jueves, 20 de abril de 2017

RESTOS DE UN DIARIO DE VIAJE

Martes 17 de marzo de 2010
Desde que salimos de la aldea, al noroeste de La Yunga boliviana, no hicimos más que subir y subir. Estas montañas parecen no tener fin. La última quebrada que cruzamos fue hace una semana, apenas habíamos dejado atrás los límites del poblado. Mi saywa  (guía) habla poco y solamente si le pregunto algo. Me enseñó a mascar hojas de coca contra el apunamiento. Sus ojos están siempre pendientes de lo que nos rodea. Parece comunicarse en silencio con la naturaleza. ¡Qué diferencia con la cordillera propiamente dicha! Allá todo es piedra y nieve; en cambio, acá la vegetación es abundante, tupida; es un verdadero pulmón planetario. La noche es fría. Después de calentar y comer el alimento enlatado correspondiente, me acurruco dentro de la bolsa de dormir, muy cerca del fuego. Pillqu, mi guía, no come enlatados; hierve raíces, que él mismo busca, y maíz que lleva en su morral, lo acompaña con bayas silvestres.

Miércoles 18 de marzo de 2010
Otro día de caminata ascendente en pos de la Ciudad del Silencio. Me ayudo con una rama a manera de cayado. A partir del mediodía, avanzamos zigzagueando; la pendiente es muy pronunciada. Noté al guía algo nervioso. Muchas veces se detuvo a escuchar quién sabe qué, con los ojos entrecerrados. Por mucho que me esfuerce, no consigo oír más que el denso silencio de las montañas. Al mediodía, atravesamos una zona de mucha humedad. Fueron varios kilómetros en los que la vegetación era verdaderamente exuberante. La noche, aun sin luna, es clara, muy clara. El cielo semeja un negro manto adornado con miles —millones— de coyuyos titilando continuamente. Pillqu no duerme. De a ratos parece rezar; se comunica sin duda con la Pachamama o con el Ajayu Qullu (Espíritu de la Montaña, en lengua Aymara). A mí también me cuesta dormir. El silencio es cada vez más denso; solo oigo el ruido de mi respiración y el latir de mi corazón.

Jueves 19 de marzo de 2010
Esta mañana muy temprano, Pillqu me informó que él no podía seguir conmigo. Ningún argumento logró disuadirlo. Ofrecí pagarle un premio al volver, pero me respondió que hasta allí llegaba la protección del Ajayu, y que si seguía adelante, Él se podría enojar y eso sería una muerte segura. Mi empeño fue inútil; le pagué lo acordado más una propina que aceptó a cambio de su macuto con hojas de coca. Y nos despedimos. El guía emprendió el regreso cuesta abajo sin volver el rostro atrás ni una sola vez. Cuando lo perdí de vista, levanté campamento y continué con la ascensión. Al mediodía, comí carne enlatada sin calentar, dormí una hora de siesta y continué el viaje. La vegetación era tupida, pero de menor altura. Volví a acampar al anochecer. Estaba tan cansado que no calenté la cena. Aprovechando el clima seco y muy agradable, dormí sin encender fuego. Además, estando solo, no había quien lo cuidara.

Viernes 20 de marzo de 2010
Es extraño el amanecer en estos parajes. A la increíble luminosidad de la noche saturada de estrellas, la sucede la del sol en todo su esplendor. Sin darme cuenta, anoche acampé en una meseta. ¡Llegué finalmente a la cima! Paso a paso me abrí camino buscando el final de la meseta y, de pronto, ¡me encontré con la visión más asombrosa que mis ojos jamás contemplaron! ¡En un cañón entre dos montañas y colgando de gruesas cuerdas de cáñamo, cual gigantesca telaraña, una ciudad! ¡Una ciudad detenida en el tiempo y suspendida sobre un abismo que parece no tener fin! ¡No podía creer lo que estaba viendo! La ciudad se extiende en círculos concéntricos con callecitas de puentes colgantes. Las construcciones son todas de caña y hojas de palma. Al medio, la más grande, debe ser el lugar de culto. Los pobladores, hombres, mujeres y niños son todos de tez cobriza, usan el cabello cortado a la taza y se visten con un pequeño urkkhu (taparrabo) de fibra vegetal. No llevan pintura en el rostro. Hay solo dos vías de comunicación con el mundo exterior: una al Sur, bastante a la izquierda de donde yo estoy, y la otra al Norte, en diagonal con la primera. ¡En el límite Oeste de la telaraña hay plantaciones de maíz, y en el Este, de lo que parece ser papa! ¡Plantaciones colgantes en gigantescos canastos! Dos grupos de hombres y mujeres se dirigen hacia ambas salidas escoltados por cinco o seis robustos varones muñidos de macanas de gruesa madera. Supongo que salen a recolectar bayas, raíces y agua. La ciudad y su entorno están sumidos en un profundo silencio. Estamos a más de dos mil metros sobre el nivel del mar. No hay aves ni grandes animales en derredor; por lo menos yo no los he visto en los últimos dos días. Me pregunto qué debo hacer, si volver sobre mis pasos y guardar el secreto o darme a conocer y tratar de aprender de esta antigua civilización. En la historia de la humanidad, los choques culturales siempre fueron contraproducentes para las menos desarrolladas.
Siento voces en extraño dialecto. El ruido de la espesura es cada vez más próximo. No tengo posibilidad segura de ocultarme. ¿Será este el momento de la verdad?

ISBN 978-987-28908-6-5     Antología Encuentros de café.

jueves, 30 de marzo de 2017

La despedida

El cabriolé se detiene frente a una de las chacras del Iberay. Rancho de barro a la sombra de un yvyrapytâ. El negro Joaquín se arrima a la tranquera. El paisano al pescante saluda en Guarani.
- Mba’éichapa, kambá?  Temiandu guarâ Karaí Artigas. (-¿Cómo estás, negro? Traigo una visita para Don Artigas)
- Iporânte… ha nde? (Muy bien ¿y vos?)
- Iporânte avei. (Muy bien, también.)
-¡Decile que baje, pues!
Se da media vuelta y grita en dirección al rancho:
-José, tenemos visita…
Del coche desciende un hombre vestido a la europea; un caballero bastante mayor con bastón y botas de montar. Joaquín lo recibe con una sonrisa grandota y le extiende su mano negra y callosa.
-¡Bienvenido, amigo! Joaquín Lencina, pa’ lo que guste mandar.
El visitante, con gesto adusto, observa al moreno un instante y estrecha con energía la mano extendida.
-Yo también me llamo José. Es un gran placer estrechar su diestra Sr. Lencina.
-Llámeme Ansina, como todo el mundo.
En la puerta del rancho se destaca la figura de un anciano de poncho, alpargatas y bastón, que con paso seguro se aproxima al grupo. Al llegar, saluda al cochero con un:
-Mba’épa, angirũ. (¿Qué tal, amigo?)  
- Mba´épa, Karaí. (¿Qué tal, Señor?)
Mira al visitante a los ojos y extiende su mano.
-José Artigas, paisano, para servirlo…
-José de San Martín, a sus órdenes…
Joaquín, con una risotada, se golpea la pierna exclamando “¡Esto sí que se pone lindazo!” y saluda al cochero.
-Jajohecha peve, koygua. (Adiós, paisano)
-Jajohecha peve, kambá (Adiós, negro)
Los dos José se miran a los ojos mientras estrechan sus manos. ¡Cuántos pensamientos, cuántas preguntas bullen en esas mentes entradas en años, muchos años!
-El mate está pronto y adentro está más fresco.
Ambos ancianos caminan despacio, apoyándose en sus bastones, uno importado y fino, el otro hecho de madera silvestre, tallado por una mano guaraní y no muy recto. Una vez sentados a la mesa y mientras el mate espumoso cumple con su mítica tarea de romper hielos, la conversación comienza a adquirir fluidez.
-Don José, se nos acaba el tiempo y no quería partir sin estrechar su mano y agradecerle profundamente su aporte, invalorable, a la emancipación de nuestra América.
-Amigo José…
-Llámeme Pepe, por favor.
-Pepe, no hice otra cosa que luchar por la causa de los pueblos… Yo hice mi parte como usted hizo la suya…
-¡Así es! Pero usted en el Este y Don Martín en el Norte, me dieron el tiempo necesario para organizar el Ejército de los Andes y poder así batir al enemigo en Chile y Perú.
-La suya sí que fue una gesta increíble. Si hubiese contado con el Irlandés Brown, otra habría sido el final de la historia.
-Las cosas fueron como fueron y ambos terminamos traicionados y vilipendiados. ¡Eso no lo esperé nunca y aún me hiere! Yo logré huir de los confabulados en mi contra y continuar mi vida en libertad, aunque lejos de mi tierra. Pero usted… usted no sólo sufrió la traición y el escarnio, ¡sino que también cargó cadenas!
-Pero no me quejo… La vida siempre enseña algo aunque no lo comprendamos en su momento. Las cadenas en la vejez me templaron para la partida… Además, en este lugar me siento en paz…
Las pausas son largas, como si el mate marcara los tiempos de la conversación. El negro Joaquín participa de la mateada entre los quehaceres de la cocina y de vez en cuando participa de la charla.
-¡Fue bravo cruzar la cordillera y peliarlos a los maturrangos! ¿No?
-Fue bravo pero no imposible. Conté con algunos oficiales que la habían cruzado antes; ¡eso ayudó! ¡También fueron invalorables los pardos y morenos que me acompañaron! No solo constituían una excelente infantería sino que eran fuertes, ¡muy fuertes para soportar las penurias de la travesía! Por eso mi placer al estrechar su mano, Ansina. ¡Usted me trajo gratos recuerdos de mis bravos soldados!
-Agradezco el homenaje en nombre de mi raza…
-Pepe, estos hombres regaron nuestro suelo con su sangre… Fueron hombres libres y murieron como tales… pero su espíritu permanece en los territorios en los que lucharon y llegará el día en que renacerán en nuevos hombres libres…
-Puede ser, José, pero no lo verán nuestros ojos.
-No lo verán, es verdad; pero sus pensamientos, Pepe, nuestros ideales volverán a anidar en los corazones de nuevas generaciones.
-Es posible. Pero tras ellos ¿no vendrán también traidores y perdularios?
-Jajaja… No tengo dudas que así será, pero hasta ahora, después de la noche siempre llegó la aurora. Mientras el mundo gire, así seguirá sucediendo.
-¡Siempre habrá tiranos que combatir!
-¡Y traiciones que soportar! Pero ahora necesito mover las piernas. ¿Qué le parece si nos pegamos una caminata mientras seguimos conversando?
-Don Pepe, póngase este chambergo de paja que es más fresco que su galera. Y este ponchito de lino le irá más cómodo que la levita.
-Muchas gracias, Ansina, es usted muy amable.
Los dos ancianos caminan lentamente buscando la sombra del guapo’y, del ka’a o del peterevy. Los bastones dejan su huella en la tierra colorada; las alpargatas y botas la hacen revolotear. Las palabras continúan entretejiendo una amistad que quizás la vida con sus misterios había predestinado.
-José, de mi familia, solo yo abracé la causa de la libertad de América, ¿y la suya?
-¡Ah… mi familia! Mis padres sirvieron a la causa de los pueblos. De mis cinco hermanos, solo Manuel Francisco vivía cuando estalló la Revolución y en ella sirvió; partió en el 22, mientras Francia me tenía enclaustrado. Mi padre lo siguió a los pocos meses. Y mamá… ¡nunca supe cuándo partió! Mi hijo Manuel –el charrúa- fue un gran compañero de armas hasta el 20; después, al finalizar la patriada, tuvo que cuidar de su gente y por ahí ha de andar… José María era muy pichón cuando la Revolución; después del 30 sirvió con “el pardejón” y nos dejó hace unos tres años…
-¡Vamos quedando solos! Ambos enviudamos temprano. Mis hermanos Juan y Justo fallecieron hace como veinte años. ¡Qué cosas tiene la vida! Pensar que mientras ustedes luchaban por detener a los portugueses nosotros cruzábamos la cordillera y logramos batir al enemigo en Chile… ¡y mientras usted estaba cautivo, yo me embarcaba hacia el Perú!
-Llegué hasta acá en busca de ayuda… y se terminó mi actividad política. Hubo algo que no pude ver con claridad; pero así es la vida y no es fácil discernir los tiempo.
El sol comienza a mezquinar su luz y los hombres desandan el camino. Ahora a las palabras las sustituyen largos silencios…
-José, debo embarcarme esta misma noche. Llegué hasta aquí gracias a los buenos oficios de Doña Juana Carrillo y no debo abusar de su gentileza.
-Lo entiendo, Pepe. ¡Es una gran señora! Ella ha hecho confortable mis últimos años.

La despedida es silenciosa. Los tres ancianos se prodigan cálidos abrazos. Al partir el coche, se agitan las manos en un último adiós. La húmeda brisa de la noche paraguaya acaricia, como queriendo enjugar las lágrimas que mansamente riegan los pliegues de los rostros curtidos por el tiempo y la Historia…

ISBN 978-987-28908-7-2           Cuentos con Historia 2ª Edición.

martes, 10 de enero de 2017

Buen Ayre

Amanece temprano y en la toldería hay movimiento. Todos tienen tareas que desarrollar. Las mujeres curten pieles, los ancianos instruyen a los niños narrándoles historias de la tribu, los jovencitos se dirigen a las lagunas a pescar y revisar las trampas y los adultos se preparan para salir en busca de caza.
El cacique Erarán habla a su hijo casi adolescente.
-Tuguacané, ya eres casi un hombre. Tienes piernas fuertes y ojos atentos. Te he visto perseguir  y bolear venados. Eres bueno. Hoy probaré tu resistencia. Correrás a mi lado, solos tú y yo.
Comienzan a trotar en dirección al Este. Después de una hora de trote sostenido el padre comienza a apurar el paso mientras observa de reojo a su cachorro. Éste parece no sentir el esfuerzo. Mantiene una respiración rítmica; la vista fija en el camino. En la carrera deben atravesar pajonales, lo que hace que el esfuerzo sea mayor. A las dos horas retoman el trote hasta llegar a destino.
Los ojos del joven demuestran asombro al contemplar el horizonte. Hasta donde alcanza su vista solo hay agua. Al frente, a derecha y a izquierda, solamente agua.
-Hijo, ésta es el Agua Grande de la que habló tu abuelo durante muchas lunas. Es el lugar donde las Aguas que Corren se juntan y siguen viviendo todas unidas. Ni los Mbeguá canoeros se adentraron ahí.
-¿Quiénes son ellos?
-Son amigos que vinieron de lejos. Viven en las Aguas que Corren y se desplazan flotando sobre troncos huecos que llaman canoas.
-¿Y viven peces acá?
-Vamos a cazar algún sábalo en la orilla para comer ahora y lo verás.
Terminado el almuerzo ambos se tienden a la sombra de unos pajonales ribereños. El Cacique observa el paso de las nubes como queriendo descifrar un mensaje. El joven se pone en cuclillas y se dedica a observar el agua marrón que se adueña del horizonte.
-¡Padre! ¿Qué es aquello que se mueve en el Agua Grande?
Erarán se pone de pie y otea el horizonte entrecerrando sus ojos. Después de un rato responde:
-No lo sé. Parecen canoas grandes. Esperemos.
Ocultos en el pajonal observan como unos navíos de un tamaño como nunca habían visto, fondean donde el Agua que Corre se sumerge en el Agua Grande. Padre e hijo observan descender de ellos, seres extrañamente vestidos cuyas cabezas y pechos reflejan los rayos del sol del atardecer. Con gran atención los ven ir y venir descargando bultos de los navíos y los oyen hablar en un idioma desconocido. Cuando las sombras comienzan a cernirse sobre ellos el padre ordena regresar.
Al otro día temprano se reúnen los hombres y ancianos a escuchar el relato del Cacique. Después de mucho debatir, entre todos resuelven enviar un grupo con algo de comida como obsequio. A la noche dejan los pescados y la caza cuereada, todos perfectamente destripados, ahumándose. Con las primeras luces, emprenden la marcha.
Llegan al asentamiento a media mañana. Se acercan lentamente, sin gritos, simplemente dejándose ver. Les salen al paso un grupo de soldados, quienes al ver los alimentos asumen una actitud casi gentil.
Durante varios días los Querandí fueron con alimentos que compartieron con los hombres que trabajaban levantando chozas de barro y caña. Los que tienen don de mando, siempre comieron aparte en una de las Canoas Grandes fondeadas allí cerquita.
Después de terminar de construir las casas,  los extraños comenzaron a levantar un cerco en derredor. Una tarde se les apersonó uno de los hombres con vestimentas relucientes y los increpó de mala manera.
-¡A ver vosotros, indolentes, poneos a trabajar u os haré sentir el filo de mi acero!
Ninguno comprendió ni una sola palabra, pero la actitud y el tono de voz hostiles los alertaron. Todos a una, desataron las boleadoras de sus cinturas y después de un verdadero duelo de miradas con el castellano, emprendieron veloz carrera hacia la toldería.
Se terminaron las visitas solidarias. Cierto día, alguien trajo la noticia de que un grupo de Extraños se dirigían al poblado. Los esperaron de pie empuñando jabalinas y bolas. Las palabras castizas fueron entendidas solo por el viento, que se las llevó lejos. Los invasores, ni bien llegaron al perímetro de paravientos, fueron atacados. La escaramuza fue breve y los españoles se retiraron muy maltrechos, con heridos y moribundos.
Luego del enfrentamiento, Erarán envió mensajeros rumbo a las comunidades vecinas convocando a una reunión general. Después de varios días de largas discusiones, resolvieron expulsar  a los extraños y de inmediato se dedicaron a preparar las armas.
Un amanecer, en veloz carrera hacia el portón de entrada, atacaron llenando el amanecer con alaridos capaces de helar la sangre en las venas. Antes de lograr su objetivo, un ruido ensordecedor y desconocido se impuso sobre la gritería. Cayeron varios y el asombro se adueñó de los atacantes. ¡Los invasores tenían armas que arrojaban el fuego del rayo y el ruido del trueno! Entonces Erarán dio la orden de retroceder.
Mientras el Chamán curaba a los heridos, un grupo se dedicó a llevar los muertos a las tolderías y los demás establecieron un cerco fuera del alcance de las armas extrañas. Y así las noches y los días transcurrieron sin que los sitiados pudiesen romper el asedio y salir en busca de alimentos. Luego de varias lunas, comenzó a llover. El agua fue deshaciendo el parapeto de caña y barro poco a poco.
Cuando éste se vino abajo, ya nada pudo detener el ataque. Después del asalto, los Querandí se retiraron con alegría, dejando atrás un montón de ruinas humeantes. Los extraños que no murieron huyeron en las Canoas Grandes escupiendo truenos y relámpagos mortales por la boca de sus armas. Pero ya nada importaba; tuvieron que huir para salvar sus vidas.
Días más tarde, después de celebrar con bailes y comilonas la expulsión de los hombres extraños, Erarán llevó a Tuguacané fuera de la toldería y le habló así:
-Hijo, esos hombres volverán. En la Tierra sin Árboles, cerca de las lagunas, viven hermanos; allá por donde bajan las Aguas que Corren hay hermanos y también amigos. Recuérdalo siempre, porque los necesitarás.
-Pero padre, después de huir no creo que quieran volver. Parecían muertos, ¡muertos de hambre y de miedo!

-Volverán, Tuguacané. Vi odio y codicia en sus ojos. Volverán…

2a Edición de "Cuentos con Historia"    ISBN 978-987-28908-7-2

jueves, 1 de diciembre de 2016

AMIGO

Eucaliptus añoso y seco,
¡cuántas veces a tu lado pasé!
¡Cuántas noches de luna, serenas,
tu oscura silueta al andar divisé!

Aún cuando el cielo no estaba estrellado,
y te vestías con manto de brava tormenta,
desde lejos veía tu enhiesta figura
de pié, cual si fueras un viejo profeta.

Desde entonces fuimos amigos.
Al pasar –tarde o noche- te hablaba
y tu voz era el silbo del viento
en tu tronco, que me contestaba.

Pero un día al llegar ya no estabas
de pie, orgulloso, señalando el cielo.
Y vi la grandeza de tu cuerpo seco
allí, abatido, cual bravo guerrero.

El filo del hacha vibraba al golpearte.
Sé que en silencio sufrimos los dos.
Y escuché el eco de tu voz nudosa:
repitiendo -¡¡¡Adiós… amigo… adiós!!!

                                 
"Encuentros de café"       ISBN 978 987 28908-6-5

jueves, 3 de noviembre de 2016

UNA CIUDAD PECULIAR

Procoa es una ciudad muy peculiar. Distante unos cinco kilómetros de la ruta 2, poco antes de Chascomús, se accede a ella por un camino de doble vía bordeado de frondosos eucaliptos. El acceso desemboca en una gran explanada donde hay un despacho de combustible, un centro de atención al viajero y una playa de estacionamiento. A derecha e izquierda se abre una avenida también de doble mano que debe ser sin duda de circunvalación.
En el Centro de Atención hablo con un joven muy amable a quien le expongo el motivo de mi visita.
-¡Así que, periodista, eh!
          -Así es, y lo primero que necesito es un lugar donde alojarme. ¿Dónde hay un hotel?
     -No hay hoteles en Procoa. Pero en el Centro Cívico le dirán las opciones de alojamiento de las que podrá usted disponer.
         -¿Y cómo llego al Centro Cívico?
        -Estacione su auto en la playa y vuelva. Después me llena una ficha y yo le entrego un vehículo de libre circulación. El estacionamiento es gratuito.
        La ficha era virtual y la llené desde el teclado de una computadora. El vehículo que me entregaron era una bicicleta de tres ruedas -triciclo, bah- “para que lleve sus cosas comodamente”, como me dijo Marcos, el empleado que me atendió. El vehículo tiene GPS, por lo cual no podré perderme.
      Llama mucho la atención, la concepción urbanística de la ciudad. No está configurada como un damero sino que sus manzanas son hexagonales, lo que le confiere el aspecto de un panal de abejas. Las calles, por supuesto, son zigzagueantes. Es pequeña; tiene aproximadamente doscientas manzanas en su totalidad. El centro geométrico  de la ciudad es una plaza que ocupa toda la manzana. Totalmente arbolada, con una gran fuente de agua rodeando un monumento a sí misma, poblada de césped, flores y juegos para niños.
     Frente a la plaza, mirando al Este, el Palacio Municipal ocupa media manzana, en donde además de las oficinas municipales propiamente dichas, se encuentran las de todos los servicios públicos, y allí me dirigí. En la Oficina de Visitantes fui recibido muy cordialmente y me dieron a elegir entre una veintena de casas de familia donde me podía hospedar el tiempo que necesitara; lo único que se esperaba de mí era que colaborara con los gastos diarios, nada más. También me entregaron un librito con la historia de la ciudad y una credencial que me acreditaba como visitante y periodista.
       Una vez instalado, me dediqué a recorrer la ciudad sin rumbo, total, con la tecnología en bicicleta no hay manera de extraviarse. Los habitantes, de todas las edades, se desplazan por las calles arboladas en bici, monopatín, patineta, rollers o bien, caminando. Nadie parece tener apuro alguno. La vestimenta no difiere de la de cualquier ciudad provinciana, sencilla, funcional; eso sí, se usa mucho la bombacha de campo. Me llamó poderosamente la atención  que las mujeres no usaran sostén; sin importar la edad, ¡no lo usan ni lo necesitan! ¿Será que el aire de aquí es saludable al extremo de mantener permanentemente los bustos en posición de choque?
      Durante la cena, el dueño de casa me informó que habrá una Asamblea Extraordinaria de la Cooperativa y que estaba invitado a asistir en calidad de oyente. Esto me venía de maravillas para mi investigación sobre las pequeñas ciudades del interior, como saben llamarlas los porteños.
     La Asamblea se llevó a cabo en el Salón de Usos Múltiples, que colmó su capacidad. Esa noche toda la población estaba presente. Sobre el escenario, ante una sencilla mesa, se ubicaron Sol Magenta, Presidente del consejo de Administración, bajita, trigueña y la mujer más enérgica que he conocido, y el Secretario de Actas Adalberto Fervor, alto y delgado, quién imperturbable frente a su laptop se dedicó a labrar el acta sin pedir aclaraciones ni una sola vez. Sol Magenta hizo uso de la palabra agradeciendo la presencia de todos, me dio la bienvenida y solicitó a la concurrencia moción y apoyo para constituirse en Asamblea. Se alzaron varias manos y de inmediato pasó a explicar los motivos de la misma.
     -Rómulo Abe, el fundador de la cooperativa y de la ciudad, con sus 90 años a cuestas y en plena lucidez, ha fijado la fecha de su muerte para el próximo sábado después del mate de la mañana. Hoy es martes y debemos resolver sin falta el programa de homenajes. La Asamblea tiene la palabra.
    -Yo propongo que vaya el Consejo a tomar el último mate con Don Abe y a despedirse en nombre de todos.
     -No, no, no; somos muchos. Tienen que ir tres o cuatro nada más.
   -Entonces que vayan Doña Luz y el Dr. García Kurtz. También se puede invitar al Delegado Municipal.
    -¡Si, sí, eso está bien!
   -Si no hay opinión en contra, se procederá de esa manera. Quiero aclarar que la mateada queda supeditada a la autorización de la familia. Don Alejandro, usted que es el mayor de los Abe, ¿qué dice?
   -Y… Doña Solcito… si usted lleva los bizcochitos de grasa, estará bién.
   -¿Aprobado? Aprobado. Por disposición explícita de Don Rómulo no habrá velatorio; pidió ser cremado. ¿Qué más se propone?
  -Propongo que el sábado se suspendan los embarques de cereales y ganado y que nos dediquemos a meditar todo lo que Don Rómulo hizo por nosotros. En definitiva Procoa surgió por su iniciativa y pujanza y la ciudad está próxima a cumplir cincuenta años de existencia, cincuenta años de desarrollo sustentable. Trabajando juntos sobrevivimos    a la dictadura, al Plan Primavera y al corralito. ¡Y todo se lo debemos a él!
   -¡Apoyo la propuesta!
   -¡Y yo!
   -¡Yo también apoyo!
   -Muy bien. Apoyo de varios. Se declara entonces el próximo sábado Día Ciudadano de Reflexión!
   -¿Más sugerencias? Tiene la palabra Adalberto Schvartz.
  -Yo propongo que el domingo hagamos un gran almuerzo comunitario. Como Jefe de Asadores pongo a disposición de todos nuestro esfuerzo profesional para que celebremos   la vida, como a él le gustaba decir…
   -No, no, no… Estoy de acuerdo con la celebración comunitaria, pero propongo que  hagamos un gran potaje de cordero y trigo, ya que la cosecha ha sido buena.  Además lo podemos condimentar con  las cenizas de Don Rómulo en lugar de desparramarlas por los sembrados, así nos queda algo de él a todos.
   -¿Alguien más propone algo? ¿No? Entonces tenemos que votar. Hay dos propuestas       a consideración de la Asamblea: la de Adalberto, un gran asado de novillo, y la de             nuestra Jefa de Cocineras, Blanca Luz, potaje de trigo y cenizas.
    La moción que resultó aprobada casi por unanimidad fue la propuesta por Doña Blanca Luz, que por otra parte es negra como el carbón. El cura Abadón Giménez y el pastor Atila Sotomayor de común acuerdo propusieron oficiar una ceremonia en el Templo el sábado a la noche y una misa en la Iglesia el domingo a la mañana para homenajear a Don Rómulo, que aunque ateo confeso era gran amigo de ambos religioso; con el cura jugaba al truco y con el pastor al mus.
    Por supuesto que participé de todos los actos públicos. El lunes bien temprano volví a la ruta en busca de la próxima población, llevando en la notebook el abundantísimo material que pude recoger sobre Procoa y sus singulares habitantes.

     Ah, me olvidaba… el potaje estuvo riquísimo.


 Del libro "Ternas y trilogías"  ISBN 978-987-28908-5-8

viernes, 7 de octubre de 2016

Perseverancia

Al comenzar septiembre, un casal de horneros comenzó a construir su nido en la entrada de mi casa en el mismo lugar que el año anterior una gran tormenta había destruido el de otra pareja: ¡sobre los cables del tendido eléctrico! Evidentemente a los horneros les gustan los desafíos. Cuando me dispuse a observarlos estaban construyendo la base y experimenté algo así como pena al verlos volar en busca de material hasta jardines con buen riego. Entonces decidí hacer un poco de barro cada día al pie de la construcción, junto al cordón de la vereda.
Fue un mes de fines de semana con lluvia. El sábado siete comenzó lloviendo ¡y lloviendo con ganas! Cerca del mediodía paró un rato. Al salir, lo primero que hice fue mirar hacia los cables y al hacerlo pensé “¡Otra vez!” Y sí, lo inevitable… junto al cordón de la vereda yacían los restos de adobe del nido. Al día siguiente, al regresar de la panadería, ¡veo a un hornero parado sobre las ruinas! Pensamiento absurdo el mío: “¿Estará evaluando lo sucedido para tenerlo presente para la próxima, o se encuentra planificando la reconstrucción?
¡Las aves no piensan!” me dije, pero por si acaso junté los restos de adobe y los dejé en la calle al pie de los postes…
Al otro día, muy temprano de la mañana, oí el dueto de los horneros y salí a mirar. ¡Allí estaban, reconstruyendo su casa!
Avanzado septiembre las azaleas hermoseaban el jardín. Los horneros continuaban trabajando en su nido y yo por supuesto tirando agua en el cordón de la vereda dos veces al día para mantener el barro maleable. Los constructores trabajaban todo el día; mientras uno levantaba pared, el otro juntaba material. Con el pico armaba una bolita de barro y pasto, luego con un aleteo se elevaba como en un ascensor. Una vez arriba, continuaba con la pared mientras su compañero/a descendía planeando a preparar más adobe. Su única herramienta: el pico. Con él forman el adobe y lo suman a la construcción incrustándolo.
En cuatro días estaba construida más de la mitad de la casa; cierto es que faltaba la parte más difícil: ¡el domo! Fueron jornadas de trabajo arduo y constante. El jueves amaneció lloviznando, pero ellos no se amilanaron y continuaron con la obra. También lo hicieron el viernes y sábado con lluvias intermitentes. El domingo se descolgó un aguacero sostenido hasta el mediodía y el nido terminó una vez más cayendo a tierra. Resultó para mí un día de tristeza, pero los alados constructores se repusieron de inmediato y el lunes ya estaban nuevamente “pico y pico a la obra”.
Una mañana cerca del mediodía me llamó la atención no oír ningún canto, ni de zorzales, ni de horneros, ni de benteveos. Salí a observar y comprobé que no solo no se los oía ¡sino que tampoco se los veía! Al elevar la mirada descubrí la razón de aquel silencio. Allá arriba, alto, más alto que la zona de vuelo de mis plumíferos vecinos, con las alas bien extendidas –como suspendida del cielo– se recortaba la silueta de un chimango planeando en suaves círculos. Para las pequeñas aves aquello significaba una presencia aterradora.
A media tarde y supongo que ante la ausencia de visibles presas, el cazador desapareció de escena, pero las aves de mi vecindario permanecieron ocultas el resto de la jornada.
Al otro día, sin enemigos en el aire, la mañana recuperó los trinos y los horneros volvieron a la obra. El domingo llovió hasta poco después del mediodía. Lluvia mansa pero sostenida. Era inevitable que el nido sin terminar, una vez más, se hiciera añicos contra el piso. Pero a los dos días, al volver del trabajo, vi con admiración a mis compañeros ¡“meta pico y adobe”! Demás está decir que antes de entrar a casa empapé el barro junto al cordón de la vereda. Mientras yo tomaba mate, ellos subían y bajaban continuamente.
Octubre engalanó las aceras con el rojo de los ceibos florecidos y le ofreció a las abejas un nuevo néctar: el de las flores de los paraísos. El ciruelo, vestido de verde rabioso, comenzó a exhibir los retoños de sus frutos.
Miércoles 9: Lluvia torrencial al anochecer. Nido una vez más al piso. Pero el jueves: ¡otra vez picos a la obra! Creo que me fueron aceptando, a mí o a mi trabajo, ya que al tirar el baldazo de agua, descendían inmediatamente a buscar barro.
El Domingo 20 a las cinco de la mañana me despertó el sonido de la lluvia sobre el tejado y encendí la luz para mirar la hora, preocupado por los horneros. Llovió hasta el mediodía. Cuando salí a ver el resultado de la lluvia sobre el nido, ¡grande fue mi sorpresa al verlo intacto! Y no sólo eso, bajo las últimas gotas mansas, ¡estaban construyendo la entrada tan característica!
Al otro día ya habían ocupado su nueva casa y yo recordé a Lugones, porque “La casita del hornero, tiene alcoba y tiene sala.”
El 2 de Noviembre, Ana Berta, la anunciada tormenta, tiró el nido. Ante mis ojos quedaron expuestas la alcoba de tiernos pastitos y las cascaritas rotas de lo que hubiera sido una nueva nidada. Por más que me repetí “son cosas de la vida”, no pude evitar una gran congoja...

Del libro Ternas y Trilogías. ISBN 978-987-28908-5-8

jueves, 29 de septiembre de 2016

Y... ¡así es!*

El tipo llega a su casa después de casi 12 horas de ausencia; es que la vida del laburante es así: ocho o nueve horas en el yugo y tres horas como mínimo de traslado, ida y vuelta. Llega justo a la hora del mate de la tarde. La mujer lo espera con la mesa preparada, la pava con el agua caliente y los bizcochitos caseros que tanto le gustan. Los chicos aún no regresaron. Beso, pantuflas y las novedades domésticas del día. Que Rodolfo quiere largar el estudio y ponerse a trabajar; que Carolina anda medio de novia y bajó las notas en el colegio; que vas a tener que hablar con ellos porque a mí ya no me prestan atención.
-¿Y qué les voy a decir que ya no les hayas dicho? ¡Que se pongan las pilas y terminen de estudiar de una buena vez, que para eso me rompo bien el orto todos los días!
-¡Viejo, qué te pasa! ¡Estás muy nervioso! ¡Mirá que se te puede disparar la presión!
-¡Nada! ¡Nada! ¿Qué me va a pasar? ¡Lo mismo de siempre…!
-¿Más despidos? ¡Ay no, viejo, no me asustes!
-¡No, más no! ¡Son los mismos de la otra vez que no aceptan el despido y están todos los días en la puerta repartiendo panfletos y tocando el bombo! ¡Me tienen podrido!
-¡No te pongas así! ¡Aflojá un poco, che! Si te hubiera tocado a vos, también estarías ahí.
¡Nooo; ni en pedo! Yo agarro la guita y me las tomo. Si te quedás haciendo quilombo, no te llaman nunca más.
-¡No te sulfures, viejo! Tomate este matecito. ¿Querés que le ponga una cascarita de naranja?
-No, dejá; está bien así. ¿Sabés qué pasa? ¡Que si no se dejan de joder, no vamos a tener horas extras! ¿Qué carajo se creen? ¡Si ya están despedidos!
-Bueno, cambiando de tema, ¿vas a hablar con Rodolfito?
-¡Qué Rodolfito ni ocho cuartos! ¡Ro-dol-fo! Con el lomo que tiene no está para Rodolfito.
-Bueno, está bien, pero ¿le vas a hablar?
-Sí, sí, le voy a hablar. Decile que el fin de semana no haga planes que me tiene que ayudar con el muro del fondo. Ahí agarro y le hablo.
-¡Dale! Yo voy a tratar de hablar con Caro. Es muy chica para andar de novia, ¿no te parece?
-Mirá… ¡no le aflojés! Las pendejas de ahora son bastante rápidas y si se calientan, cualquier gil les hace el cuento del hijo…
-¡Ay, papi! ¡No hablés así! La nena no es una calentona, ¡no señor!
-Bueno, por las dudas entonces… ¿Podés arreglar un poco el mate? ¡Parece  una sopa de yerba!
Y continúa la rutina cotidiana. Cenan medio tempranón porque él se tiene que levantar a las cuatro de la mañana. ¡A las cuatro! ¡Pensar que ésa es la hora en que el cuerpo se relaja y descansa! Pero el laburante tiene que madrugar para no llegar tarde al trabajo. Porque si se llega tarde, chau premio de asistencia; y si se repite, ¡hay que poner cara de víctima cuando de Personal te llama para decirte una sarta de gansadas! Después de la cena, una hora mirando boludeces en la tele “para distraerse”, y a la cama. El tipo se duerme pensando. “¡Ya va a ver Rodolfo; va a tener que picar cascotes toda la mañana mientras me escucha!” “¿Y los plomos de la fábrica, hasta cuándo seguirán molestando en la puerta? ¿Y si vienen los zurdos a solidarizarse? ¡Ahí sí que se pudre todo!” “¡Que Carolina no haga ninguna cagada, por Dios!”
Así pasan los fríos días de invierno, densos, monótonos, hasta que una tarde el tipo llega contento a su casa. Contento porque los despedidos optaron por ceder en sus reclamos callejeros, dejaron de alborotar en la entrada de la fábrica y dirigieron sus esfuerzos al ámbito legal.

-¡Hola viejo, que carita de felicidad! ¿Qué te pasó?
-¡Se terminó el despelote de los despedidos! Ahora todo vuelve a ser tranqui.  Hacé unos mates con cascarita de naranja mientras me cambio, ¿sí? Mirá, compre facturas.
Y los días fríos y monótonos continuaron sin sorpresas. Rodolfo recapacitó y decidió continuar con sus estudios, debido a la picada de cascotes, a la perorata del padre, o quizás por ambas. Carolina se muestra más aplicada en el colegio, y eso trae tranquilidad a la familia.

El último día del mes de Agosto, la mujer lo recibe con cara de preocupación.
-¡Hola, viejo! ¿Todo bien en el trabajo?
-Todo bien, ¿por qué?
-¡A las tres de la tarde te llegó este telegrama!
Le extiende el telegrama sin abrir, con cara de preocupación. El tipo abre el telegrama y lo lee con ansiedad. Su rostro se va tornando pálido mientras recorre las palabras.

“Por restructuración de personal cesa en el día de la fecha su relación laboral con la Empresa Stop Haberes a su disposición a partir del cuarto día hábil del mes de Setiembre del corriente año Stop”

                                                           3er Premio SADE Alejandro Korn 2013.

Del libro Ternas y trilogías ISBN 978-987-28908-5-8