viernes, 7 de octubre de 2016

Perseverancia

Al comenzar septiembre, un casal de horneros comenzó a construir su nido en la entrada de mi casa en el mismo lugar que el año anterior una gran tormenta había destruido el de otra pareja: ¡sobre los cables del tendido eléctrico! Evidentemente a los horneros les gustan los desafíos. Cuando me dispuse a observarlos estaban construyendo la base y experimenté algo así como pena al verlos volar en busca de material hasta jardines con buen riego. Entonces decidí hacer un poco de barro cada día al pie de la construcción, junto al cordón de la vereda.
Fue un mes de fines de semana con lluvia. El sábado siete comenzó lloviendo ¡y lloviendo con ganas! Cerca del mediodía paró un rato. Al salir, lo primero que hice fue mirar hacia los cables y al hacerlo pensé “¡Otra vez!” Y sí, lo inevitable… junto al cordón de la vereda yacían los restos de adobe del nido. Al día siguiente, al regresar de la panadería, ¡veo a un hornero parado sobre las ruinas! Pensamiento absurdo el mío: “¿Estará evaluando lo sucedido para tenerlo presente para la próxima, o se encuentra planificando la reconstrucción?
¡Las aves no piensan!” me dije, pero por si acaso junté los restos de adobe y los dejé en la calle al pie de los postes…
Al otro día, muy temprano de la mañana, oí el dueto de los horneros y salí a mirar. ¡Allí estaban, reconstruyendo su casa!
Avanzado septiembre las azaleas hermoseaban el jardín. Los horneros continuaban trabajando en su nido y yo por supuesto tirando agua en el cordón de la vereda dos veces al día para mantener el barro maleable. Los constructores trabajaban todo el día; mientras uno levantaba pared, el otro juntaba material. Con el pico armaba una bolita de barro y pasto, luego con un aleteo se elevaba como en un ascensor. Una vez arriba, continuaba con la pared mientras su compañero/a descendía planeando a preparar más adobe. Su única herramienta: el pico. Con él forman el adobe y lo suman a la construcción incrustándolo.
En cuatro días estaba construida más de la mitad de la casa; cierto es que faltaba la parte más difícil: ¡el domo! Fueron jornadas de trabajo arduo y constante. El jueves amaneció lloviznando, pero ellos no se amilanaron y continuaron con la obra. También lo hicieron el viernes y sábado con lluvias intermitentes. El domingo se descolgó un aguacero sostenido hasta el mediodía y el nido terminó una vez más cayendo a tierra. Resultó para mí un día de tristeza, pero los alados constructores se repusieron de inmediato y el lunes ya estaban nuevamente “pico y pico a la obra”.
Una mañana cerca del mediodía me llamó la atención no oír ningún canto, ni de zorzales, ni de horneros, ni de benteveos. Salí a observar y comprobé que no solo no se los oía ¡sino que tampoco se los veía! Al elevar la mirada descubrí la razón de aquel silencio. Allá arriba, alto, más alto que la zona de vuelo de mis plumíferos vecinos, con las alas bien extendidas –como suspendida del cielo– se recortaba la silueta de un chimango planeando en suaves círculos. Para las pequeñas aves aquello significaba una presencia aterradora.
A media tarde y supongo que ante la ausencia de visibles presas, el cazador desapareció de escena, pero las aves de mi vecindario permanecieron ocultas el resto de la jornada.
Al otro día, sin enemigos en el aire, la mañana recuperó los trinos y los horneros volvieron a la obra. El domingo llovió hasta poco después del mediodía. Lluvia mansa pero sostenida. Era inevitable que el nido sin terminar, una vez más, se hiciera añicos contra el piso. Pero a los dos días, al volver del trabajo, vi con admiración a mis compañeros ¡“meta pico y adobe”! Demás está decir que antes de entrar a casa empapé el barro junto al cordón de la vereda. Mientras yo tomaba mate, ellos subían y bajaban continuamente.
Octubre engalanó las aceras con el rojo de los ceibos florecidos y le ofreció a las abejas un nuevo néctar: el de las flores de los paraísos. El ciruelo, vestido de verde rabioso, comenzó a exhibir los retoños de sus frutos.
Miércoles 9: Lluvia torrencial al anochecer. Nido una vez más al piso. Pero el jueves: ¡otra vez picos a la obra! Creo que me fueron aceptando, a mí o a mi trabajo, ya que al tirar el baldazo de agua, descendían inmediatamente a buscar barro.
El Domingo 20 a las cinco de la mañana me despertó el sonido de la lluvia sobre el tejado y encendí la luz para mirar la hora, preocupado por los horneros. Llovió hasta el mediodía. Cuando salí a ver el resultado de la lluvia sobre el nido, ¡grande fue mi sorpresa al verlo intacto! Y no sólo eso, bajo las últimas gotas mansas, ¡estaban construyendo la entrada tan característica!
Al otro día ya habían ocupado su nueva casa y yo recordé a Lugones, porque “La casita del hornero, tiene alcoba y tiene sala.”
El 2 de Noviembre, Ana Berta, la anunciada tormenta, tiró el nido. Ante mis ojos quedaron expuestas la alcoba de tiernos pastitos y las cascaritas rotas de lo que hubiera sido una nueva nidada. Por más que me repetí “son cosas de la vida”, no pude evitar una gran congoja...

Del libro Ternas y Trilogías. ISBN 978-987-28908-5-8

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