jueves, 3 de diciembre de 2020

El ángel del deseo

 

Serena inmensidad de piel absorben mis pupilas

alumbra una media luz en la tarde temprana

Curvatura perfecta de armónicas posturas

incitan a mis titilantes párpados

Honda

brilla la retina que percibe y aloja imágenes

Una y otra vez la memoria infinita

acumula historia

Vuelo de notas encadenadas

eleva una melodía de Grieg desde el vibrante piano

Yo etérea y liviana transito entre sueños

ese amado universo sonoro

Nace un sosiego de ansiedades

hay calma en el alma inquieta

y mensajes sin palabras dormidas

Hay aroma a incienso y lavanda

transita el ángel del deseo sin mostrar alas

Solo la caricia del aleteo roza la piel

y en el desliz cósmico de nuestro mundo

en cada acorde

habita tu nombre

                                             Stella Maris Zamora

ENCUENTROS DE CAFÉ      ISBN 978-987-28908-6-5

La rueda

 

Soy la rueda derecha de una carreta. Giro por caminos de tierra polvorientos en verano y barrosos en la temporada de lluvias. Mi trabajo consiste en hacer que el carromato se desplace con facilidad. Junto con mi compañera de la izquierda y el eje de dura madera que nos une, cumplimos nuestro cometido y soportamos el peso de toda la carga que en él se transporta. No somos nosotras las que decidimos el camino a recorrer sino el hombre que la guía; nosotras cumplimos sin protestar, giramos en la dirección que el conductor elige, siempre igual, gira que te gira.

      No somos como los humanos pero tenemos también como ellos, algunos sentidos: vemos, oímos y percibimos. No sé cómo funciona pero vemos en forma panorámica, es decir que podemos ver simultáneamente todo lo que está a nuestro alrededor; con el oído sucede lo mismo, percibimos una cacofonía de sonidos pero podemos distinguirlos claramente. También toda nuestra superficie en contacto con el suelo es sensitiva; distinguimos cuando la superficie es blanda o dura, si es rugosa o lisa.

Esta mañana temprano, al volver del mercado, me sucedió algo muy extraño. Pisé una flor tirada en el camino. Literalmente la trituré con mi peso y el de la carreta. La vi cuando me dirigía hacia ella, pero el destino es inexorable, aunque hubiese querido, no hubiera podido evitarlo. Mientras me acercaba, deseando que el carretero cambiara de dirección, pude verla claramente. 

Era un pimpollo rojo, bello, de largo tallo, con sus pétalos a medio abrir. Al pisarla sentí el crujir de su tierna naturaleza y una suerte de estremecimiento recorrió toda mi tosca estructura. Luego vi sus despojos adheridos a la dura piedra del camino, completamente deshecha; sólo una hojita permaneció intacta, separada del tallo, como mudo testigo de que eso, alguna vez fue un ser vivo. Algunos pétalos quedaron pegados a mí pero se fueron desprendiendo en cada giro y contemplé cómo iban quedando atrás siendo arrastrados, ya sin peso, por la brisa matinal en todas direcciones. 

Mas algo de la ella quedó incorporado a mí: su perfume, que le dio un toque de sutil delicadeza a mi madera ya seca y sin su aroma original. La hermosura de la flor dejó en mí un poco de su belleza…

ENCUENTROS DE CAFÉ II    ISBN 978-987-46957-0-3