domingo, 28 de noviembre de 2010

El Baqueano

 

Esta entrada la noche y en la costa del Paraná, en la Vuelta de Obligado, reina una gran actividad en el campamento militar iluminado por la luz de las antorchas y los fogones.
Poco antes de la medianoche se escucha el grito de la guardia: “Alto, quién vive!” y la respuesta inmediata: ”La Patria en armas”. El silencio que se había apoderado del campamento vuelve a ser quebrado por las voces de los que trabajan casi sin descanso en la construcción de las baterías en la barranca y al pie de ella. Mas allá, en medio de la negrura de la noche se distingue apenas el resplandor de los fuegos en la isla donde también se construyen fortificaciones para la artillería.
Al trote llega al centro del campamento un chasque. Un joven oficial le sale al encuentro y el paisano simplemente informa: “Parte pal Comandante, de Don Echagüe”. Corre el Alférez en busca de su superior y recién entonces el chasque hecha pie a tierra cerca de un fogón, mientras le habla al flete en un extraño idioma que parece calmar los nervios del animal, despacio lo desensilla y le saca el freno, lo que el alazán parece agradecer con un cabeceo corto y rápido; después le da agua fresca con un balde de cuero, lo embozala, ata una cuarta al bozal y con una palmada suave en el anca lo manda a pastar. El caballo se aleja unos pasos, se detiene, gira el sudado pescuezo, mira a su amo un instante, y luego en completa calma se dedica a mordisquear el pasto ya húmedo por el rocío.
El paisano es un hombre corpulento, de edad indefinida, pero sus años han de ser muchos; tiene la piel cetrina y los ojos negros como la noche. Viste botas de potro, un chiripá raído por el tiempo y sus inclemencias, una camisa de bayeta pareja con el chiripá, un sombrero negro de ala corta colgando hacia atrás del barbijo y una vincha punzó sujetando la melena.
Comandante y baqueano se saludan con un fuerte apretón de manos mirándose muy fijo. El chasque habla casi sin mover los labios: “Don Lucio, el Gobernador le manda esto”, y le entrega un sobre lacrado que saca de entre su camisa. “También manda refuerzos; regulares y milicias. Ya salieron; yo los vide. Pero los mandrias tienen buen viento y suben rápido…”
-¡Gracias paisano! Trate de acomodarse y descansar un poco. Yo ya vuelvo.
Después de la reunión con sus oficiales el Comandante vuelve al fogón donde el baqueano está desarmando sus “Tres Marías” con mucha delicadeza.
-Disculpe, pero en el apuro no le pregunté su nombre y veo que usted sabe el mío.”
--Por Ramón se me conoce.
-Y dígame, Ramón, ¿porqué en vez de descansar se entretiene arreglando las boleadoras?
-¡Si no las estoy arreglando! Estoy haciendo de ellas tres bolas perdidas pa cuando quieran desembarcar; ¡bola perdida, cabeza partida!
-Está bien y le agradezco su buena disposición, pero después de la galopeada le vendría bien cabecear un sueñito, no?
-Don Lucio, sus hombres no descansan, y cuando los barcos lleguen tendrán que pelar los fierros  y atropellar a los maturrangos que desembarquen, así cansados como están. ¿Porqué no habría yo de hacer lo mismo?
El baqueano termina su tarea con las boleadoras y mientras comparten un cimarrón, la charla gira en torno a la vida del chasque, que llegara muy bien recomendado por el Gobernador. Y cuenta el paisano que nació hace mucho tiempo en una toldería allá en la Banda Oriental; que su padre fue un soldado español que desertó no sabe porqué razón, pero que fue merecedor de la Hospitalidad Charrúa. Parsimoniosamente, mientras arma un chala, cuenta que se vino a esta banda con las milicias de Don Santiago “pa la reconquista” y que se fue quedando casi sin darse cuenta.
Interesado el Comandante pregunta: “¿Fue muy dura la lucha, verdad? Mientras acomoda el cimarrón, responde: “Fue bravo como sacarle leche a vaca mañera. ¡Peleaban bien los gringos, pero Don Santiago era mucho toro pa ellos y no pudieron con la atropellada! Las callejas fueron una trampa mortal pa la gringada y una ventaja pa nosotros.”
Ya cantan los zorzales, pronto va a amanecer y la charla sigue entre mate y mate, mientras los soldados trabajan con apenas una pausa para un trago de agua y a la obra otra vez.
-“Dígame, Ramón, tiene usted familia?” pregunta el Comandante. El baqueano termina su amargo, levanta la vista, la fija en las luces de la isla que parecen luciérnagas- y responde: -“Yo soy medio cimarrón, sabe?... he andado yendo y viniendo de lucha en lucha… y el amor vino y se fue. Pero no me quejo; creo que me acoyaré con la libertá”
-Cuenteme cómo conoció al Gobernador, porque en la carta me habla muy bien de usted!
El paisano le alcanza un mate y mientras se dedica a atar con tientos su facón al extremo de una tacuara provista por el monte cercano, va desgranando su historia…
-En el diez andaba con las carretas pal Tucumán y la revolución me pilló subiendo, a medio camino. A la vuelta me apalabró Don Manuel y me conchabé de guía en el Ejercito del Norte.
Al decir esto, se detienen sus labores y dirige otra vez la vista al río, que comienza a sacudirse la blanca sábana de niebla; después de una larga pausa continuó diciendo:
- Un poco mas arriba, allá por la Villa del Rosario, igual que usted hoy, construyó Don Manuel dos baterías, una en la costa y la otra justo en la isla´el Espinillo. ¡Qué hombre este Don Manuel! En cuanto terminaron la obra ordenó subir la bandera celeste y blanca e hizo jurar a las tropas defenderla hasta la muerte… Créame que hasta a mí se me escapó un lagrimón al ver subir un pedazoe cielo flameando hacia el infinito y escucharlo decir: “Soldados de la Patria… Juremos vencer a nuestros enemigos… y la América del Sud será el templo de la independencia y libertad…” ¡La pucha, qué hombre resulto ser! ¡Al Cosme le temblaban las manos al subirla cuando Don Manuel le dijo que viera si la cuerda corría bien y que atara la bandera para elevarla bien alta, donde debemos  mantenerla siempre!
-¿Y cuánto tiempo anduvo con el General?
-Lo conduje hasta Salta, a recibir los restos del Ejército de Pueyrredón, luego bajamos de Jujuy con todo el pueblerío hasta el Tucumán. Después que lo palisió al Tristán ése, me hizo bajar con el parte pal Gobierno. Allá me tuvieron como bola sin manija de acá para allá y sin hacer nada. Entonces resolví ganar el campo y anduve trajinando de estancia en estancia y de saladero en saladero, contranbandiando algo de vez en cuando, hasta que Don Juan Manuel me conchabó en su estancia de Monte. Con él me quedé hasta ahora, más de veinte años! Él me mandó con Don Pascual…
-¡Ya veo el porqué de tan buena recomendación!
Avanza la madrugada escoltada por los zorzales y el lucero del alba anuncia que está amaneciendo. De pronto, la alarma; el Comandante imparte enérgicas consignas a los oficiales y el trompa de órdenes toca una y otra vez “zafarrancho de combate”. Cada soldado ocupa su puesto de lucha. Las soldaderas que parecen surgir de la nada- se acomodan tras los parapetos, unas con municiones y armas de reemplazo, otras con cubos con agua y vendas, pero todas respaldando a su hombre, o al ajeno, igual dá!
En la primera línea de defensas, justo frente a la bajada al río, tras un tala, de pié, Ramón… El torso desnudo, el chiripá remangado, la larga lanza recostada al árbol… la mano izquierda sostiene por los tientos dos bolas y la derecha parece sopesar la tercera mientras los ojos negros otean el horizonte, donde ya se divisan las velas de los navíos…

De mi libro "Cuentos con Historia".       ISBN 978-987-33-0843-7

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Un gaucho a bordo

La flota española al mando del Capitán Romarate se pasea impunemente por el Río de la Plata a tres años de la Revolución de 1810. Los patriotas tienen sitiada Montevideo pero el Virrey resiste porque aún es dueño del mar.
A pesar de la amenaza de la escuadra española, en el puerto de Buenos Aires reina una gran actividad. Hay preparativos de guerra. La Junta revolucionaria ha decidido armar una flota para forzar la capitulación de Montevideo.
El muelle de embarque en donde se amontonan bultos que negros de piel brillante acarrean hasta los almacenes y depósitos recibe la visita de una comitiva de uniforme naval. Es el Coronel Brown, al servicio de la causa, quien en impecable uniforme de gala anda con sus ayudantes reclutando marineros para la novel flota de guerra patrie y supervisando las vituallas náuticas que de contrabando llegaran por la noche. Al pasar frente a una carreta de desembarco, un criollo le llama la atención.
-Disculpe patrón, pero supe que anda buscando gente pa´ los barcos y quisiera ofertarme, si le parece bien.
El coronel escucha con atención y sus ojos azules parecen taladrar los ojos pardos del paisano. Con un hablar pausado, en buen castellano, pregunta:
-Usted no es marinero. ¿Qué sabe de barcos?
El gaucho sin bajar la mirada se acomoda el chambergo y responde con una sonrisa:
-Lo que sé lo aprendí de ir y venir con la carreta llevando y trayendo gente y de oír a los marineros gritando allá arriba. Sé que´l barlovento es de ande sopla el viento, que la izquierda´el timonel es el babor, que además de velas tienen jarcias, trinquete y qué se yo!
Una sonrisa ilumina el rostro del irlandés que eligiera el Río de la Plata como su hogar y la Revolución como su causa, y vuelve a preguntar:
-¿Cuál es su nombre señor…?
-Prudencio Delaloma, nacido en Entre Ríos y criao de aquí para allá por unos arrieros correntinos que me´ncontraron tirao por ahí.
Ante la cruda respuesta, que el marino quiere disimular, le dice a su ayudante:
-Tome usted nota por favor. Prudence From The Hill. Good name for a sailor! I like it! (Prudencio De La Loma. Buen nombre para un marinero! Me gusta!)
Nuevamente mirando al paisano le pregunta porqué quiere ser marinero, y éste responde con firmeza:
-Porque llevo demasiado tiempo picaneando los bueyes y esto no es pa´mi, ¿sabe? Además esos trompetas paseándose muy tranquilos por acá me fastidean!
-Señor Prudencio, ¿sabe usted donde es almacén de Mister White?
-¿El almacén del gringo ´e los barcos? Sí, sé donde queda.
-Entonces mañana temprano presentase allí.
Extendiéndole la mano le dice: “-¡Bienvenido a bordo!”
Las manos se estrechan con fuerza; rudas las del criollo, fuertes las del marino. Los ojos pardos y los azules vuelven a mirarse fijamente, como escrutándose…

Hace un par de meses Prudencio tuvo su bautismo de fuego como marino. Hoy la misión es ambiciosa. Aprovechando que el resto de la flota española salió talvez en auxilio de Romarate, hay que cerrar por mar el cerco sobre Montevideo.
Aunque ahora oficia de ayudante de artillería, Prudencio sigue siendo gaucho y la grandiosidad del “Río ancho como mar” le recuerda los esteros de su Taragüí o los campos extensos de Santa Fé, donde la vista se cansa buscando el horizonte.
Cuando la flota se despliega en formación de combate fuera del alcance de los cañones de la ciudad fortificada, el pánico se adueña de los sitiados. Los ejércitos de Artigas y de Alvear los atenazan por tierra, y ahora esos barcos que nada podrían contra los cañones de la ciudad- ¡impiden la llegada de víveres y auxilio!
Durante unos días no hacen más que mostrarse ante los sitiados, pero de pronto, bajando del Uruguay, aparecen los navíos españoles. Los sitiados se llenan de júbilo cuando la flotilla revolucionaria en lugar de presentar batalla, emprende la retirada mar adentro.
Los barcos navegan manteniendo su formación de combate en pos de la nave insignia. A bordo prosiguen los preparativos; se afirman las cureñas, se revisa una y otra vez la munición y se reparte doble ración de ron. Lo que significa ¡que habrá combate y pronto!
Aunque las dos flotas navegan con el viento en contra, el mayor velamen de los españoles les permite acercarse peligrosamente. Entonces sucede lo inesperado: a una orden de la nave capitana, todos los timoneles hacen virar las suyas hacia la costa. El viento del Este hincha las velas con fuerza y la flota patriota se lanza casi volando sobre los enemigos, quienes quedan desconcertados por el súbito contraataque.
La Nave Capitana encabeza el ataque lanzándose decididamente contra el primer navío de guerra español, que sólo atina a responder el fuego cuando ya la fragata había descargado toda su potencia de fuego y se les venía encima el resto de la flota. El Coronel sigue adelante abriendo una brecha en la formación española y se lanza sobre un bergantín vomitando balas y metralla por la boca de sus cañones de estribor. Al ver caer el palo mayor de la nave enemiga, ordena virar y preparar el abordaje.
Los escasos marinos casi todos extranjeros aquerenciados con la causa- permanecerán a bordo preparando los cañones y reparando averías de emergencia. Quienes irán al abordaje son gauchos, indios y negros; detrás de ellos subirán los escasos infantes criollos armados de fusiles. Prudencio es el primero en abordar, armado de trabuco y facón, con un estridente sapucay que junto al alarido de los indios le pone la piel de gallina al más valiente.
El abordaje fue relativamente sencillo porque no lo esperaban y la tripulación estaba atemorizada. Rapidamente se confinaron los prisioneros en la bodega y con una tripulación mínima a las órdenes de un joven guardiamarina, se retira la presa de la zona de combate., mientras la nave insignia cubre su retirada haciendo fuego con los cañones de ambas bandas. Ya el humo de  los incendios y cañonazos tapa la luz del sol…
Cuatro días duró el combate; intenso; sin tregua. Finalmente sólo dos o tres buques de guerra españoles emprendieron la retirada hacia Europa, dejando media flota incendiándose frente a las costas de la Banda Oriental y al menos tres naves cautivas de los revolucionarios.
La escuadrilla patriota emprende su regreso a Buenos Aires. No hay un solo barco sano. Todos están cribados por el fuego de la artillería, casi sin velamen y los mástiles apenas remendados para poder navegar. El ánimo a bordo es de fiesta. El rostro de algunos expresa asombro por la victoria obtenida; los marinos veteranos sonríen felices de haber sobrevivido a otro combate, los negros se expresan bailando su cadenciosa danza; el rostro de los indios permanece inexpresivo a pesar del ron extra, mirando solamente el horizonte. Prudencio en cambio mira a Montevideo, que va desapareciendo en la distancia y le parece ver que en el fuerte están arriando el pabellón español…
A pesar de la recepción triunfal del pueblo y las autoridades, el jefe de la escuadra con su pierna herida en combate- permanece en el embarcadero estrechando las manos de su tripulación bravía, consolando heridos, dando ordenes para la inmediata reparación de las naves. Los azules ojos se vuelven a encontrar con los pardos del criollo, a quién con un fuerte apretón de manos, dice: “-Señor Prudencio Delaloma, es usted buen marino. ¡Me honra que usted pelear a mis órdenes!”
Seis años transcurrieron desde que cambiara la carreta de desembarco por la nave de guerra. Hoy se encuentra lejos del mar pero cerca de la guerra. Prudencio forma parte de los pueblos libres en armas, reunidos para enfrentar a las tropas del Directorio.
Esta noche le toca salir de descubierta a espiar el campo enemigo. Mientras esperan que la luna se esconda un rato y la medianoche cierre los ojos de las vigilias enemigas, matean y hablan con su compañero santafecino.
-Dígame Prudencio, su jefe es gringo, ¿o no?
-El Colorado nació en la Irlanda, pero vaya uno a saber porque razón se aquerenció con estos pagos.
-Dicen por ahí que era marino.
-Es verdad, ¡y de los buenos! Yo anduve embarcado con él.
-¿Usted fue marinero? ¡Nunca vide un correntino flotando si no era en bote!
-Pero muchos nos animamos. ¡Es bravo, créame! Yo navegué con Brown y Campbell, los dos gringos afincaos acá. Y fui soldado de artillería, tropa de asalto, armé y desarmé velas ¡y hasta tuve que aprender a carpintear barcos! Hubo veces que los barcos se usaban pa dir y venir nomás; los combates eran en tierra o abordábamos por sorpresa naves enemigas ancladas.
-En cambio yo, dende que me subí al flete, he trabajado y peliado arriba dél. Fui tropero, contrabandista y soldado, pero siempre de a caballo… Y digamé, ¿anduvo mucho embarcao?
-Bastante… En el 14 me conchabé con el Coronel Brown pa correr la flota Española del Río de la Plata. Después seguí con el Colorado  sirviendo a la Liga. Navegué por el Paraná y por el Uruguay; pelié a los paraguayos, a los españoles y a los porteños también. Cuando no había más remedio porque nos quedábamos sin barco no todas fueron güenas- nos subíamos al caballo y a peliar… y acá estamos, ¡listos pa palisiar al petimetre el Director!
-¿Usted cree que va a ser fácil? ¡Mire que tienen cañones y ocupan una muy buena posición!
-Si, pero me pareció ver muchos morenos entre la soldadesca, y ésos no van a hacer fuerza, no van a peliar por quienes los tratan como esclavos todavía. En la primer atropellada largan los fierros y se vienen con nosotros, ¡pa ser libres! ¡Ya lo verá! Además, los de a caballo son medio maturrangos; los mejorcitos están en la Ciudadela e Cuyo y no bajaron. Los del Alto Perú se sublevaron a medio camino.
-Nosotros no tenemos tropas de a pié y poca fusilería, y eso puede jugarnos en contra, ¿no le parece?
-Me parece que con una buena carga a sable y lanza los vamos a pasar por arriba. Entre nosotros y la indiada esto va ser sencillo…
-¿Y los cañones?
-Algo se les va a ocurrir a los jefes; ¡ya verá! Por eso vamos esta noche de descubierta.
-Si salimos vivos desta, ¿qué piensa hacer?
-Y… ¡habrá que seguir peliando por la libertad! Pero antes viá pedir una licencia pa volver a buscar unos ojazos que conocí cuando el Colorado se hizo cargo de Curuzú Cuatiá y que stoy extrañando…
Pasada la medianoche las nubes comienzan a ocultar la luna. Ambos criollos, sin mediar palabras, comienzan a prepararse. Los dos calzan botas de potro, chiripá y camisa de bayeta oscura, vincha sujetando la melena y facón a la cintura.
Con delicadeza envuelven las patas de los caballos con trapos para amortiguar el ruido de las pisadas y montan en pelo, sólo con bozal. En silencio se dan un fuerte apretón de manos y lentamente, silenciosos en el silencio de la noche, comienzan cada uno por su lado- a acercarse a la formación enemiga.
Están en la Cañada de Cepeda, Santa Fé. Es la madrugada del primero de febrero de 1820…

De mi libro "Cuentos con Historia".       ISBN 978-987-33-0843-7

martes, 23 de noviembre de 2010

ANTONIO PIREÍ

            Antonio Pireí tiene esa edad indefinida en que los indígenas se alejan de la niñez para ir entrando poco a poco en el mundo de los adultos. Ha nacido y crecido en una ex misión jesuita, pero lleva sangre de guerreros en su cuerpo.
        Cierta vez se había alejado mucho del poblado y estaba asando un pacú cuando le pareció oír truenos en la lejanía a pesar de ser un hermoso día. No le dio ninguna importancia hasta que terminó su alimento y se tendió sobre la hierba a disfrutar una siesta. En ese momento divisa una columna de negro humo elevarse sobre los árboles en dirección a su pueblo.
        Una súbita inquietud se apodera de él y siente el corazón latir en la garganta. Como un venado hecha a correr  con la sangre quemándole las venas. Las ramas lo golpean al pasar pero el ritmo de su carrera no disminuye.
        Piensa que los hombres de pelea no están pues han marchado en pos del cacique Andrés Guacurarí. La frenética carrera termina al atardecer. Sólo los restos humeantes de las casas y cadáveres quedan en el lugar. Un grito de desesperación quiere brotar de su pecho pero sólo sale un ronco jadeo, mientras este joven siente que algo de su vida se rompe como una rama seca.

        El grupo de jinetes avanza cautelosamente por el viejo camino con la vista atenta al movimiento de la espesura y el oído pendiente de los sonidos. Son guerreros Misioneros que vuelven en busca de un poco de reposo después de varios meses de duro batallar contra un enemigo codicioso e implacable.
        Repentinamente como salido de la nada- aparece en medio de la senda un joven, casi un niño, semidesnudo y armado con una lanza de tacuara.
_ Detente Güira Verá, lo único que encontrarás es un cementerio humeante…
_ Qué dices Antonio Pireí? Apártate y sigue con tus juegos, o has olvidado las lecciones de tus mayores? Para hablar en ese tono debes ganarte el derecho de hacerlo!
_ Mi padre y los demás, ancianos, niños y mujeres han muerto; los sembrados solo son cenizas; y yo reclamo mi lugar junto a ustedes, pues he jurado venganza sobre las ruinas de mi hogar.

        Si ayer el bandeirante asolaba estas comarcas en busca de esclavos, hoy las tropas regulares enemigas lo hacen en pos de cadáveres y botín.
        El portugués se pone nuevamente en marcha. Enterado Andresito de su desplazamiento, llama a sus hermanos de raza a congregarse. El enemigo cruza el río, pero esta vez los misioneros los esperan en pié de guerra. El ataque es violentísimo. Después de contener varias oleadas de atacantes, Artiguinhas como lo llaman los portugueses- ordena una desesperada carga a lanza, mandando personalmente su caballería. El empuje es arrollador y el enemigo debe retroceder, siendo continuamente hostigado, aún después de vadear nuevamente el Uruguay.
        Antonio Pireí es el primero en saltar sobre el caballo empuñando su tacuara y el último en regresar. Por primera vez sintió sobre sí el fuego enemigo, que le hizo recordar los cadáveres de su anciano padre, madre y hermanas, y esa visión hace arder la sangre de sus jóvenes años…

        Dos años han pasado y en estos meses muchas cosas han sucedido en su vida. Conoció el placer de la victoria y la angustia impotente de la derrota. Andresito lo ha puesto bajo su sombra protectora y a su lado ha aprendido no sólo a luchar sino también a conocer los deberes de un líder para con su pueblo.
        Estas experiencias fueron modelando su personalidad y puliendo rencores en su ánimo. Se ha convertido en un joven sagaz y fornido como corresponde a su condición de guerrero, pero además ha cambiado el furor que le infundía su sed de venganza por una firme decisión. Ahora piensa a menudo que ser un buen hombre de pelea ya no significa lo mismo que antes.
        No hay agasajos para el vencedor ni tiempo para disfrutar la gloria de haber sobrevivido a un combate. Sólo se trata de expulsar del suelo natal a un enemigo poderosísimo y numeroso que lo invade todo desde hace veinte años.
        Las fantasías de la infancia nada tienen que ver con la feroz realidad que le toca vivir. Sin darse cuenta siquiera perdió toda su familia, pero consiguió en su lugar otra, compuesta de seres más parecidos a fantasmas habitando la espesura. Contempla a sus hermanos y es como mirarse en un espejo: botas mil veces remendadas, el que las tiene, jirones de tela gastada y de color indefinido por pantalones, la mayoría simplemente con una manta entre las piernas a modo de chiripá gaucho, algunos con el torso cubierto con los restos de lo que alguna vez fue camisa.

        Hoy la victoria les fue esquiva. El coraje y la voluntad indoblegable no bastó para contener al ancestral enemigo. La consigna es desbandarse y cruzar el Uruguay buscando sitios seguros para reagruparse, pero Antonio tiene un extraño presentimiento y recuerda una vez más las cenizas de su pueblo natal.
        Nuevamente están sobre ellos y el combate se generaliza en un instante en feroz lucha cuerpo a cuerpo. Antonio Pireí logra saltar sobre su caballo y la lanza comienza a trazar cimbreantes círculos de muerte a su alrededor, pero es difícil maniobrar montado en el tacuaral. Con desesperación ve caer uno tras otro sus compañeros; También el Gran Capitán se encuentra en situación desesperada y finalmente un golpe le roba las fuerzas de su brazo y doblega sus piernas.
Antonio pierde su lanza y comprende que la salvación sólo puede estar en el río. Trazando increíbles cabriolas dirige su moro hasta la orilla y con un gran alarido obliga a la bestia a arrojarse a las marrones aguas del Uruguay. Siente un golpe en la espalda… la noche se acerca a sus pupilas… se hunde en la fría correntada…
_ Es la muerte tan cálida al recibir a un guerrero en su seno? Ya no siento en los huesos el frío del agua. Acuna acaso el grillo el sueño de los muertos?
Antonio Pireí fue encontrado por un pescador isleño que ocultó su caballo en el monte y lo trasladó a su rancho, donde curó sus heridas. Muchos dias con sus noches han transcurrido y su cuerpo joven comienza a ganar una larga y difícil batalla. Su mente comienza a reaccionar y se vé sumido en un sueño en el que se mezclan y superponen rostros, ideas, sensaciones, que le van trayendo fragmentos de vida y luz.
        En rápida sucesión ve pasar río abajo una comunidad MBeguá; las remadas rítmicas acompasan la canción de los remeros. Sui madre solía cantar una de esas melodías que se transmiten de generación en generación y que hablan del río ancho como el mar, ese mar a través del que un día ha de volver Güira-Potï[1]. Subitamente se le aparece su Capitán, saliendo de la bruma, y está ahí frente suyo, de pié, descolorido su uniforme de Blandengue y la vincha sujetando la melena; a la cintura el correaje de la espada perdida en combate es mudo testigo de aquella derrota. ¡Qué emocionante es volver a ser niño y escuchar a un viejo relator hablar de una lejana época en que los caudillos religiosos eran dueños de poderes maravillosos! ¡Y que las comunidades caminantes -en su búsqueda del paraíso- fueron poblando estos territorios! Ahora quién está a su lado es Fray José, leyendo noticias del Protector; el Capellán con sus manos callosas de manejar Biblia, rienda y sable…
Al despertar ve al pescador a su lado zurciendo una red…
_ El cachorro despertó.

Un criollo viejo y un puñado de indios forman la reunión a orillas del río. El amanecer se anuncia con un alboroto de trinos. El más joven acaricia su caballo, lo monta de un salto y pide una lanza. El sol se insinúa en las altas copas. La voz del joven surge clara y firme de sus labios.
_ Yo, Antonio Pireí he nacido en este suelo y mi senda está trazada. Tengo un lugar que ocupar junto a quienes defienden la Libertad del otro lado del río, allá por donde el sol besa el mar…
Se pierde el grupo en el monte ribereño y queda solo el pescador junto a su bote.
Al mirar el horizonte claro, sobre su rostro curtido, deposita el aire dos gotas de rocío…


[1] Guira Poti: El Dios supremo de los Guaraní.
De mi libro "Cuentos con Historia". ISBN 978-987-33-0843-7

domingo, 21 de noviembre de 2010

Estos cuentos...        

Estos cuentos no son historia ni pretenden hacerla, son solamente ficciones mediante las cuales traté de ver el hecho histórico que les da marco desde el punto de vista de uno de los protagonistas, un hombre común de nuestra postergada   Patria Grande en sus apasionantes comienzos.
En ellos están presentes la Epopeya Misionera, San Lorenzo, La liga de los Pueblos Libres, la lucha de la Banda Oriental, la Vuelta de Obligado y la integración racial que nos dio origen como Pueblo o Nación...

El Combate

La noche es larga. Encima no se puede pitar. Las nubes ocultan la luna haciendo más densa la oscuridad. Cuando por alguna razón se callan los grillos se pueden oír las voces de los chapetones[1] que están ahí nomás, en la bajada del río, aunque hace rato que se escucharon las últimas risotadas; han de estar durmiendo y como nosotros sólo la guardia estará en pié. Debajo de los árboles hace frío y la bruma que se levanta del río comienza a taparlo todo con su manto blanco. Estamos como ciegos, nada se puede ver y hay que estar atento a los sonidos, porque el enemigo está cerca y el peligro de una descubierta existe.
El naco[2] se vuelve espeso en la boca; es lo único que acorta la espera. Mientras escucho con atención, pienso en las cosas vividas en los últimos años. Es raro usar uniforme y difícil adaptarse a la disciplina, pero aquí estoy, de uniforme y listo para dar pelea. ¡Qué fácil fue todo con Perico y el Venancio[3]! ¡Una gritería, una atropellada y las guarniciones se rendían sin un solo tiro! Claro, el enemigo no era el mismo que ahora. ¡Pero éstos son marinos como lo eran los del arroyo Las Piedras! ¡Y bien que aquella vez los hicimos pitar del fuerte[4]! Esta vez no llueve y la táctica es otra, pero éste es nuestro suelo y lo vamos a defender hasta la muerte si es preciso…
¡Pucha digo, si todavía no sé bien como vine a parar a este regimiento! Bajé hasta Buenos Aires de chasque con mi compadre Fernando y él me metió la idea de prepo nomás. Me cargoseaba con que si era bueno para tirar una “bola perdida[5]” también habría de serlo para tirar granadas. No es fácil manejar el caballo con las rodillas mientras con una mano se sostiene la yesca[6] y con la otra se enciende la granada y se la arroja revoleándola por encima de la cabeza, pero bueno, aquí estamos, esperando a los chapetones para pegarles una tunda[7]  que no habrán de olvidar. El ánimo es bueno, somos todos criollos, buenos jinetes y bien dispuestos para la pelea. Hay hombres de todas las Provincias, desde la Banda Oriental hasta Chile. Además está la paisanada del lugar, que se vino hasta con un cañoncito. ¡Ya van a ver esos “mandrias[8]” lo que les espera!
Ya viene clareando y la niebla comienza a romperse en jirones que van desapareciendo. Ahora sí se pone brava la cosa, porque no debemos ser descubiertos y perder así la ventaja de la sorpresa. ¡Hay que pisar como los indios, acariciando el suelo! Los fierros bien agarrados para que no hagan ruido al golpear contra las piernas. Sólo quedamos la guardia y los paisanos, atentos a los sonidos que vienen del río; no los podemos ver pero los escuchamos como si estuvieran al lado nuestro. El grueso del escuadrón fue por los caballos que quedaron escondidos en un montecito como a 300 metros para no ser delatados por el ruido de los animales. Ya se oyen las corridas rítmicas de los marineros sobre la cubierta, las voces de mando y hasta el deslizarse de los correajes.
Una vez con la caballada a mano, repasamos los avíos[9] en el mayor silencio, susurrando y acariciando a los fletes para que no piafen ni pateen el suelo. Hay que esperar que desembarquen y se acerquen lo suficiente como para aplastarlos con una carga. Nos dividimos en dos columnas con los lanceros al frente de cada una; si todo sale bien la sorpresa será total. De pronto aparecen subiendo la empinada cuesta de la bajada del río, que hace una curva, también cerrada. Avanzan en dos filas de dos en fondo al ritmo de sus cajas de guerra. Son disciplinados pero vienen confiados porque ayer anduvieron merodeando por acá sin sobresaltos y hoy vienen por más víveres; para ellos es un paseo.  Es raro que no hayan despachado exploradores, pero se los ve muy seguros. ¡Opa! ¡Opa! ¡Si se vienen con dos cañones también!
Llegó la hora; montamos en completo silencio siempre acariciando a los fletes[10]. El enemigo está a mitad de camino, avanzando a paso firme con sus estandartes y la bandera rojo y oro tremolando al viento. El Coronel, sable en alto, da la orden y picando espuelas salimos a todo galope, ocultos todavía por los árboles, en una carga a degüello. La sorpresa es completa, callan los tambores, algunos se detienen y otros dan unos pasos desconcertados, es que tras el ruido del tropel, como saliendo de la nada, aparecemos como centauros azules lanzados a la carrera en dirección a ellos por los dos flancos. El trompa de órdenes comienza a sonar su bronce que repite ¡A la carga! ¡A la carga!
Los pillamos desprevenidos pero son soldados veteranos y el desconcierto dura unos instantes. Las cajas comienzan a redoblar con fuerza, como para acallar el ruido de los cascos de la carga de caballería; rapidamente se forman en cuadro con los cañones, las banderas y tambores al centro. Ya no tienen apuro y se mueven con seguridad. A la cabeza de la carga va el Coronel; el flete galopa como tragándose la polvareda. El ruido es infernal; el tropel de los caballos se mezcla con las descargas de fusilería, las explosiones, el relincho de las bestias y los gritos de los hombres.
Delante de mí entre el polvo y el humo- veo caer al Coronel y a tres o cuatro lanceros que echan pie a tierra para protegerlo. Cargo contra el cuadro que está rodilla en tierra. Me acuesto sobre el flete como si fuera a desjarretar[11] ganado con la punta del corvo señalando el suelo y el filo mirando el cielo. Galopo paralelo a la formación de los infantes y cuando el sable encuentra destino, el primer golpe es cortando de abajo hacia arriba; sin detener la carrera el segundo golpe es de arriba a abajo y a atrás, crujen huesos o madera, pero no se puede mirar, la carrera es vertiginosa y voy llegando al vértice del cuadro. El tercer sablazo es horizontal, a “degüello”, y el cuarto es un hachazo de arriba a abajo.
En un galope desenfrenado sigo girando para volver al punto de partida, cruzándome con la segunda columna que llegó al entrevero unos instantes después que nosotros y que ya está desarmando a sable y lanza el flanco izquierdo de la formación española; cañones y artilleros quedaron fuera de combate. Nuestro regreso lo protege la milicia del lugar disparando el cañoncito de señales y cuanto fusil tienen a mano.  Ni bien nos reagrupamos la orden otra vez es “A la carga y a degüello”, y ya nos mandamos como desaforados para no darles ni un respiro; es que ya están organizando la retirada hacia las naves.
El entrevero se arma en un santiamén. Mientras un grupo los empuja hacia la barranca, otro le corta la retirada hacia la “bajada”. El Coronel resultó macho en serio; hay que verlo repartir sablazos a diestra y siniestra, hacha, tajo y punta, siempre erguido, gallardo! Los paisanos se suman también enhorquetados en sus redomones[12] y meta bola y tacuara[13]. De pronto los chapetones comienzan a largar los fierros y a levantar los brazos. ¡Se terminó la partida!
Hay clemencia, se atienden los heridos de ambos bandos, se cuentan prisioneros, armas y el parque obtenido. No veo a mi compañero, el bravo correntino; hay cuerpos con uniforme blanco y otros de azul tendidos en el campo de batalla junto a los potros moribundos.
No nos podemos acercar demasiado a la barranca porque desde los barcos nos disparan. Contemplo desde lejos las aguas del “Río ancho como el mar”, ¡y es ancho nomás! Armo un cigarro y llevo mi flete a la sombra para bañarlo y alimentarlo, se lo merece; salió sin ninguna herida pero todavía está nervioso y tenso por la acción. Mientras le hablo y lo cepillo, no deja de cabrestear y escarbar con fuerza el suelo. El coronel escribe el parte de batalla bajo la sombra de un pino frondoso.
Vuelvo a contemplar el río y pienso que de mocito me tocó pelearlos a los portugueses, después vinieron los ingleses y también les hice “la patancha[14]”; y ahora es contra los españoles  que me toca revolear el sable. ¡Pucha digo que no es fácil ser libre! Pero así somos, porque así nacimos los hijos de este suelo, libres cómo los pájaros…

[1] Chapetones: Modo despectivo de referirse a los Españoles.
[2] Naco: Cuerda de tabaco para mascar.
[3] Perico el Bailarín y Venancio Benavídez, caudillos del “Grito de Asencio”, primera acción revolucionaria en suelo Oriental.
[4] Pitar del fuerte: Alusión a una derrota.
[5] Bola Perdida: Cada uno de los elementos de las boleadoras que se usaban como arma arrojadiza, uso que los gauchos aprendieron de los Charrúa.
[6] Yesca: Mecha que se encendía con la chispa de un pedernal y que se consumía lentamente.
[7] Tunda: Paliza.
[8] Mandria: Término despectivo equivalente a malandra.
[9] Avíos: Todos los elementos de combate, incluyendo los de los caballos.
[10] Flete: Caballo veloz.
[11] Desjarretar: Cortar el tendón de una de las patas del animal a la carrera para que no huya.
[12]  Redomón: Caballo sin  terminar de domar.
[13] Bola y tacuara: Boleadora y lanza.
[14] Hacer la pata ancha: Presentar batalla.

De mi libro "Cuentos con Historia"