miércoles, 17 de febrero de 2021

Otro punto de vista.

SENDA, BRAULIO. Diálogos del arrabal. Lanús Oeste (Bs As) : BRAUSE, 2020, 90 p.

Reseña breve por Lidia Rissotto.

     ¡Qué buen trabajo, con tanto humor!

     No sé si es mi imaginación, pero sospecho mucha tarea de investigación sobre la figura del malevo. No me parece que las historias que surgen de los diálogos con Floreal Ramírez  sean solamente un revés de la trama de las milongas de Borges, aunque la intertextualidad con ella resulte tan fluida y parezca tan espontánea. Me pareció excelente el desenlace con la figura de Floreal disolviéndose mientras se aleja: una bella imagen visual que pone al narrador en una perspectiva de observador externo compartida con el lector.

     Respecto de la segunda parte, me divirtieron mucho las fotos de Braulio con Gardel. Observé un detalle: la primera de las fotos, cuando los quías recién se conocen en Chascomús, es muy formal. Después, con el tiempo, se ve que van tomando confianza, en algún momento parece que Braulio se agrandó un poco hasta que al final hay casi una mímesis entre los dos...

     Me gustó MUCHO la escena del nacimiento del tango, con el marco del conventillo, los músicos que son una síntesis de lo que, supongo, debió ser la sociedad inmigrante de la época. Sí, es posible que el tango haya nacido así.

     La ficción aporta dinamismo al contenido histórico de las primeras décadas del tango desde la visión de Gardel, sumado a la informalidad de las voces en primera persona propias del diálogo. ¿El resultado?: un relato atractivo, amable, que invita a ser leído.

     Dos lujos de aquellos: el prólogo de Bertha Bilbao Richter y la nota de cierre de Otilia Da Veiga!!!

                                                                                             Lidia Rissotto

El Morocho del Abasto

 

Cierta vez fuimos con unos amigos al Almacén de Gerli a disfrutar la representación de un grupo de narradores. Fue una hermosa reunión donde nos emocionamos y regocijamos con los cuentos en un ambiente realmente mágico. Al finalizar la velada, que fue un verdadero espectáculo, mientras los conocidos saludaban a los artistas, yo me entretuve observando la decoración de las paredes. Resultaba agradable ver colgados elementos del siglo pasado; patentes de automóviles, changuitos y carritos para bebés de época, afiches de películas antiguas, etc.

Cerca de la barra, en la pared de la derecha había una gigantografía de Carlos Gardel. Como la sonrisa del Morocho del Abasto me encanta, permanecí observándola un buen rato. De pronto me pareció que la imagen hacía un cabeceo, como invitándome a que me acercara. Con mucha curiosidad, disimuladamente me fui aproximando. Al llegar junto a la pintura, una voz a mi espalda dice:

-¡Síii! Sentate junto a Gardel que te saco una foto.

Detrás mío, cámara en mano estaba Stella Maris, así que me acomodé para la fotografía. Ni bien tomé asiento, la voz del Morocho me susurró al oído:

-¡Qué manera de chamuyar estas minas, ché! Me hicieron recordar a las rubias de Nueva York, que se la pasaban parla que te parla.

Sin voltear la cara, mirando siempre a la cámara le pregunté si las rubias eran rubias de verdad o se teñían.

Se rio con ganas y continuó hablando:  -Sí y no. En la película había cuatro rubias y una morocha argentina. Con ella tuve un fato que duró bastante. Pero las rubias eran pura pose y abanicar pestañas. Se disputaban mi compañía y una ¡hasta quería casarse!

-¡Así que casi lo pialan durante el rodaje!

-¡Epa, epa! ¡Eso estuvo demás! Yo soy bastante arisco y habilidoso para esquivar pialadas.

-Entonces ¿la canción fue para las rubias y el amor para la morocha?

-Exacto. Lo profesional por un lado y el romanticismo por otro. Si se mezclan es peligroso.

-Hablando de todo un poco, ¿cómo lograron componer un foxtrot, ustedes que son tangueros de ley?

-Chabón, ¡Buenos Aires es una ciudad musical! Acá hay de todo y se cultivan todos los géneros. La tierra no sólo dio trigo y maíz; nos brindó cientos de cantores populares, poetas, músicos y compositores, cuando los alambrados y las maquinarias los empujaron hasta los arrabales de la ciudad. Además, acá nacieron Gabino Ezeiza, José Betinotti y tantos otros payadores. La noche de Buenos Aires también fue propicia para los amantes del jazz. Yo anduve en varios tugurios de esos, por eso componer un foxtrot no nos resultó difícil. El Pepe Razzano era una luz para escribir música de oído.

¡Y yo pensé que estaba aquí, posando para una foto y hablando con El Morocho del Abasto! Como si me hubiera leído el pensamiento, él comentó:

-¡Ah, el Abasto! Allá gritaban como desaforados los changarines y en Nueva York chillaban las rubias. Cuando se reían, se reían todas juntas y parecía que estaban matando un chancho. ¡Qué me contás!

-A pesar de la mucha parla, ¿qué le pareció el espectáculo?

-Me gustó mucho esa veterana que presentaron como la mamá de un tal Apo. Cuenta lindas historias.

En ese momento Stella Maris me dice: -Parate que saco la última.

Después, mirando las tomas en la cámara, no noté ningún movimiento de mis labios ni de los del Morocho. ¿Habrá sido sólo imaginación mía?

Al dirigirnos a la salida, saludé a la pintura con la mano y El Morocho me devolvió el saludo con un cabeceo.

Braulio Senda

Diálogos del arrabal     ISBN 978 987 46957 4 1     

MENCIÓN DE HONOR NARRATIVA 2020-2021 SADE

Manuel Flores

 

                                                     Manuel Flores va a morir,

eso es moneda corriente;

 morir es una costumbre

que sabe tener la gente.

Y sin embargo me duele

 decirle adiós a la vida,

esa cosa tan de siempre,

 tan dulce y tan conocida.

Jorge Luis Borges

 

     Un atardecer raro de junio, que dé a ratos llovía y de a ratos salía el sol, como andaba falto de inspiración me dirigí al bar de la calle Pavón. Me acomodé en la mesa de siempre y pedí un cortado tal como era mi costumbre. Al mirar al mozo me di cuenta que no era el mismo de siempre. Después que dejó el pedido y se retiró, yo me dediqué a revolver el café preguntándome si volvería a aparecer Ramírez. Después entretuve la espera mirando correr el agua contra los cordones de la vereda mientras intentaba garabatear las líneas de un poema. En eso lo vi llegar, con su paso lento y su funyi gris.

     Entró al bar y sin saludar al mozo vino directamente a mi mesa. Nos estrechamos las manos y se sentó frente a mí, como era su costumbre. Entonces, suponiendo que el mozo nuevo no lo podía ver, levanté la mano y lo llamé. Ambos guardábamos silencio. Él jugueteaba con el sombrero. Cuando llegó el mozo yo tenía el café por la mitad.

     -¿En qué puedo servirlo? -preguntó, mientras Ramírez lo miraba y se sonreía con sorna.

     -Tráigame un café y una ginebra.  -le pedí. Cuando intentó levantar mi cortado le dije:

     -No, no. Déjelo y traiga el nuevo pedido.

     Me miró extrañado, se encogió de hombros y volvió a la barra.

     -Se dio cuenta, ¿no? Hoy solamente usté me puede ver.

     -¿Y eso por qué? -pregunté, a lo que él respondió:

     -Ni la menor idea.

     -Yo tampoco me lo imagino. -dije ocultando el asombro que me provocaba estar hablando con uno de mis personajes como si estuviera vivo.

     -¿Y, sigue ocupado con las letras de su amigo? -preguntó mientras el mozo ponía el café y la ginebra sobre la mesa frente a mí.

     Cuando se retiró, Ramírez acomodó el pocillo y la copa frente a sí y me miró con curiosidad.

     -Sí, sí. Estoy leyendo la milonga de Don Manuel Flores.

     -¡Manuel Flores, qué tipo! ¡Un guapo como pocos!

     -¿También lo conoció? -pregunté ya sin experimentar sorpresa.

     -Sí, don Braulio, lo conocí. Fue en un piringundín de San Telmo. Me dijo que él me podía averiguar algo de Correa. Quedamos en encontrarnos una noche en la calle Defensa en la esquina frente al parque. Al ir llegando, de lejos vi la estampa del guapo recostado a la columna de un farol, con el pucho humeando entre los labios y las manos en los bolsillos. Tranquilo, esperando. Cuando me faltaba media cuadra para llegar hasta él, Manuel se enderezó, tiró el pucho, manoteó el naife y mirando fijamente hacia el parque, le gritó a alguien que yo no alcancé a ver:

     -¡Atrévanse, cobardes! -y en ese momento escuché cuatro disparos. Vi los fogonazos salir de dos armas. Las balas golpearon el pecho de Manuel Flores tirándolo contra el farol.  Yo me largué a correr hacia el parque pegado a la pared mientras Flores doblaba las rodillas y se deslizaba lentamente hasta quedar tendido en la vereda. Cuchillo en mano, desde la esquina traté de ver algo, pero sólo vi oscuridad. Entonces me acerqué al caído. Manuel Flores murió con cuatro tiros en el pecho, los ojos abiertos y la mano agarrotada en el cuchillo. Le cerré los ojos, le acomodé el gacho para que la luz del farol no molestara su alma en la partida y me fui.

     Floreal Ramírez quedó con la mirada perdida en el vacío mientras yo terminaba mi café. Después dejó unas monedas sobre la mesa, se acomodó el funyi y me dijo muy serio:

     -Hasta más ver don Braulio. Esta vez, invito yo, y dejó unas monedas sobre la mesa.

     Guardé las monedas antiguas en un bolsillo, le pagué al mozo con billetes buenos y me retiré del bar.

Braulio Senda

Diálogos del arrabal      ISBN 978 987 46957 4 1     

                           MENCIÓN DE HONOR NARRATIVA 2020-2021 SADE

domingo, 7 de febrero de 2021

Historias con malevos y un zorzal.

SENDA, BRAULIO. DIALOGOS DEL ARRABAL. Lanús Oeste (Bs As) : BRAUSE, 2020, 90 p.

Reseña por Eduardo Cormick

      Braulio Senda, prolífico autor uruguayo aquerenciado en el suburbio sur de Buenos Aires y que presenta documentación a nombre de Jorge Klinger, nos regaló, para terminar el aciago e impredecible 2020, el bello Diálogos de arrabal.

     Profundo conocedor de la tradición poética y musical rioplatense, el autor de Morenos regresa con este libro a un territorio que conoce en profundidad, y que ya había recorrido en Cuentos con historia.

     Es con Floreal Ramírez, uno de los personajes de Cuentos…, con quien Braulio Senda apela al recurso dialógico para contarnos acerca de la vida, y en ocasiones de la violenta y repentina muerte, de algunos malevos, semidioses que pueblan el Olimpo arrabalero rioplatense.

    Malevos el título que encabeza la primera parte del libro, y en ella Senda rescata a Jacinto Chiclana, Manuel Flores o Nicanor Paredes, entronizados por la palabra poética de Jorge Luis Borges o el Malevo de Fierro, a quien recordaba en Valentín Alsina una escultura de José Perera.

     A través de siete relatos, precedidos por un texto “a modo de introducción” y con un epílogo como cierre, Malevos da cuenta de un rescate preciso de los recursos idiomáticos del lunfardo (“de cayetano” por silencioso, “naife” por cuchillo), o las costumbres propias de los primeros años del siglo XX (la indumentaria de Ramírez, su hábito de beber la ginebra de un trago rápido después del café). Todo lo hace sin que resulte sobrecarga ni caricatura.

     Braulio, que es autor, es al tiempo narrador y protagonista de estos diálogos con Floreal Ramírez, con quien lo separa un siglo. Es por ese motivo que, en las ocasiones en las que el malevo paga la cuenta, Braulio se ve obligado a corregir algunos desajustes que ha provocado el paso del tiempo:

     "Después dejó unas monedas sobre la mesa, se acomodó el funyi y me dijo muy serio:
     —Hasta más ver, don Braulio. Esta vez invito yo.
     Guardé las monedas antiguas en un bolsillo, le pagué al mozo con billetes buenos y      me retiré del bar."

     El autor, en su rol de protagonista, se ve en apuros cuando el personaje lo interroga sobre una duda que lo persigue, y nos lo cuenta:

    "—¿Y usté, no averiguó nada ‘e mi muerte? y se dio vuelta para mirarme."

    Imagínense la situación: ¡un personaje de ficción preguntándole a su creador si no sabía    el  porqué de su muerte!"

    Los personajes sobre los que dialogan son parte de la tradición cultural de Buenos Aires, símbolos de la transición que experimentó la sociedad, en la que los gauchos predominantes en los relatos del siglo XIX rural, se acercan e integran al circuito urbano que prevalece en el naciente siglo XX. En ese tránsito del medio rural al urbano llevan con ellos ciertos códigos en los que el uso del cuchillo como arma y la destreza en su manejo son atributos que hablan de su coraje. Es por eso que en un diálogo, Ramírez exclama:

     "—¡No está bien, no señor, que a un malevo lo entierren sin el cuchillo!"

     Pero también la música es parte de su esencia y es la milonga la que los acompaña en ese viaje desde el campo a las orillas de la gran ciudad. No en vano fue esa la métrica y la sonoridad que eligió Jorge Luis Borges para rescatar el nombre de alguno de ellos.

     Estos encuentros entre Braulio y Ramírez, siempre en el bar de Pavón y Galicia, siempre en la misma mesa, continúan hasta que, nos lo cuenta poéticamente el autor

     "Después de ajustarse el pañuelo en el cuello, se alejó caminando despacio, con la mano izquierda en el bolsillo del saco y balanceando apenas la derecha. Comencé a seguirlo y después de caminar dos cuadras su figura comenzó a aclararse más y más con cada paso, hasta que simplemente se esfumó en el aire tardecino de un cálido diciembre."

      La segunda parte está dedicada a los encuentros de Braulio con el Mago, el Morocho del Abasto, el Zorzal Criollo, Carlitos, el Mudo, el Rey del Tango, el Troesma o, como informaba su documento de identidad, Carlos Gardel. En efecto, esta segunda parte se llama Gardel.

      Como en la primera parte, Braulio Senda utiliza el doble recurso de ser narrador y protagonista y de dialogar con su personaje. Pero si con Floreal Ramírez el lugar de encuentro, explícitamente acordado, era el bar de Pavón y Galicia, con Gardel coinciden en una esquina, en una plaza o en un teatro. Se saludan en Chascomús, Gerli, Mercedes, San Miguel del Monte, Chivilcoy, en el barrio de Montserrat en Buenos Aires o al otro lado del Plata, en Montevideo.

     Otra vez Braulio Senda nos lleva, ahora montados en los diálogos con Gardel, a repasar la historia musical de Buenos Aires y el Río de la Plata.

      En uno de los encuentros pregunta al ídolo cómo nació el tango, y surge así una explicación exquisita:

     "Un criollo con la guitarra le dice a un moreno: “Che negro, tocá el tambor”. El morocho va a la pieza y vuelve con el tambor, se sienta, acaricia la lonja con cariño y repite: “Negro, tocá tangó”. Las manos oscuras dejan volar una melodía cadenciosa; el guitarrero comienza a acompañarlo y en una de esas, un tano se suma con su mandolina, un alemán se aparece con un bandoneón y de una zapie de arriba, un judío deja oír su clarinete."

     Hablan de si las chicas de New York eran rubias o teñidas, y de cómo Buenos Aires, ciudad rica en lo musical, puede ofrecer payadores como Ezeiza y Bettinotti a la vez que permite crear un fox-trot o grupos que cultiven el jazz.

     Contra la opinión de que el tango es sinónimo de tristeza, Senda hace decir a Gardel:

     "...El tango es puro sentimiento. Y los sentires a veces suben y otras, bajan."

     En esta parte Braulio Senda incorpora dos elementos novedosos. El primero, Braulio, el personaje, está siempre en compañía de Stella Maris, quien toma fotos, al principio con una cámara pero luego con el teléfono, para registrar las reuniones Gardel-Braulio pero, con prudencia, no interviene en los diálogos. El segundo, esas fotos son parte del libro como paratextos que se incorporan, complementan y dan sentido al relato, en otro hallazgo del autor, como en la primera parte había apelado a los epígrafes con los fragmentos de poemas.

     Para quienes siguen con atención la obra de Braulio Senda, esta obra continúa y confirma su estilo.  Para los que todavía no se asomaron a su producción, no se lo pierdan. Diálogos del Arrabal es un libro para leer y degustar, como quien disfruta de una bella música o un poema contundente.

                                                      Eduardo Cormick. Buenos Aires, enero de 2021.