jueves, 1 de diciembre de 2016

AMIGO

Eucaliptus añoso y seco,
¡cuántas veces a tu lado pasé!
¡Cuántas noches de luna, serenas,
tu oscura silueta al andar divisé!

Aún cuando el cielo no estaba estrellado,
y te vestías con manto de brava tormenta,
desde lejos veía tu enhiesta figura
de pié, cual si fueras un viejo profeta.

Desde entonces fuimos amigos.
Al pasar –tarde o noche- te hablaba
y tu voz era el silbo del viento
en tu tronco, que me contestaba.

Pero un día al llegar ya no estabas
de pie, orgulloso, señalando el cielo.
Y vi la grandeza de tu cuerpo seco
allí, abatido, cual bravo guerrero.

El filo del hacha vibraba al golpearte.
Sé que en silencio sufrimos los dos.
Y escuché el eco de tu voz nudosa:
repitiendo -¡¡¡Adiós… amigo… adiós!!!

                                 
"Encuentros de café"       ISBN 978 987 28908-6-5

jueves, 3 de noviembre de 2016

UNA CIUDAD PECULIAR

Procoa es una ciudad muy peculiar. Distante unos cinco kilómetros de la ruta 2, poco antes de Chascomús, se accede a ella por un camino de doble vía bordeado de frondosos eucaliptos. El acceso desemboca en una gran explanada donde hay un despacho de combustible, un centro de atención al viajero y una playa de estacionamiento. A derecha e izquierda se abre una avenida también de doble mano que debe ser sin duda de circunvalación.
En el Centro de Atención hablo con un joven muy amable a quien le expongo el motivo de mi visita.
-¡Así que, periodista, eh!
          -Así es, y lo primero que necesito es un lugar donde alojarme. ¿Dónde hay un hotel?
     -No hay hoteles en Procoa. Pero en el Centro Cívico le dirán las opciones de alojamiento de las que podrá usted disponer.
         -¿Y cómo llego al Centro Cívico?
        -Estacione su auto en la playa y vuelva. Después me llena una ficha y yo le entrego un vehículo de libre circulación. El estacionamiento es gratuito.
        La ficha era virtual y la llené desde el teclado de una computadora. El vehículo que me entregaron era una bicicleta de tres ruedas -triciclo, bah- “para que lleve sus cosas comodamente”, como me dijo Marcos, el empleado que me atendió. El vehículo tiene GPS, por lo cual no podré perderme.
      Llama mucho la atención, la concepción urbanística de la ciudad. No está configurada como un damero sino que sus manzanas son hexagonales, lo que le confiere el aspecto de un panal de abejas. Las calles, por supuesto, son zigzagueantes. Es pequeña; tiene aproximadamente doscientas manzanas en su totalidad. El centro geométrico  de la ciudad es una plaza que ocupa toda la manzana. Totalmente arbolada, con una gran fuente de agua rodeando un monumento a sí misma, poblada de césped, flores y juegos para niños.
     Frente a la plaza, mirando al Este, el Palacio Municipal ocupa media manzana, en donde además de las oficinas municipales propiamente dichas, se encuentran las de todos los servicios públicos, y allí me dirigí. En la Oficina de Visitantes fui recibido muy cordialmente y me dieron a elegir entre una veintena de casas de familia donde me podía hospedar el tiempo que necesitara; lo único que se esperaba de mí era que colaborara con los gastos diarios, nada más. También me entregaron un librito con la historia de la ciudad y una credencial que me acreditaba como visitante y periodista.
       Una vez instalado, me dediqué a recorrer la ciudad sin rumbo, total, con la tecnología en bicicleta no hay manera de extraviarse. Los habitantes, de todas las edades, se desplazan por las calles arboladas en bici, monopatín, patineta, rollers o bien, caminando. Nadie parece tener apuro alguno. La vestimenta no difiere de la de cualquier ciudad provinciana, sencilla, funcional; eso sí, se usa mucho la bombacha de campo. Me llamó poderosamente la atención  que las mujeres no usaran sostén; sin importar la edad, ¡no lo usan ni lo necesitan! ¿Será que el aire de aquí es saludable al extremo de mantener permanentemente los bustos en posición de choque?
      Durante la cena, el dueño de casa me informó que habrá una Asamblea Extraordinaria de la Cooperativa y que estaba invitado a asistir en calidad de oyente. Esto me venía de maravillas para mi investigación sobre las pequeñas ciudades del interior, como saben llamarlas los porteños.
     La Asamblea se llevó a cabo en el Salón de Usos Múltiples, que colmó su capacidad. Esa noche toda la población estaba presente. Sobre el escenario, ante una sencilla mesa, se ubicaron Sol Magenta, Presidente del consejo de Administración, bajita, trigueña y la mujer más enérgica que he conocido, y el Secretario de Actas Adalberto Fervor, alto y delgado, quién imperturbable frente a su laptop se dedicó a labrar el acta sin pedir aclaraciones ni una sola vez. Sol Magenta hizo uso de la palabra agradeciendo la presencia de todos, me dio la bienvenida y solicitó a la concurrencia moción y apoyo para constituirse en Asamblea. Se alzaron varias manos y de inmediato pasó a explicar los motivos de la misma.
     -Rómulo Abe, el fundador de la cooperativa y de la ciudad, con sus 90 años a cuestas y en plena lucidez, ha fijado la fecha de su muerte para el próximo sábado después del mate de la mañana. Hoy es martes y debemos resolver sin falta el programa de homenajes. La Asamblea tiene la palabra.
    -Yo propongo que vaya el Consejo a tomar el último mate con Don Abe y a despedirse en nombre de todos.
     -No, no, no; somos muchos. Tienen que ir tres o cuatro nada más.
   -Entonces que vayan Doña Luz y el Dr. García Kurtz. También se puede invitar al Delegado Municipal.
    -¡Si, sí, eso está bien!
   -Si no hay opinión en contra, se procederá de esa manera. Quiero aclarar que la mateada queda supeditada a la autorización de la familia. Don Alejandro, usted que es el mayor de los Abe, ¿qué dice?
   -Y… Doña Solcito… si usted lleva los bizcochitos de grasa, estará bién.
   -¿Aprobado? Aprobado. Por disposición explícita de Don Rómulo no habrá velatorio; pidió ser cremado. ¿Qué más se propone?
  -Propongo que el sábado se suspendan los embarques de cereales y ganado y que nos dediquemos a meditar todo lo que Don Rómulo hizo por nosotros. En definitiva Procoa surgió por su iniciativa y pujanza y la ciudad está próxima a cumplir cincuenta años de existencia, cincuenta años de desarrollo sustentable. Trabajando juntos sobrevivimos    a la dictadura, al Plan Primavera y al corralito. ¡Y todo se lo debemos a él!
   -¡Apoyo la propuesta!
   -¡Y yo!
   -¡Yo también apoyo!
   -Muy bien. Apoyo de varios. Se declara entonces el próximo sábado Día Ciudadano de Reflexión!
   -¿Más sugerencias? Tiene la palabra Adalberto Schvartz.
  -Yo propongo que el domingo hagamos un gran almuerzo comunitario. Como Jefe de Asadores pongo a disposición de todos nuestro esfuerzo profesional para que celebremos   la vida, como a él le gustaba decir…
   -No, no, no… Estoy de acuerdo con la celebración comunitaria, pero propongo que  hagamos un gran potaje de cordero y trigo, ya que la cosecha ha sido buena.  Además lo podemos condimentar con  las cenizas de Don Rómulo en lugar de desparramarlas por los sembrados, así nos queda algo de él a todos.
   -¿Alguien más propone algo? ¿No? Entonces tenemos que votar. Hay dos propuestas       a consideración de la Asamblea: la de Adalberto, un gran asado de novillo, y la de             nuestra Jefa de Cocineras, Blanca Luz, potaje de trigo y cenizas.
    La moción que resultó aprobada casi por unanimidad fue la propuesta por Doña Blanca Luz, que por otra parte es negra como el carbón. El cura Abadón Giménez y el pastor Atila Sotomayor de común acuerdo propusieron oficiar una ceremonia en el Templo el sábado a la noche y una misa en la Iglesia el domingo a la mañana para homenajear a Don Rómulo, que aunque ateo confeso era gran amigo de ambos religioso; con el cura jugaba al truco y con el pastor al mus.
    Por supuesto que participé de todos los actos públicos. El lunes bien temprano volví a la ruta en busca de la próxima población, llevando en la notebook el abundantísimo material que pude recoger sobre Procoa y sus singulares habitantes.

     Ah, me olvidaba… el potaje estuvo riquísimo.


 Del libro "Ternas y trilogías"  ISBN 978-987-28908-5-8

viernes, 7 de octubre de 2016

Perseverancia

Al comenzar septiembre, un casal de horneros comenzó a construir su nido en la entrada de mi casa en el mismo lugar que el año anterior una gran tormenta había destruido el de otra pareja: ¡sobre los cables del tendido eléctrico! Evidentemente a los horneros les gustan los desafíos. Cuando me dispuse a observarlos estaban construyendo la base y experimenté algo así como pena al verlos volar en busca de material hasta jardines con buen riego. Entonces decidí hacer un poco de barro cada día al pie de la construcción, junto al cordón de la vereda.
Fue un mes de fines de semana con lluvia. El sábado siete comenzó lloviendo ¡y lloviendo con ganas! Cerca del mediodía paró un rato. Al salir, lo primero que hice fue mirar hacia los cables y al hacerlo pensé “¡Otra vez!” Y sí, lo inevitable… junto al cordón de la vereda yacían los restos de adobe del nido. Al día siguiente, al regresar de la panadería, ¡veo a un hornero parado sobre las ruinas! Pensamiento absurdo el mío: “¿Estará evaluando lo sucedido para tenerlo presente para la próxima, o se encuentra planificando la reconstrucción?
¡Las aves no piensan!” me dije, pero por si acaso junté los restos de adobe y los dejé en la calle al pie de los postes…
Al otro día, muy temprano de la mañana, oí el dueto de los horneros y salí a mirar. ¡Allí estaban, reconstruyendo su casa!
Avanzado septiembre las azaleas hermoseaban el jardín. Los horneros continuaban trabajando en su nido y yo por supuesto tirando agua en el cordón de la vereda dos veces al día para mantener el barro maleable. Los constructores trabajaban todo el día; mientras uno levantaba pared, el otro juntaba material. Con el pico armaba una bolita de barro y pasto, luego con un aleteo se elevaba como en un ascensor. Una vez arriba, continuaba con la pared mientras su compañero/a descendía planeando a preparar más adobe. Su única herramienta: el pico. Con él forman el adobe y lo suman a la construcción incrustándolo.
En cuatro días estaba construida más de la mitad de la casa; cierto es que faltaba la parte más difícil: ¡el domo! Fueron jornadas de trabajo arduo y constante. El jueves amaneció lloviznando, pero ellos no se amilanaron y continuaron con la obra. También lo hicieron el viernes y sábado con lluvias intermitentes. El domingo se descolgó un aguacero sostenido hasta el mediodía y el nido terminó una vez más cayendo a tierra. Resultó para mí un día de tristeza, pero los alados constructores se repusieron de inmediato y el lunes ya estaban nuevamente “pico y pico a la obra”.
Una mañana cerca del mediodía me llamó la atención no oír ningún canto, ni de zorzales, ni de horneros, ni de benteveos. Salí a observar y comprobé que no solo no se los oía ¡sino que tampoco se los veía! Al elevar la mirada descubrí la razón de aquel silencio. Allá arriba, alto, más alto que la zona de vuelo de mis plumíferos vecinos, con las alas bien extendidas –como suspendida del cielo– se recortaba la silueta de un chimango planeando en suaves círculos. Para las pequeñas aves aquello significaba una presencia aterradora.
A media tarde y supongo que ante la ausencia de visibles presas, el cazador desapareció de escena, pero las aves de mi vecindario permanecieron ocultas el resto de la jornada.
Al otro día, sin enemigos en el aire, la mañana recuperó los trinos y los horneros volvieron a la obra. El domingo llovió hasta poco después del mediodía. Lluvia mansa pero sostenida. Era inevitable que el nido sin terminar, una vez más, se hiciera añicos contra el piso. Pero a los dos días, al volver del trabajo, vi con admiración a mis compañeros ¡“meta pico y adobe”! Demás está decir que antes de entrar a casa empapé el barro junto al cordón de la vereda. Mientras yo tomaba mate, ellos subían y bajaban continuamente.
Octubre engalanó las aceras con el rojo de los ceibos florecidos y le ofreció a las abejas un nuevo néctar: el de las flores de los paraísos. El ciruelo, vestido de verde rabioso, comenzó a exhibir los retoños de sus frutos.
Miércoles 9: Lluvia torrencial al anochecer. Nido una vez más al piso. Pero el jueves: ¡otra vez picos a la obra! Creo que me fueron aceptando, a mí o a mi trabajo, ya que al tirar el baldazo de agua, descendían inmediatamente a buscar barro.
El Domingo 20 a las cinco de la mañana me despertó el sonido de la lluvia sobre el tejado y encendí la luz para mirar la hora, preocupado por los horneros. Llovió hasta el mediodía. Cuando salí a ver el resultado de la lluvia sobre el nido, ¡grande fue mi sorpresa al verlo intacto! Y no sólo eso, bajo las últimas gotas mansas, ¡estaban construyendo la entrada tan característica!
Al otro día ya habían ocupado su nueva casa y yo recordé a Lugones, porque “La casita del hornero, tiene alcoba y tiene sala.”
El 2 de Noviembre, Ana Berta, la anunciada tormenta, tiró el nido. Ante mis ojos quedaron expuestas la alcoba de tiernos pastitos y las cascaritas rotas de lo que hubiera sido una nueva nidada. Por más que me repetí “son cosas de la vida”, no pude evitar una gran congoja...

Del libro Ternas y Trilogías. ISBN 978-987-28908-5-8

jueves, 29 de septiembre de 2016

Y... ¡así es!*

El tipo llega a su casa después de casi 12 horas de ausencia; es que la vida del laburante es así: ocho o nueve horas en el yugo y tres horas como mínimo de traslado, ida y vuelta. Llega justo a la hora del mate de la tarde. La mujer lo espera con la mesa preparada, la pava con el agua caliente y los bizcochitos caseros que tanto le gustan. Los chicos aún no regresaron. Beso, pantuflas y las novedades domésticas del día. Que Rodolfo quiere largar el estudio y ponerse a trabajar; que Carolina anda medio de novia y bajó las notas en el colegio; que vas a tener que hablar con ellos porque a mí ya no me prestan atención.
-¿Y qué les voy a decir que ya no les hayas dicho? ¡Que se pongan las pilas y terminen de estudiar de una buena vez, que para eso me rompo bien el orto todos los días!
-¡Viejo, qué te pasa! ¡Estás muy nervioso! ¡Mirá que se te puede disparar la presión!
-¡Nada! ¡Nada! ¿Qué me va a pasar? ¡Lo mismo de siempre…!
-¿Más despidos? ¡Ay no, viejo, no me asustes!
-¡No, más no! ¡Son los mismos de la otra vez que no aceptan el despido y están todos los días en la puerta repartiendo panfletos y tocando el bombo! ¡Me tienen podrido!
-¡No te pongas así! ¡Aflojá un poco, che! Si te hubiera tocado a vos, también estarías ahí.
¡Nooo; ni en pedo! Yo agarro la guita y me las tomo. Si te quedás haciendo quilombo, no te llaman nunca más.
-¡No te sulfures, viejo! Tomate este matecito. ¿Querés que le ponga una cascarita de naranja?
-No, dejá; está bien así. ¿Sabés qué pasa? ¡Que si no se dejan de joder, no vamos a tener horas extras! ¿Qué carajo se creen? ¡Si ya están despedidos!
-Bueno, cambiando de tema, ¿vas a hablar con Rodolfito?
-¡Qué Rodolfito ni ocho cuartos! ¡Ro-dol-fo! Con el lomo que tiene no está para Rodolfito.
-Bueno, está bien, pero ¿le vas a hablar?
-Sí, sí, le voy a hablar. Decile que el fin de semana no haga planes que me tiene que ayudar con el muro del fondo. Ahí agarro y le hablo.
-¡Dale! Yo voy a tratar de hablar con Caro. Es muy chica para andar de novia, ¿no te parece?
-Mirá… ¡no le aflojés! Las pendejas de ahora son bastante rápidas y si se calientan, cualquier gil les hace el cuento del hijo…
-¡Ay, papi! ¡No hablés así! La nena no es una calentona, ¡no señor!
-Bueno, por las dudas entonces… ¿Podés arreglar un poco el mate? ¡Parece  una sopa de yerba!
Y continúa la rutina cotidiana. Cenan medio tempranón porque él se tiene que levantar a las cuatro de la mañana. ¡A las cuatro! ¡Pensar que ésa es la hora en que el cuerpo se relaja y descansa! Pero el laburante tiene que madrugar para no llegar tarde al trabajo. Porque si se llega tarde, chau premio de asistencia; y si se repite, ¡hay que poner cara de víctima cuando de Personal te llama para decirte una sarta de gansadas! Después de la cena, una hora mirando boludeces en la tele “para distraerse”, y a la cama. El tipo se duerme pensando. “¡Ya va a ver Rodolfo; va a tener que picar cascotes toda la mañana mientras me escucha!” “¿Y los plomos de la fábrica, hasta cuándo seguirán molestando en la puerta? ¿Y si vienen los zurdos a solidarizarse? ¡Ahí sí que se pudre todo!” “¡Que Carolina no haga ninguna cagada, por Dios!”
Así pasan los fríos días de invierno, densos, monótonos, hasta que una tarde el tipo llega contento a su casa. Contento porque los despedidos optaron por ceder en sus reclamos callejeros, dejaron de alborotar en la entrada de la fábrica y dirigieron sus esfuerzos al ámbito legal.

-¡Hola viejo, que carita de felicidad! ¿Qué te pasó?
-¡Se terminó el despelote de los despedidos! Ahora todo vuelve a ser tranqui.  Hacé unos mates con cascarita de naranja mientras me cambio, ¿sí? Mirá, compre facturas.
Y los días fríos y monótonos continuaron sin sorpresas. Rodolfo recapacitó y decidió continuar con sus estudios, debido a la picada de cascotes, a la perorata del padre, o quizás por ambas. Carolina se muestra más aplicada en el colegio, y eso trae tranquilidad a la familia.

El último día del mes de Agosto, la mujer lo recibe con cara de preocupación.
-¡Hola, viejo! ¿Todo bien en el trabajo?
-Todo bien, ¿por qué?
-¡A las tres de la tarde te llegó este telegrama!
Le extiende el telegrama sin abrir, con cara de preocupación. El tipo abre el telegrama y lo lee con ansiedad. Su rostro se va tornando pálido mientras recorre las palabras.

“Por restructuración de personal cesa en el día de la fecha su relación laboral con la Empresa Stop Haberes a su disposición a partir del cuarto día hábil del mes de Setiembre del corriente año Stop”

                                                           3er Premio SADE Alejandro Korn 2013.

Del libro Ternas y trilogías ISBN 978-987-28908-5-8

martes, 6 de septiembre de 2016

CANDOMBE

Recientemente llegado a esta inmensa y multiétnica ciudad de Buenos Aires, me disponía a salir a recorrerla y le pregunté al conserje del hotel si me podía recomendar alguna actividad, algún lugar interesante donde sacar fotografías. Me informó que el viejo barrio de San Telmo era un buen punto de partida y que además por la tarde podía disfrutar de un evento único en la ciudad, ya que estaba anunciado un desfile de grupos de candombe.
-¿Candombe? ¿De qué se trata?
-Desfilan grupos de descendientes afro-rioplatenses que tocan un tipo de música llamada “candombe”. Pura percusión. Es un espectáculo de música callejera con mucho colorido y ¡buena vibra!
-¡Buena vibra! ¿Y qué es eso?
-¡Usted vaya, vea y se dará cuenta de qué se trata!
Agradecí el dato y cámara en mano salí en busca de San Telmo. Se trata de un barrio muy antiguo, con callecitas de adoquines y casas centenarias. Llegué a una plaza repleta de artesanos vendiendo sus creaciones, básicamente a los turistas como yo. Me informaron que el lugar se llama popularmente “Mercado de pulgas”. Un veterano  con ropa de paisano –según él mismo me explicó- que vendía una suerte de panecillos llamados “tortas fritas”, mientras me ofrecía una sin cargo para probar, me contó que esa plaza data de la época de la colonia y que allí paraban las carretas que llegaban con su cargamento del Sur. También me dijo que la calle al Este de la plaza se llamaba entonces “Camino Real” y llegaba hasta el fuerte, que ocupaba el lugar donde hoy está la Casa de Gobierno, la Rosada, que le dicen.
De pronto se produce un movimiento de gente desplazándose hasta el borde del llamado “Camino Real” y se oye un extraño sonido rítmico; me acerco a la calle cámara en mano y veo avanzar a paso lento un grupo de banderas multicolores moviéndose a derecha e izquierda. Son banderas largas de colores vivos –donde se mezcla el amarillo, el verde, el rojo y el negro- que ondean sobre las cabezas del público o trazan remolinos en medio de la calzada. La suave brisa le agrega un encanto especial al movimiento que le proporcionan los brazos de los bailarines que las portan, porque también van bailando al ritmo de los tambores, que así llaman a los instrumentos de percusión que avanzan en forma compacta como cincuenta metros más atrás.
Detrás de las banderas, otros bailan llevando portaestandartes con los nombres de las agrupaciones y agitan estrellas y medias lunas en lo alto de mástiles. Luego viene un grupo de hombres y mujeres personificando personajes extraños. Señoras mayores con vestidos del Siglo XIX, hombres de bastón y galera con maletines como el de  los médicos del que asoman hojas de árboles o gramíneas, yuyos como le dicen por acá; en algunos  grupos hay un bailarín que hace malabares con una suerte de escoba pequeña y en otros también uno con vestimenta de brujo, como se puede ver en documentales sobre cultura africana. Todas las agrupaciones tienen un grupo de bailarinas, la mayoría con poca ropa y hermosas figuras, así como también una o dos vedetes, éstas sí muy ligeras de ropa y con movimientos por demás sensuales. Por supuesto que al público masculino se le aceleran las pulsaciones a su paso, ¡y realmente no es para menos con semejantes beldades!
Luego vienen los músicos, entre 20 y 40 portando tambores de distintos tamaños, colgados de los hombros y pintados con los colores de las banderas. El tamaño del tambor determina su sonido y su melodía. Los tambores son unos tubos de madera con forma de barrica cuya boca inferior es de menor diámetro. La superior está cerrada con un cuero tensado al que golpean con una mano y un palo en forma alternada. La melodía que producen es una auténtica polifonía. Tenía razón el conserje del hotel, la vibración del sonido de los tambores produce una agradable sensación como de euforia.
El público local aplaude y anima a cada comparsa, que así se llaman estas agrupaciones. También saben reproducir palmeando el sonido que los músicos obtienen al golpear con el palo la madera del tambor. Es realmente un ritmo sincopado muy agradable. Hablé con un veterano de raza negra que estaba entre el público con su tambor a cuestas después de desfilar. Me había llamado la atención que todas las comparsas caminan de la misma manera, apenas moviendo los pies, con distinta velocidad, algunos levantando las rodillas, pero todos de forma similar. A mi pregunta respondió que así caminaban los esclavos encadenados y que eso también es parte del candombe.
Lo que más me atrajo ¡fueron las bailarinas! ¡Cuánta sensualidad! No sólo las vedetes sino ¡todas! Entre fotografía y fotografía –de las bailarinas, por supuesto- descubrí una que me cautivó. Como de 45 años, pelo negro muy ondulado, ojos almendrados y oscuros como el cabello, boca carnosa cubriendo dientes blancos y perfectos, piel cetrina, mediana estatura, amplias caderas, piernas torneadas, busto exuberante. Vestía una pollera cortita, cortita y una blusa sin mangas atada debajo del busto, que contenía a duras penas un corpiño de lentejuelas un número más chico seguramente; calzaba zapatos al tono de altísimo tacón.
Le saqué fotos de mil maneras y se estableció entre nosotros un flirteo que duró el resto del desfile. Algunas veces venía hacia mí, se detenía a un metro de distancia y hamacándose hacia adelante y atrás sacudía sus hombros y busto a derecha e izquierda; sus piernas parecían decir “que voy… que no voy…” y su torso me decía “no, no, no… “. Otras veces se ponía de espaldas y avanzaba de costado, como regalándome el placer de contemplar su cimbreante cintura y el movimiento sensual de sus caderas; me miraba por encima del hombro y se alejaba con una carcajada. No faltaron los guiños y algún que otro mohín con picardía.
Por supuesto que me olvidé de las comparsas que venían detrás y seguí tras semejante mujer. El desfile terminaba a la vera de un parque muy grande y arbolado, el “Parque Lezama”. La comparsa ingresó a un anfiteatro y allí los tambores formaron un círculo dentro del cual se concentraron las bailarinas y los personajes; las banderas y estandartes quedaron cerrando la entrada. Lamentablemente perdí el contacto visual con la bailarina en cuestión. Los tambores comenzaron a elevar el volumen de su toque  así como la velocidad del ritmo. Era tal la velocidad con que subían y bajaban las manos sobre los cueros que la vista no podía seguir sus movimientos. Con un repiqueteo muy especial y de no más de cuatro compases, la música cesó al golpear todos los palos simultáneamente sobre la madera de los tambores. Tras ello, la ovación del público y los abrazos entre los integrantes de la comparsa. Poco a poco iban desalojando el lugar para dejar lugar al grupo que venía detrás.
Como pude me fui acercando a la bailarina ni bien la divisé. Le saqué un par de fotos más y cuando me disponía a hablarle con la idea de obtener una cita, la vi echarse al cuello de un moreno que traía colgado uno de los tambores más gordos. También los contemplé fundirse en un beso apasionado; como el beso era largo, aproveché para sacar la última foto.
Me retiré de la zona del desfile, entré en un bar, pedí un whisky en las rocas y me dediqué a reflexionar sobre la experiencia vivida.

Será muy lindo el candombe y las mujeres que lo bailan, pero a mí, con mis pretensiones de galán, como dicen por estos lados, me salió el tiro por la culata…

 De mi libro Ternas y trilogías ISBN 978-987-28908-5-8

miércoles, 1 de junio de 2016

sábado, 21 de mayo de 2016

Evaristo Carriego y "El viejo Pancho"

El 7 de mayo se cumplieron 133 años del nacimiento de Evaristo Carriego, entrerriano nacido en Paraná y 149 años del nacimiento del "hispano-uruguayo" José Alonso y Trelles, más conocido como "El viejo Pancho".



lunes, 16 de mayo de 2016

Juan Rulfo



A 99 años del nacimiento del escritor mexicano Juan Rulfo, gran exponente de las letras amerindias, ¡nuestro homenaje!

lunes, 25 de enero de 2016

Noche de tango



El salón de Esmeralda y Corrientes está colmado. La orquesta del Maestro “Pirincho” siempre convoca multitudes.
La primera actuación de Malena, resultó memorable. Elegante, con un vestido negro brillante, entallado que le cubre los tobillos, zapatos de taco alto al tono y un pañuelo blanco en su mano derecha. El tango canción interpretado por ella, simplemente ¡cautiva! Las frases brotan mansas de su boca y son alondras que revolotean por el lugar, libres, juguetonas, dejando en cada oído una caricia, una indescriptible emoción…
Finalizada su entrada, se dirige como es habitual a la barra, donde el barman la recibe con una sonrisa, mientras le prepara su trago habitual.
-No, Mariano, hoy necesito algo más fuerte.
-¿Un whisky con hielo y soda?
-No, mejor con hielo picado solamente. ¡Hoy me siento muy rara!
Mariano le sirve el trago y se retira respetuosamente, adivinando su necesidad de estar sola. Ella saborea la bebida lentamente con los ojos cerrados, buscando un recuerdo o analizando sus emociones.
Un hombre guapo y muy bien vestido se acerca y le habla.
-¡Permítame felicitarla! ¡Estuvo usted sublime!
-¡Pero si usted es…!
-Sí, sí, pero no lo diga en voz alta; ando escaso de tiempo esta noche y sólo quise conocer la voz de la que tanto se habla en el ambiente.
 -Muchas gracias. ¡Es usted muy gentil! Y además un cantor comprometido…
-Usted lo ha dicho, pero no hablemos de mí o esta charla terminará siendo una cursilería.
-Jajaja… tiene razón, Hugo. ¿Dispone de unos minutos para acompañarme en un tango?
-¿Le parece? ¿Sin ensayo? ¡Es todo un desafío!
-Sí  que me parece. ¿Qué tal si cantamos “Compadrón”?
-De acuerdo, pero sin bis… ¡Terminamos y me escapo!
Se dirigen al director, dialogan y el maestro “Pirincho” interrumpe la sesión de baile para presentar al visitante de lujo y anunciar la actuación del dúo como obsequio a la concurrencia.
Los murmullos se acallan con los primeros compases y las alondras vuelven a revolotear. Él aporta un contra canto que reafirma el fraseo de ella y su segunda de barítono parece proteger la aterciopelada voz de la contra-alto.
Al  finalizar, los aplausos parecen no tener fin. La orquesta prorrumpe en medio de ellos con una nueva selección de tangos para bailar.
-Me marcho. Discúlpeme. Volveré con más tiempo; le debo una copa…
-¡Vaya nomás! Y no me debe nada. Siempre será bienvenido.
En la barra, Alfonso aplaude en silencio a manera de homenaje.
-¡Qué pintón su partenaire!
-¡Callate, chabón, y devolveme el trago!
Con una sonrisa socarrona le sirve el vaso que tenía preparado y se retira. Saboreando el trago, sus ojos vuelven a perderse en la nada, en la inmensidad o en el pasado…

El hombre, bien empilchado, se acerca con movimientos casi felinos y rompiendo la tradición de la invitación al baile con un cabeceo desde lejos, casi en un susurro le dice:
-¡Buenas noches! ¿Bailamos?
Ella, lentamente retira el vaso de sus labios. “¡¡¡Esa voz!!!”, piensa mientras deja el trago sobre la barra. Luego gira lentamente hasta que sus ojos encuentran el rostro del interlocutor.
 Dueña por completo ya de sus reacciones, lo mira de la cabeza a los pies, luego observa detenidamente su vestido, pide la cartera al barman y busca en su interior. Saca de ella un alfiler de gancho y una tijera. Se pone de pie, vuelve a mirar a los ojos a su invitante –que permanece acodado en la barra con un gesto de curiosidad en el rostro- tras lo cual se concentra en su tarea. Coloca el alfiler sellando la costura a la mitad del muslo derecho, corta el dobladillo con la tijera y de un firme tirón abre la costura hasta el alfiler de gancho. Coloca los enseres en su lugar y devuelve la cartera.
-Tomá, Mariano… y juná como se baila el tango.
Mira al hombre bien trajeado,  le dice: “¡Bailemos!”, y se dirige a la pista seguida por el galán. A su paso, en las mesas comienza a haber cuchicheos, pues ningún habitué jamás la vio aceptar una invitación.
Ya en la pista, muy parsimoniosamente se entrelazan; ella lo abraza con su brazo izquierdo a la altura de los hombros, descansa su mano derecha sobre la izquierda de él, que delicadamente la sostiene y juntan sus mejillas. El la abraza a la altura de los omóplatos. Con los primeros tangos, las parejas próximas comienzan a dejarles lugar para poder admirar su manera de bailar. Ellos, indiferentes a todo, simplemente bailan, pero lo hacen de una manera especial, que atrae… que cautiva…
Al terminar cada pieza, ambos aplauden a la orquesta. Después de tres o cuatro tangos, luego del aplauso él exclama:
-A ver, ¡Maestro!, un tango bien canyengue, ¿puede ser?
El Maestro Canaro habla con sus músicos y los compases de “9 de Julio” inundan el salón.
La pareja cambia el abrazo; él apoya su mano derecha en medio de la espalda de su compañera, se inclina levemente y junta su mejilla derecha con la izquierda  de ella. Ahora la danza es una sucesión ininterrumpida de cortes, quebradas, taconeos y firuletes. Nadie más baila. Todos miran y admiran. La pareja se concentra en la danza y hay una comunicación profunda y sin palabras entre ellos. Los demás comentan y se preguntan “¿Quién será el fulano? ¿Por qué nadie lo vio antes por acá? ¡Qué bien que bailan! ¿Cuál es su relación? ¡Parece el Tito! ¡A ella nunca la vimos bailar y menos de esta manera!
El tango termina y empieza nuevamente una, dos veces, y al final, el homenaje de una ovación. Ellos aplauden a la orquesta, saludan a los bailarines devenidos  en público con una leve inclinación de cabeza, para finalmente mirarse a los ojos…
-¿Por qué tardaste tanto, Inocencio?
-¡No es fácil cambiar de vida, Malena, pero tenía que hacerlo por vos!
Sin más palabras, regresan a la barra, siempre ajenos al bullicio que los rodea. Parecen no darse cuenta o ignorar la fuerte impresión que causaron en la concurrencia.
-¡Felicitaciones! ¡Qué linda demostración!
-Se agradece, amigo, pero no fue nada más que un baile…
-¿Junaste bien, chabón? Ahora alcanzame las pilchas que ya nos vamos.
Y salen del salón. Tomados del brazo. Caminando lentamente se alejan por Esmeralda hacia el sur. De pronto, se oyen disparos a sus espaldas. Con una reacción a puro instinto, él la empuja contra la puerta de un edificio y la cubre con su cuerpo. Se escucha el ruido de un auto que sale quemando gomas por Corrientes hacia el bajo. A pocos pasos de la puerta del salón se ve la figura de un hombre de bruces en la vereda mientras comienzan a asomarse algunos curiosos
-¿Qué pasó, Inocencio?
-¡Qué sé yo! Mejor nos vamos de una vez, parece que quedó un fiambre tirado… Algún ajuste de cuentas, será.
Se escucha el grito lastimero de una sirena que se va acercando, mientras ellos reanudan su caminar.
-¡La pucha que sigue siendo bravo vivir en Buenos Aires!
Mientras la pareja se aleja retomando un andar juntos después de tanta ausencia, Floreal Ramírez boquea ahogándose en su propia vida, que va tiñendo de rojo la vereda. El cuchillo aún empuñado en la diestra. Los ojos abiertos llenándose de oscuridad. Gritando sin emitir sonidos:

-¡Malhaya mi suerte, Correa! ¡Otra vez me tocó hacer sapo!

De mi libro Noches... ISBN 978-987-28908-1-0