Morenos
BRAULIO SENDA
…
bamba, canyengue, conga, matungo, manga, yapa, bingo, bombo, mambo, baba…
Es evidente que la cultura
de la negritud está en nuestra memoria colectiva claramente inserta y
profundamente enraizada, pero es transparente y no la podemos ver.
Daniel
Schavelzon, “Buenos Aires negra”
Hay
cierta inquietud en la familia. Están pre- parándose para una aventura
impensada como es irse a vivir con los indios. Se dedican a seleccionar con
cuidado lo que se llevarán, pero al mismo tiempo parecen demorar la selección,
como queriendo alargar los tiempos. Ante el silencio de Cirilo después de haber
recordado a quien le salvara la vida, el diálogo es ahora entre Clarita y
Rosendo.
–¿Qué
le anda pasando, madre, que le cuesta tanto decidirse?
–M’hijo,
no es fácil abandonar la querencia…
–Ya
lo sé, pero cuénteme cómo fue que lo conocieron a Don Juanma. Así acortamos un
poco las horas.
–Entonces
Clarita comienza su relato diciendo:
Cuando murió mi padre, el amo Pereyra nos vendió a mi mamá y
a mí. Don Juanma nos compró. Así llegamos como cocineras a Los Cerrillos. Yo
tenía unos 17 años. Una tarde a la hora de la siesta él me mandó llamar. Estaba
en el ranchito bajo el ombú que hacía las veces de administración, desnudo
sentado detrás del escritorio. Se cubría con un poncho y calzaba botas. Di dos
pasos y el temor me inmovilizó.
–¡Sacate la ropa! –me ordenó mientras se ponía en pie.
–Aterrorizada y llorando dejé caer mi vestido,
cubriendo mi desnudez con las manos. Él me miraba con lujuria. Salió de detrás
del escritorio y pude ver su sexo alzando el poncho.Indefensa, solo podía
sollozar mirando el suelo. Comenzó a avanzar hacia mí. De pronto se paró, miró
por la ventana y me ordenó:
–Vestite y salí por el fondo sin que te vean.
Gracias a la llegada de la puestera Dominga no me violó
aquella tarde. Nunca más se me acercó.
Después conocí a tu padre y nos enamoramos; desde ese
momento, la peonada dejó de molestarme. Cuando Cirilo le dijo a Don Juanma que
me quería por compañera, me miró, se sonrió y nos autorizó. Como regalo de
bodas nos hizo construir un rancho, apartado del galpón de los peones y cerca
de la cocina. Ahí naciste vos.
Rosendo acaricia a su madre con una expresión de ternura en
el rostro, le obsequia un par de besos y tomándole la mano se vuelve a su padre
y pregunta:
–¿Y
usted, ¿cómo lo conoció a Don Juanma?
Cirilo,
deja sus quehaceres y con una sonrisa, comienza su relato: Una mañana en “Los
Cerrillos” estaba la peonada apartando hacienda. Yo, montado, cuidaba que los
animales no se acercaran al bañado que estaba a mi espalda. De pronto una vaca
se escapó con su ternero para evitar que se lo quitaran porque estaban en época
de destete. La vaca trotaba rápido con el ternero corriendo y balando a su
lado. Preparé el lazo, me paré en los estribos y cuando los animales pasaron
frente a mí, tiré un “pial sobre el lomo” y revolqué la vaca, que quedó
mugiendo y pataleando para zafarse. Pero yo era buen tironeador y el animal no
logró soltarse hasta que llegaron dos peones a hacerse cargo. La enlazaron por
las guampas, liberaron el pial y se llevaron la vaca junto a las otras mientras
un gaucho arreaba el ternero que había quedado parado balando con a los nuevos
potreros de cría.
La maniobra fue impecable y mientras enrollaba el lazo todos
me felicitaban con silbidos o gritos agitando taleros en el aire. Ciriaco se
arrimó al trote y me gritó:
–Juá juá juá… ¡Güen tiro, Tizón! –y tocándose el ala del
sombrero con el mango del rebenque insistió– ¡Güenaza la pialada!, pero no
dejés de saludar al patrón. Juá juá juá…
Y
se alejó al galope taloneando su caballo. Entonces me di vuelta lentamente y vi
a mi espalda, unos metros más atrás a la sombra de un árbol, un hombre de pie
con las combas separadas y los brazos en jarra; un par de ojos zarcos mirándome
fijamente. Acomodé el lazo en el apero y me dirigí hacia el patrón, quien mirándome
de arriba abajo afirmó:
–Así
que vos sos el recomendado del Ciriaco. Cirilo, Oriental decís. ¿Qué más?
¿Tenés papeles o sos un fugado?
Y yo sin bajar la mirada ni la voz respondí que con la revolución del diez había ganado mi libertad. El apretón de manos fue tan firme
como las miradas.
Mientras Rosendo prepara unos mates, Cirilo con los ojos
perdidos en el tiempo, comienza un nuevo relato.
–Una tarde, justo a la hora de la siesta se apersonó Don
Juanma en “Los Cerrillos”,siempre con la compañía de un grupo de “Colorados”, y
le ordenó a Ciriaco que apartara doscientas vaquillonas sanas y fuertes y que
sin demora saliera con el arreo hacia Leubucó. Él nos esperaría allá. Sin
desmontar, pegó la vuelta al galope nomás. ¡Apuro tenía el hombre! ¡Y cómo no
lo iba a tener si en la toldería de Panguitruz se había instalado la viruela!
El asunto es que el Ciriaco, yo y cuatro peones más hicimos
el aparte esa misma tarde, y tempranito con la fresca, salimos rumbo a la frontera.
Diez días a buen paso, descansando en lugares con pasto y agua para que la
hacienda no se desmejorara. Así fue el arreo.
Cuando
llegamos, Don Juanma estaba allí. Mis ojos nunca habían visto ¡tanta tristeza!
Sólo la chusma estaba en pie. Niños y ancianos se hicieron cargo del ganado. El
patrón había ido con un médico gringo, quien vacunó a la indiada y se volvió a
buscar más medicinas. Según él, el brote estaba controlado, pero hubo que
organizar la traída de agua de otro lado. La gurisada iba y venía con barriles
a lomo de mula hasta un arroyo que el médico había dado por bueno. Las chiruzas
resultaron ser enfermeras concienzudas. Los pocos hombres de pelea sanos no se apartaban
ni de día ni de noche de Mariano.
¡No se pueden imaginar lo que es Leubucó! Si uno fuera pájaro
la vería como una rueda de carreta acostada. De la toldería, que es muy grande,
parten rastrilladas en todas direcciones: hacia Córdoba, Luján, la cordillera,
el Salado, al sur, a las Salinas Grandes. La verdá que cuando la conocí ¡quedé
pasmado! La indiada está al tanto de todos nuestros movimientos. Con esas
rastrilladas es fácil organizar un malón con cinco o seis mil lanzas. ¿Y quién
lo para?
El asunto es que nos hizo volver a la estancia y él se quedó
esperando el regreso del médico.
Rosendo pregunta entonces:
–¿Y cómo conocieron al cacique Mariano?
Su padre toma la palabra.
–Una tarde de verano allá por el 36, cuando trabajaba en la
“Estancia San Martín”, llegó un grupo de “Colorados” con cinco o seis indios,
jovencitos como de diez u once años. Los traían de a dos por caballo, espalda
con espalda y atados por los codos. A talerazos, gritos y empujones los
encerraron en un galpón vacío. Parecían cachorros de puma enfurecidos.
Ordenaron tenerlos ahí con poca comida hasta que llegara el coronel con
instrucciones.
Don Juanma llegó una semana después con un cura para
cristianizarlos. A uno lo apadrinó porque el jovencito resultó ser hijo del
Cacique Painé. Su nombre era Panguitruz–Güor y lo bautizaron Mariano Rosas.
Los primeros meses fueron de amanse, pero de a poco se fueron
adaptando y antes del año ya trabajaban con nosotros, pero siempre de a pie y
con un par de ojos vigilándolos.
Al año y medio se les permitió montar. Eran guapos
trabajando, pero sus rostros resultaban inexpresivos. Al amanecer y al caer la
tarde se paraban mirando al Sur, comunicándose con la pampa misma a través de
la mirada. Los ojos de Mariano te taladraban hasta la mismísima alma. Por esa
mirada fue que supe su decisión de volver al desierto. Yo me dispuse a
ayudarlos y cada vez que se cuadraba, disimuladamente, les daba galletas y
charque.
Una mañana de febrero no los vimos más, desaparecieron.
Organizamos una partida y los salimos a buscar, pero todo fue en vano. No
encontramos huellas siquiera. Le avisamos a Don Juanma, que mandó a “los
Colorados” a perseguirlos, pero tampoco tuvieron suerte. El desierto los llamó
y el desierto los cobijó.
El patrón se puso furioso, pero le duró poco. Cuando Mariano
lo consideró oportuno, nuevamente se dejó ver. Ya era un caciquejo mentao por
demás. Don Juanma y él se veían cada tanto. Siempre en buenos términos. El
Gobernador se aseguraba a través de su ahijado la paz en la frontera con el
indio.
En todos estos años un par de veces volví a ver a Mariano. Él
solo me miraba. Hablaba conmigo como lo hiciera con la pampa ¡sin palabras!
En poco tiempo será el Ulmén (Gran cacique) de los Ranqueles,
sin ningún lugar a dudas. Nos volvimos a ver hace unos meses cuando yo supe que
andaba cerca y lo salí a buscar.
Don Juanma venía seguido a conversar con su ahijado. Lo
llevaba a la administración y el ranquel le enseñaba su idioma. El cristiano
llenaba libretas y más libretas con palabras y frases que el indio le enseñaba.
–¡No me diga que Don Juanma aprendió a hablar en Ranquel!
–¡Sí le digo! Y yo fui testigo de muchas de esas lecciones
porque me tocaba cuidarlo a Panguituz. El indio decía: “Kiñe, epu, kla”
mientras le mostraba un dedo, dos dedos, tres dedos. Y Don Juanma repetía. NO,
decía el Ranquel y vuelta a empezar. Le brillaban los ojitos al indio de
picardía. Y el patrón ¡dale repetir hasta que le salía bien!
–Ah… ¡pero usted también aprendió!
–Kiñe, epu. kla, melli, kechu, kaiu, regle, pura, ailla,
mari.
–Jajaja… ¡Muy bien, padre!
Cirilo, señalando primero a Clarita, después a su hijo y por
último a él, continuó:
–Ñuque, votum, chao… Don Juanma escribía todo lo que Mariano
le decía. A veces pensaba mucho rato antes de escribir una palabra, buscando la
manera de escribir en cristiano esos sonidos que parecen salidos de la garganta
de un animal.
–¿Ñuque, madre? ¿Votum, hijo? ¿Chao, padre?
–¡Ahá! Pero no sé si el sonido está bien. Suena más o menos
así.
–No me lo imagino a Don Juanma de aprendiz.
–Pero pasó, así como se lo digo. Era bueno aprendiendo. Todas
las libretas se las llevamos al fuerte con el papelerío que le conté antes.
ISBN 978-987-28908-9-6