su planeta y emigrar en busca de un nuevo hogar.
     Orbito ahora el satélite Luna. Informo que las plataformas de lanzamiento, después de casi trescientos años terrestres continúan en pie. ¡Pensar que desde aquí impulsaron los primeros cargueros a Marte de navegación a vela solar mediante rayos láser! No puedo comprender cómo se dedicaron a las guerras de conquista durante veinticinco siglos. A partir del siglo XX, los adelantos tecnológicos se desarrollaron en forma vertiginosa, pero sus bondades se distribuyeron en el mundo de forma muy despareja. A pesar de los argumentos de los científicos, las guerras y la explosión demográfica continuaron sin cesar, así como la contaminación del planeta y la sobreexplotación indiscriminada de los recursos naturales. Cuando los poderosos depusieron su actitud, ya era tarde; el planeta había iniciado un ciclo de depuración que apenas les dio tiempo para poner en marcha el éxodo hacia nuevos mundos.
     Explorador a ExoTerraUno: Navego por la atmósfera terrestre a velocidad subsónica circunvalando el planeta. El ochenta por ciento de la superficie está ocupada por agua; las tierras emergentes son cinco grandes islas con abundante vegetación, muy diferentes a los viejos registros.  Presenta  también dos inmensos casquetes polares. 

     Desciendo lo necesario para activar los sensores termo gráficos. Al sobrevolar la zona subtropical de una de las islas, la sorpresa: ¡detecto una gran actividad! Desciendo a diez mil metros de altura y las señales térmicas comienzan a moverse en sincronía formando círculos concéntricos. De pronto ¡desaparecen simultáneamente! ¡Sin dudas se trata de vida inteligente! La orden es no establecer contacto. Elevo la nave y me dirijo a explorar los otros continentes. En todos se aprecia lo mismo. ¡Los terrícolas sobrevivieron a la depuración de la naturaleza y parecen haberse adaptado! ¿Habrá evolucionado su mentalidad o continuarán siendo depredadores de su hábitat?
     Explorador a ExoTerraUno: Emprendo el regreso al puente de Einstein-Rosen. Hay evidencia de presencia de vida inteligente tecnológicamente evolucionada.

     El instrumental científico de ExoTerraUno detectó una gran explosión que tuvo lugar a diez mil metros de altura sobre el Trópico de Sagitario en el planeta Tierra a mediados del año terrestre 2974.

Encuentros de café  ISBN 978-987-28908-6-5

jueves, 26 de abril de 2018

¡QUÉIJO!

          Iba circulando a marcha regular por una calle del barrio, cuando el auto que me precedía pone el giro a la derecha y al llegar a la esquina dobla a la izquierda. ¡Menos mal que yo no doblaba y no intenté pasarlo! ¡Si no, se la ponía en una puerta! Lo primero que se me ocurrió fue largarle una puteada que intentó ser interminable pero que resultó muy breve. Es que en medio de la feroz alocución me acordé de mi tío Miguel y su palabra mágica: ¡QUÉIJO! La verdad es que pronuncié la palabreja y me reí con ganas recordando las muchas vivencias que compartí con él durante mi infancia.
          El tío Miguel era soltero a los cuarenta. La abuela decía que ya era un verdadero “solterón”. Vivía solo y era el único en la familia que tenía auto. No era un cero km pero andaba cerca. Dos o tres veces al mes venía a pasar el domingo con nosotros en casa. ¡Ese día no comíamos asado, comíamos vacío, bondiola y mollejas! Las compras las hacía el tío y nos llevaba en el auto a mis primos -que vivían a tres cuadras- a mi hermana Patricia y a mí. En el auto nos teníamos que portar requetebién; si teníamos las zapatillas embarradas debíamos subir descalzos. Siempre nos compraba golosinas que repartía recién al volver a casa, ¡no fuera a ser que le ensuciáramos el auto con papelitos!
          Nunca íbamos directo a la carnicería. Primero nos daba una vuelta por el barrio. Le gustaba mucho conversar con nosotros y enseñarnos los “secretos de la vida”. Era un tipo muy jovial, de risa fácil. Era muy prudente al manejar, pero a veces le pedía permiso a mi viejo y nos llevaba a dar una vuelta por la ruta. Ahí nos hacía cerrar las ventanillas y aceleraba hasta llegar a los cien Km/h, para que disfrutáramos de la velocidad; siempre nos decía: “a la velocidad hay que gozarla, pero respetándola y respetando a los demás”.
          Cuando otro conductor hacía una maniobra brusca o doblaba sin avisar con las luces, el tío Miguel tocaba el freno -suavemente, si podía- y exclamaba ¡QÉIJO! Después seguía hablando como si nosotros entendiéramos de lo que se trataba. ¡Pero se dieron cuenta lo que hizo ese papanata! ¡¿Dónde aprendió a manejar?! ¡A no… éste compró el registro! No… no… así no, amiguito; hay que poner el guiño antes de doblar. Por supuesto que nosotros no entendíamos nada de lo que hablaba, pero nos causaban gracia las palabras del tío.
     Cierta vez, mi prima Melisa le preguntó el significado de esa palabra. Él le contestó que era una palabra mágica que le había enseñado un viejo chamán y que servía para evitar accidentes y si el conductor al que iba dirigida tenía un corazón receptivo, podía educarlo en la técnica del manejo de automóviles. ¿Mágica, tío?, preguntó nuevamente mi prima. ¡Si, sí, mágica!, respondió él, ¿o acaso alguna vez que la pronuncié nos pasó algo? ¡Y… no!, pero, ¿mágica?, dijo mi hermana. ¡Qué!, ¿no le creen al tío Miguel? ¿Alguna vez les mentí? ¡A ver… a ver… hablen… digan si me equivoco! Los varones nos miramos y contestamos al unísono: ¡No, tío, no! Es que nosotros sí creíamos en las palabras mágicas; en tanto las nenas -Patricia y Melisa- se miraron con gesto de resignación, alzaron un poco los hombros y mi hermana le contestó: -Y… no, tío… Tenés razón.- Pero la verdad es que no le creían nada.
          ¡Pero qué gil que soy! ¿Cómo no me dí cuenta lo que quería decir? ¡Si está clarísimo! Quéijo era lo que nosotros oíamos, pero sin duda decía: ¡Qué hijo de pu..! Jajaja… ¡Mañana lo voy a visitar y a contarle que su palabra mágica aún funciona! Jajajaj! 

Del libro "Ternas y trilogías"   ISBN 978-987-28908-5-8

martes, 6 de marzo de 2018

Alianza

Para: S.M. (Su Majestad) la Reina del Asteroide Mágico.
De: Explorador Delta Eme.
Motivo: Informe primario.

      El asteroide sobre el cual Su Majestad reina, es absoluta y completamente diferente a los anteriormente por mí explorados.
De la exploración preliminar efectuada el Mes I del Año I de la Era de la Conjunción Neptuno-Júpiter/Luna, surge el siguiente informe:

      • El asteroide presenta en ambas caras solares extensos territorios de blancas praderas.
      • Posee volcanes vírgenes, debajo de los cuales, según los sensores de mi nave, se halla una mina de piedras preciosas. Mi opinión es que se trata de diamantes dada el color de la savia de la jungla que corona el casquete superior.
   • Los asteroides son en general yermos así como sus grutas y cavernas. En cambio las dos exploradas, para gran asombro mío y felicidad vuestra, son -ambas- depositarias de sendos manantiales. Los sensores determinaron que son surgentes naturales y abundantes. Yo personalmente bebí de ellas y creo que son dignas de paladares exigentes.
   • No tengo dudas que en eras pasadas el asteroide objeto de exploración fue habitado por El Principito, héroe de los navegantes intergalácticos, y que en la pequeña oquedad existente en el ecuador asteroidal, fue el lugar donde él cultivara su famosa rosa, rosa que emite la luz cósmica que nos sirve de guía en la oscuridad del híper espacio. Aun restan zonas por explorar, pero en virtud de las impresiones recibidas, me atrevo a proponerle a S.M. la Reina una alianza solidaria de protección y ayuda mutua. Mi nave queda a su disposición tanto para simples viajes de placer como para conocer nuevos mundos.

Tenga S.M. la certeza de mi más fiel dedicación.
                                                                                   Delta Eme
                                                                        Explorador Galáctico 

      TERNAS Y TRILOGÍAS-ISBN 978-987-28908-5-8

miércoles, 31 de mayo de 2017

DIAGUITAS

Una leyenda posible.
     Los guerreros preparan sus armas en silencio escondidos en medio del monte. Hay también mujeres, niños y ancianos. Hace cien años que resisten al invasor, pero esta vez los han rodeado. El enemigo es numeroso y bien armado. Ya no están para guiarlos Calchaquí, Quipildor, Viltipoco, Chalamín ni el Inca Hualpa.
     Los más viejos han decidido luchar hasta morir. Las madres con niños de pecho prefieren despeñarse con sus hijos antes de caer prisioneras. Pilpintu, recientemente viuda, lleva a su hijo adolescente fuera del campamento.
    —Sapaki, hijo mío: Ninguno de nosotros sobrevivirá al próximo combate, pero tú debes salvarte. Tu padre Utuya fue un valiente y siempre estuvo orgulloso de ti. ¡Vete!
     —¡Madre, yo quiero pelear! Se manejar la honda muy bien.
     —Mejor sabes bailar. ¡Nadie baila como tú, ningún otro posee la energía que tú tienes! Debes correr sin mirar atrás hasta el Sinchi Caña. Trepa hasta la cima y allí ponte a bailar. Pacha Mama ama la danza. Debes danzar para ella sin descansar apenas la alborada bañe tu rostro. Cuando ella se haga ver, entonces puedes detenerte y ofrecerle las palabras que anidan en tu corazón.
    —¡Pero madre!
     —¡Nada de peros! ¡Pídele que te proteja! Cuéntale lo que has visto. Llévale esta mazorca y estas vainas de algarroba, que es todo lo que nos queda, y dile que le ofrecimos nuestra sangre.
     —¡Madre!
     —¡Vete ya, Sapaki! Danza para la Pacha Mama como nunca y… ¡recuérdanos!
     El joven se da media vuelta y corre como un ñandú lo haría. Las ramas lo azotan pero sus pies parecen volar. Trepa el cerro casi sin detener la marcha. Inti (el sol) lo saluda antes que a nadie. Sin reparar en su cansancio, Sapaki comienza a danzar. Pronto parece olvidarse de todo lo que lo rodea, de sus miedos, de su angustia… Y danza con los brazos extendidos. Danza inclinándose casi hasta tocar el suelo e irguiéndose hasta mirar el cielo. Danza con giros y contra giros. Danza con un ritmo cada vez mayor, vertiginosamente…
     Se detiene al percibir una presencia sobrenatural. Gira lentamente. Allí, frente a él, la mismísima Pacha Mama lo observa sonriente. Postrándose ante tal presencia, su voz se niega a dejarse oír. Un sonido que le resulta indescriptible penetra todo su ser. La voz de la divinidad lo serena, sosiega su corazón, le brinda paz… De bruces y sin levantar el rostro, Sapaki comienza a hablar.
     —¡Madre! Desde el día en que el padre de mi padre enfrentó a los usurpadores que llegaron para expulsarnos del solar que nosotros te cuidábamos, no han hecho otra cosa que destruir tus criaturas. Primero destruyeron los collcas, tambos y pucarás (almacenes, refugios y fortalezas) que habíamos construido. Después quemaron los bosques que nos brindaban refugio, ¡tus bosques! Y escasearon entonces el algarrobo, el chañar, el guayacán, el mistol y el quebracho. También se perdieron el guanaco, la taruca (ciervo) y el uthurunku (Ocelote). Ya no quedan Amaichas, Calchaquíes, Quilmes ni Yacampis…
     —¿Imata munanqui? (¿Qué quieres?)
     —¡Justicia, Pacha Mama, justicia! ¡Castiga a quienes nos destruyeron!
     —Lo haré si tú sigues bailando para mí. ¿Munanquichu? (¿Quieres?)
     —¡Ari munani! (¡Si, quiero!)
     —Los poetas recuperarán un día la memoria Diaguita. ¡Pero tú, baila, baila, baila!
     Mientras Sapaki comienza nuevamente su danza. La divinidad alzando los brazos declara:
     —¡Ya no bendecirán Inti y Huasi (el sol y la luna) las cosechas del awka (enemigo)! ¡Phuyú (nube), aléjate de este lugar! ¡Wayra (viento), ven y baila (muyuy) con Sapaki! ¡Muyuy, muyuy! ¡Wayra: muyuy!
     El viento y el joven se fusionan entonces en una sola esencia entre giros y contra giros. La Madre Tierra ordena a continuación:
     —Cada nuevo amanecer, cuando Huasi (la luna) deposite sus lágrimas sobre qhura (la hierba), tú recorrerás la comarca y te las llevarás todas contigo, dejando en su lugar solamente remolinos de arena… ¡Wayra muyuy!

       De "Ternas y trilogías" ISBN 978-987-28908-5-8