martes, 12 de junio de 2018

La última llamada

     Primer domingo de diciembre. Llamada de candombe; legado de quienes llegaron a estas tierras antes que nuestros antepasados europeos, encadenados, robados de su hogar, traficados como vulgar mercancía, ignominia de la civilización. La comparsa avanza por el empedrado de San Telmo. Alpargatas, cintas, bombachudos, dominós, tambores, percusión y danza.
La cuerda marcha con pasos cortos que marcan un ritmo muy vivo. Parece imposible que las caderas de las bailarinas no se desarmen en semejante frenesí ¡pero no aflojan! Hay manos que sangran, tiñendo los parches. Ya transitaron la mitad del recorrido y la exaltación no disminuye. La melodía que brota de los pianos, chicos y repiques, encajonada en la calle angosta, multiplica su volumen. La vibración de los cueros se transmite a los cuerpos a través de la madera; más adrenalina se vuelca al torrente sanguíneo manteniendo el delirio.
     Jorge ocupa su lugar justo en medio de la formación; pero su edad es más del doble que la del mayor de los jóvenes. Es para él un inmenso esfuerzo mantener la cadencia de los pibes. Pero respira hondo y se mantiene firme. Al llegar a la antigua Plaza de las Carretas, donde se concentra la mayor cantidad de público, detienen su caminar pero aumentan la métrica y el volumen. Allí la comparsa se exhibe en plenitud; ¡lo deja todo! Las manos castigan las lonjas; la vista no logra seguir el movimiento de los palos. Después de cambiar un par de veces de ritmo y de ejecutar algunos “cortes” de fantasía, hay que continuar. El candombe deja paso al milongón y llega el alivio. Sus manos hinchadas ya no golpean sino que acarician el parche. A Jorge, las piernas le pesan; en realidad lo que le pesa es la edad… Le viene bien aunque sea una cuadra “a media máquina”.
     Compartir con jóvenes hace que su reloj biológico funcione más lento; le hace bien. Pero los años son los años… y piensa mientras sigue con el toque: “¡No puedo más! ¡Me falta el aire! ¡El corazón me late en las sienes! ¡Ya está: ésta es mi última llamada! El año que viene vengo a sacarles fotos y a acompañarlos”
La comparsa llega al anfiteatro y ejecuta su despedida. Exhausto, se sienta en un murito del parque. Se desata las alpargatas para aliviar sus piernas cansadas. Deja el sombrero de paja a un costado y se recuesta en el pasto buscando descanso. El árbol -solidario- le obsequia una llovizna umbría y lo acuna con un concierto de hojitas al viento. Cierra los ojos, suspira muy hondo y acaricia la gramilla mullida y fresca. Se descalza. Su respiración se torna acompasada, pareja. Su pulso se sosiega. El sonido de las lonjas parece alejarse. Lo invade una sensación de paz inmensa.
“¡Qué bien se está aquí! Me cansé con la caminata al sol. Y… ya no tengo veinte años… Pero ¡qué buena estuvo! ¡La cuerda firme y pareja, sin decaer! Ale debe estar feliz; él parió esta comparsa ¡y la comparsa le responde!”
     El repique de los parches comienza a subir en volumen e intensidad. Piensa que otra comparsa está llegando al final del recorrido. También puede ser que estén homenajeando a un referente del candombe. Decide incorporarse y ver de quién se trata. Abre los ojos y ve a su sombrero y sus alpargatas alzando el vuelo. Sonríe… las cintas ofician de alas… se elevan cadenciosamente… Entonces, estira los brazos para recuperarlos; son suyos, son parte de su vestimenta. Sus pupilas le dicen que su piel blanca está cambiando de color, que se está tornando negra. Y sí, a simple vista observa cómo el color tiñe ahora sus brazos y manos, continuando su ascenso desde los dedos.
¡Pero qué le importa a él el color de la piel! Lo que quiere es recuperar sus prendas. Entonces se pone de pie y salta en pos de ellas, que se alejan buscando el azul del cielo. El aleteo acompasado de su dominó lo va acercando poco a poco a las alpargatas…
     La leyenda dice que los días de candombe en San Telmo, entre los últimos instantes de luz y las primeras sombras, de no se sabe qué árbol del Parque Lezama, alza el vuelo un ave de gran tamaño con el pecho y cabeza negro, vientre a rayas negras y blancas y grandes alas azules con ribetes verdes y blancos.
     Cuentan los que las han visto, que traza un gran círculo sobre el parque y que su canto parece decir algo así como: “kalakachí kalakachí kalakachí kalachán… kalakachí kalakachí kalakachí kalachán…” Gira un par de veces, como saludando a los tambores, y se pierde, luego, con su melodía en la inmensidad del cielo... 

Ternas y trilogías     ISBN 978-987-28908-5-8

martes, 8 de mayo de 2018

El explorador

     Cruzar un puente de Einstein-Rosen no resulta sencillo como muchos se imaginarán. A pesar del traje especial diseñado para absorber los efectos de la brusca aceleración en un instante, seguida casi inmediatamente por la no menos brusca des aceleración, el organismo se resiente. Se tiene la sensación de fragmentarse en mil pedazos y volver a armarse. El corazón y los pulmones tardan algunos minutos en recuperar su ritmo normal. La vista sufre, aunque esté debidamente protegida, ya que el comienzo del salto es como hundirse en una negrura infinita, y el final resulta en la invasión de una claridad cegadora. El cerebro demora unos cuantos segundos en recuperar sus funciones plenas, por lo que los reflejos son lentos. Esto supone un gran peligro, puesto que el punto de reinserción puede encontrarse ocupado por algún objeto, celeste o no, con el consiguiente peligro de colisión.
     La operación resultó exitosa y me encuentro cerca del planeta Marte del Sistema Solar. Establezco las coordenadas de aproximación para entrar en órbita y grabo las novedades, ya que al cruzar el puente se pierden las comunicaciones con la Base.
     Explorador a ExoTerraUno. Año 2974, Siglo XXX de la Era Terrestre. El salto se         realizó sin contratiempos. Ingresé al sistema conforme a lo esperado. Me repuse en pocos segundos. Estoy próximo a entrar en órbita marciana y sin novedades. Todos los instrumentos funcionan correctamente.

     Mientras me aproximo al planeta rojo, para terminar de relajar mis músculos repaso en la biblioteca holográfica de a bordo la historia de los terrícolas y su búsqueda de nuevos mundos. Selecciono un tomo y pienso: “¡Qué especie guerrera eran nuestros ancestros! ¡Tan diferentes a nosotros, los Exoterráneos y sin embargo de ellos descendemos! Siglo XX Terrestre, cuatro grandes guerras con noventa millones de muertos y a pesar de eso a fines del siglo continuaba la llamada ‘Explosión Demográfica’ ¡con una población mundial de más de seis mil millones de personas! En esa época descubrieron nuestro planeta al que llamaron por las siglas de ‘Objeto de Interés Kepler 268’”.
     Ya estoy en órbita marciana. Preparo los sensores de análisis y establezco coordenadas para iniciar aproximación. El objetivo es penetrar en la ionósfera de Marte e inspeccionar el hemisferio norte.
     Explorador a ExoTerraUno: Las bases terrícolas en Marte se mantienen en pie, semicubiertas por el polvo; en estos momentos se registra un viento de 120 km/h. El Monte Olimpo no muestra signos de actividad. 

     Dejo atrás el planeta Marte y me dirijo a la Tierra. Viajo a un treinta por ciento de la velocidad de la luz, algo imposible en el siglo XX, pero que nuestra tecnología hizo posible. ¡No comprendo por qué explorar el planeta de nuestros antepasados si ya estamos abocados a la colonización de otros mundos habitables más allá del Sistema Solar! Me asombra el azul profundo de la nueva atmósfera terrestre.
     Los terrícolas tuvieron que abandonar su hogar debido a su espíritu de autodestrucción, que terminó por hacer imposible la vida allí. Continúo leyendo la historia, y no logro asimilar sus contradicciones: en un lugar llamado Norteamérica había granjas de mil cuatrocientas hectáreas; mientras que en otro lugar, llamado África subsahariana, un granjero apenas subsistía con su parcela de menos de dos hectáreas; ¡superabundancia de alimento en un lugar y hambre en el otro! Como sostenía el pensador Veblen, a principios del siglo XX, nuestros ancestros no lograron superar la fase depredadora del desarrollo humano sino cuando tuvieron que abandonar su planeta y emigrar en busca de un nuevo hogar.
     Orbito ahora el satélite Luna. Informo que las plataformas de lanzamiento, después de casi trescientos años terrestres continúan en pie. ¡Pensar que desde aquí impulsaron los primeros cargueros a Marte de navegación a vela solar mediante rayos láser! No puedo comprender cómo se dedicaron a las guerras de conquista durante veinticinco siglos. A partir del siglo XX, los adelantos tecnológicos se desarrollaron en forma vertiginosa, pero sus bondades se distribuyeron en el mundo de forma muy despareja. A pesar de los argumentos de los científicos, las guerras y la explosión demográfica continuaron sin cesar, así como la contaminación del planeta y la sobreexplotación indiscriminada de los recursos naturales. Cuando los poderosos depusieron su actitud, ya era tarde; el planeta había iniciado un ciclo de depuración que apenas les dio tiempo para poner en marcha el éxodo hacia nuevos mundos.
     Explorador a ExoTerraUno: Navego por la atmósfera terrestre a velocidad subsónica circunvalando el planeta. El ochenta por ciento de la superficie está ocupada por agua; las tierras emergentes son cinco grandes islas con abundante vegetación, muy diferentes a los viejos registros.  Presenta  también dos inmensos casquetes polares. 

     Desciendo lo necesario para activar los sensores termo gráficos. Al sobrevolar la zona subtropical de una de las islas, la sorpresa: ¡detecto una gran actividad! Desciendo a diez mil metros de altura y las señales térmicas comienzan a moverse en sincronía formando círculos concéntricos. De pronto ¡desaparecen simultáneamente! ¡Sin dudas se trata de vida inteligente! La orden es no establecer contacto. Elevo la nave y me dirijo a explorar los otros continentes. En todos se aprecia lo mismo. ¡Los terrícolas sobrevivieron a la depuración de la naturaleza y parecen haberse adaptado! ¿Habrá evolucionado su mentalidad o continuarán siendo depredadores de su hábitat?
     Explorador a ExoTerraUno: Emprendo el regreso al puente de Einstein-Rosen. Hay evidencia de presencia de vida inteligente tecnológicamente evolucionada.

     El instrumental científico de ExoTerraUno detectó una gran explosión que tuvo lugar a diez mil metros de altura sobre el Trópico de Sagitario en el planeta Tierra a mediados del año terrestre 2974.

Encuentros de café  ISBN 978-987-28908-6-5

jueves, 26 de abril de 2018

¡QUÉIJO!

          Iba circulando a marcha regular por una calle del barrio, cuando el auto que me precedía pone el giro a la derecha y al llegar a la esquina dobla a la izquierda. ¡Menos mal que yo no doblaba y no intenté pasarlo! ¡Si no, se la ponía en una puerta! Lo primero que se me ocurrió fue largarle una puteada que intentó ser interminable pero que resultó muy breve. Es que en medio de la feroz alocución me acordé de mi tío Miguel y su palabra mágica: ¡QUÉIJO! La verdad es que pronuncié la palabreja y me reí con ganas recordando las muchas vivencias que compartí con él durante mi infancia.
          El tío Miguel era soltero a los cuarenta. La abuela decía que ya era un verdadero “solterón”. Vivía solo y era el único en la familia que tenía auto. No era un cero km pero andaba cerca. Dos o tres veces al mes venía a pasar el domingo con nosotros en casa. ¡Ese día no comíamos asado, comíamos vacío, bondiola y mollejas! Las compras las hacía el tío y nos llevaba en el auto a mis primos -que vivían a tres cuadras- a mi hermana Patricia y a mí. En el auto nos teníamos que portar requetebién; si teníamos las zapatillas embarradas debíamos subir descalzos. Siempre nos compraba golosinas que repartía recién al volver a casa, ¡no fuera a ser que le ensuciáramos el auto con papelitos!
          Nunca íbamos directo a la carnicería. Primero nos daba una vuelta por el barrio. Le gustaba mucho conversar con nosotros y enseñarnos los “secretos de la vida”. Era un tipo muy jovial, de risa fácil. Era muy prudente al manejar, pero a veces le pedía permiso a mi viejo y nos llevaba a dar una vuelta por la ruta. Ahí nos hacía cerrar las ventanillas y aceleraba hasta llegar a los cien Km/h, para que disfrutáramos de la velocidad; siempre nos decía: “a la velocidad hay que gozarla, pero respetándola y respetando a los demás”.
          Cuando otro conductor hacía una maniobra brusca o doblaba sin avisar con las luces, el tío Miguel tocaba el freno -suavemente, si podía- y exclamaba ¡QÉIJO! Después seguía hablando como si nosotros entendiéramos de lo que se trataba. ¡Pero se dieron cuenta lo que hizo ese papanata! ¡¿Dónde aprendió a manejar?! ¡A no… éste compró el registro! No… no… así no, amiguito; hay que poner el guiño antes de doblar. Por supuesto que nosotros no entendíamos nada de lo que hablaba, pero nos causaban gracia las palabras del tío.
     Cierta vez, mi prima Melisa le preguntó el significado de esa palabra. Él le contestó que era una palabra mágica que le había enseñado un viejo chamán y que servía para evitar accidentes y si el conductor al que iba dirigida tenía un corazón receptivo, podía educarlo en la técnica del manejo de automóviles. ¿Mágica, tío?, preguntó nuevamente mi prima. ¡Si, sí, mágica!, respondió él, ¿o acaso alguna vez que la pronuncié nos pasó algo? ¡Y… no!, pero, ¿mágica?, dijo mi hermana. ¡Qué!, ¿no le creen al tío Miguel? ¿Alguna vez les mentí? ¡A ver… a ver… hablen… digan si me equivoco! Los varones nos miramos y contestamos al unísono: ¡No, tío, no! Es que nosotros sí creíamos en las palabras mágicas; en tanto las nenas -Patricia y Melisa- se miraron con gesto de resignación, alzaron un poco los hombros y mi hermana le contestó: -Y… no, tío… Tenés razón.- Pero la verdad es que no le creían nada.
          ¡Pero qué gil que soy! ¿Cómo no me dí cuenta lo que quería decir? ¡Si está clarísimo! Quéijo era lo que nosotros oíamos, pero sin duda decía: ¡Qué hijo de pu..! Jajaja… ¡Mañana lo voy a visitar y a contarle que su palabra mágica aún funciona! Jajajaj! 

Del libro "Ternas y trilogías"   ISBN 978-987-28908-5-8

martes, 6 de marzo de 2018

Alianza

Para: S.M. (Su Majestad) la Reina del Asteroide Mágico.
De: Explorador Delta Eme.
Motivo: Informe primario.

      El asteroide sobre el cual Su Majestad reina, es absoluta y completamente diferente a los anteriormente por mí explorados.
De la exploración preliminar efectuada el Mes I del Año I de la Era de la Conjunción Neptuno-Júpiter/Luna, surge el siguiente informe:

      • El asteroide presenta en ambas caras solares extensos territorios de blancas praderas.
      • Posee volcanes vírgenes, debajo de los cuales, según los sensores de mi nave, se halla una mina de piedras preciosas. Mi opinión es que se trata de diamantes dada el color de la savia de la jungla que corona el casquete superior.
   • Los asteroides son en general yermos así como sus grutas y cavernas. En cambio las dos exploradas, para gran asombro mío y felicidad vuestra, son -ambas- depositarias de sendos manantiales. Los sensores determinaron que son surgentes naturales y abundantes. Yo personalmente bebí de ellas y creo que son dignas de paladares exigentes.
   • No tengo dudas que en eras pasadas el asteroide objeto de exploración fue habitado por El Principito, héroe de los navegantes intergalácticos, y que en la pequeña oquedad existente en el ecuador asteroidal, fue el lugar donde él cultivara su famosa rosa, rosa que emite la luz cósmica que nos sirve de guía en la oscuridad del híper espacio. Aun restan zonas por explorar, pero en virtud de las impresiones recibidas, me atrevo a proponerle a S.M. la Reina una alianza solidaria de protección y ayuda mutua. Mi nave queda a su disposición tanto para simples viajes de placer como para conocer nuevos mundos.

Tenga S.M. la certeza de mi más fiel dedicación.
                                                                                   Delta Eme
                                                                        Explorador Galáctico 

      TERNAS Y TRILOGÍAS-ISBN 978-987-28908-5-8

miércoles, 31 de mayo de 2017

DIAGUITAS

Una leyenda posible.
     Los guerreros preparan sus armas en silencio escondidos en medio del monte. Hay también mujeres, niños y ancianos. Hace cien años que resisten al invasor, pero esta vez los han rodeado. El enemigo es numeroso y bien armado. Ya no están para guiarlos Calchaquí, Quipildor, Viltipoco, Chalamín ni el Inca Hualpa.
     Los más viejos han decidido luchar hasta morir. Las madres con niños de pecho prefieren despeñarse con sus hijos antes de caer prisioneras. Pilpintu, recientemente viuda, lleva a su hijo adolescente fuera del campamento.
    —Sapaki, hijo mío: Ninguno de nosotros sobrevivirá al próximo combate, pero tú debes salvarte. Tu padre Utuya fue un valiente y siempre estuvo orgulloso de ti. ¡Vete!
     —¡Madre, yo quiero pelear! Se manejar la honda muy bien.
     —Mejor sabes bailar. ¡Nadie baila como tú, ningún otro posee la energía que tú tienes! Debes correr sin mirar atrás hasta el Sinchi Caña. Trepa hasta la cima y allí ponte a bailar. Pacha Mama ama la danza. Debes danzar para ella sin descansar apenas la alborada bañe tu rostro. Cuando ella se haga ver, entonces puedes detenerte y ofrecerle las palabras que anidan en tu corazón.
    —¡Pero madre!
     —¡Nada de peros! ¡Pídele que te proteja! Cuéntale lo que has visto. Llévale esta mazorca y estas vainas de algarroba, que es todo lo que nos queda, y dile que le ofrecimos nuestra sangre.
     —¡Madre!
     —¡Vete ya, Sapaki! Danza para la Pacha Mama como nunca y… ¡recuérdanos!
     El joven se da media vuelta y corre como un ñandú lo haría. Las ramas lo azotan pero sus pies parecen volar. Trepa el cerro casi sin detener la marcha. Inti (el sol) lo saluda antes que a nadie. Sin reparar en su cansancio, Sapaki comienza a danzar. Pronto parece olvidarse de todo lo que lo rodea, de sus miedos, de su angustia… Y danza con los brazos extendidos. Danza inclinándose casi hasta tocar el suelo e irguiéndose hasta mirar el cielo. Danza con giros y contra giros. Danza con un ritmo cada vez mayor, vertiginosamente…
     Se detiene al percibir una presencia sobrenatural. Gira lentamente. Allí, frente a él, la mismísima Pacha Mama lo observa sonriente. Postrándose ante tal presencia, su voz se niega a dejarse oír. Un sonido que le resulta indescriptible penetra todo su ser. La voz de la divinidad lo serena, sosiega su corazón, le brinda paz… De bruces y sin levantar el rostro, Sapaki comienza a hablar.
     —¡Madre! Desde el día en que el padre de mi padre enfrentó a los usurpadores que llegaron para expulsarnos del solar que nosotros te cuidábamos, no han hecho otra cosa que destruir tus criaturas. Primero destruyeron los collcas, tambos y pucarás (almacenes, refugios y fortalezas) que habíamos construido. Después quemaron los bosques que nos brindaban refugio, ¡tus bosques! Y escasearon entonces el algarrobo, el chañar, el guayacán, el mistol y el quebracho. También se perdieron el guanaco, la taruca (ciervo) y el uthurunku (Ocelote). Ya no quedan Amaichas, Calchaquíes, Quilmes ni Yacampis…
     —¿Imata munanqui? (¿Qué quieres?)
     —¡Justicia, Pacha Mama, justicia! ¡Castiga a quienes nos destruyeron!
     —Lo haré si tú sigues bailando para mí. ¿Munanquichu? (¿Quieres?)
     —¡Ari munani! (¡Si, quiero!)
     —Los poetas recuperarán un día la memoria Diaguita. ¡Pero tú, baila, baila, baila!
     Mientras Sapaki comienza nuevamente su danza. La divinidad alzando los brazos declara:
     —¡Ya no bendecirán Inti y Huasi (el sol y la luna) las cosechas del awka (enemigo)! ¡Phuyú (nube), aléjate de este lugar! ¡Wayra (viento), ven y baila (muyuy) con Sapaki! ¡Muyuy, muyuy! ¡Wayra: muyuy!
     El viento y el joven se fusionan entonces en una sola esencia entre giros y contra giros. La Madre Tierra ordena a continuación:
     —Cada nuevo amanecer, cuando Huasi (la luna) deposite sus lágrimas sobre qhura (la hierba), tú recorrerás la comarca y te las llevarás todas contigo, dejando en su lugar solamente remolinos de arena… ¡Wayra muyuy!

       De "Ternas y trilogías" ISBN 978-987-28908-5-8

jueves, 20 de abril de 2017

RESTOS DE UN DIARIO DE VIAJE

Martes 17 de marzo de 2010
Desde que salimos de la aldea, al noroeste de La Yunga boliviana, no hicimos más que subir y subir. Estas montañas parecen no tener fin. La última quebrada que cruzamos fue hace una semana, apenas habíamos dejado atrás los límites del poblado. Mi saywa  (guía) habla poco y solamente si le pregunto algo. Me enseñó a mascar hojas de coca contra el apunamiento. Sus ojos están siempre pendientes de lo que nos rodea. Parece comunicarse en silencio con la naturaleza. ¡Qué diferencia con la cordillera propiamente dicha! Allá todo es piedra y nieve; en cambio, acá la vegetación es abundante, tupida; es un verdadero pulmón planetario. La noche es fría. Después de calentar y comer el alimento enlatado correspondiente, me acurruco dentro de la bolsa de dormir, muy cerca del fuego. Pillqu, mi guía, no come enlatados; hierve raíces, que él mismo busca, y maíz que lleva en su morral, lo acompaña con bayas silvestres.

Miércoles 18 de marzo de 2010
Otro día de caminata ascendente en pos de la Ciudad del Silencio. Me ayudo con una rama a manera de cayado. A partir del mediodía, avanzamos zigzagueando; la pendiente es muy pronunciada. Noté al guía algo nervioso. Muchas veces se detuvo a escuchar quién sabe qué, con los ojos entrecerrados. Por mucho que me esfuerce, no consigo oír más que el denso silencio de las montañas. Al mediodía, atravesamos una zona de mucha humedad. Fueron varios kilómetros en los que la vegetación era verdaderamente exuberante. La noche, aun sin luna, es clara, muy clara. El cielo semeja un negro manto adornado con miles —millones— de coyuyos titilando continuamente. Pillqu no duerme. De a ratos parece rezar; se comunica sin duda con la Pachamama o con el Ajayu Qullu (Espíritu de la Montaña, en lengua Aymara). A mí también me cuesta dormir. El silencio es cada vez más denso; solo oigo el ruido de mi respiración y el latir de mi corazón.

Jueves 19 de marzo de 2010
Esta mañana muy temprano, Pillqu me informó que él no podía seguir conmigo. Ningún argumento logró disuadirlo. Ofrecí pagarle un premio al volver, pero me respondió que hasta allí llegaba la protección del Ajayu, y que si seguía adelante, Él se podría enojar y eso sería una muerte segura. Mi empeño fue inútil; le pagué lo acordado más una propina que aceptó a cambio de su macuto con hojas de coca. Y nos despedimos. El guía emprendió el regreso cuesta abajo sin volver el rostro atrás ni una sola vez. Cuando lo perdí de vista, levanté campamento y continué con la ascensión. Al mediodía, comí carne enlatada sin calentar, dormí una hora de siesta y continué el viaje. La vegetación era tupida, pero de menor altura. Volví a acampar al anochecer. Estaba tan cansado que no calenté la cena. Aprovechando el clima seco y muy agradable, dormí sin encender fuego. Además, estando solo, no había quien lo cuidara.

Viernes 20 de marzo de 2010
Es extraño el amanecer en estos parajes. A la increíble luminosidad de la noche saturada de estrellas, la sucede la del sol en todo su esplendor. Sin darme cuenta, anoche acampé en una meseta. ¡Llegué finalmente a la cima! Paso a paso me abrí camino buscando el final de la meseta y, de pronto, ¡me encontré con la visión más asombrosa que mis ojos jamás contemplaron! ¡En un cañón entre dos montañas y colgando de gruesas cuerdas de cáñamo, cual gigantesca telaraña, una ciudad! ¡Una ciudad detenida en el tiempo y suspendida sobre un abismo que parece no tener fin! ¡No podía creer lo que estaba viendo! La ciudad se extiende en círculos concéntricos con callecitas de puentes colgantes. Las construcciones son todas de caña y hojas de palma. Al medio, la más grande, debe ser el lugar de culto. Los pobladores, hombres, mujeres y niños son todos de tez cobriza, usan el cabello cortado a la taza y se visten con un pequeño urkkhu (taparrabo) de fibra vegetal. No llevan pintura en el rostro. Hay solo dos vías de comunicación con el mundo exterior: una al Sur, bastante a la izquierda de donde yo estoy, y la otra al Norte, en diagonal con la primera. ¡En el límite Oeste de la telaraña hay plantaciones de maíz, y en el Este, de lo que parece ser papa! ¡Plantaciones colgantes en gigantescos canastos! Dos grupos de hombres y mujeres se dirigen hacia ambas salidas escoltados por cinco o seis robustos varones muñidos de macanas de gruesa madera. Supongo que salen a recolectar bayas, raíces y agua. La ciudad y su entorno están sumidos en un profundo silencio. Estamos a más de dos mil metros sobre el nivel del mar. No hay aves ni grandes animales en derredor; por lo menos yo no los he visto en los últimos dos días. Me pregunto qué debo hacer, si volver sobre mis pasos y guardar el secreto o darme a conocer y tratar de aprender de esta antigua civilización. En la historia de la humanidad, los choques culturales siempre fueron contraproducentes para las menos desarrolladas.
Siento voces en extraño dialecto. El ruido de la espesura es cada vez más próximo. No tengo posibilidad segura de ocultarme. ¿Será este el momento de la verdad?

ISBN 978-987-28908-6-5     Antología Encuentros de café.

jueves, 30 de marzo de 2017

La despedida

El cabriolé se detiene frente a una de las chacras del Iberay. Rancho de barro a la sombra de un yvyrapytâ. El negro Joaquín se arrima a la tranquera. El paisano al pescante saluda en Guarani.
- Mba’éichapa, kambá?  Temiandu guarâ Karaí Artigas. (-¿Cómo estás, negro? Traigo una visita para Don Artigas)
- Iporânte… ha nde? (Muy bien ¿y vos?)
- Iporânte avei. (Muy bien, también.)
-¡Decile que baje, pues!
Se da media vuelta y grita en dirección al rancho:
-José, tenemos visita…
Del coche desciende un hombre vestido a la europea; un caballero bastante mayor con bastón y botas de montar. Joaquín lo recibe con una sonrisa grandota y le extiende su mano negra y callosa.
-¡Bienvenido, amigo! Joaquín Lencina, pa’ lo que guste mandar.
El visitante, con gesto adusto, observa al moreno un instante y estrecha con energía la mano extendida.
-Yo también me llamo José. Es un gran placer estrechar su diestra Sr. Lencina.
-Llámeme Ansina, como todo el mundo.
En la puerta del rancho se destaca la figura de un anciano de poncho, alpargatas y bastón, que con paso seguro se aproxima al grupo. Al llegar, saluda al cochero con un:
-Mba’épa, angirũ. (¿Qué tal, amigo?)  
- Mba´épa, Karaí. (¿Qué tal, Señor?)
Mira al visitante a los ojos y extiende su mano.
-José Artigas, paisano, para servirlo…
-José de San Martín, a sus órdenes…
Joaquín, con una risotada, se golpea la pierna exclamando “¡Esto sí que se pone lindazo!” y saluda al cochero.
-Jajohecha peve, koygua. (Adiós, paisano)
-Jajohecha peve, kambá (Adiós, negro)
Los dos José se miran a los ojos mientras estrechan sus manos. ¡Cuántos pensamientos, cuántas preguntas bullen en esas mentes entradas en años, muchos años!
-El mate está pronto y adentro está más fresco.
Ambos ancianos caminan despacio, apoyándose en sus bastones, uno importado y fino, el otro hecho de madera silvestre, tallado por una mano guaraní y no muy recto. Una vez sentados a la mesa y mientras el mate espumoso cumple con su mítica tarea de romper hielos, la conversación comienza a adquirir fluidez.
-Don José, se nos acaba el tiempo y no quería partir sin estrechar su mano y agradecerle profundamente su aporte, invalorable, a la emancipación de nuestra América.
-Amigo José…
-Llámeme Pepe, por favor.
-Pepe, no hice otra cosa que luchar por la causa de los pueblos… Yo hice mi parte como usted hizo la suya…
-¡Así es! Pero usted en el Este y Don Martín en el Norte, me dieron el tiempo necesario para organizar el Ejército de los Andes y poder así batir al enemigo en Chile y Perú.
-La suya sí que fue una gesta increíble. Si hubiese contado con el Irlandés Brown, otra habría sido el final de la historia.
-Las cosas fueron como fueron y ambos terminamos traicionados y vilipendiados. ¡Eso no lo esperé nunca y aún me hiere! Yo logré huir de los confabulados en mi contra y continuar mi vida en libertad, aunque lejos de mi tierra. Pero usted… usted no sólo sufrió la traición y el escarnio, ¡sino que también cargó cadenas!
-Pero no me quejo… La vida siempre enseña algo aunque no lo comprendamos en su momento. Las cadenas en la vejez me templaron para la partida… Además, en este lugar me siento en paz…
Las pausas son largas, como si el mate marcara los tiempos de la conversación. El negro Joaquín participa de la mateada entre los quehaceres de la cocina y de vez en cuando participa de la charla.
-¡Fue bravo cruzar la cordillera y peliarlos a los maturrangos! ¿No?
-Fue bravo pero no imposible. Conté con algunos oficiales que la habían cruzado antes; ¡eso ayudó! ¡También fueron invalorables los pardos y morenos que me acompañaron! No solo constituían una excelente infantería sino que eran fuertes, ¡muy fuertes para soportar las penurias de la travesía! Por eso mi placer al estrechar su mano, Ansina. ¡Usted me trajo gratos recuerdos de mis bravos soldados!
-Agradezco el homenaje en nombre de mi raza…
-Pepe, estos hombres regaron nuestro suelo con su sangre… Fueron hombres libres y murieron como tales… pero su espíritu permanece en los territorios en los que lucharon y llegará el día en que renacerán en nuevos hombres libres…
-Puede ser, José, pero no lo verán nuestros ojos.
-No lo verán, es verdad; pero sus pensamientos, Pepe, nuestros ideales volverán a anidar en los corazones de nuevas generaciones.
-Es posible. Pero tras ellos ¿no vendrán también traidores y perdularios?
-Jajaja… No tengo dudas que así será, pero hasta ahora, después de la noche siempre llegó la aurora. Mientras el mundo gire, así seguirá sucediendo.
-¡Siempre habrá tiranos que combatir!
-¡Y traiciones que soportar! Pero ahora necesito mover las piernas. ¿Qué le parece si nos pegamos una caminata mientras seguimos conversando?
-Don Pepe, póngase este chambergo de paja que es más fresco que su galera. Y este ponchito de lino le irá más cómodo que la levita.
-Muchas gracias, Ansina, es usted muy amable.
Los dos ancianos caminan lentamente buscando la sombra del guapo’y, del ka’a o del peterevy. Los bastones dejan su huella en la tierra colorada; las alpargatas y botas la hacen revolotear. Las palabras continúan entretejiendo una amistad que quizás la vida con sus misterios había predestinado.
-José, de mi familia, solo yo abracé la causa de la libertad de América, ¿y la suya?
-¡Ah… mi familia! Mis padres sirvieron a la causa de los pueblos. De mis cinco hermanos, solo Manuel Francisco vivía cuando estalló la Revolución y en ella sirvió; partió en el 22, mientras Francia me tenía enclaustrado. Mi padre lo siguió a los pocos meses. Y mamá… ¡nunca supe cuándo partió! Mi hijo Manuel –el charrúa- fue un gran compañero de armas hasta el 20; después, al finalizar la patriada, tuvo que cuidar de su gente y por ahí ha de andar… José María era muy pichón cuando la Revolución; después del 30 sirvió con “el pardejón” y nos dejó hace unos tres años…
-¡Vamos quedando solos! Ambos enviudamos temprano. Mis hermanos Juan y Justo fallecieron hace como veinte años. ¡Qué cosas tiene la vida! Pensar que mientras ustedes luchaban por detener a los portugueses nosotros cruzábamos la cordillera y logramos batir al enemigo en Chile… ¡y mientras usted estaba cautivo, yo me embarcaba hacia el Perú!
-Llegué hasta acá en busca de ayuda… y se terminó mi actividad política. Hubo algo que no pude ver con claridad; pero así es la vida y no es fácil discernir los tiempo.
El sol comienza a mezquinar su luz y los hombres desandan el camino. Ahora a las palabras las sustituyen largos silencios…
-José, debo embarcarme esta misma noche. Llegué hasta aquí gracias a los buenos oficios de Doña Juana Carrillo y no debo abusar de su gentileza.
-Lo entiendo, Pepe. ¡Es una gran señora! Ella ha hecho confortable mis últimos años.

La despedida es silenciosa. Los tres ancianos se prodigan cálidos abrazos. Al partir el coche, se agitan las manos en un último adiós. La húmeda brisa de la noche paraguaya acaricia, como queriendo enjugar las lágrimas que mansamente riegan los pliegues de los rostros curtidos por el tiempo y la Historia…

ISBN 978-987-28908-7-2           Cuentos con Historia 2ª Edición.