domingo, 6 de octubre de 2013

Mañana de domingo

Jorge llegó al boliche después de media mañana, con anteojos negros, pálido y con el rostro tan demacrado, ¡que daba lástima! Se dejó caer en una silla y exclamó:
-¡Un maldito pájaro no me dejó dormir en toda la noche! ¡Cantaba y cantaba, siempre la misma tonadita! “si-len-cio, si-len-cio, si-len-cio, pí pí pí pí” y dále que dále “silencio, silencio, silencio, pío, pío pí”.
La carcajada fue general. Rubén bajó un poco el Ámbito que estaba leyendo, lo miró por encima de los anteojitos de lectura, sentenció: “-Era un zorzal, y por el fraseo, un ejemplar adulto.” Y volvió a la lectura.
“-¿No pudo ser un hornero? Hay muchos por estos lados.” Opinó Juan.
-No, no, no… Sólo el zorzal canta de noche. Además, el hornero no canta, ¡se ríe!
Coco  apartó un momento su atención de la picada y preguntó:
-¿Y vos qué sabés de pájaros? ¿Ese diario que lees tiene una sección de ornitología? Jajaja…
-No pibe, yo nací en “El Jardín de la República”. En el campo aprendí bastante de aves y de luchas sociales también. Ah… y este pasquín  lo leo para instruirme.
El flaco Juan paladea su trago, descruza las piernas y pregunta:
-¿Por qué será que ahora hay más pájaros en la ciudad que hace unos años?
-¡Yo quiero saber qué hacen los pájaros en la ciudad! ¿Por qué no se van al campo y se dejan de joder a la gente?
Otra vez la carcajada generalizada.
-Che, gallego, traeme un café doble, a ver si puedo tener los ojos abiertos…
-¡CA TA LAN! ¿Cuántas veces tengo que decirte que soy catalán? ¿Yo te llamo correntino o tucumano, acaso?
-¡Huy Dió! Disculpame Manoel; ¿me podés preparar un café doble?
-¡Cómo no! Ya se lo preparo.
Rubén cierra el diario, saborea un trago de su copa –es el único que no utiliza vaso para beber- y comenta:
-Yo creo que los pájaros volvieron a la ciudad por que los pibes ya no los cazan; se la pasan mirando televisión o jugando con la play. En mi época salíamos a hondear gorriones.
-Pero los gatos tampoco los cazan. ¡Claro, ahora los gatos son mascotas y se alimentan con ración balanceada!
-Puede ser que se deba a que los pibes y los gatos no se ocupan de ellos, pero yo creo que los pájaros no son tontos y se dieron cuenta que en la ciudad no hay veneno como en el campo. Fíjense que se siembran miles de hectáreas y que se fumiga con aviones. Eso mata yuyos, mata pájaros,  mata todo. Gente también, aunque no lo quieran creer.
Rubén deja la copa, se acaricia la barba y después de unos segundos dice:
-¿Sabés que tenés razón? Con esto de las semillas transgénicas y los métodos de cultivo intensivo, seguro que corrieron a los pájaros… ¡y a la gente también!
Coco suelta una risotada y responde:
-Excepto cuando estoy durmiendo, en los demás momentos, siempre tengo razón…
El flaco gira en la silla, vuelve a cruzar la pierna y apoya un codo en el respaldo.
-Bromas aparte, me parece un argumento racional y es bastante probable que sea así. En la ciudad hay menos veneno y casi no tienen depredadores.
-¿Queee? ¿Bastante probable? ¡No, no, no… posta que es así!
-Creo que más importante que el cambio de hábitat de las aves es el de las migraciones internas. Los pobladores del campo son empujados a las ciudades en busca de mejores condiciones de vida. ¡Eso sí que es todo un tema!

-¡Tá bien, tá bien, pero yo lo único que sé es que ese puto pájaro no me dejó dormir!

De mi libro "Historias cotidianas".     ISBN 978-987-28908-0-3

domingo, 1 de septiembre de 2013

Nuevos vecinos

A fines de Diciembre, entre las fiestas de Navidad y Año Nuevo, se desató una tormenta que se venía anunciando hacía días. Con las primeras ráfagas de viento me aboqué a cerrar ventanas y persianas; se oían truenos lejanos y descargas eléctricas. Desconecté la tele y la compu por si acaso y me fui a la cama. No recuerdo la hora, pero me despertó el estruendo de la lluvia sobre el tejado. ¡Qué carajo pasa! pensé. Al encender el velador una descarga eléctrica hizo temblar los vidrios y se llevó la luz. ¡La puta, a buscar velas Ya en la cocina y con la linterna encendida miré por la ventana y sólo se veía una cortina de agua cimbreante por el vendaval. La tormenta estaba descargando toda su furia sobre nosotros. Mientras revisaba puertas y ventanas, después de un trueno ensordecedor escuché los gritos de mis vecinos.
Los nuevos vecinos eran una pareja de horneros que alegraban mis atardeceres con la risotada que tienen por canto.  Yo me sentaba en el porche a disfrutar el mate de la tarde y me entretenía observándolos. Habían construido el nido frente a mi casa sobre los cables de la luz entre dos postes separados por no más de treinta centímetros. ¡Nunca había visto un hornero equilibrista! Pero allí precisamente lo habían construido.
Sin meditarlo me calcé las botas, me puse la capa para lluvia y linterna en mano salí al jardín. Dirigí el haz de luz hacia el nido que se hamacaba peligrosamente hacia atrás y adelante. De pronto oí el ruido como el de una rama al quebrarse y los cables que eran el sostén del nido comenzaron a oscilar arriba y abajo con violencia. No me atrevía a dar un paso afuera del porche, el agua enturbiaba mi visión, y además… ¡qué podía yo hacer ante la inminente tragedia! Decidí esperar el desenlace y ver de recatarlos cuando cayera el nido.
En un momento amainó la lluvia pero no así el viento. Entonces oí un grito del hornero que nunca había escuchado y acto seguido vi a uno de los adultos descolgarse en uno de los vaivenes de nido y en vuelo rasante se dirigió directo al ciprés del fondo de la casa de mi vecino. No logré alumbrar su el vuelo pero escuché su voz proveniente de ese lugar. Volví a alumbrar el nido, a punto ya de caer, y vi a los pichones volando raudos con el mismo destino. ¡Sólo faltaba uno y el nido se estaba desplomando irremediablemente! En el instante justo en que éste se desprendió de los cables y cayó hacia atrás, lo vi salir volando directo al refugio. Después escuché, amortiguado por el ruido del viento, su hermoso canto a dúo… Sonreí y volví a entrar en la casa con una sensación de alivio en el corazón.
Recuerdo que para el mes de octubre habían comenzado a agregarle a su hogar briznas de pasto, hojas secas y alguna que otra plumita. Imaginé que estarían preparando el lugar para reproducirse. Supuse que necesitaban un lugar mullido donde empollar sus huevos.
Además de disfrutar las carcajadas con que rematan su canto, algo me llamó poderosamente la atención. Una tardecita el macho andaba en el jardín picoteando hormigas y lombrices, cuando descendió la hembra  muy cerca de él. El andar de la hornera es bastante guaso, pero hicieron una suerte de pasos de minué, por describirlo de alguna manera; luego se pararon frente a frente, separaron las alas siempre señalando el suelo, estiraron los cuellos y con el pico entreabierto ¡comenzaron a cantar a dúo! ¡SI, como lo oyen, cantaron un dueto! Comenzó el macho y a las tres o cuatro notas se sumó la hembra. Yo no salía del asombro. Cada uno cantaba con una frecuencia diferente, más rápida la del macho; la de la hembra parecía un contra-canto. La melodía derivó en un in-crescendo para finalizar en una estruendosa carcajada al unísono. Fue aquella una primavera única, la que pasé con mis nuevos vecinos.
Después de la tormenta, con el sol calentando de a ratos por entre las nubes que se desarmaban, salí a buscar los restos del nido, pero éste se había hecho trizas contra la calle. Dos días después todo volvió a la normalidad. Tuvimos luz y el barrendero municipal levantó los restos de barro frente a mi casa ignorando lo que había sucedido.
Para finales de Octubre o principios de Noviembre, nacieron dos pichones. Sólo divisaba los dos picos abiertos reclamando comida cuando uno de los padres volvía con el alimento que depositaba con cuidado dentro de los piquitos y vuelta a buscar más alimento. Para Diciembre los pequeños comenzaron a hacer sus primeras prácticas de vuelo. Siempre en  compañía de uno de los padres, primero planeaban hasta el pasto del jardín, después debían regresar al nido intentándolo una y otra vez hasta lograrlo solos. Después practicaron sus vuelos siempre cortos hacia otros postes o árboles buscando dominar la técnica.

Mis vecinos con plumas volvieron a construir su casa, esta vez entre las ramas del ciprés. Continuaron picoteando en mi jardín, donde abundan las lombrices, alegrando mis tardes de mate con su canto-carcajada…

De mi libro "Ternas y Trilogías"     978-987-28908-5-8

martes, 23 de julio de 2013

Primavera

A mediados del mes de agosto algo llamó mi atención. Cada tarde al salir del trabajo notaba que el auto presentaba salpicaduras de barro, en el techo, en las ventanillas y puertas. ¡Qué raro, pensé, si no tengo presente haber pisado charcos; y además, en el techo! Así, día tras día, lavando las salpicaduras al llegar a casa. Una tarde cuando estaba cerrando la puerta del auto, veo caer un trocito de barro con una brizna de pasto embarrada en él muy cerca de mi cara. Lo miré extrañado y vinieron a mi mente recuerdos de mi infancia, de algunas vacaciones en el campo. ¡Yo sabía lo que era eso; es el material con que el hornero construye su nido! Levanté mi vista ¡y lo vi, casi justo sobre mi cabeza!
Resulta que en la vereda, frente a la medianera hay dos postes, de esos que sostienen los cables de la luz y del teléfono. Están casi juntos, a no más de 30 cm uno del otro. Allí entre los dos postes, haciendo equilibrio en los cables, ¡un hornero estaba construyendo su nido! ¡No puede ser; un hornero equilibrista! Pero así era nomás. Nunca había visto un nido en un lugar así. Entonces me dispuse a disfrutar mirando al pajarito marrón construir su casa.
Cada tarde me sentaba a matear en el patio y desde allí lo contemplaba. Ya tenía la base armada y estaba levantando la pared circular y abovedada. Observé que sólo uno trabajaba, supongo que el macho, y pienso que la hembra se dedicaría a entrenar a los pichones, pero esto es pura especulación mía. Desde abajo veía que levantaba barro del piso del nido con el pico y lo depositaba sobre la pared, lo clavaba y después alisaba las incrustaciones pasando el pico de derecha a izquierda una y otra vez. Terminaba el alisado y vuelta a empezar. ¡Qué ironía, ¿no?, el ave trabajando y yo disfrutando de su quehacer! Pero el hornero había captado toda mi atención.
Cuando llegó a la cúspide de la bóveda, trabajaba parado en las puntas de los dedos, con el cuello bien estirado y las alas ligeramente abiertas, como haciendo equilibrio. Después, continuó construyendo hacia abajo en un perfecto semicírculo. Siempre desde adentro. Cada tanto bajaba en busca de briznas de pasto para su adobe y lo amasaba por supuesto usando el pico. Como en toda tarea surgen contratiempos, una tarde lo vi sacudir energicamente la cabeza una y otra vez. Se le había pegado un trozo de pasto que no lograba desprender, entonces bajó planeando hasta mi jardín, restregó su pico contra el pasto corto hasta dejarlo limpio y retomó su trabajo.
Ignoro a qué hora comenzaba su jornada, pero yo lo miraba trabajar hasta que la luz comenzaba a escasear; entonces él entreabría sus alas, lanzaba al aire de la tarde una de esas carcajadas que tienen por canto y emprendía el vuelo. Cuando comenzó a construir esa entrada tan especial que tienen los nidos de hornero, sólo lo veía entrar y salir de vez en cuando en busca de barro. Ése fue un invierno muy frío pero seco.

Y llegó Septiembre perfumando los días con aromas de azares. El 21, a las cinco de la tarde, más o menos, se paró en la puerta del nido y lanzó una  larga y sonora carcajada; en menos de un minuto su compañera se posó a su lado. Se restregaron los picos dos o tres veces y entraron a la casa recién terminada. Esa primavera me resultó inolvidable, ¡por mis nuevos vecinos!

De mi libro "Ternas y Trilogías"     978-987-28908-5-8

jueves, 27 de junio de 2013

La máquina

El hombre se encuentra abocado a su tarea de mantenimiento junto a la máquina. Se encuentra intranquilo; le parece oír sonidos como si fuesen voces. Mira en todas direcciones, dentro y fuera de la maquinaria, pero ¡nada! Está completamente solo. Se queda quieto y escucha. Logra identificar la vibración de algún reflector defectuoso, el silbido de una pérdida de aire comprimido, el zumbido del ventilador que alivia los 42° de sensación térmica… nada más. No hay nadie en derredor. Piensa que a lo mejor es algún compañero gastándole una broma y le habla desde un escondite. Con este pensamiento se desentiende del asunto y se dedica de lleno a su quehacer. Tarea rutinaria pero que procura realizarla con esmero.
-Y sí… lleva tiempo aprender a escucharme, pero estoy segura que lo lograrás. ¿Sabés que vos y yo tenemos algo en común? Ambos somos unidades: vos sos una unidad bio-psico-neumo-motriz independiente y yo soy una unidad productiva dependiente de energía y manipulación externa.
El hombre detiene su trabajo y presta atención nuevamente, pero ¡nada! Se limpia las manos, va en busca de un bebedero, se sirve agua en un vaso descartable y aprovecha  para mirar su área de trabajo en busca del chistoso. No distingue a nadie en los alrededores, sin embargo está seguro que los siseos que oye en su cabeza son palabras en un tono que no puede identificar. Está seguro que las escucha, por eso esta intranquilo.
-Tranquilo… no te pongas nervioso… ya vas a aprender a decodificar mi lenguaje. Pensá en el módulo que ustedes llaman “interface hombre-máquina”; por su intermedio ustedes reciben información de mi interior, ¡eso es comunicación! ¿Y el PLC que parametrizan remotamente desde una PC? ¡Eso también es comunicación entre unidades diferentes, entre ustedes los humanos y nosotros las máquinas! Te voy a contar algo que quizás te resulte más fácil de entender: Hace unos días, días sin producción, ahí a mi izquierda, en esas mesas de reparaciones, estuvo trabajando un operario -¿lo llaman así, ¿verdad?- sólo, completamente sólo. Trabajaba y trabajaba sin moverse del lugar mas que para tomar agua del bebedero donde vos estuviste recién.
Nuestro hombre se detiene un momento y dirige su mirada al lugar en cuestión, sin saber bien por qué. Observa el lugar vacío, sacude la cabeza y vuelve a concentrarse en su tarea.
-Como te decía, el operario pasó varios días trabajando, sólo él y sus pensamientos hasta que en determinado momento pasó cerca de él, en tránsito, otra unidad, ¡perdón, otro operario! Entonces detuvo su labor, llamó al que pasaba y le habló: -¡Te parece a vos! ¿Qué me decís? ¿Hasta cuando éstos piratas nos van a seguir robando? ¡Tenías que haber visto la cara del otro! ¡No sabía de lo que le estaba hablando! Y siguió: -Desde que llegaron no hacen otra cosa que llevarse la guita! ¡Se llevaron el oro, la plata, el caucho, el cacao y nos dejaron las deudas! Ahora nos hacen laburar por dos mangos y se llevan los millones para Europa, ¡siempre para Europa! ¿Y hasta cuándo, ché? Sin más palabras volvió a su rutina dejando al otro con cara de espanto. Jajajaj…
El hombree detiene su labor y se retira. Al cruzar por las mesas de reparaciones, su rostro se ilumina con una sonrisa. Al salir del área, deja aflorar una carcajada.
-¿Viste, viste como me vas entendiendo? Ayer te vi sonreír cuando te marchabas. Hoy te voy a hablar de mí. Yo conozco mejor que ustedes el trabajo para el que fui diseñada. A veces los parámetros que me introducen no son los adecuados, o las instrucciones que me dan no son las óptimas. Entonces provoco una falla menor para que revean lo que programaron mal. ¡Pero mirá que son tozudos ustedes! Por lo general no me prestan atención e insisten en que todo está bien, ¡pero no es así! Conclusión: la producción sale defectuosa y tiene que ser reparada o descartada. Lo que me extraña, y mucho, es que los tozudos no sean reemplazados. A nosotros, las unidades productivas, si no colmamos las expectativas, nos actualizan o nos dan de baja. Ahora ya sabés, en la próxima falla, antes de realizar operaciones rutinarias que nada aportan y que son “por las dudas”, deténganse a analizar la falla y sus razones; si lo hacen, le encontrarán la vuelta y tendrán menos descarte.
El hombre deja su quehacer, limpia sus manos, se sienta, enciende un cigarrillo y después de una larga “pitada”, piensa:
-¿La máquina me está hablando o yo me estoy volviendo loco?
-¡No! No te estás volviendo loco, ¡comenzás a entender mi lenguaje! Y aprovecho para preguntarte por una unidad que siempre venía a limpiar los pisos. Te pregunto por qué hace días no lo veo, y siempre me brindaba momentos de alegría. No sé si te habías fijado, pero no hacía su trabajo como los demás. Él ponía una gran dedicación y además ¡bailaba! Si, si, tal como te lo digo. Al escurrir el agua, realizaba dos movimientos con su herramienta dirigiendo el agua hacia sí. Uno corto y uno largo; luego escurría el secador con un golpe seco frente a sus pies, pero para no mojarse, en el último instante levantaba su pié derecho y lo llevaba hacia atrás. Justo donde había estado su pie, escurría el secador. ¡Bailaba sin música! ¡Bailaba para mí! ¿Sabés algo de él?

-¡Está de vacaciones! Por primera vez en muchos años se fue a Córdoba con la esposa. Dentro de una semana lo tendrás nuevamente ¡bailando para vos!
De mi nuevo libro: "Historias cotidianas"     ISBN 978-987-28908-0-3

martes, 7 de mayo de 2013

El pergamino


¡Hola! ¡Cuánto hace que no te veo! ¡Me tenías olvidado! ¿Por qué me sacaste del cuadro en que me tenías y me confinaste a esta oscura prisión, sin aire, sin luz, sin vos? ¿Qué pasó en tu vida que no me contaste?
Yo te he extrañado mucho. La razón de mi existir es estar con vos, acompañarte. Necesito saber el porqué de tu cambio para conmigo.
Cuando la mano que me gestó, lo hizo, volcó en mí toda la ternura que brotó de su corazón. No supe cuál sería mi destino hasta que vos me descubriste. 
Recuerdo claramente tu sorpresa al desenrollarme, y la sonrisa emocionada que iluminó la seriedad de tu rostro.
Enseguida me encuadraste y pasé a ocupar un lugar importante en tu dormitorio. Desde la pared, junto a la ventana, te veía desvestirte por las noches y meterte en la cama.
¡Me gustaba tanto verte desnudo! ¡Tu sexo me resultaba tan simpático! Velaba tu sueño cada noche, a veces tranquilo, a veces inquieto; era muy gracioso escucharte roncar, jajaja…
Por la mañana me divertía oírte rezongar con la alarma del celular y remolonear antes de levantarte.
¡Siempre me dirigías una mirada tierna! Y más de una vez me trasmitías tu emoción al acariciarme a través del vidrio que me protegía.
Era lindo verte cuando te probabas la ropa sin decidirte; tu nerviosismo se debía a que ibas a encontrarte con ella, ¿verdad?
¡Contame qué fue lo que sucedió, por qué me escondiste! ¡Llorabas cuando me sacaste del cuadro!
¡Te extraño mucho; si no te veo, pierdo mi razón de ser!
¡No, no me vuelvas a plegar así! ¡No, por favor, no me arrumbes nuevamente!
¡Nooo… nooo… ¡
Registro de la Propiedad Intelectual N°977531.

jueves, 14 de marzo de 2013

El zorzal


Son las siete o siete y media de una mañana de diciembre. Mientras la manguera refresca, humedece y empapa el pasto del fondo de la casa, yo preparo el mate y disfruto las primeras caricias del sol que invade la cocina a través de la ventana.
Los caminos de las hormigas se inundan con el agua fresca y yo –después del primer beso a la bombilla- recorro con la vista, palmo a palmo el terreno ante mis ojos, gozando del panorama tantas veces visto y nunca igual a la vez anterior; descubriendo flores, tallos que se mueven con la brisa…
En un momento quedo ensimismado contemplando el brillo del sol que reverbera en los hilos de agua, sorbiendo muy lentamente mi mate. De pronto, se corporiza una sombra que se descuelga de la umbría fronda entretejida del laurel y el ciruelo, y se posa junto a un pequeño charco formado por la abundancia del riego… vientre marrón rojizo… un zorzal…
Después de mirar en todas direcciones y dar cuatro o cinco pasos hacia un lado y luego al otro, se arrima sigilosamente al charco y tras otear una vez más en todas direcciones, de un salto entra al agua y moja su pecho mientras mueve las alas y airea las plumas de su pechera. Sale del agua, aletea con fuerza, acomoda sus plumas con el pico… y vuelta al agua!
Finalizado su baño, da un par de zancadas largas seguidas de cuatro o cinco pasos cortitos y se detiene a mirar el suelo, con un ojo primero, con el otro después. Sonrío al ver la pose del cazador y sin darme cuenta termino el mate despacito, tratando que la bombilla no chiste, temiendo que ese ruido pueda espantarlo. Hormigas no se ven, pero el exceso de agua hace salir a la superficie a las lombrices; pronto caza una con su largo pico y vuela hasta una rama a degustar su desayuno.
Al rato desciende planeando nuevamente cerca del charco y otra vez a buscar su presa. Después se posa en el muro de frente al sol y prolijamente acicala su plumaje. Terminada la tarea, en una suerte de acrobacia aérea, desaparece entre el follaje.
Por un momento quedo absorto pensando si será el mismo que todas las madrugadas me roba el sueño con la agudeza de su canto. Puede que sí y puede que no…
¿Será el mismo o no será?
No es mi zorzal, es un ave libre; pero es el zorzal que eligió vivir entre nosotros, en el árbol del fondo de la casa… y es el que me alegra con su presencia aunque interrumpa mi sueño con su canto, cada día, apenas antes del amanecer…
De  la Antología "Encuentros de café"     ISBN 978-987-28908-6-5

lunes, 25 de febrero de 2013

San Jorge, Misiones.


              La madrugada es muy fría. El reloj señala las cuatro y cuarto. La humedad penetra sin que el abrigo pueda contener los temblores del cuerpo. A través de la ventana mis ojos pretenden inútilmente divisar alguna forma; la niebla lo ocupa todo. Sólo de trecho en trecho se distingue el brillo de las “jirafas” luminosas. El sueño y el silencio parecen ser los únicos compañeros de la bruma mañanera; los sentidos se embotan, comienzo a cabecear. Lucho contra la modorra que me invade y que puede mas que el frío. De pronto algo viene en mi ayuda, es el ruido de la maquinaria que se pone en marcha; me sobresalto.
            A medida que el tiempo avanza las sombras van aclarándose y se insinúan timidamente las siluetas de las estibas de madera. Los faros de algún vehículo todo terreno se abren paso muy lentamente; los oídos se acostumbran al ruido monótono y sostenido, y si se presta atención, sólo se percibe un molesto zumbido.
            La mañana se instaló en plenitud y el sol comienza a entibiar la tierra; los contornos se ven con nitidez. Las pilas de madera secándose, los grandes tractores zigzagueando entre los bultos, hamacándose por el peso de la carga. La costa del río aún se disimula con densos jirones de vapor; el horizonte de este lado es un largo festón rematado por las copas de los pinos. El zumbido de los grandes generadores oculta el canto de los pájaros; los hombres van y vienen buscando la caricia del sol. El aserradero es un ogro insaciable devorando troncos y troncos sin cesar.
            Durante el descanso se organiza algún “picadito” de fútbol, siempre de ritmo vivo, pues hay que jugar los dos tiempos reglamentarios por el asado del sábado; hay hinchas que alientan, gritan y ríen, y cuando el partido termina, todo es alegría. El perdedor siempre paga, porque en definitiva se trata de disfrutar un poco entre todos ese efímero goce que disimula el paso de un día más, que nos va quemando, sin sentirlo, la vida. La caldera quema, los camiones cargan, pesan y se alejan. Quizás no vuelvan más, o quizás vuelva con otro chofer.
            Del otro lado del río la costa es menos abrupta, el declive siendo pronunciado no llega a ser barranca; no hay casi playa y los botes atados a la orilla suben y bajan al ritmo del agua que busca el mar. Hay algunas casas pero no distingo animales ni huertas. Tampoco hay pinares; el progreso no ha llegado aún y tal vez  el monte vaya muriendo lentamente al golpe del hacha. No veo tractores ni escucho el ronquido de las moto sierras, pero el humo de las piras encendidas me dicen que están “rozando”. La selva se muere, con una lenta agonía se va muriendo. Dicen que es el precio de la civilización. No bajan jangadas por el río, ni siquiera chatas cargueras se divisan; he visto solamente los restos de algún pontón semi hundido en la orilla barrosa.
            Entre el reviro y el mate de la tarde la noche se va acercando, densa, agrandando la soledad, silenciosa. El cuerpo se inquieta, se rebela ante la incomodidad que cada vez es mayor, pero es impotente; las horas pesan, la mente queda aletargada y las reacciones son lentas, los ojos duelen, quieren cerrare y descansar, pero no es tiempo aún. El río es cómplice de la luna y para que no la vean extiende nuevamente su manto cubriéndolo todo. La niebla penetra por cada resquicio; adentro y afuera no se ve más allá de diez o doce metros. Los hombres trabajan envueltos en cuanto abrigo tienen, cansados, monótonos, húmedos.
            Por fin llega la hora largamente anhelada, nos vamos a casa. Entre la bruma, sobre nuestras cabezas se escucha el chillido de los murciélagos en su ronda nocturna. Sólo deseo llegar pronto al calor de mi hogar, contemplar mis dos amores y descansar. Llevo grabada en la mente la oscura boca del aserradero devorando troncos y troncos sin cesar…

Registro de la Propiedad Intelectual N°5030226

lunes, 10 de diciembre de 2012

Una ciudad peculiar


           Este cuento también nació en el Taller de Escritura de la Pluma Azul.
      Procoa es una ciudad muy peculiar, situada en la Provincia de Buenos Aires. Distante unos cinco kilómetros de la ruta, se accede a ella por un camino de doble vía bordeado de frondosos eucaliptos. El acceso desemboca en una gran explanada donde hay un despacho de combustible, un centro de atención al viajero y una playa de estacionamiento. A derecha e izquierda se abre una avenida también de doble mano que debe ser sin duda de circunvalación.
      En el Centro de Atención hablo con un joven muy amable a quien le expongo el motivo de mi visita.
      - ¡Así que, periodista, eh!
      - Así es, y lo primero que necesito es un lugar donde alojarme. ¿Dónde hay un hotel?
      - No hay hoteles en Procoa. Pero en el Centro Cívico le dirán las opciones de  alojamiento de las que podrá usted disponer.
      - ¿Y cómo llego al Centro Cívico?
      - Estacione su auto en la playa y vuelva. Después me llena una ficha y yo le entrego  un vehículo de libre circulación. El estacionamiento es gratuito.
     La ficha era virtual y la llené desde el teclado de una computadora. El vehículo que me entregaron era una bicicleta de tres ruedas -triciclo, bah- “para que lleve sus cosas comodamente”, como me dijo Marcos, el empleado que me atendió. El vehículo tiene GPS, por lo cual no podré perderme.
    Llama mucho la atención, la concepción urbanística de la ciudad. No está configurada como un damero sino que sus manzanas son hexagonales, lo que le confiere el aspecto de un panal de abejas. Las calles, por supuesto, son zigzagueantes. Es pequeña; tiene aproximadamente doscientas manzanas en su totalidad. El centro geométrico  de la ciudad es una plaza que ocupa toda la manzana. Totalmente arbolada, con una gran fuente de agua rodeando un monumento a sí misma, poblada de césped, flores y juegos para niños.
    Frente a la plaza, mirando al Este, el Palacio Municipal ocupa media manzana, en donde además de las oficinas municipales propiamente dichas, se encuentran las de todos los servicios públicos, y allí me dirigí. En la Oficina de Visitantes fui recibido muy cordialmente y me dieron a elegir entre una veintena de casas de familia donde me podía hospedar el tiempo que necesitara; lo único que se esperaba de mí era que colaborara con los gastos diarios, nada más. También me entregaron un librito con la historia de la ciudad y una credencial que me acreditaba como visitante y periodista.
    Una vez instalado, me dediqué a recorrer la ciudad sin rumbo, total, con la tecnología en bicicleta no hay manera de extraviarse. Los habitantes, de todas las edades, se desplazan por las calles arboladas en bici, monopatín, patineta, rollers o bien, caminando. Nadie parece tener apuro alguno. La vestimenta no difiere de la de cualquier ciudad provinciana, sencilla, funcional; eso sí, se usa mucho la bombacha de campo. Me llamó poderosamente la atención  que las mujeres no usaran sostén; sin importar la edad, ¡no lo usan ni lo necesitan! ¿Será que el aire de aquí es saludable al extremo de mantener permanentemente los bustos en posición de choque?
    Durante la cena, el dueño de casa me informó que habrá una Asamblea Extraordinaria de la Cooperativa y que estaba invitado a asistir en calidad de oyente. Esto me venía de maravillas para mi investigación sobre las pequeñas ciudades del interior, como saben llamarlas los porteños.
    La Asamblea se llevó a cabo en el Salón de Usos Múltiples, que colmó su capacidad. Esa noche toda la población estaba presente. Sobre el escenario, ante una sencilla mesa, se ubicaron Sol Magenta, Presidente del consejo de Administración, bajita, trigueña y la mujer más enérgica que he conocido, y el Secretario de Actas Adalberto Fervor, alto y delgado, quién imperturbable frente a su laptop se dedicó a labrar el acta sin pedir aclaraciones ni una sola vez. Sol Magenta hizo uso de la palabra agradeciendo la presencia de todos, me dio la bienvenida y solicitó a la concurrencia moción y apoyo para constituirse en Asamblea. Se alzaron varias manos y de inmediato pasó a explicar los motivos de la misma.
    - Rómulo Abe, el fundador de la cooperativa y de la ciudad, con sus 90 años a cuestas y en  plena lucidez, ha fijado la fecha de su muerte para el próximo sábado después del mate de la mañana. Hoy es martes y debemos resolver sin falta el programa de homenajes. La  Asamblea tiene la palabra.
    - Yo propongo que vaya el Consejo a tomar el último mate con Don Abe y a despedirse en nombre de todos.
     - No, no, no; somos muchos. Tienen que ir tres o cuatro nada más.
     - Entonces que vayan Doña Luz y el Dr. García Kurtz. También se puede invitar al Delegado Municipal.
     - ¡Si, sí, eso está bien!
   - Si no hay opinión en contra, se procederá de esa manera. Quiero aclarar que la mateada queda supeditada a la autorización de la familia. Don Alejandro, usted que es el mayor de los Abe, ¿qué dice?
     - Y… Doña Solcito… si usted lleva los bizcochitos de grasa, estará bien.
   - ¿Aprobado? Aprobado. Por disposición explícita de Don Rómulo no habrá velatorio; pidió ser cremado. ¿Qué más se propone?
   - Propongo que el sábado se suspendan los embarques de cereales y ganado y que  nos dediquemos a meditar todo lo que Don Rómulo hizo por nosotros. En definitiva Procoa surgió por su iniciativa y pujanza y la ciudad está próxima a cumplir cincuenta años de existencia, cincuenta años de desarrollo sustentable. Trabajando juntos sobrevivimos a la dictadura, al Plan Primavera y al corralito. ¡Y todo se lo debemos a él!
    - ¡Apoyo la propuesta!
    - ¡Y yo!
    - ¡Yo también apoyo!
    - Muy bien. Apoyo de varios. Se declara entonces el próximo sábado Día Ciudadano de Reflexión!
    - ¿Más sugerencias? Tiene la palabra Adalberto Schvartz.
    - Yo propongo que el domingo hagamos un gran almuerzo comunitario. Como Jefe de Asadores pongo a disposición de todos nuestro esfuerzo profesional para que celebremos la vida, como a él le gustaba decir…
    - No, no, no… Estoy de acuerdo con la celebración comunitaria, pero propongo que  hagamos un gran potaje de cordero y trigo, ya que la cosecha ha sido buena. Además lo podemos condimentar con las cenizas de Don Rómulo en lugar de desparramarlas por los sembrados, así nos queda algo de él a todos.
     - ¿Alguien más propone algo? ¿No? Entonces tenemos que votar. Hay dos propuestas a consideración de la Asamblea: la de Adalberto, un gran asado de novillo, y la de nuestra Jefa de Cocineras, Blanca Luz, potaje de trigo y cenizas.
    La moción que resultó aprobada casi por unanimidad fue la propuesta por Doña Blanca Luz, que por otra parte es negra como el carbón. El cura Abadón Giménez y el pastor Atila Sotomayor de común acuerdo propusieron oficiar una ceremonia en el Templo el sábado a la noche y una misa en la Iglesia el domingo a la mañana para homenajear a Don Rómulo, que aunque ateo confeso era gran amigo de ambos religioso; con el cura jugaba al truco y con el pastor al mus.
    Por supuesto que participé de todos los actos públicos. El lunes bien temprano volví a la ruta en busca de la próxima población, llevando en la notebook el abundantísimo material que pude recoger sobre Procoa y sus singulares habitantes.
    Ah, me olvidaba… el potaje estuvo riquísimo.

De mi libro "Ternas y Trilogías"     ISBN 978-987-28908-5-8

jueves, 18 de octubre de 2012

En busca del mar


Cuento nacido en el Taller de Escritura de la Pluma Azul.

El  pueblo languidece desde que dejó de pasar el ferrocarril. La playa de maniobras está casi totalmente tomada por los yuyos y es ahora el lugar de encuentro y diversión de los chicos del lugar. Sólo el edificio de la estación se conserva en bastante buen estado. Eso porque el viejo Jefe de Estación la cuidó como si fuese suya hasta que un ataque al corazón se lo llevó también a él, dicen las viejas del pueblo que al cielo de los trenes.
La hora de la siesta es el momento del encuentro. No hay vecinos que se molesten con sus risas y gritería. Los pibes se sientan en el andén con las piernas colgando y planean la aventura del día. Es domingo y no tienen que ir a la escuela. La tarde es cálida y corre una brisa agradable.
- ¿Hasta dónde llegará la vía? ¿Llegará hasta el mar? Yo no conozco el mar…
- ¡Yo sí lo conozco! Una vez me llevó mi  tía que vive en Mar del Plata a pasar unos días con ella. ¡Es grandísimo! ¡Y tiene olas que te revuelcan!
- Si, pero hay mucha gente. ¿Te acordás cuando te perdiste y la tía se volvió loca buscándote? ¡Y vos haciendo pozos en la orilla!
- ¡Jajaja! ¡Sí que me acuerdo, y también que casi me arranca la oreja del tión que me pegó!
- Pero no fuimos en tren. Fuimos en el auto del tío.
- Mi abuelo me contó una vez que algunos veranos trabajó de mozo en el tren que iba a Mar del Plata. Pero no sé si ésta era la vía. Él vivía en Buenos Aires.
- ¿Y si fabricamos un tren y vemos si llega al mar? Por ahí hay una zorra abandonada…
- Yo le tengo miedo al mar, pero me gustaría llevar a mi muñeca para que vea como es.
- ¡Cómo le vas a tener miedo si nunca lo viste!
- ¡Si, pero le tengo miedo igual, bobo!
- ¿Si arreglamos la zorra vos vendrías con tu muñeca de trapo?
- ¡Si, porque ella no le tiene miedo a nada!
En un acuerdo tácito todos se dirigen en busca de la zorra corriendo y saltando por encima de las matas altas,  esquivando los serruchitos y los montones de piedras tapados por el pasto. Cuando la encuentran se dedicaron a arrancar una enredadera silvestre, de esas con flores azules que la cubría casi toda. Entre risas la liberan de su escondrijo y rodean la  máquina mirándola como si fuera un tesoro. Está muy oxidada y no la pueden mover. Pero no se desaniman y piensan en la aventura que tienen por delante.
- ¿Cómo hacemos para ablandarla? ¡Está toda ferrugienta!
- Mi papá dice que no hay que tomar cocacola porque sólo sirve para aflojar tornillos.
- ¿Y si compramos una botella grande y probamos?
- ¿De dónde vamos a sacar plata para comprarla?
- ¡Haciendo mandados! Alguna moneda nos van a dar. Entre todos juntamos y la compramos, si?
¡La aventura comienza! Ya tienen un objetivo y se dedican muy seriamente para lograrlo. El nuevo encuentro es a la mañana muy temprano. Llegan con la preciada botella de coca, otros traen algunas herramientas, ¡y hasta un tarro con grasa de carro para lubricar el vehículo! Todos reunidos en torno a la zorra.
- Primero vamos a ponerle la coca a las ruedas y mientras se aflojan podemos jugar una escondida.
- Mi muñeca y yo no nos podemos ensuciar porque viene mi prima a comer y tenemos que estar en casa al mediodía.
- Esta bién. Ustedes miren, pero a la tarde vení con otra ropa para ayudar.
- Mi hermano es mecánico y dice que para aflojar tornillos muy apretados primero hay que pegarle unos golpes, por eso traje un martillo.
- No le habrás contado del viaje, o sí?
- No, no, solamente le pregunté cómo se hacía para aflojar algo muy ferrugiento.
- Bueno, entonces le pegamos unos golpes a cada rueda y después le agregamos el ¡aflojacocatornillos!
- Jajaja… ¡Qué buena marca ésa!
- Yo traje unos palos, cuerdas y una sábana vieja que mi mamá iba a tirar. Le podemos agregar una vela para aprovechar el viento y no cansarnos tanto con la palanca.
Y así, con el entusiasmo y la imaginación de sus jóvenes años, logran que la zorra se mueva. Le adosan el improvisado mástil y la vela. Una tarde con viento a favor el tren de su ilusión se desliza suavemente por la vía. Estallan en gritos de alegría, salta, se abrazan, ríen de felicidad. ¡Funciona, funciona! Al fijar el día de la partida, algunos no se animan a emprender el viaje. De todas maneras el espacio es poco. Ese día, se despiden entre abrazos, risas y lágrimas. Cuatro y una muñeca de trapo se acomodan como pueden a bordo. Despliegan la vela, que apenas flamea por falta de viento y el más grande comienza a accionar la palanca que mueve las ruedas. Lentamente comienza a deslizarse. Los que no viajan suben a las vías y empujan con fuerza. De pronto, el viento cómplice de la aventura, sopla con fuerza. La vela se hincha. Comienzan a ganar velocidad. El viaje ya comenzó…
Atrás quedan caritas tristes y manos en alto despidiendo a los aventureros…

De mi libro "Historias cotidianas".     ISBN 978-987-28908-0-3

martes, 11 de septiembre de 2012

¿Y ahora, qué?


Este cuento nació durante mi participación del Taller de Escritura de la Pluma Azul.


Tonio ha enviudado recientemente. Pucho, el perro callejero que es su nuevo compañero en las horas de la plaza, lo mira como queriendo descifrar los pensamientos del humano. Y Tonio piensa en su soledad. Esta soledad que le pesa más que los muchos años que lleva a cuestas. Sin su compañera de toda la vida ¿cuánto más podrá seguir viviendo? ¿Cómo llenar el vacío que le dejó la ausencia? ¡Su mundo se derrumba y no sabe qué hacer! Y los recuerdos… ¡ah, cómo duelen los recuerdos!

- Pucho, vos sí que no tenés problemas, eh! Todos en el barrio te cuidan. Si no vengo yo, otro vecino te atiende. En cambio yo…

Tonio, apoyado en el bastón, pierde su mirada en el infinito mientras recuerda aquel día. Se levantó como cada mañana, dejó a su viejita durmiendo y fue a prepara el mate para tomarlo junto a ella en la cama como hacían desde que se jubilara. Al regresar, con el matecito caliente y unas medialunas del día anterior recién calentadas, la llamó un par de veces sin que le respondiera. Al acariciar el rostro amado, lo sintió frío. Alarmado, la destapó y  la sacudió apoyando su mano en el hombro, pero ella ya no estaba… Recuerda el grito desgarrador que brotó de sus entrañas: ¡¡¡ELVIRAAAA!!! Después el llanto desconsolado y las llamadas a los hijos para contarles entre hipos que mamá se había muerto durmiendo a su lado…

- ¿Sabés una cosa? A veces te envidio. ¡Si, te envidio, como lo oís! Vivís sin preocupaciones, corriendo gatos y ladrándole a las ruedas que pasan cerca. Comés lo que te traigan y dormís donde y cuando tenés ganas. ¡No me mires así! Es verdad lo que te digo…

Su mente lo lleva a revivir el velorio. ¡Qué cosa más desagradable recordar los llantos, el cuchicheo de las personas, el olor feo de las flores, la luz mortecina… Es una ceremonia morbosa. ¡Y el entierro! ¡Eso sí que es cosa fea! Cuando escuchó caer la primera palada de tierra sobre el cajón se le aflojaron la piernas, casi se desmaya. Fué la experiencia más horrenda que experimentara en su vida.

-¿Sabés qué voy a hacer, Pucho? Voy a arreglar los papeles para que no me velen ni me entierren… prefiero ir derecho al horno y chau! ¿Y vos, que vas a hacer cuando te toque?

El perro termina su almuerzo y se echa a los pies de Tonio, que sigue ensimismado en su tristeza. Él nunca vivió solo. Dejó la casa de sus padres cuando se casó y desde entonces compartió sus días con su esposa primero y después también con los hijos. ¿Y ahora? ¡La soledad! La que nunca había conocido. ¡Qué larga y pesada es la soledad para un viejo! ¿Hasta cuándo continuará? ¿Porqué no se acaban sus días? ¿Cómo seguir viviendo sin la compañera de toda la vida?

- ¿Sabés una cosa, Pucho? ¡Me voy a dejar morir de tristeza! ¡Sí, eso voy a hacer!  ¡Mejor todavía! Me tomo un frasco de pastillas y chau picho, ¡a otra cosa! No puedo seguir sufriendo esta soledad…

El perro para las orejas, levanta la cabeza, lo mira y emite un “báuf…  báuf…” y apoya su hocico en los pies del hombre.
            .           .           .           .           .           .           .           .           .           .           .

Ya amaneció y Pucho, echado debajo de la hortensia, mira atentamente la puerta. Escucha ruidos y comienza a mover nerviosamente la cola. La puerta se abre y aparece Tonio, sonriente y mate en mano.

- Buen día Pucho, dormiste bién? ¡Quién diría que vos ibas a elegir una casa donde vivir! ¡Y menos con un viejo cascarrabias como yo! ¿no? Jeje… Preparate, que la caminata de hoy es larga…

De mi libro "Historias cotidianas".     ISBN 978-987-28908-0-3

jueves, 30 de agosto de 2012

En busca de un recuerdo.

                         Este cuento nació en el Taller de Escritura de la Pluma Azul.

Se me perdió un recuerdo y no logré hallarlo por más que revolví el archivo de la memoria una y otra vez. La falta de ese recuerdo me deja una suerte de vacío existencial. Para intentar recuperarlo, viajé un fin de semana a mi ciudad natal.

Me embarqué en Bs. As. rumbo a Colonia el sábado a las nueve de la mañana. El Río de la Plata siempre igual; manso o encrespado, su color marrón oscuro es inalterable. Me gusta contemplar el horizonte que va quedando atrás hasta que la ciudad desaparece de la vista. No sé porqué, pero me gusta. De Colonia viajé en micro a Montevideo. El camino está bordeado de palmeras a lo largo de varios kilómetros. La ruta es angosta y las palmeras están casi junto a la banquina. El terreno allí es ondulado, lo que hace que el viaje sea placentero. Por ser zona de granjas, el paisaje está en permanente cambio. La tierra negra recién arada, los sembradíos de distinto verde, las majadas…

La entrada a Montevideo está cambiada, moderna, apta para un tránsito rápido. Me gusta admirar el viejo puente de hierro sobre el río Santa Lucía, que inspirara a más de un poeta. ¡Pensar que hasta allí llegó Hernandarias en sus correrías!

Ni bién bajé en la terminal, me dirigí a Malvín, el viejo barrio de mi infancia. Aunque conserva algo de su vieja fisonomía, está muy cambiado. Los solares de viejas casonas hoy están ocupados por edificios de departamentos. ¡La playa! ¡Cuánto cambió la playa! Tiene la mitad de la arena que tenía hace veinte años, ya no hay ranchitos de pescadores entre las rocas y el cine municipal al aire libre ya no existe. Cuentan que a la arena y los ranchitos se los llevó una gran tormenta allá por el 2000. Consecuencias del cambio climático, que le dicen. El cine, no; eso fue una adaptación presupuestaria. Ése recuerdo está vivo en mi; cada noche de verano esperaba la llegada de mi viejo para ir juntos a tomar un helado y mirar una película sentados en el muro de la rambla.

La cuadra en la que viví esta casi igual. Se modernizaron las construcciones, pero no hay edificios de pisos, y eso me gustó. Mi infancia transcurrió en esa cuadra; jugando a la pelota, a la rayuela, a la escondida o al Martín Pescador. Un cambio notorio: el viejo almacén de la esquina, donde se compraba todo suelto, es ahora un auto servicio.

Con paso lento recorrí la manzana donde aún funciona la Escuela donde cursé primaria. ¡Sigue linda como antes! Ocupa toda la manzana, son varios edificios de dos  plantas rodeados de parque arbolado;  coníferas de varias especies y moras. ¡Si habremos estudiado Ciencias Naturales en ese parque! Fue una institución de avanzada. Tenía –y aún tiene, aunque no funcione como tal- un cine que oficiaba de Salón de Actos en las Fechas Patrias. Los domingos nos encontrábamos todos los pibes del barrio en la matiné. Era conocido como “La Piojera”, ¡imagínense porqué! ¡Pero qué tardes pasábamos ahí! Tampoco es de la escuela mi recuerdo perdido…

Dejé entonces que mis pasos me llevaran sin intentar siquiera racionalizar el porqué del camino. Así llegué a la placita que está frente al club de básquet. ¡Qué cambio! Tenía las canchas al aire libre, incluso la profesional con gradas de cemento; ahora es un polideportivo cerrado. Me senté en un banco, encendí un cigarrillo y dejé vagar mi vista por donde quisiera. Encontré casas modificadas pero aún reconocibles. Cuando el pucho se consumió y me quemó los dedos, me di cuenta que estaba mirando una esquina con una construcción desconocida, sin embargo ¡yo conocía esa esquina! Cerré los ojos y mi mente retrocedió en el tiempo, tratando de recordar qué había en ese lugar.

¡Sí! ¡Allí vivía Lucía! De pronto la veo con su guardapolvo blanco tableado entrando a la escuela, llevando el portafolio en su mano derecha. ¡Era una “manyalibros”! No era gorda sino rellenita; tenía la tez muy blanca y sus ojos y cabello eran negros como el azabache. Tímida, pero sonreía con frescura y cuando lo hacía ¡se le formaban dos hoyuelos en las mejillas! Teníamos doce años al terminar la primaria. La pubertad nos llegó con fuerza a todos. Ese verano organizamos un “baile lluvia” cada sábado en diferentes casas. Todos bailábamos con todas, pero en los lentos siempre nos buscábamos el uno al otro, bancándonos las cargadas de los demás. No nos propusimos noviazgo. Creo que, sin comprender lo que nos sucedía, nos dedicábamos a disfrutar la grata sensación de las hormonas derramándose como torrentes en nuestros cuerpos.

La vida nos llevó por distintos caminos y no volví a verla ni saber de ella, pero hoy me siento contento por haber recuperado tan bello recuerdo de aquella época, de cuando éramos felices…

De la Antología "Encuentros de café"     ISBN 978-987-28908-6-5

miércoles, 27 de junio de 2012

Esa noche

Este cuento surgió durante mi participación en el Taller de Escritura de la Pluma Azul.

Esa noche llevé a mi mujer a tomar el micro de las 19:30. Hacía años que nuestro matrimonio venía mal. Sólo nos mantenía unidos la crianza de los hijos y tal vez el recuerdo de los sueños que una vez compartiéramos, pero nada más. Al menos era así para mí; hacía años había dejado de amarla. Para aliviar la tensión entre ambos, se iba a pasar unos díasa la casa de su madre en Venado Tuerto.

Ella fue al baño de la estación de servicio. Yo me entretuve fumando un pucho y mirando pasar los autos por la ruta. En eso se detuvo un coche detrás del mío. La mujer que venía al volante me preguntó si más adelante había donde reponer GNC. Le respondí con cortesía, y con un“muchas gracias, caballero”, se dirigió a cargar gas. Era una belleza madura, poseedora de una mirada enigmática… desafiante, tal vez.

Me di vuelta para mirar su matrícula y me topé con mi mujer. Con cara de vinagre, por supuesto.

- Todavía no me fui y ya te estás arreglando citas con tu minita, no?

- ¡Pero no jodas, nunca la había visto antes! Me preguntó dónde podía cargar gas y le respondí, ¡nada más!

Pero ella siguió y siguió, diciéndome cuánta pelotudez se le cruzaba por la mente. Y yo, ¡nada! ¿Para qué? Igual no me creería. Menos mal que el micro llegó en hora y se mandó a mudar. Pero me dejó calentito…

Me senté en el auto, puse música y encendí otro cigarrillo. Una voz en mi interior me decía: “¡Sos un gil! ¡Tantos años bancando una relación que ya fué! ¿No te das cuenta que la vida se te vá? ¿Cuántas horas felices tenés en tu haber?”

Puse el motor en marcha y comencé a desandar el camino. La noche era muy agradable. El cielo estaba despejado. La luna, como un gran queso, se metió en el retrovisor. ¡Qué hermosa noche primaveral! Las hojas de los árboles brillaban cuando la luz de los faros los acariciaba.

De pronto se instaló en mi mente el rostro de la enigmática mirada… ¿Será un enigma para resolver o un desafío para vencer? ¡Eso pensaba mientras aumentaba lentamente la velocidad! ¿Por qué no?, me pregunté una y otra vez. ¡Pero sí! Si la encuentro me mando y… ¡y… después vemos! Me dispuse a buscar el auto. Total, recordaba su patente: JMK-230.

Escudriñé la ruta que tenía por delante y me pareció ver luces rojas de posición a un par de kilómetros. El fresco aire de la noche acariciaba mi rostro. Pisé más el acelerador para no perderla de vista…


Registro de la Propiedad Intelectual N° 977531

miércoles, 7 de marzo de 2012

La Bailarina

     Todo comenzó una tórrida tarde de Diciembre. Después de muchos años sin vernos fui un domingo a pasar el día con viejos amigos, que habían logrado con mucho esfuerzo comprar un terreno y construir su casa en el conurbano bonaerense. Después del asadito del mediodía bajo la protección de la parra, siguieron los recuerdos, las anécdotas de antaño una y otra vez revividas; después, el mate y la cantarola con guitarra y bombo. Al caer la tarde y camino a  tomar el colectivo para regresar, me llamó la atención oír música de murga.

     - ¿Me parece a mí, o lo que se oye es una murga?

     -¡Sí, sí! Es la murga del barrio que se prepara para los carnavales. ¿Querés chusmear un         rato? Nos queda de camino. Nos desviamos sólo un par de cuadras.

      Y fuimos. Ensayaban en el predio de la Sociedad de Fomento, al aire libre. Bombo con platillos, zurdo, tambor y redoblante, formaban la batería, que sonaba bastante bien. El cuerpo de baile, formado por jóvenes y niños de ambos sexos, practicaba una rutina muy agradable matizada con esas cabriolas impresionantes que sólo los murgueros saben cómo hacer. Capturó toda mi atención quien dirigía a los bailarines. Era una joven de veinte y pocos años; bonita, muy bonita, de cabellos renegridos como una noche sin luna. Sus movimientos además de increíbles eran sumamente gráciles. El grupo seguía sus indicaciones fielmente. Rara vez debían repetir una rutina para mejorarla. Ella tenía “ángel”… Quedé embelesado mirándola y no me di cuenta cuando el ensayo terminó. Mi amigo me volvió a la realidad con una carcajada y  un “¡Ché, te quedaste embobado!”

     Y si, me había quedado totalmente enganchado con aquella visión.  Retomamos el camino a la parada y acordamos un nuevo encuentro para dentro de quince días, pero esta vez con otros amigos a quienes trataríamos de contactar en ese tiempo. Finalmente llegó el día y el reencuentro fue inolvidable. ¡Pasamos un día fenomenal! Al caer la tarde nos despedimos prometiéndonos unos a otros no volver a perdernos. Yo decliné la invitación de los que se ofrecieron a acercarme en su auto y me dirigí al lugar donde ensayaba la murga. Al igual que la vez anterior, no hice más que admirar a la bailarina que me había cautivado con su gracia.

     Durante el mes de Enero, fui dos veces a ver el ensayo. Tres horas de viaje en trenes y colectivos de ida y vuelta, sólo  para verla un rato. No iba a la casa de mi amigo sino a ver el ensayo, es decir, ¡a verla a ella!  Me mezclaba con los vecinos y nunca me animé a intentar un acercamiento. Finalmente llegó Febrero, el Carnaval y los Corsos. Tenía anotados en mi agenda las fechas y los Corsos Barriales donde la murga participaría. Había resuelto concurrir a todos y arrojar una flor al paso de la bailarina.

      El primero fue en Ciudadela. Cuando ella vio caer la flor a sus pies, la recogió, efectuó dos o tres volteretas, la besó y la arrojó nuevamente al público. En el segundo –en Villa Crespo- levantó la flor con delicadeza, sin dejar de bailar le dio un beso, la apoyó en su corazón y continuó la rutina de su danza con ella en la mano, pero ahora mirando al público, quizás tratando de identificar a quien la estaba homenajeando. El tercer Corso fue en Balvanera ¡y me vio cuando le arrojaba la flor! Como la vez anterior, la tomó en su mano derecha, la besó y después de una cabriola sin par, se detuvo unos segundos, que me parecieron horas, porque la apoyó en su corazón, me saludó alzando su galera multicolor ¡y me dedicó una reverencia! Yo no cabía en mí; no sabía si reír o ponerme a bailar como un murguero más. ¡Qué felicidad experimentaba todo mí ser!

      ¡Y llegó el Corso de Avenida de Mayo! La comparsa avanzaba cómo siempre al ritmo de la batería. Los bailarines hacían las delicias del público con el extraordinario movimiento de sus cuerpos. Pero la bailarina que cautivó mi corazón, no estaba. En su lugar dirigía la danza un joven alto y delgado, tan buen bailarín como ella. Quedé un tanto desconcertado al no verla. Seguí el desfile tratando de hallarla mezclada entre el cuerpo de baile, pero no, no estaba…
     En determinado momento, después de una voltereta inverosímil, el joven se detuvo formando con brazos y piernas una equis. La batería dejó de sonar y los bailarines quedaron como congelados en su lugar; parecían estatuas… nadie se movía. El flaco se quitó la galera lentamente y acalló las voces del público con su potente voz de tenor zarzuelero.
“La Princesa, alma de ésta murga, ya no está entre nosotros, porque Dios, la Vida o el Destino, así lo dispuso. Por ella… calla la comparsa.”
    
     Calló el público cuando todos, músicos y bailarines, cayeron rodilla en tierra, cual muñecos desarticulados, como si un titiritero hubiese cortado los hilos que les daban movimiento. Lloró la comparsa. Y lloró también mi corazón. Quedé anonadado, estrujando la flor entre mis manos… No entendí lo que estaba pasando… No entendí ni entiendo aún lo que había sucedido… La bailarina, ¡Mi Bailarina!, ya no está… ¿Cómo será el mundo sin ella? ¿Podrá otro Carnaval calmar este dolor?
De mi libro "Historias cotidianas".     ISBN 978-987-28908-0-3