viernes, 19 de diciembre de 2014

miércoles, 29 de octubre de 2014

Una noche como tantas.

Medianoche. Esa hora en que muere el viernes y nace el sábado. El salón de baile está completo. Las parejas van y vienen por la pista disfrutando las cadencias sensuales del tango. Tras el último chán-chán de la orquesta, el locutor anuncia a la vocalista estrella de la noche. De inmediato, los habitué dejan la pista buscando sus mesas. Quedan solo las parejas nuevas. Cuando la voz anunciada comienza a cantar, cesan los murmullos y se instala un silencio como de respeto. Las pocas parejas que quedaban en la pista se van retirando. Las melodías se suceden coronadas por aplausos prolongados. Algunos lo hacen de pié. Ella parece estar más allá de todo. La cancionista ante el micrófono no gesticula, solamente deja brotar su voz que cautiva, que emociona, que le habla al corazón.
Finalizada su entrada, se dirige acompañada por el aplauso y el saludo de la concurrencia hasta la barra. El barman la felicita mientras limpia la copa que le va a ofrecer.
-Gracias por tus palabras.
-¿Le sirvo lo mismo de siempre?
-Si, por favor.
Mientras saborea el trago, su mirada vaga por el salón sin detenerse en nadie, pero su pensamiento vuela en el tiempo. La orquesta y los bailarines semejan un mundo aparte. De tanto en tanto un mozo le acerca una esquela de felicitaciones, a veces invitándola a bailar, o una tarjeta de presentación y otras, simplemente una flor. Agradece todos los gestos, pero nunca acepta bailar con nadie. Con la segunda copa, enciende un cigarrillo. Al ritmo de la milonga, las parejas parecen competir a cuál ejecuta el mejor corte o quebrada. Su mano deja la copa y comienza a marcar el compás sobre el mostrador, acentuando de a ratos la síncopa, y su rostro se ilumina con una sonrisa llena de añoranzas.
-¿Baila usted? Nunca la vi bailar en el salón.
-¡Si, chabón, sí que bailo! Pero acá me pagan por cantar…
-A lo mejor, si la viera en la pista el jefe, le pagaría unos pesos extras; no sé… a lo mejor…
-¡Quién te dice! ¿No? Pero no he visto pituco que me emocione. ¡Qué vueltas que tiene la vida! Pensar que hace unos años el tango se bailaba y nada más. Era diversión del malevaje, de los suburbios… Después le empezó a gustar a los cajetillas y hoy, ya lo ves, es baile de salón finoli ¡y además le escriben letras llorosas! ¡Quién lo hubiera pensado!
-Y… ¡los tiempos cambian! Pero a usted le vino bien.
-Tenés razón. Aquí me pagan por cantar y no tengo que ser la mina de nadie. Vivo mi vida. ¿Sabés quién me enseñó a bailar?
-No, usted dirá…
-¡Correa! Pero vos sos joven para saber de quién estoy hablando...
-¿Inocencio Correa? ¿El Taura de Barracas al Sur? ¡Cómo no voy a saber, si todavía se habla de él! ¡Pero eso fue hace muchos años! ¿Y bailaba?
-¿Qué si bailaba? ¡Su destreza con la daga era igual a la de sus piernas para el corte y la quebrada… y ni que hablar del firulete! Ahhh… yo era una pebeta entonces…
-¿Usted sabe qué fue de él?
-¡Y no! Como todo el mundo, no sé qué pasó con él, simplemente desapareció…
-Unos dicen que lo mataron… otros que está preso en Ushuaia.
-No, chabón, ¡Correa no se dejaría engayolar! ¡Y si mi corazón aún palpita, es porque el de él late todavía!
-Perdone, ¿no? Pero… ¿estuvo enamorada de él?
-¡Estuve y estoy! No hubo otro hombre en  mi vida, a pesar de que me dejó dos veces.
-¡Cómo dos veces? ¿Se fue, volvió y se fue otra vez?
-Una noche me dijo que su trabajo no le dejaba lugar al amor. Agarró sus pilchas y se volvió  al cotorro; pero seguí sabiendo de él por las mentas, hasta que un buen día se fue ¡vaya una a saber dónde!
-¡Y todavía enamorada!
-Cambiá el chamuyo, ¿querés?

Ahora, la orquesta toca un valsecito. Dos hombres vestidos con estilo se acercan a la barra.
-¡Buenas noches! ¿Cómo está la Reina de la Canción?
-¡Don Cátulo! ¡Usted siempre tan galante! Muy bien, ¿y usted?
-¡De parabienes! ¿De qué otra forma podría estar después de escuchar su voz, estrechar su mano y perderme en la profundidad de sus ojos?
-¡Déjese de zalamerías, que no ha de ser para tanto!
-¡En absoluto! Y para que vea que no exagero, le presento a mi amigo, que además de ser profesor de Literatura, es un enamorado de nuestra música. ¿Verdad que no miento, Homero?
-¡Para nada! Señora, es un honor besar su mano…
-Mucho gusto; es usted todo un caballero.
-Y usted la “Reina de la Canción”. Su voz de contra-alto es por demás expresiva. Hay en ella reminiscencias del arrabal… Expresa como muy pocas, los sentimientos más profundos… Hay… tristeza y bondad en su modulación. Créame, que he quedado muy, pero muy impresionado escuchándola.
-Homero, nos están esperando. Discúlpenos, Señora, pero tenemos un compromiso. Felicitaciones, otra vez.
-Vayan nomás, otra noche hablaremos. ¡Y muchas gracias por el cumplido!
-¡Qué homenaje!
-¡Cortála, ché! Servime una copa más y traeme las pilchas que la noche se terminó para mí.
Sorbo a sorbo termina su trago mientras pasea una vez más su mirada por el salón. Cubre sus hombros con el chal, envuelve su cuello con la boa y se despide.
-Hasta luego, Mariano. Me voy a apoliyar un rato.

-Hasta mañana, Malena. Que duerma usted bien…

Capítulo 2 de mi pequeñísima novela "Noches..."    
ISBN 978-987-28908-1-0         

miércoles, 13 de agosto de 2014

Otoño

Tarde gris de otoño. Después del almuerzo, mientras saboreo un café, observo el fondo a través del ventanal. Pasto recién cortado y gruesas gotas de lluvia que intentan humedecer el patio y las plantas.
 Los ciruelos perdieron ya sus hojas, y pienso que este año ¡se merecen una buena poda! Detrás de sus ramas desnudas se destaca la fronda del laurel, entre cuyo follaje perenne hicieron sus nidos al menos un casal de torcacitas, otro de zorzales. El verano pasado se sumó una tacuarita, que anidó en la enamorada del muro.
        Cada uno de ellos engalana con una melodía diferente al parque. Los zorzales y su bellísimo trino mañanero, interminable. Las torcazas parecen alargar las siestas con la languidez de su arrullo. A la tacuarita nunca la vi; en realidad se la adivina más que verla, pero su gorjeo breve y repetitivo alegró los atardeceres estivales confirmando su presencia.
         Un colibrí reposa no más de diez segundos en la punta de una rama desnuda de ciruelo, como tomándose un momento de reposo en su incesante búsqueda de néctar. ¡Es extraño verlo en esta época!
          Los zorzales, mis admirados, ya no bajan ni en pareja ni tan confiados como antes a buscar lombrices y hormigas. Es que ahora hay un gato en la casa y su presencia los mantiene en permanente estado de alerta. Se posan en el extremo de la rama más baja, lejos de la horqueta, y desde allí otean su presa. De a uno por vez, descienden, cazan una lombriz con su pico y vuelven a la rama a deglutirla. Por lo menos en el parque andan siempre atentos, como nerviosos. Cualquier movimiento en la casa los espanta y huyen hacia lugares más seguros. La presencia del gato cambió la armonía del hábitat compartido por aves y humanos. Aún así me resulta agradable contemplarlos y disfrutar sus cantos.
             El ciruelo próximo a la cocina, bajo cuya sombra un verano que parece tan lejano se rompieron las estructuras de mi vieja manera de vivir, enfermó. Casi no dio sombra ni frutos. Se está secando, como lo hizo mi amor. Así también el viejo ciruelo está envejeciendo y entregando su tronco a la tierra, de a poco, integrándose al nuevo ciclo de su vida…
De pronto, de entre el verde refugio del laurel, emerge el dueño de las madrugadas. Planea hasta posarse en la grama a mitad de camino entre el árbol y la parrilla. Semeja un gentilhombre impecablemente vestido: frac marrón, chaleco gris clarito y calzones cortos de color marrón rojizo. Por el porte es un macho adulto. Mira hacia el ventanal, también al pasto en su derredor y nuevamente al ventanal. Gira un cuarto de vuelta en dirección a la parrilla, da tres pasitos cortos, se detiene y vuelve a mirar en mi dirección.
Repite la acción dos veces y desaparece en la leñera. Pero de inmediato se asoma y otea todo el panorama. Ahora captó toda mi atención; casi no respiro. Vuelve a entrar y salir de la leñera, pero ahora con un grano de alimento para mascotas en su pico. Mira hacia la casa, traga su nuevo alimento y entra nuevamente. En cinco segundos lo veo aparecer con otro grano en el pico, que no deglute sin antes asegurarse que no hubo cambios a su alrededor. Repite la maniobra tres veces más y alzando vuelo se pierde en la seguridad del laurel.
Registro de la Propiedad Intelectual N°5109119

lunes, 21 de julio de 2014

Otra Primavera

Días de sol en el conurbano bonaerense.  Los Aromos engalanan las aceras con sus últimos racimos de flores amarillas, fragantes, delicia de las abejas. El ciruelo del fondo estalló en flores rosadas. La gramilla semillada, hace del jardín un lugar de encuentro para Jilgueros,  Chingolos y Gorriones. Entre el cañaveral de adorno, que se está convirtiendo en una plaga, un casal de Tacuaritas entran y salen a cada rato; creo que están construyendo su nido. El clima por demás agradable me lleva a matear mientras riego el jardín
-¡Buenos días Doña Matilde! ¡Hermosa mañana! ¿No?
-Mmmm… ¡La pucha que son largas las cuadras hasta el mercado! ¡Y los años que me pesan cada vez más! No sé qué hago con semejante bolsa, si la plata nunca alcanza… ¿Y eso? ¿Una rosa tirada? No es de jardín; debió costarle unos cuantos pesos al tonto que la compró. ¡Qué digo tonto! ¡Dos veces tonto! Una por gastar la plata en una flor y otra por perderla… ¡Hay que ser, eh! ¡Y pensar que a mí sólo me alcanza para unos fideos, yerba y azúcar!
-¡Que disfrute usted este día, regalo de la vida!
Ni  bien el sol se deja ver, la mañana se torna dulcemente sonora. Los Benteveos se llaman unos a otros. El Zorzal atrajo con sus trinos al sol, pero sigue engalanando el día con su hermosa melodía. El Hornero llama con a su compañera una y otra vez, hasta que ella se suma al canto  para ejecutar su dueto; entonces, es hora de preparar el adobe. ¡Qué hermoso es tener esta cantidad de aves en derredor! Claro, no hay torres en el barrio y las casas que no  tienen jardín, tienen fondo y según mi amigo Rubén, los gatos de hoy son mascotas y comen alimento balanceado; pero según Juan, los pájaros no son tontos: saben que en la ciudad están a salvo del glifosato
Llega hasta mí la fragancia del Jazmín Japonés de mi vecino de enfrente. ¡Qué cosa, pienso! Ni bien el sol comienza a entibiar, las jóvenes bellezas lucen los escotes guardados por el frío, los brazos sin la protección de incómodas mangas y las uñas de los pies pintadas. Bueno… las no tan jóvenes también, a excepción de la “Reina del Limón Agrio”, mi vecina Matilde.

-Mmmm… A lo mejor la compró para hacer un regalo. Un regalo amoroso… ¡Qué estupidez el romanticismo! Como si sirviera para algo… Tal vez fue un ricachón de ésos que siempre hay y se le cayó. ¡Bien hecho! ¡Ahí se va tu platita, rodando entre bolsas y suciedad! ¡Pero qué me importa a mí una flor! Me estoy volviendo una vieja boba me parece… ¡Huy, ese carro la va a pisar! La pisó. Ahí se fue tu platita, ¡tonto! Me la hubieras dado a mí, que tanta falta me hace. Jajá, tu regalo quedó estampado en la calle. ¡No se salvó ni un miserable pétalo! ¿Me alcanzará la plata para un poco de aceite y harina? Azúcar me queda un poco todavía y puedo comprar los fideos más baratos que encuentre. Yerba, sí, tengo que comprar. A lo mejor me alcanza…
Registro de la Propiedad Intelectual N°5175935.

jueves, 26 de junio de 2014

Un amor de primavera

El Príncipe de los Horneros abandonó sus actividades y se dedicó a contemplar la luna. Sucede que desde que descubrió su brillo, se sintió fuertemente atraído  por Selene. De pie en la puerta de su castillo, la contemplaba hasta que el Lucero del Alba llegaba trayendo a la rastra los primeros rayos del sol.  Y estaba convencido de que ella también lo miraba. Un dulce sentimiento fue anidando en su pecho.

Cuando la luna volvió a brillar en toda su plenitud, ella lo invitó a visitarla. Él voló raudo a su morada. Ella lo recibió cariñosamente y casi sin darse cuenta, entraron abrazaditos a la alcoba. La luna se tendió en su lecho y el Príncipe de los Horneros contempló embelesado su nívea blancura. Se amaron intensamente, sin prisas y con una ternura nunca antes experimentada. Pero el devenir del tiempo hizo que la luna volviese a la rutina de su órbita y el príncipe a su castillo.

Durante su viaje por la noche solitaria ella se preguntaba si todo no habría sido un sueño, y él no cesaba de alegrar la luz del día con su carcajada de felicidad, esperando que llegase nuevamente el anochecer…

De mi libro "Ternas y Trilogías"     ISBN 978-987-28908-5-8

martes, 20 de mayo de 2014

Y... ¡así es!

El tipo llega a su casa después de casi 12 horas de ausencia; es que la vida del laburante es así: ocho o nueve horas en el yugo y tres horas como mínimo de traslado, ida y vuelta. Llega justo a la hora del mate de la tarde. La mujer lo espera con la mesa preparada, la pava con el agua caliente y los bizcochitos caseros que tanto le gustan. Los chicos aún no regresaron. Beso, pantuflas y las novedades domésticas del día. Que Rodolfo quiere largar el estudio y ponerse a trabajar; que Carolina anda medio de novia y bajó las notas en el colegio; que vas a tener que hablar con ellos porque a mí ya no me prestan atención.
-¿Y qué les voy a decir que ya no les hayas dicho? ¡Que se pongan las pilas y terminen de estudiar de una buena vez, que para eso me rompo bien el orto todos los días!
-¡Viejo, qué te pasa! ¡Estás muy nervioso! ¡Mirá que se te puede disparar la presión!
-¡Nada! ¡Nada! ¿Qué me va a pasar? ¡Lo mismo de siempre…!
-¿Más despidos? ¡Ay no, viejo, no me asustes!
-¡No, más no! ¡Son los mismos de la otra vez que no aceptan el despido y están todos los días en la puerta repartiendo panfletos y tocando el bombo! ¡Me tienen podrido!
-¡No te pongas así! ¡Aflojá un poco, che! Si te hubiera tocado a vos, también estarías ahí.
¡Nooo; ni en pedo! Yo agarro la guita y me las tomo. Si te quedás haciendo quilombo, no te llaman nunca más.
-¡No te sulfures, viejo! Tomate este matecito. ¿Querés que le ponga una cascarita de naranja?
-No, dejá; está bien así. ¿Sabés qué pasa? ¡Que si no se dejan de joder, no vamos a tener horas extras! ¿Qué carajo se creen? ¡Si ya están despedidos!
-Bueno, cambiando de tema, ¿vas a hablar con Rodolfito?
-¡Qué Rodolfito ni ocho cuartos! ¡Ro-dol-fo! Con el lomo que tiene no está para Rodolfito.
-Bueno, está bien, pero ¿le vas a hablar?
-Si, si, le voy a hablar. Decile que el fin de semana no haga planes que me tiene que ayudar con el muro del fondo. Ahí agarro y le hablo.
-¡Dale! Yo voy a tratar de hablar con Caro. Es muy chica para andar de novia, ¿no te parece?
-Mirá… ¡no le aflojés! Las pendejas de ahora son bastante rápidas y si se calientan, cualquier gil les hace el cuento del hijo…
-¡Ay, papi! ¡No hablés así! La nena no es una calentona, ¡no señor!
-Bueno, por las dudas entonces… ¿Podés arreglar un poco el mate? ¡Parece  una sopa de yerba!
Y continúa la rutina cotidiana. Cenan medio tempranón porque él se tiene que levantar a las cuatro de la mañana. ¡A las cuatro! ¡Pensar que ésa es la hora en que el cuerpo se relaja y descansa! Pero el laburante tiene que madrugar para no llegar tarde al trabajo. Porque si se llega tarde, chau premio de asistencia; y si se repite, ¡hay que poner cara de víctima cuando de Personal te llama para decirte una sarta de gansadas!
 Después de la cena, una hora mirando boludeces en la tele “para distraerse”, y a la cama. El tipo se duerme pensando. “¡Ya va a ver Rodolfo; va a tener que picar cascotes toda la mañana mientras me escucha!” “¿Y los plomos de la fábrica, hasta cuándo seguirán molestando en la puerta? ¿Y si vienen los zurdos a solidarizarse? ¡Ahí sí que se pudre todo!” “¡Que Carolina no haga ninguna cagada, por Dios!”
Así pasan los fríos días de invierno, densos, monótonos, hasta que una tarde el tipo llega contento a su casa. Contento porque los despedidos optaron por ceder en sus reclamos callejeros, dejaron de alborotar en la entrada de la fábrica y dirigieron sus esfuerzos al ámbito legal.
-¡Hola viejo, que carita de felicidad! ¿Qué te pasó?
-¡Se terminó el despelote de los despedidos! Ahora todo vuelve a ser tranqui.  Hacé unos mates con cascarita de naranja mientras me cambio, ¿sí? Mirá, compre facturas.
Y los días fríos y monótonos continuaron sin sorpresas. Rodolfo recapacitó y decidió continuar con sus estudios, debido a la picada de cascotes, a la perorata del padre, o quizás por ambas. Carolina se muestra más aplicada en el colegio, y eso trae tranquilidad a la familia.
El último día del mes de Agosto, la mujer lo recibe con cara de preocupación.
-¡Hola, viejo! ¿Todo bien en el trabajo?
-Todo bien, ¿por qué?
-¡A las tres de la tarde te llegó este telegrama!
Le extiende el telegrama sin abrir, con cara de preocupación. El tipo abre el telegrama y lo lee con ansiedad. Su rostro se va tornando pálido mientras recorre las palabras.

“Por restructuración de personal cesa en el día de la fecha su relación laboral con la Empresa Stop Haberes a su disposición a partir del cuarto día hábil del mes de Setiembre del corriente año Stop”                                

Publicado en la antología "Letras en el espejo".
BRAUSE Ediciones ISBN 978-987-28908-2-7

sábado, 12 de abril de 2014

Después de las cenizas

El auto se desplaza a buena velocidad rumbo al Este. El manto de la noche comienza a caer. Se insinúa el nuevo día. Los tres hermanos –Alejandro, Ezequiel y Matías- viajan a cumplir con un último deseo. Ninguno duerme. Van ocupados en sus propios pensamientos.
En una estación de servicios reponen combustible y agua para el termo. Continúan su camino y entre mate y mate reviven etapas de sus vidas, ríen y recuerdan anécdotas. ¿Te acordás cuando…? ¡Siií! Y cuando… ¿Y las peinadas con gomina para llevarnos a la escuela? ¿Y cuando te fuiste de casa y papi no te dejaba volver? ¡Si no fuera por nosotros, no volvías! Jajaja, sí que me acuerdo; sabía ponerse áspero, pero era un tierno… Ché, nunca me olvido cuando nos compró el trencito a pilas y a la media hora lo rompiste. Y… quería saber cómo funcionaba, jajaja.
Así continúan el viaje, de a ratos ensimismados y de a ratos conversando, repasando sus vidas. Al llegar a destino, la ciudad recién comienza a despertarse.
-¿Vamos ahora o primero desayunamos?
-¡Ché, yo tengo hambre! ¡Ese mate feo, sin azúcar me lavó las tripas!
-¿Porqué no tomamos un café, caminamos un rato para estirar las piernas y después vamos?
-Sí, sí, sí. Además tengo que ir al baño.
-Bueno, vamos…
A media mañana descienden hasta la playa. Zapatillas en mano se acercan al mar. Es Octubre y la brisa aún es bastante fresca. Con los pantalones arremangados dejan que las olas laman sus tobillos. Los rostros ahora están serios. Los tres sienten las gargantas anudadas. El del medio, que lleva una caja rectangular de madera en sus manos, se agacha, la sumerge en el agua cristalina, y con el reflujo de una ola que besó la orilla, la abre. Las cenizas contenidas se disuelven y se integran a la inmensidad de la naturaleza.
Ahora los tres permanecen abrazados, contemplativos, silenciosos…
-¡Chau, viejo! Estas vacaciones me vengo a bañar con vos…
-¡Papi… te voy a extrañar…!
-Eso… eso no era papá, solo cenizas…
Y tocándose la frente resume:
-Papi sigue aquí, sin tiempo ni distancias… ¡Sigue aquí!
-¡Ya está! ¿Y ahora qué hacemos?
-Vamos a recorrer la costa y después de almorzar pegamos la vuelta. Mañana tengo que laburar.
-Dale, vamos…
-¡Qué lástima no poder quedarnos a ver el atardecer! Ésta es la única playa donde el sol se oculta en el mar.
-Por eso al viejo le gustaba veranear aquí.
Los dos hermanos van mirando la numeración desordenadas de las calles.
-Eran tres cuadras desde la avenida y tres casas, no?
-Sí, allí está. El chalecito de dos plantas.
Bajan del auto, cruzan el pequeño jardín con mucho verde y tocan el timbre. Corridas y voces infantiles se oyen desde el interior.
-¿Quién es?
-No, no, yo llegué primero. Yo pregunto. ¿Quién es?
-¡Nenas, salgan de ahí!
La ventanita de la puerta enmarca el bello rostro de una mujer mayor. Primero denota extrañeza, pero enseguida asombro y alegría. Abre la puerta y mirando a uno y otro, exclama:
-¡Vos sós Ezequiel! ¡Y vos, Matías! ¡Qué sorpresa, pero pasen, pasen! Pendejitas, vayan para el fondo, ¡ya!
-¿Quiénes son Abue?
-Son amigos míos y de su papá. Saluden y ¡rájen!
Las niñas saludan con besos, y a las risas se van corriendo a retomar su juego en el parque. Cafecito de por medio, los tres conversan con una mezcla de alegría y tristeza.
-¿Cómo pasó todo? Él me llamó para despedirse… y no le quise creer…
-¡Bien… bien… todo muy tranqui! Papi simplemente quiso descansar. Vio cumplidos casi todos sus sueños y decidió partir…
-El último año me lo traje a vivir conmigo y la pasamos muy bién. Pero un día nos llamó a todos. Tomamos mate y nos dijo que había sido muy feliz, que deseaba que nosotros lo fuéramos también y que tuviésemos siempre un sueño por concretar. Después dijo que estaba cansado y que se iba a la cama…
-Cuando me fui a despedir, estaba durmiendo plácidamente con tu foto apretada en el pecho…
-¡Ché, dejen de lagrimear! Son muy lindas las mellicitas, ¿cómo se llaman?
-Claudia y Jorgelina. El papá eligió los nombres…
-Eran muy amigos, ¿no? Digo, ellos…
-Sí, la verdad que sí. Lo acompañó en todos los momentos de su vida. Desde las enfermedades de niño hasta el nacimiento de las nenas…
-¿Puedo preguntarte porqué si se querían tanto, nunca se casaron, o vivieron juntos al menos?
-¡No lo sé Ezequiel, no lo sé!
-Bueno, ché, muy rico tu café, pero nos tenemos que ir…
Vuelven silenciosos. Recordando al viejo, como dice Matías. Al parar en un semáforo, una extraña sensación se adueña de ellos. Se miran y sus ojos se humedecen.
-¿Lo sentís vos también?
Asiente con la cabeza y desvía la mirada para ocultar sus lágrimas…
-¡Dale, que cambió el verde!
Pone primera y sigue despacio, sin apuro. Después de una cuadra a puro silencio, se ríe y dice en voz alta:
-Jaja… ¡Si, papi, yo también te quiero mucho!
En tanto, la anciana abre lentamente, con delicadeza, el sobre que le dejaran. Es un álbum de fotos. Folio tras folio va mirando fotografías de ella, de cuando era muy joven. También algunas de su gran amor. Y sus cartas, esquelas y dibujos… y al final, la carta de despedida… Su mano acaricia cada uno de los recuerdos. De pronto siente una presencia viva a su lado y sus dedos se entrelazan con los de una mano invisible… pero que está ahí… Su voz susurra:
-Como siempre me escribías: “TkieroTkiero… y también Txtraño…”

De mi libro "Historias cotidianas"     ISBN 978-987-28908-0-3

miércoles, 8 de enero de 2014

Desregulación

                            Alexandra Jamieson, Diego Martín Lanis, Jorge Klinger. 

George espera. Es el tercer año que espera el contenedor, mas éste no llega. Un contramaestre se ofreció a intervenir –por una comisión- pero las noticias no son buenas. El gestor había sido detenido antes de partir y ahora cumple arresto en una prisión de máxima seguridad.
George piensa que si esperó tres años puede seguir así unos cuantos más.  Pero la espera por el contenedor no es pasiva. Además de contar con la ayuda del contramaestre, inició negocios con varios mafiosos a cuenta del contenido tan esperado. A cada uno le prometió algo distinto sin saber él mismo si alguna vez cumpliría. Mientras prepara su cena, George trata de recordar qué fue lo que prometió. Suena el timbre. “Soy yo.  Lo tengo” dijo la voz conocida por el intercomunicador.
George sufre un ataque de ira.

-¿Porqué no te vas a la pu… nta de un sauce verde? ¡Justo ahora tiene que llegar! ¿Para qué compré el contenedor de peluches?  ¡Si ahora hay un “Todo x$2” en cada esquina!