viernes, 12 de abril de 2024

El Rey del Tango

 

Un sábado de otoño andábamos recorriendo la ciudad de Chivilcoy y decidimos tomar un café en el emblemático Bar La Perla, lugar de encuentro de escritores locales. Cruzamos la plaza, disfrutando de los árboles, monumentos y aves que la pueblan. Grande fue mi sorpresa al ver en la marquesina del bar ¡una gigantografía de Gardel! Al entrar encontramos el escenario preparado para un show de tango, con una inmensa fotografía de Carlitos; mientras Stella Maris ubicaba un lugar acogedor, me senté a hablar con El rey del tango. Ya no tenía dudas que el diálogo se iba a entablar.

-¡Braulio, qué bueno verte por acá!

-Hola, Carlos. ¡Qué pinta, che! ¡Y qué alegría encontrarte! ¿Qué hacés por estos lados?

-Este boliche existe desde mis mejores épocas. A la esquina la bautizaron “La esquina del Tango”. ¿Te dije que en esta ciudad nació Pascual Contursi? Más al fondo debe haber una foto de él.

-Sí, me lo habías contado cuando nos vimos en Mercedes. ¡Qué facha, Carlos! De traje o smoking, tenés una pinta bárbara.

-Pará, pará con los halagos que me vas a inflar el ego.

-¡Épa con la palabrita! Eso es muy freudiano.

-Y vos te crees que porque soy tanguero ¿no tengo cultura?

-No, no, Carlos, de ninguna manera, solamente me llamó la atención. Una pregunta que hace tiempo quiero hacerte es si preferís cantar con guitarras o con orquesta.

-¡Con guitarras, Braulio, con guitarras! Los violeros te siguen y vos tenés la libertad de expresar el canto con el cuore, mientras que en la orquesta vos sos un instrumento más, no podés improvisar porque la pifiás, y vos sabés bien que yo nunca erré ¡ni una nota!

-Pero vos grabaste con orquesta y salió impecable.

-Sí, es verdad, pero prefiero las violas. No te olvidés que yo arranqué cantando canciones criollas a pura guitarra y voz. Cuando descubrí el tango, seguí como venía. Me acompañaron siempre violeros de primera. Es una injusticia que no me hayan plantado con ellos todavía; son merecedores de seguir acompañándome, ¿no te parece? ¡Eran buenos! –quedó un rato pensativo y remató la frase diciendo con énfasis- ¡Ameritan seguir a mi lado!

-Tenés razón –respondí preguntándome por qué a nadie se le había ocurrido un monumento de Gardel con sus guitarras.

-Mirá –continuó hablando-, me acompañaron muchos, pero a los que de veras extraño son a El Oriental, al Barba, al Moreno, a Mingo y al Indio; ése también era uruguayo, de San Ramón.

Como el silencio se había vuelto denso, le pregunté cuándo fue que se le había dado por cantar y él con una sonrisa respondió:

-Creo que me gustó desde chico. En el Abasto, los changarines me pedían que les cantara; después empecé a amenizar noches en el bar de los Traverso y en los comités Conservas. Allá por el novecientos once ya andaba en yunta con Pancho, El Víbora y Pepe. Al poco tiempo formamos el dúo con Razzano y nos fue muy bien. Pepe era un guitarrero de los buenos. Me hubiese gustado grabar alguna vez con el morocho Maciel, pero no se dio ¡y eso que éramos amigos! Cosas de la vida, ¿no?

-Otra pregunta –dije yo-: ¿Saco o esmoquin?

-Saco, Braulio. Saco, corbata y chambergo. ¿Sabés por qué me puse el esmoquin?, porque si no lo hacía yo, alguien más lo iba a hacer; pero conmigo, el arrabal y el tango se vistieron de gala, ¿entendés?

-¡Sí y me parece una idea de mi flor! –respondí-, pero el esmoquin es para cantar con orquesta.

-Y, sí… Me acompañaban una media docena de músicos y era para mí un esfuerzo grande. Todo fue por el tango y las orillas, como dijiste vos alguna vez. Para mí, la orquesta es para el baile, aunque te aseguro que llegará el día en que las orquestas crecerán en número y calidad; entonces el tango será otro. Te bato una fija: cierta noche fui a bailar unos tangos al Café de La Chancha. Allí escuché a un pibe que promete mucho, ¡un mago con el piano! Creo que se llamaba Pugliese… ¡Sí, Osvaldo Pugliese! Cuando él se dé cuenta de lo que vale, hará una revolución en el tango.

Sonreí al pensar que Pugliese ya había hecho la revolución tanguera, convirtiéndose en un verdadero vanguardista. Carlos se dio cuenta de mi sonrisa y me largó un: -¿Qué te causa gracia, se puede saber?

Para disimular mis pensamientos me largué con un: -Que cada vez que nos encontramos se produce una alteración en la línea de tiempo y podemos hablar, vos desde 1935 y yo en el 2020. Además, parece que el reloj no se mueve para los que nos miran. Tampoco nos oyen.

-¡A la flauta, ilustrado el hombre! -Se rio con ganas y agregó-: Pero tu percanta nos escucha y también parla conmigo.

-Así es –respondí-, y no sé por qué. Tampoco comprendo lo que me pasa a mí, sólo sé que lo disfruto mucho.

En ese momento Stella Maris llegó a buscarme y sonriendo saludó a Gardel: -¡Hola Carlos, qué elegante que está!

-¿Qué tal, mi amiga? ¡Gracias por el piropo! ¡Usted también está muy guapa! –respondió él con galantería guiñándole un ojo.

Después de despedirnos, nos retiramos contentos por el encuentro y el café que compartimos en un lugar con magia. Sin duda, ¡volveremos!

 Diálogos del arrabal    ISBN 978-987-46957-4-1

Juan del Taragüi. Segunda parte.

 Tiempo después, Juan conoció a Marcelina, de quien se enamoró y ahí nomás, cerquita del corral de amanse, levantaron su rancho.

Cierta tarde llegó un vecino para advertirles que había aparecido un tigre por esos lados y que  había matado varios animales. Preocupado por el hecho, al otro día muy temprano Juan ensilló su ruano y sal en busca de rastros del animal. Regresó contento a la tardecita porque creyó haber encontrado huellas frescas.

Esa noche fue al boliche para informar a los parroquianos que él cazaría al tigre. Algunos le ofrecieron su ayuda, más él afirmó que era mejor moverse solo para no espantar al animal.

En los días siguientes fue y vino hasta el lugar donde hallara el rastro de la fiera. Dejó el caballo a cierta distancia para que no fuera olfateado por el jaguareté y frente al lugar donde vio las huellas del animal abrevando, en la horqueta de un árbol levantó con ramas un “sobrado”, una plataforma camuflada desde donde poder disparar tranquilo. Cuando todo estuvo pronto, se dispuso a cumplir con su cometido y decidió ir caminando pues el olor del jaguareté espantaría su caballo.

¡Juan, no vayas solo por favor! ¡Es muy peligroso y tengo miedo!

¡Pero no, che mi guaina! ¡No tenga miedo, mujer! Yo le aseguro que ¡no hay mejor tigrero que su Juan!

Después de un largo beso y un abrazo interminable, marchó a pie en busca de su presa. Al anochecer y se instaló en el “sobrado” esperando que llegara el jaguareté a beber. Pasó tres noches sin novedad, regresando al amanecer a comer y descansar hasta la tardecita.

La cuarta noche observó que en la otra orilla la espesura se movía apenitas. Acomodó la carabina lista para disparar y oteó el abrevadero a través de la mira del arma. En un momento le pareció ver un par de ojos brillando entre las ramas; después, ¡nada! Los músculos de Juan se tensaron aún más y apenas espiraba para no delatar su presencia. De pronto su sexto sentido le advirtió que algo no estaba bien; asomándose por sobre la baranda de la plataforma miró hacia abajo siempre apuntando con el arma y ¡ahí estaba el tigre! Sonó el disparo al mismo tiempo que saltaba el animal y Juan sintió sus garras hincándose en la carne. Se desarmó el “sobrado” mientras hombre y animal caían al suelo en un abrazo mortal.

La garra derecha del tigre aferraba el brazo izquierdo de Juan y la otra, después de desgarrar las costillas de su presa, lo clavó contra el suelo. La carabina detuvo las fauces del animal que buscaban la garganta del hombre. Juan holió la muerte muy cerca de su rostro. Los ojos del animal parecían hipnotizarlo.  Cuando comenzó a perder fuerzas bajo el peso del jaguareté intentó una solución desesperada. Su mano derecha tomó el verijero y con un supremo esfuerzo lo clavó hasta la empuñadura entre las costillas del felino. Un rugido espeluznante brotó de las fauces del tigre, que de un salto abandonó su presa y se internó en la espesura entre bramidos de dolor mientras la oscuridad de la noche se apodera de Juan.

Al abrir los ojos, se encuentró en su cama, dolorido por demás, débil y todo vendado, pero ¡vivo! A su lado, los ojos tiernos de Marcelina lo miran embelesados.

¡Mi guaina! exclama intentando incorporarse, pero las manos de su amada se lo impidieron.

Estás muy débil, Juan. Tenés que descansar para curarte. El patrón trajo un médico cuando te encontraron y yo la fui a buscar a Misia Niceta cuando no parabas de delirar. Así que entre remedios y venceduras ¡estás de güelta, mi amor!

¿Cuánto hace que estoy acá? ¿Cómo llegué?

Hace como dos semanas. Como no venías, le pedí ayuda a los vecinos para dir a buscarte. Te encontraron desmayado en medio de un charco de sangre y te trajeron sin ninguna esperanza; apenitas respirabas.

Ah, mi guaina, ya te dije que tu Juan tiene payé respond buscando con una mano su amuleto. Hizo una pausa y preguntó por el tigre.

No estaba y no ha dado señales de vida. Los vecinos están contentos y todos los días nos traen algo y preguntan por vos.

¿Y mi cuchillo?

Tampoco estaba. Sólo te trajeron a vos y la carabina ¡todita rota!

¡Pucha digo, Marcelina! ¡El tigre se jué y se me llevó mi cuchillo!

El Filo de la Historia.    ISBN 978-987-46957-8-9

 

miércoles, 3 de enero de 2024

El mudo

 Con mi compañera de andanzas, siempre buscando historias olvidadas, llegamos un mediodía a la laguna de San Miguel del Monte. Por supuesto que visitamos el “Rancho de Rosas” y el “Museo Municipal Guardia del Monte”. En este último me llevé una gran sorpresa; mientras me miraba en un espejo antiguo, apareció detrás mío la cara de El Mudo, Carlos Gardel. Sacudí la cabeza alejando pensamientos y continué con la recorrida.

Al salir, cruzamos a la Plaza Virrey Vértiz en busca de un poco de sombra; entonces Stella Maris exclamó: -¡Mirá, mirá quien está ahí!– dijo señalando un monumento a Gardel. Entonces comprendí la visión en el Museo y apuré el paso, adelantándome, mientras ella preparaba el celular para tomar fotografías; ¡ahora utiliza la tecnología! Me detuve frente al monumento sintiendo que el corazón me latía a toda máquina, esperando un nuevo encuentro con él.

-¡Braulio, qué bueno verte por acá! –habló él desde el monumento.

-¡Carlos! –respondí yo-, algo me decía que nos íbamos a encontrar.

El monumento constaba de un busto elevado sobre un pedestal; al pie, una guitarra, todo rodeado de rejas.

-¡Qué me contás dónde se les ocurrió ponerme! ¡Entre rejas, acá arriba, sin brazos y con la guitarra en el piso! –Sentí que me hablaba muy ofuscado.

-Carlos –intenté mediar yo-, las rejas son para mantener los perros lejos. Vos sabés cómo les gusta levantar la patita para marcar terreno. El busto lo diseñó un artista plástico y se me ocurre no imaginó que ibas a terminar en una plaza, por eso la falta de brazos. La guitarra la agregó un artista local que sin dudas pensó que a vos te gustaría tener la viola cerca.

-Ah, bueno. Si es así, me callo la boca; lo que pasa es que las rejas me recuerdan a cuando estuve engayolado hace mucho, mucho tiempo. Pero si vos decís que son para mantener los pichichos lejos, está bien, me las banco.

-Sí, Carlos, es por eso –respondí, pensando que seguía siendo una cosa de locos que yo hablara con una estatua. ¡Qué bien le quedaba el moñito!- ¿Así que estuviste en cana?

-Si, pero de eso prefiero no hablar. ¿Te importa mucho?

-No -respondí de inmediato-, para nada.

Para cambiar de tema le pregunté cómo había nacido el tango.

-¡Qué pregunta, Braulio! La verdad es que no sé, solamente te puedo decir cómo me parece a mí que pudo haber sido, pero es una opinión, más bien un bolazo, pero pudo haber sido realidad. Imaginate el patio de un conventoi un domingo a la mañana: los purretes corriendo detrás de una pelota de trapo, las minas lavando la ropa en las tinajas y un grupo de vecinos matando el tiempo a mate y mate. Un criollo con la guitarra le dice a un moreno: “Che negro, tocá el tambor”. El morocho va a la pieza y vuelve con el tambor, se sienta, acaricia la lonja con cariño y repite: “Negro, tocá tangó”. Las manos oscuras dejan volar una melodía cadenciosa; el guitarrero comienza a acompañarlo y en una de esas, un tano se suma con su mandolina, un alemán se aparece con un bandoneón y de una zapie de arriba, un judío deja oír su clarinete.

-¡Qué imagen! –respondí yo, con admiración y agregué- ¡Quien la pudiese pintar!

El Mudo continuó: -En eso entra al yotivenco un trasnochado con unas cuantas copas de más. Al escuchar el concierto, atraviesa el patio rumbo al cotorro con su andar de compadrito siguiendo el ritmo de la melodía, haciendo cortes a la par del tambor y alguna quebrada con la guitarra. Y ahí tenés el tango de la “Guardia Vieja”, que nació como música para bailar. Pero ni se te ocurra comentar que yo te dije todo esto como si fuera verdad; es apenas una suposición y nada más. Pero era baile de hombres solamente, una especie de duelo de habilidad con las piernas.

-¿Y cuándo empezaron a bailar el tango las mujeres? –pregunté yo.

-Las minas se engancharon con el baile en los quilombos, y así el tango se convirtió ¡en un baile sensual! Esto es posta, posta. Pero cambiemos de tema. Che, Braulio, ¿vos tocás la viola?

-Y… más o menos. Yo diría que apenas le saco algunos acordes.

-¿Y si cantamos algo juntos? ¡Dale, acompañame con una canción criolla!

Entonces medio me colgué de las rejas para alcanzar la guitarra y comencé a simular que rasgueaba un estilo. ¡Y Gardel soltó su voz!:

Guitarra, guitarra mía,

por los caminos del viento

vuelan en tus armonías

coraje, amor y lamento.

Lanzas criollas de antaño

a tu conjuro pelearon,

mi china oyendo tu canto,

sus hondas pupilas

de pena lloraron.

¡Guitarra, guitarra criolla,

dile que es mío ese llanto!

 

Si alguien me vio, habrá pensado que estaba mal de la cabeza, pero yo les aseguro que no sólo oí claramente la voz del Mudo ¡sino también el sonido de la guitarra!

En ese momento llegó Stella Maris aplaudiendo muy entusiasmada, diciendo: -¡Bravo, Maestro! ¡Qué belleza!

El Mudo me miró con asombro. Y dijo: -¡Qué linda papusa te acompaña, Braulio!

Entonces, yo, superando el mío, los presenté:

 -Carlos, Stella Maris; Stella, Carlos Gardel.

Ella respondió con un: -¡Encantada de conocerle, Carlos!

Y él, con una sonrisa seductora le respondió: -¡El placer es mío, Stella! Lamento no poder estrechar su mano, por razones que resultan obvias, pero espero verla en otra oportunidad.

Y ella respondió con seguridad: -¡No tenga dudas que nos seguiremos viendo, acá, allá o en dónde sea que nos lleven los caminos!

Después de despedirnos emocionados del Mudo, nos fuimos abrazaditos en busca del auto. Caminamos un rato en silencio, Stella se detuvo, me miró y comentó:

-Como dijo el veterano en Mercedes: “¡El Mudo cada día canta mejor!”

 Diálogos del arrabal   ISBN 978-987-46957-4-1

Saverio Suárez

  

Allá por el Maldonado,

que hoy corre escondido y ciego,

allá por el barrio gris

que cantó el pobre Carriego,

tras una puerta entornada

que da al patio de la parra,

donde las noches oyeron

el amor de la guitarra,

habrá un cajón y al fondo

dormirá con duro brillo,

entre esas cosas que el tiempo

sabe olvidar, un cuchillo.

Jorge Luis Borges

 

Cuando llegué al bar de siempre, Floreal Ramírez ya estaba allí. Había bebido su café y estaba saboreando su ginebra. Sospeché que algo le sucedía y para acompañarlo le pedí al mozo que me sirviera un café liviano y una ginebra. Nos saludamos y al ver su rostro un tanto sombrío le pregunté qué le andaba pasando y si podía ayudar en algo.

-Hoy no ha sido un buen día para mí, don Braulio. Esto de ser un alma en pena se me está volviendo bastante pesado, créame.

-A ver, a ver, cuénteme un poco. -dije, sin saber qué más decir.

-Usté sabe bien que yo soy de otro tiempo, que me mataron y que, no sé cómo, de a ratos me le aparezco por acá en busca de algo que me dé paz. Sucede que hoy fui a visitar a mi amigo Saverio, que vive del otro lado del Maldonado, porque es su cumpleaños. ¿Y sabe lo que encontré? ¡Un velorio! Así como se lo digo. Lo estaban velando al Saverio. Dicen que lo cocieron a puñaladas; debieron ser unos cuantos porque él era guapo de más.

Con algo de asombro, mientras bebía mi café, pensé que todo era mi imaginación por tanto leer Para las seis cuerdas, pero sin embargo podía verlo, podía hablar con él y podía sentir el apretón de su mano. Respiré hondo y decidí involucrarme en la conversación.

-¿Está hablando de Saverio Suárez, más conocido por “el chileno”?

-Del mismo. Yo que fui un hombre malo, un matón trabajando pa’ otros maulas, siempre encontré la puerta abierta de su casa. Las farras que se armaban ahí, terminaban cuando el último guitarrero se dormía. Asado y vino, canto y guitarra, nunca faltaban. Era generoso de veras ¡y hoy está muerto!, por eso ando con esta tristeza a cuesta.

-Hay cosas que no se pueden arreglar después que pasaron. -respondí y terminando el café tomé la copa en mi mano y lo miré a los ojos.

-Tiene razón, don Braulio. ¡Salú, por los amigos! -dijo y empinamos las copas.

Después continuó hablando. -¿Sabe lo que más me molestó? ¡Que lo enterraron sin su arma!  ¡No está bien, no señor, que a un malevo lo entierren sin el cuchillo!

-A lo mejor no le hace falta -dije, por decir algo.

Quedó pensativo un rato y luego siguió: -Si lo mataron de frente, no ha de andar por ai penando. ¿No le parece?

-Seguramente así ha de ser. -respondí casi sin voz por la ginebra que había bebido de un trago.

Después de un largo silencio, Ramírez continuó hablando, sin mirarme, con la vista perdida en la ventana: -Otro amigo, Albornoz, me comentó que ayá por sus pagos, hace un tiempo, un tal Juan del Taragüí había liberado un alma en pena y apagado una luz mala. Me fui pa’yá y hablé con mucha gente, aunque usté no lo crea, pero naides sabía de qué hablaba. ¿Y usté, no averiguó nada ‘e mi muerte? -y se dio vuelta para mirarme.

Imagínense la situación: ¡un personaje de ficción preguntándole a su creador si no sabía el porqué de su muerte! Yo sacudí la cabeza y le dije que no, que necesitaba más tiempo para investigar.

-¿Usté qué opina? Lo que me contó Albornoz, ¿puede ser verdá? -me preguntó con un gesto de cansancio.

-Yo creo que sí. Esa historia la leí en algún lado. Hay muchas leyendas que hablan de aparecidos y luces malas -respondí casi sin pensarlo.

Sin despegar la espalda de la silla me preguntó muy serio si las leyendas tenían algo que ver con lo que a él le pasaba. Le dije que a mí me parecía que sí, que si buscaba por ese lado podría encontrar la respuesta que él andaba buscando.

-¡‘Ta bien! Hasta la prósima conversa, entonces -dijo mientras dejaba unas monedas sobre la mesa.

Después se paró, se requintó el gacho, me dio un firme apretón de manos y se dirigió por la avenida hacia el río. Junté las monedas, que irían a mi colección de dinero antiguo, pagué con billetes actuales y me dirigí a la puerta. Desde allí miré al mozo, quien se encogió de hombros y continuó con su trabajo entre las mesas.

Diálogos del arrabal   ISBN 978-987-46957-4-1

jueves, 27 de abril de 2023

El títere

 

A un compadrito le canto
que era el patrón y el ornato
de las casas menos santas
del barrio de Triunvirato.
Atildado en el vestir,
medio mandón en el trato;
negro el chambergo y la ropa,
negro el charol del zapato.
Jorge Luis Borges

 

Una tarde de agosto, esperando la llegada de la famosa tormenta de Santa Rosa, sentí la necesidad de ir al bar de la Avenida Pavón, seguro que me volvería a encontrar con Floreal Ramírez. Ya había aceptado que no era sólo imaginación mía, sino que el personaje era una entidad real. No me importaba si el resto de la gente podía verlo o no. Yo me podía comunicar con él y esa tarde era como que lo estaba extrañando.

Grande fue mi sorpresa cuando el mozo me dijo al entrar: -El malevo lo está esperando y encargó un café y una ginebra para usted.

¡Y allí estaba! Sentado muy quieto, de espaldas a la barra, como siempre, con las manos cruzadas sobre la mesa. Su atuendo era el de siempre: Saco gris a rayitas entallado, pantalón al tono y pañuelo blanco al cuello. Me acerqué con una sonrisa; me sentía feliz. Al saludarlo le dije: -¡Qué raro, usted tan temprano!

Me saludó sin levantarse y respondió: -Quería invitarlo a una copa y para eso tenía que llegar de prima, si no, lo encontraba con el cortado en la mano.

Ni bien me senté frente a él, llegó el mozo con dos cafés y dos copitas de ginebra. Mientras bebíamos el café me comentó que mientras buscaba a Correa, pudo conocer mucha gente que lo apreciaba de verdad y que hasta daban la vida por el taura a quien consideraban un amigo, y terminó diciendo:

El odio que me quemaba las tripas se fue yendo casi sin darme cuenta. Hasta la marca en la frente está desapareciendo, mire. -y se pasó la mano por donde antes yo había visto una cicatriz muy marcada y que ahora casi no se veía.

Entonces, sin pensarlo, le dije que finalmente había sabido de Inocencio Correa, que después de reencontrarse con su viejo amor se mudaron a San Juan y allí se habían dedicado a los vinos.

Levantó la vista del pocillo y dijo: Así que largó el cuchillo por el vino y ¡enamorado encima! -Terminó el café y preguntó si le podía decir algo sobre su muerte, a lo que respondí con un:

Estoy en eso; ya le podré contar algo. Pronto, espero.

Entonces él levantó la copa de ginebra y me propuso brindar por las novedades. Cuando vio que yo probaba un sorbo se sonrió y me dijo: -¡Mándesela de un trago, solo pa’ no hacer morisquetas!

Así que empiné la ginebra y sentí un fuego que me iba abrasando por dentro. ¡No sé cómo no me saltaron las lágrimas, ¡si hasta el mozo se rió! Después de recobrar el aliento le pregunté si conocía el viejo barrio de Triunvirato, hoy llamado Villa Crespo.

No sé cómo lo llaman ustedes, pero al Triunvirato ¡si lo habré caminado! Es que ahí estaban las mujeres más querendonas de los conventillos. Todas enamoradas del “Títere” ¡y laburaban para él!

¡No me diga que usted lo conoció!

-Como conocerlo, no. Yo era solamente un cliente más del rrioba. Lo conocí de vista nomás. Eso sí, vi cuando la policía lo mató.

¿La policía fue? ¿Está seguro?

Le cuento. Yo venía del lado del cementerio y lo vi discutiendo en medio de la calle con dos canas. Me hice el gil y pasé caminando despacito más bien contra la pared, pero con la oreja parada pa’ oír de qué hablaban. Ellos le pedían guita pa’ no molestar el levante de las minas. Al moreno le podían manosear el traste a cualquiera de sus mujeres, pero sacarle guita, ¡eso sí que no! Era guapo y manoteaba el cuchillo enseguida. Caminé como media cuadra cuando escuché dos tiros. Me escondí atrás de un árbol y pispié pa’ la esquina y ¿sabe lo que vi? A un cana guardando el arma mientras el moreno se tambaleaba sobre sus timbos de charol mirándose el pecho; Después se desplomó boca arriba y pude ver dos lamparones rojos manchando su chaleco.

¿Está seguro, Ramírez? Pregunté entre sorprendido y dubitativo. -A fin de cuentas, soy yo el que escribe las ficciones, pero ahora ¡era uno de mis personajes quien las dictaba!

Así fue nomás, don Braulio. Esa tarde no hubo cariños para mí. Todo el hembraje del barrio salió a llorarlo a la calle. ¡Era muy querido el morocho!

Después de un largo silencio, la charla terminó, y como de costumbre mientras se acomodaba el funyi gris, Ramírez se despidió con un:

Hasta la prósima.

Diálogos del arrabal. ISBN 978 987 46957 8 9

Juan del Taragüi. Primera parte.

 En 1871 las tropas del Ejército Nacional ocupan las ciudades entrerrianas costeras por orden del Presidente Sarmiento y López Jordán se hace fuerte en el interior, donde la vida parece seguir su curso ajeno a los acontecimientos políticos.

Montando un ruano patas largas de hermosa estampa, Juan llegó a la pulpería. Entró con el chambergo echado para atrás y su sonrisa permanente, vistiendo bombacha de campo, faja roja y alpargatas. Se presentó simplemente como el Juan oriundo de Taragüí.

A pesar de las vueltas y revueltas en las que estamos metidos le comentó al pulpero algún domador puede hacer falta por estos lugares. ¡Y sírvame una caña que nunca está de más!

Al poco tiempo ya estaba amansando caballos y su nombre se había hecho conocer. Era muy bueno entrenando animales para el trabajo o el paseo. No los maltrataba; los trataba con afecto. No permitía que observaran su trabajo, cosa que lo rodeaba de misterio. Pero los animales que pasaban por sus manos resultaban siempre reconocidos como muy buenos. Yvaté, su ruano, era muy famoso por su porte al extremo que muchos querían un caballo como ése.

Si bien trabajaba en una estancia, el amanse lo realizaba lejos del casco entre una lomada que ocultaba las miradas y un bañado; allí había levantado un corral para realizar su trabajo. Ni bien juntaba unos pesos, se entretenía jugando a los naipes y tomándose unas cañas en la pulpería. Una de esas noches de luna llena, de pronto el silencio se impuso en el boliche. A lo lejos se escuchaba el galope desenfrenado de un caballo y un alarido que no parecía brotar de garganta humana.

Juan, intrigado, sal a ver de qué se trata pero no distinguió nada más que el campo iluminado por la luna en su esplendor. Al regresar a la mesa los parroquianos le contaron la historia del alma en pena del Mocho y la luz mala. Él escuchó con atención y sin reírse, por respeto a los presentes, anunció con voz clara y fuerte:

Mañana vi’á dir en busca de la luz mala pa’ liberar esa pobre alma que anda penando por ái.

La respuesta del pulpero fue inmediata:

No conozco a naides que se le haya atrevido a una luz mala. ¡Y menos monte adentro! Tómese otra caña y olvídese del asunto, que al final de cuentas no molesta y sólo asusta a los maulas.

¡Pero esa pobre alma que anda penando nunca encontrará reposo! Y además esa luz mala no podrá con mi payé y acarició el amuleto que llevaba colgado al cuello: una pluma de caburé santiguada por su abuela y conservada en una bolsita de cuero de carpincho. Dichas estas palabras, apuró de un trago la caña que le habían obsequiado por su gesto, saludó a la concurrencia y se marchó.

A la noche siguiente comenzó a bordear el monte en busca de la tan mentada luz mala. En un lugar en que la llamada selva se volvía más espesa, le pareció ver una picada  y se adentró sin dudarlo. Al paso de su caballo, llegó a un claro donde la luna brillaba con todo su fulgor. Observó con extrañeza un inmenso ñapindá en cuyo tronco había un cuchillo clavado profundamente. Su hoja aumentaba la luminiscencia lunar reflejándose en ella y cada tanto producía una vibración semejante a una risa mal contenida.

Juan  sonriendo echó pie a tierra, se aproximó al árbol y tomó con firmeza el mango del arma que logró extraer tras un breve forcejeo. Observó con mirada entendida la faca con cachas de cuerno de vaca, la sopesó  cambiándola de manos y opinó que era buena; miró nuevamente el árbol y notó que su herida se estaba cerrando sin dejar cicatriz. Su mano acarició el payé mientras pensaba que el cuchillo merecía una linda funda para lucirlo en la cintura. Montó de un salto y emprendió el regreso al trote lento silbando un chamamé.

El filo de la Historia. ISBN 978 987 46957 8 9

viernes, 10 de febrero de 2023

MONCHO

 

Gritando como para darse ánimo, los conjurados entraron en tropel a la galería. “El pardo” recib un disparo en el hombro que lo tiró al suelo. El cordobés respond el fuego y ca “el Señor de San José” con la cara ensangrentada. Entonces los asesinos descargaron sus puñales en el pecho del odiado, una y otra vez.

Cumplido el asesinato, Moncho huyó a todo galope. Iba recordando la cara desfigurada y la sangre brotando por las heridas del pecho de quien manejaba los destinos de Entre Ríos hasta ese momento. Resonaban en sus oídos las palabras del viejo que abandonó la partida perdonándole la vida la noche anterior: Yo no despeno a los que galopiamos juntos.

Se detuvo a la vera de un arroyo, cuando ya el caballo estaba apunto de reventar, con el rostro desencajado. No utilizó su facón, emblema de su condición de gaucho, sino el cuchillo que robara en el despacho de Rosas años atrás para apuñalar a quien fuera su patrón y jefe en más de una ocasión. Sacó el arma de la cintura y observó que aún goteaba sangre. Como loco se echó de bruces en la orilla para lavarlo en el agua clara. De inmediato se formó un cordón de sangre que fluía sin disiparse en medio de la corriente.

Al ver lo que sucedía retiró el fierro del arroyo a la par que soltaba un ronco alarido. De la hoja del acero manaban gotas de sangre. Con angustia lo limpió en una mata de pasto, la cual comenzó a secarse de inmediato.

¡Noooo! gritó con desesperación y devolvió el cuchillo a la vaina. Luego, mientras retumbaban en sus oídos las palabras Yo no despeno a los que galopiamos juntosca a tierra sumido en un profundo desmayo.

Cuando el sol ya estaba asomando con un concierto de trinos y el murmullo manso del arroyo buscó su caballo, montó despacio y se alejó al paso, sin rumbo, con la mirada extraviada.

Lo cierto es que, desde ese día nefasto, en ese lugar del arroyo no hay más peces ni abrevan los animales y en el lugar donde limpió el cuchillo no crecen siquiera los yuyos, la tierra se secó.

Moncho se dedicó entonces a vagar sin rumbo, evitando siempre los poblados. De vez en cuando se conchababa en algún arreo o se dedicaba al contrabando. Pero por lo general deambulaba de aquí para allá, siempre al abrigo de la selva de Montiel.

Una noche sintió que lo llamaban desde dentro del monte. Rastreó la entrada de una picada y fue en busca de la voz misteriosa. Al llegar a un claro, donde la luna llena alumbraba a pleno, vio a Don Justo parado con los brazos en jarra, de poncho y galera mirándolo fijamente. El caballo se asustó y quiso recular, pero él lo sujetó con firmeza y lo calmó con unas palmadas en el pescuezo; desmontó, ató el cabestro a una rama baja y sacó el cuchillo asesino de entre las caronas. Al mirar el arma vio que de la hoja brotaban nuevamente gotas de sangre, ¡de la del asesinado a quien sin embargo tenía ahí, al alcance de la mano! Dirig la vista al finado, o espectro, que lo miraba con una gran sonrisa burlona.

De tres zancadas llegó hasta el Señor de San José y con toda su fuerza le clavó el cuchillo en el corazón. Por toda respuesta, el ahora dos veces asesinado estalló en una carcajada haciendo vibrar el mango del arma que sobresalía del poncho.

Una vez más el Moncho huyó a todo galope, dejando esta vez clavado el cuchillo en el pecho de quien se suponía muerto, mientras lo perseguía una risotada sarcástica obligándolo a espolear desaforadamente su caballo hasta perderse en el horizonte.

Nadie sabe a ciencia cierta qué fue de su vida. Las viejas de la zona dicen que se convirtió en un alma en pena y que su destino es ahora vagar eternamente sin rumbo. Cuentan que las noches de luna llena se puede oír el galope vertiginoso de su caballo y un alarido que pone los pelos de punta. Nadie lo ha visto, pero concluyen que se trata de él. Aquellos despistados que se arriman al monte de noche, afirman haber visto una luz mala moverse entre los árboles y oído una risita socarrona, pero nadie se atrevió a investigar.

Braulio Senda

El filo de la Historia   ISBN 978 987 46957 4 1

                                 FAJA DE HONOR NOVELA 2022 SADE

lunes, 31 de octubre de 2022

La maldición

3 de febrero de 1852. Rosas abandonó el campo de batalla de El Palomar frente a las tropas combinadas de argentinos, brasileros y uruguayos del Ejercito Grande, que luego de la victoria avanzarían inexorablemente sobre Buenos Aires. A galope tendido llegó hasta” El hueco de los Sauces” y desde ahí envió su renuncia a la Sala de Representantes, dirigiéndose de inmediato al fuerte, lugar en el que Mansilla ya había enarbolado la bandera blanca, al igual que en la Aduana.

Mascullando palabrotas, el Gobernador ingresó a su oficina y juntó todos los documentos que consideraba importantes para llevarse. Siguiendo sus pasos iba su bufón Eusebio, de impecable levita y galera. Antes de salir del recinto símbolo de su autoridad absoluta, se volvió y contempló con atención la silla desde la cual había regido los destinos de la Provincias Unidas durante los últimos años. Acarició su respaldo y se dirigió al bufón.

-Eusebio, dame tu verijero.

-¡Pero Amo, es un cuchillo sagrado!

-¡Te dije que me lo des! Y ponete a rezar en esa lengua extraña tuya, que yo voy a largar una maldición.

            Eusebio le entregó el verijero que ocultaba bajo su chaleco y se puso de inmediato a orar en su lengua: -Ova, mobeere pe ki o tetisi si ibeere yii ki o si se ititi ayeraye. (Ova, te pido que escuches este pedido y que lo cumplas eternamente).

En tanto, Rosas exclamó con furia:

-¡Maldigo este lugar y maldigo a cualquier estanciero  de esta desgraciada provincia que pretenda sentarse en este lugar de poder! –tras lo cual clavó con fuerza el cuchillo sagrado de Eusebio en el asiento.

Luego fue en busca de su amigo Robert Gore, Cónsul Británico, quien lo salvaría de una muerte segura. Finalmente, una semana después, con la sola compañía de Manuelita y Terrero partió a bordo del barco inglés HMS Conflict con destino a Southampton, Inglaterra.

El primero en entrar al despacho fue el Moncho en busca de algún objeto de valor para quedárselo; sólo encontró papeles tirados en el piso y cajones abiertos y vacíos. Sus ojos descubrieron el cuchillo y sin dudarlo lo desclavó con mucho esfuerzo, lo escondió entre sus ropas, tras lo cual se dirigió a otras habitaciones buscando aumentar el botín.

Braulio Senda

El filo de la Historia        ISBN 978 98746957 8 9

FAJA DE HONOR NOVELA 2022 SADE

jueves, 17 de marzo de 2022

CARLITOS

 


    Esta vez el encuentro fue en la ciudad de Mercedes, Provincia de Buenos Aires, en el ex Teatro Argentino, hoy Centro Cultural Julio Cesar Gioscio. Después de recorrer las renovadas instalaciones, al descender por la escalinata del ala izquierda, en un descanso de la misma, ¡lo encuentro a él, mirándome sonriente!

    ¡Carlitos! -exclamé sin pensar que me dirigía a una fotografía; ¡pero ahí estaba!, ¡cómo no lo iba a saludar! Él se rio con ganas y me dijo:

    ¡Chabón! ¿Qué andás haciendo por aquí?

    Vine a un encuentro de escritores y antes de irme quise conocer un poco la cultura de la ciudad-. respondí yo, feliz de poder nuevamente hablar con él.

    Escuchame, chabón. ¿Cómo te llamás? Porque cada vez que nos encontramos vos me tratás con respeto y yo te trato de chabón. ¿Sabés lo qué quiere decir en lunfa?

    Sí, se lo que significa, pero lo tomo como una condescendencia de parte suya, perdón, tuya, como me pediste en Montevideo

Nuevamente se río con ganas y volvió a hablar: -¡A la flauta! ¡Pavada de palabras que usás! ¡Pero decime tu nombre de una vez!

    Braulio, me llamo Braulio, como mi abuelo.

  Ahora sí puedo decir que tengo un amigo que se llama Braulio ¡y que me visita por cualquier lado!

Yo sonreí contento y tuve ganas de tocar la foto. Pero lo noté molesto.

 Él siguió diciendo: -¿¡Qué te parece dónde me vinieron a poner!? ¡En medio de una escalera! La gente pasa por acá mirando los escalones o esos aparatitos que llaman celular que llevan pegados a la mano. En los últimos tres meses solamente un veterano se dignó a mirarme; se sacó la gorra vasca para saludarme, me dijo “¡Usted canta cada día mejor!” y siguió su camino sin darme tiempo ni para abrir la boca.

    Es que la gente, con esto de la modernidad, vive casi toda alienada.

    ¡Y dale con las palabrejas! Pasa que me olvido que sos escritor y por eso tenés que manejar bien el palabrerío. Los letristas en mi época también lo usaban bien, aunque algunos se engancharon con el lunfardo. ¡Pero eran buenos! ¿No te parece?

    Sí que lo eran. ¡Poetas de primera! -respondí con énfasis.

    Che Braulio, ¿me ayudas a aflojar la gola? Como acá nadie me da bola, no puedo cantar. ¡Dale, anímate!

Un tanto sorprendido, miré abajo y arriba y le respondí: -Meta, Carlitos, arranque… arrancá vos.

    Percanta que me amuraste

    en lo mejor de mi vida cantó él,

    dejándome el alma herida

     y espina en el corazón continué yo,

    sabiendo que te quería,

     que vos eras mi alegría

     y mi sueño abrasador continuó él.

    Para mí ya no hay consuelo

     y por eso me encurdelo canté yo,

    pa’ olvidarme de tu amor –y terminamos a dúo.

 

    ¡Grande, Braulio! ¡Gracias! No te imaginás lo bien que me hacen estos encuentros…

¿Qué podía decir yo? Si todo estaba en mi cabeza, producto de la imaginación originada por la admiración que sentía por Gardel. Ante mi silencio, continuó hablado:

    ¿Sabés que Samuel era porteño y que Pascual nació acá cerca, en Chivilcoy?

    Sí, sí. Lo había leído-. respondí yo.

    Contursi vivía en Montevideo en mil novecientos diez y ocho. Durante una gira con Razzano, me hizo escuchar la letra que él le había escrito al tango Lita de Castriota. Como era ¡muy buena!, la estrenamos en el Teatro Urquiza, en la esquina de Mercedes y Andes.

    La verdad, es toda una novedad para mí. Ahí funciona ahora el Auditorio Nacional del Sodre.

    De eso no tengo la menor idea -respondió pensativo.

Entonces expresé yo: Y… los tiempos cambian sin que nos demos cuenta, pero el veterano de la gorra tenía razón al decirte ¡que cada día cantabas mejor!

    ¡Dejate de embromar! ¿Podrás hacer algo para que me saquen de este lugar y me lleven al vestíbulo de entrada? Creo que no merezco estar de adorno. ¿Qué decís?

    No te prometo nada, pero lo voy a intentar. Ahora tengo que dejarte. Carlitos, nos vemos en cualquier momento.

    Nos vemos, Braulio -me dijo a modo de despedida.

Al llegar al último escalón me encuentro con Stella Maris, quien cámara en mano y con una sonrisa pícara me dice: -Te vi cantando con Gardel y también saqué algunas fotos.

    ¿En serio me viste? -pregunté un tanto incrédulo.

    Sí que te vi; y parecías muy contento -respondió ella, tomándome del brazo y dándome un beso.

Después pedimos el libro de sugerencias para solicitar que la foto de Gardel se pusiese en un lugar privilegiado, acorde con su importancia, firmamos ambos y nos retiramos. Antes de salir, miramos la fotografía y estoy seguro que nos despidió con una guiñada…

Diálogos del arrabal   ISBN 978 987 46957 4 1

MENCIÓN DE HONOR NARRATIVA 2020-2021 SADE