jueves, 18 de octubre de 2012

En busca del mar


Cuento nacido en el Taller de Escritura de la Pluma Azul.

El  pueblo languidece desde que dejó de pasar el ferrocarril. La playa de maniobras está casi totalmente tomada por los yuyos y es ahora el lugar de encuentro y diversión de los chicos del lugar. Sólo el edificio de la estación se conserva en bastante buen estado. Eso porque el viejo Jefe de Estación la cuidó como si fuese suya hasta que un ataque al corazón se lo llevó también a él, dicen las viejas del pueblo que al cielo de los trenes.
La hora de la siesta es el momento del encuentro. No hay vecinos que se molesten con sus risas y gritería. Los pibes se sientan en el andén con las piernas colgando y planean la aventura del día. Es domingo y no tienen que ir a la escuela. La tarde es cálida y corre una brisa agradable.
- ¿Hasta dónde llegará la vía? ¿Llegará hasta el mar? Yo no conozco el mar…
- ¡Yo sí lo conozco! Una vez me llevó mi  tía que vive en Mar del Plata a pasar unos días con ella. ¡Es grandísimo! ¡Y tiene olas que te revuelcan!
- Si, pero hay mucha gente. ¿Te acordás cuando te perdiste y la tía se volvió loca buscándote? ¡Y vos haciendo pozos en la orilla!
- ¡Jajaja! ¡Sí que me acuerdo, y también que casi me arranca la oreja del tión que me pegó!
- Pero no fuimos en tren. Fuimos en el auto del tío.
- Mi abuelo me contó una vez que algunos veranos trabajó de mozo en el tren que iba a Mar del Plata. Pero no sé si ésta era la vía. Él vivía en Buenos Aires.
- ¿Y si fabricamos un tren y vemos si llega al mar? Por ahí hay una zorra abandonada…
- Yo le tengo miedo al mar, pero me gustaría llevar a mi muñeca para que vea como es.
- ¡Cómo le vas a tener miedo si nunca lo viste!
- ¡Si, pero le tengo miedo igual, bobo!
- ¿Si arreglamos la zorra vos vendrías con tu muñeca de trapo?
- ¡Si, porque ella no le tiene miedo a nada!
En un acuerdo tácito todos se dirigen en busca de la zorra corriendo y saltando por encima de las matas altas,  esquivando los serruchitos y los montones de piedras tapados por el pasto. Cuando la encuentran se dedicaron a arrancar una enredadera silvestre, de esas con flores azules que la cubría casi toda. Entre risas la liberan de su escondrijo y rodean la  máquina mirándola como si fuera un tesoro. Está muy oxidada y no la pueden mover. Pero no se desaniman y piensan en la aventura que tienen por delante.
- ¿Cómo hacemos para ablandarla? ¡Está toda ferrugienta!
- Mi papá dice que no hay que tomar cocacola porque sólo sirve para aflojar tornillos.
- ¿Y si compramos una botella grande y probamos?
- ¿De dónde vamos a sacar plata para comprarla?
- ¡Haciendo mandados! Alguna moneda nos van a dar. Entre todos juntamos y la compramos, si?
¡La aventura comienza! Ya tienen un objetivo y se dedican muy seriamente para lograrlo. El nuevo encuentro es a la mañana muy temprano. Llegan con la preciada botella de coca, otros traen algunas herramientas, ¡y hasta un tarro con grasa de carro para lubricar el vehículo! Todos reunidos en torno a la zorra.
- Primero vamos a ponerle la coca a las ruedas y mientras se aflojan podemos jugar una escondida.
- Mi muñeca y yo no nos podemos ensuciar porque viene mi prima a comer y tenemos que estar en casa al mediodía.
- Esta bién. Ustedes miren, pero a la tarde vení con otra ropa para ayudar.
- Mi hermano es mecánico y dice que para aflojar tornillos muy apretados primero hay que pegarle unos golpes, por eso traje un martillo.
- No le habrás contado del viaje, o sí?
- No, no, solamente le pregunté cómo se hacía para aflojar algo muy ferrugiento.
- Bueno, entonces le pegamos unos golpes a cada rueda y después le agregamos el ¡aflojacocatornillos!
- Jajaja… ¡Qué buena marca ésa!
- Yo traje unos palos, cuerdas y una sábana vieja que mi mamá iba a tirar. Le podemos agregar una vela para aprovechar el viento y no cansarnos tanto con la palanca.
Y así, con el entusiasmo y la imaginación de sus jóvenes años, logran que la zorra se mueva. Le adosan el improvisado mástil y la vela. Una tarde con viento a favor el tren de su ilusión se desliza suavemente por la vía. Estallan en gritos de alegría, salta, se abrazan, ríen de felicidad. ¡Funciona, funciona! Al fijar el día de la partida, algunos no se animan a emprender el viaje. De todas maneras el espacio es poco. Ese día, se despiden entre abrazos, risas y lágrimas. Cuatro y una muñeca de trapo se acomodan como pueden a bordo. Despliegan la vela, que apenas flamea por falta de viento y el más grande comienza a accionar la palanca que mueve las ruedas. Lentamente comienza a deslizarse. Los que no viajan suben a las vías y empujan con fuerza. De pronto, el viento cómplice de la aventura, sopla con fuerza. La vela se hincha. Comienzan a ganar velocidad. El viaje ya comenzó…
Atrás quedan caritas tristes y manos en alto despidiendo a los aventureros…

De mi libro "Historias cotidianas".     ISBN 978-987-28908-0-3

martes, 11 de septiembre de 2012

¿Y ahora, qué?


Este cuento nació durante mi participación del Taller de Escritura de la Pluma Azul.


Tonio ha enviudado recientemente. Pucho, el perro callejero que es su nuevo compañero en las horas de la plaza, lo mira como queriendo descifrar los pensamientos del humano. Y Tonio piensa en su soledad. Esta soledad que le pesa más que los muchos años que lleva a cuestas. Sin su compañera de toda la vida ¿cuánto más podrá seguir viviendo? ¿Cómo llenar el vacío que le dejó la ausencia? ¡Su mundo se derrumba y no sabe qué hacer! Y los recuerdos… ¡ah, cómo duelen los recuerdos!

- Pucho, vos sí que no tenés problemas, eh! Todos en el barrio te cuidan. Si no vengo yo, otro vecino te atiende. En cambio yo…

Tonio, apoyado en el bastón, pierde su mirada en el infinito mientras recuerda aquel día. Se levantó como cada mañana, dejó a su viejita durmiendo y fue a prepara el mate para tomarlo junto a ella en la cama como hacían desde que se jubilara. Al regresar, con el matecito caliente y unas medialunas del día anterior recién calentadas, la llamó un par de veces sin que le respondiera. Al acariciar el rostro amado, lo sintió frío. Alarmado, la destapó y  la sacudió apoyando su mano en el hombro, pero ella ya no estaba… Recuerda el grito desgarrador que brotó de sus entrañas: ¡¡¡ELVIRAAAA!!! Después el llanto desconsolado y las llamadas a los hijos para contarles entre hipos que mamá se había muerto durmiendo a su lado…

- ¿Sabés una cosa? A veces te envidio. ¡Si, te envidio, como lo oís! Vivís sin preocupaciones, corriendo gatos y ladrándole a las ruedas que pasan cerca. Comés lo que te traigan y dormís donde y cuando tenés ganas. ¡No me mires así! Es verdad lo que te digo…

Su mente lo lleva a revivir el velorio. ¡Qué cosa más desagradable recordar los llantos, el cuchicheo de las personas, el olor feo de las flores, la luz mortecina… Es una ceremonia morbosa. ¡Y el entierro! ¡Eso sí que es cosa fea! Cuando escuchó caer la primera palada de tierra sobre el cajón se le aflojaron la piernas, casi se desmaya. Fué la experiencia más horrenda que experimentara en su vida.

-¿Sabés qué voy a hacer, Pucho? Voy a arreglar los papeles para que no me velen ni me entierren… prefiero ir derecho al horno y chau! ¿Y vos, que vas a hacer cuando te toque?

El perro termina su almuerzo y se echa a los pies de Tonio, que sigue ensimismado en su tristeza. Él nunca vivió solo. Dejó la casa de sus padres cuando se casó y desde entonces compartió sus días con su esposa primero y después también con los hijos. ¿Y ahora? ¡La soledad! La que nunca había conocido. ¡Qué larga y pesada es la soledad para un viejo! ¿Hasta cuándo continuará? ¿Porqué no se acaban sus días? ¿Cómo seguir viviendo sin la compañera de toda la vida?

- ¿Sabés una cosa, Pucho? ¡Me voy a dejar morir de tristeza! ¡Sí, eso voy a hacer!  ¡Mejor todavía! Me tomo un frasco de pastillas y chau picho, ¡a otra cosa! No puedo seguir sufriendo esta soledad…

El perro para las orejas, levanta la cabeza, lo mira y emite un “báuf…  báuf…” y apoya su hocico en los pies del hombre.
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Ya amaneció y Pucho, echado debajo de la hortensia, mira atentamente la puerta. Escucha ruidos y comienza a mover nerviosamente la cola. La puerta se abre y aparece Tonio, sonriente y mate en mano.

- Buen día Pucho, dormiste bién? ¡Quién diría que vos ibas a elegir una casa donde vivir! ¡Y menos con un viejo cascarrabias como yo! ¿no? Jeje… Preparate, que la caminata de hoy es larga…

De mi libro "Historias cotidianas".     ISBN 978-987-28908-0-3

jueves, 30 de agosto de 2012

En busca de un recuerdo.

                         Este cuento nació en el Taller de Escritura de la Pluma Azul.

Se me perdió un recuerdo y no logré hallarlo por más que revolví el archivo de la memoria una y otra vez. La falta de ese recuerdo me deja una suerte de vacío existencial. Para intentar recuperarlo, viajé un fin de semana a mi ciudad natal.

Me embarqué en Bs. As. rumbo a Colonia el sábado a las nueve de la mañana. El Río de la Plata siempre igual; manso o encrespado, su color marrón oscuro es inalterable. Me gusta contemplar el horizonte que va quedando atrás hasta que la ciudad desaparece de la vista. No sé porqué, pero me gusta. De Colonia viajé en micro a Montevideo. El camino está bordeado de palmeras a lo largo de varios kilómetros. La ruta es angosta y las palmeras están casi junto a la banquina. El terreno allí es ondulado, lo que hace que el viaje sea placentero. Por ser zona de granjas, el paisaje está en permanente cambio. La tierra negra recién arada, los sembradíos de distinto verde, las majadas…

La entrada a Montevideo está cambiada, moderna, apta para un tránsito rápido. Me gusta admirar el viejo puente de hierro sobre el río Santa Lucía, que inspirara a más de un poeta. ¡Pensar que hasta allí llegó Hernandarias en sus correrías!

Ni bién bajé en la terminal, me dirigí a Malvín, el viejo barrio de mi infancia. Aunque conserva algo de su vieja fisonomía, está muy cambiado. Los solares de viejas casonas hoy están ocupados por edificios de departamentos. ¡La playa! ¡Cuánto cambió la playa! Tiene la mitad de la arena que tenía hace veinte años, ya no hay ranchitos de pescadores entre las rocas y el cine municipal al aire libre ya no existe. Cuentan que a la arena y los ranchitos se los llevó una gran tormenta allá por el 2000. Consecuencias del cambio climático, que le dicen. El cine, no; eso fue una adaptación presupuestaria. Ése recuerdo está vivo en mi; cada noche de verano esperaba la llegada de mi viejo para ir juntos a tomar un helado y mirar una película sentados en el muro de la rambla.

La cuadra en la que viví esta casi igual. Se modernizaron las construcciones, pero no hay edificios de pisos, y eso me gustó. Mi infancia transcurrió en esa cuadra; jugando a la pelota, a la rayuela, a la escondida o al Martín Pescador. Un cambio notorio: el viejo almacén de la esquina, donde se compraba todo suelto, es ahora un auto servicio.

Con paso lento recorrí la manzana donde aún funciona la Escuela donde cursé primaria. ¡Sigue linda como antes! Ocupa toda la manzana, son varios edificios de dos  plantas rodeados de parque arbolado;  coníferas de varias especies y moras. ¡Si habremos estudiado Ciencias Naturales en ese parque! Fue una institución de avanzada. Tenía –y aún tiene, aunque no funcione como tal- un cine que oficiaba de Salón de Actos en las Fechas Patrias. Los domingos nos encontrábamos todos los pibes del barrio en la matiné. Era conocido como “La Piojera”, ¡imagínense porqué! ¡Pero qué tardes pasábamos ahí! Tampoco es de la escuela mi recuerdo perdido…

Dejé entonces que mis pasos me llevaran sin intentar siquiera racionalizar el porqué del camino. Así llegué a la placita que está frente al club de básquet. ¡Qué cambio! Tenía las canchas al aire libre, incluso la profesional con gradas de cemento; ahora es un polideportivo cerrado. Me senté en un banco, encendí un cigarrillo y dejé vagar mi vista por donde quisiera. Encontré casas modificadas pero aún reconocibles. Cuando el pucho se consumió y me quemó los dedos, me di cuenta que estaba mirando una esquina con una construcción desconocida, sin embargo ¡yo conocía esa esquina! Cerré los ojos y mi mente retrocedió en el tiempo, tratando de recordar qué había en ese lugar.

¡Sí! ¡Allí vivía Lucía! De pronto la veo con su guardapolvo blanco tableado entrando a la escuela, llevando el portafolio en su mano derecha. ¡Era una “manyalibros”! No era gorda sino rellenita; tenía la tez muy blanca y sus ojos y cabello eran negros como el azabache. Tímida, pero sonreía con frescura y cuando lo hacía ¡se le formaban dos hoyuelos en las mejillas! Teníamos doce años al terminar la primaria. La pubertad nos llegó con fuerza a todos. Ese verano organizamos un “baile lluvia” cada sábado en diferentes casas. Todos bailábamos con todas, pero en los lentos siempre nos buscábamos el uno al otro, bancándonos las cargadas de los demás. No nos propusimos noviazgo. Creo que, sin comprender lo que nos sucedía, nos dedicábamos a disfrutar la grata sensación de las hormonas derramándose como torrentes en nuestros cuerpos.

La vida nos llevó por distintos caminos y no volví a verla ni saber de ella, pero hoy me siento contento por haber recuperado tan bello recuerdo de aquella época, de cuando éramos felices…

De la Antología "Encuentros de café"     ISBN 978-987-28908-6-5

miércoles, 27 de junio de 2012

Esa noche

Este cuento surgió durante mi participación en el Taller de Escritura de la Pluma Azul.

Esa noche llevé a mi mujer a tomar el micro de las 19:30. Hacía años que nuestro matrimonio venía mal. Sólo nos mantenía unidos la crianza de los hijos y tal vez el recuerdo de los sueños que una vez compartiéramos, pero nada más. Al menos era así para mí; hacía años había dejado de amarla. Para aliviar la tensión entre ambos, se iba a pasar unos díasa la casa de su madre en Venado Tuerto.

Ella fue al baño de la estación de servicio. Yo me entretuve fumando un pucho y mirando pasar los autos por la ruta. En eso se detuvo un coche detrás del mío. La mujer que venía al volante me preguntó si más adelante había donde reponer GNC. Le respondí con cortesía, y con un“muchas gracias, caballero”, se dirigió a cargar gas. Era una belleza madura, poseedora de una mirada enigmática… desafiante, tal vez.

Me di vuelta para mirar su matrícula y me topé con mi mujer. Con cara de vinagre, por supuesto.

- Todavía no me fui y ya te estás arreglando citas con tu minita, no?

- ¡Pero no jodas, nunca la había visto antes! Me preguntó dónde podía cargar gas y le respondí, ¡nada más!

Pero ella siguió y siguió, diciéndome cuánta pelotudez se le cruzaba por la mente. Y yo, ¡nada! ¿Para qué? Igual no me creería. Menos mal que el micro llegó en hora y se mandó a mudar. Pero me dejó calentito…

Me senté en el auto, puse música y encendí otro cigarrillo. Una voz en mi interior me decía: “¡Sos un gil! ¡Tantos años bancando una relación que ya fué! ¿No te das cuenta que la vida se te vá? ¿Cuántas horas felices tenés en tu haber?”

Puse el motor en marcha y comencé a desandar el camino. La noche era muy agradable. El cielo estaba despejado. La luna, como un gran queso, se metió en el retrovisor. ¡Qué hermosa noche primaveral! Las hojas de los árboles brillaban cuando la luz de los faros los acariciaba.

De pronto se instaló en mi mente el rostro de la enigmática mirada… ¿Será un enigma para resolver o un desafío para vencer? ¡Eso pensaba mientras aumentaba lentamente la velocidad! ¿Por qué no?, me pregunté una y otra vez. ¡Pero sí! Si la encuentro me mando y… ¡y… después vemos! Me dispuse a buscar el auto. Total, recordaba su patente: JMK-230.

Escudriñé la ruta que tenía por delante y me pareció ver luces rojas de posición a un par de kilómetros. El fresco aire de la noche acariciaba mi rostro. Pisé más el acelerador para no perderla de vista…


Registro de la Propiedad Intelectual N° 977531

miércoles, 7 de marzo de 2012

La Bailarina

     Todo comenzó una tórrida tarde de Diciembre. Después de muchos años sin vernos fui un domingo a pasar el día con viejos amigos, que habían logrado con mucho esfuerzo comprar un terreno y construir su casa en el conurbano bonaerense. Después del asadito del mediodía bajo la protección de la parra, siguieron los recuerdos, las anécdotas de antaño una y otra vez revividas; después, el mate y la cantarola con guitarra y bombo. Al caer la tarde y camino a  tomar el colectivo para regresar, me llamó la atención oír música de murga.

     - ¿Me parece a mí, o lo que se oye es una murga?

     -¡Sí, sí! Es la murga del barrio que se prepara para los carnavales. ¿Querés chusmear un         rato? Nos queda de camino. Nos desviamos sólo un par de cuadras.

      Y fuimos. Ensayaban en el predio de la Sociedad de Fomento, al aire libre. Bombo con platillos, zurdo, tambor y redoblante, formaban la batería, que sonaba bastante bien. El cuerpo de baile, formado por jóvenes y niños de ambos sexos, practicaba una rutina muy agradable matizada con esas cabriolas impresionantes que sólo los murgueros saben cómo hacer. Capturó toda mi atención quien dirigía a los bailarines. Era una joven de veinte y pocos años; bonita, muy bonita, de cabellos renegridos como una noche sin luna. Sus movimientos además de increíbles eran sumamente gráciles. El grupo seguía sus indicaciones fielmente. Rara vez debían repetir una rutina para mejorarla. Ella tenía “ángel”… Quedé embelesado mirándola y no me di cuenta cuando el ensayo terminó. Mi amigo me volvió a la realidad con una carcajada y  un “¡Ché, te quedaste embobado!”

     Y si, me había quedado totalmente enganchado con aquella visión.  Retomamos el camino a la parada y acordamos un nuevo encuentro para dentro de quince días, pero esta vez con otros amigos a quienes trataríamos de contactar en ese tiempo. Finalmente llegó el día y el reencuentro fue inolvidable. ¡Pasamos un día fenomenal! Al caer la tarde nos despedimos prometiéndonos unos a otros no volver a perdernos. Yo decliné la invitación de los que se ofrecieron a acercarme en su auto y me dirigí al lugar donde ensayaba la murga. Al igual que la vez anterior, no hice más que admirar a la bailarina que me había cautivado con su gracia.

     Durante el mes de Enero, fui dos veces a ver el ensayo. Tres horas de viaje en trenes y colectivos de ida y vuelta, sólo  para verla un rato. No iba a la casa de mi amigo sino a ver el ensayo, es decir, ¡a verla a ella!  Me mezclaba con los vecinos y nunca me animé a intentar un acercamiento. Finalmente llegó Febrero, el Carnaval y los Corsos. Tenía anotados en mi agenda las fechas y los Corsos Barriales donde la murga participaría. Había resuelto concurrir a todos y arrojar una flor al paso de la bailarina.

      El primero fue en Ciudadela. Cuando ella vio caer la flor a sus pies, la recogió, efectuó dos o tres volteretas, la besó y la arrojó nuevamente al público. En el segundo –en Villa Crespo- levantó la flor con delicadeza, sin dejar de bailar le dio un beso, la apoyó en su corazón y continuó la rutina de su danza con ella en la mano, pero ahora mirando al público, quizás tratando de identificar a quien la estaba homenajeando. El tercer Corso fue en Balvanera ¡y me vio cuando le arrojaba la flor! Como la vez anterior, la tomó en su mano derecha, la besó y después de una cabriola sin par, se detuvo unos segundos, que me parecieron horas, porque la apoyó en su corazón, me saludó alzando su galera multicolor ¡y me dedicó una reverencia! Yo no cabía en mí; no sabía si reír o ponerme a bailar como un murguero más. ¡Qué felicidad experimentaba todo mí ser!

      ¡Y llegó el Corso de Avenida de Mayo! La comparsa avanzaba cómo siempre al ritmo de la batería. Los bailarines hacían las delicias del público con el extraordinario movimiento de sus cuerpos. Pero la bailarina que cautivó mi corazón, no estaba. En su lugar dirigía la danza un joven alto y delgado, tan buen bailarín como ella. Quedé un tanto desconcertado al no verla. Seguí el desfile tratando de hallarla mezclada entre el cuerpo de baile, pero no, no estaba…
     En determinado momento, después de una voltereta inverosímil, el joven se detuvo formando con brazos y piernas una equis. La batería dejó de sonar y los bailarines quedaron como congelados en su lugar; parecían estatuas… nadie se movía. El flaco se quitó la galera lentamente y acalló las voces del público con su potente voz de tenor zarzuelero.
“La Princesa, alma de ésta murga, ya no está entre nosotros, porque Dios, la Vida o el Destino, así lo dispuso. Por ella… calla la comparsa.”
    
     Calló el público cuando todos, músicos y bailarines, cayeron rodilla en tierra, cual muñecos desarticulados, como si un titiritero hubiese cortado los hilos que les daban movimiento. Lloró la comparsa. Y lloró también mi corazón. Quedé anonadado, estrujando la flor entre mis manos… No entendí lo que estaba pasando… No entendí ni entiendo aún lo que había sucedido… La bailarina, ¡Mi Bailarina!, ya no está… ¿Cómo será el mundo sin ella? ¿Podrá otro Carnaval calmar este dolor?
De mi libro "Historias cotidianas".     ISBN 978-987-28908-0-3

lunes, 6 de febrero de 2012

Una flor en la calle

Este cuento es consecuencia de mi participación en el Taller de Escritura de la Pluma Azul.
El carro avanza por las calles de Turdera al paso lento del caballo flaco que tira de él. En el pescante viaja una joven, hija del cartonero que camina un tanto adelantado buscando qué cirujear. Su mirada simple se desliza por la calle, aburrida, como mirando sin ver. De pronto aparece ante sus ojos una rosa roja, que arrastrada por el agua, quedó atorada en un desnivel del pavimento. ¡Qué bella flor! piensa, mientras se endereza en la tabla que usa de asiento para verla mejor. ¿De dónde habrá salido? ¿Alguien la perdió? ¿O una mano distraída la soltó? Preguntas sin respuestas…

La rueda empuja el agua y el mayor caudal hace que la flor comience a dar tumbos sobre sí misma empujada por la corriente. ¡Oh, pobrecita, tan linda y sufriendo así! es el pensamiento de la adolescente. Pero el carro avanza más rápido que la flor y finalmente una rueda le pasa por encima, aplastándola, triturándola bajo su peso.

¡Ay! exclama ella inclinándose sobre la baranda del pescante para contemplar lo sucedido. Sus manos se aferran con fuerza a la dura madera observando compasivamente la muerte de la bella rosa… El tallo, que fuera largo y esbelto, resultó partido en dos; una parte quedó fuera del curso de agua, con apenas una hojita machucada, como descansando sobre las duras piedras, el otro trozo permaneció bajo el agua adherido al suelo junto al deshecho corazón de la flor. Algunos pétalos son arrastrados por la corriente y otros quedaron pegados a la rueda del carro, que ajeno a la muerte de la flor, continuó su lento trajinar…

Miguel, el barrendero municipal, cumple su diario quehacer muy temprano, cuando aún no ha salido el sol. Paso a paso va empujando los desperdicios que se acumulan junto al cordón de la vereda y que el agua corriendo desparrama. Sus brazos se mueven rítmicamente hacia adelante y atrás, dos empujones cortos y uno largo, dos cortos y uno largo hasta llegar a la esquina o hasta llenar la bolsa que lleva en el carrito de dos ruedas, y vuelta a empezar. Su mirada es nostálgica –a veces- como pensando en el tiempo en que trabajaba como operario en una fábrica que no sobrevivió a la última crisis, otras con mucha bronca. Hoy camina malhumorado porque la madrugada está muy fría y hubiese querido quedarse un rato más en la cama, calentito junto a su mujer. Pero la vida es así, hay que salir a ganarse el mango, ése que nunca alcanza. Lo bueno de hoy, es que la basura es escasa.

Al llegar a la mitad de la cuadra sus ojos divisan una flor pisoteada por vaya a saber qué vehículo, como incrustada en el suelo. Por curiosidad, separa los deshechos que venía empujando y con la pala levanta, casi cuidadosamente, la flor destruida. La acerca a  su rostro para observarla detenidamente, sin saber bien porqué. Había sido una rosa roja de buen tallo; no parece de las cortadas de algún jardín, sino de las que se compran en la florería. Se quita el guante de la mano izquierda y toma un pétalo casi con delicadeza. La sutileza del mismo contrasta con la rudeza de su mano. Parece acariciarlo. En un impulso lo lleva hasta su nariz para olerlo. Increíblemente ¡aún conserva algo de su aroma! Piensa: “¡Qué lástima no haberla encontrado sana para regalársela a la Bea! ¡Hubiera quedado de linda en la mesa del comedor!”

Los minutos siguen pasando y está por amanecer. Aún quedan muchas cuadras por caminar. Tira en la bolsa lo que por un instante fuera  objeto de su admiración y retoma su andar; dos empujones cortos y uno largo, dos cortos y uno largo…

De mi libro "Historias cotidianas".    ISBN 978-987-28908-0-3

lunes, 26 de diciembre de 2011

DICIEMBRE 2011

¡Feliz Navidad y un próspero Año Nuevo!

Merry Christmas and Happy New Year!

Frohe Weihnachten und glückliches neues Jahr!

Joyeux Noël et bonne année!

Čestit Božić i sretna nova godina

Веселого Рождества и счастливого нового года!

З Калядамі і з новым годам!

Glædelig Jul og Godt Nytår!

miércoles, 23 de noviembre de 2011

De Darwin, Roberspierre y otras yerbas.

            Quiero contarles una tragicómica historia. Digo tragicómica porque yo solo fui testigo, que si hubiese sido protagonista, hubiera tenido un trágico final.

Pero en primer lugar debo presentarme. ¡Soy un martillo bolita de un kilo! Y para que no haya malos entendidos les daré una descripción de mi persona: el martillo es una herramienta de mano que se utiliza básicamente para golpear. Constamos de dos partes: cuerpo o mango y cabeza. Nuestro cuerpo es de madera y está unido por uno de sus extremos a nuestra cabeza. El peso de nuestra cabeza determina la tarea que podemos realizar. Mi cabeza es cilíndrica de un lado y el extremo más corto es esférico, de ahí mi nombre “bolita”.

Habito en un taller de reparaciones junto a muchos otros congéneres y diversas herramientas de mano, entre ellas mis primas las mazas, regordetas y pesadas. Los martillos de mi generación, de mediados del Siglo XX, fuimos creados con el fin de ser útiles por mucho tiempo. Puede decirse que la Teoría de la Evolución de las Especies de Darwin era aplicable en nosotros.

El humano que me posee se siente orgulloso de contar conmigo. Me mima; cada tanto revisa la cuña que fija mi cuerpo a mi cabeza y si tiene dudas, me da un baño de inmersión para que la madera se hinche y mi cabeza no bailotee sobre mis hombros. Después me seca minuciosamente para que no me oxide. Así es nuestra sociedad y soy feliz, yo le soy útil y él me cuida. No todos los martillos del taller somos iguales, no. Quedamos pocos de la vieja guardia.

Las nuevas generaciones ya no vienen con el cuerpo de madera semi-dura, cuña del mismo palo y cabeza templada. Ahora Darwin fue sustituido por las Leyes del Mercado. Como lo que importa es bajar costos y vender mucho, los nuevos vienen con cabeza de hierro dulce y cuerpo de madera blanda. En lugar de cuña de madera utilizan algo llamado resina epoxi, producto maravilloso de múltiples usos, según los fabricantes. Pero la realidad es que los nuevos solo sirven para mirarlos. No son aptos para las exigencias del trabajo. Sus blandas cabezas se deforman enseguida, su cuerpo frágil se quiebra fácilmente y el sello epoxi se desprende y no hay como acuñar la blanda madera.

La tragicomedia comenzó con una maza de dos kilos de la novel generación y sucedió así: El humano estaba golpeando afanosamente una gruesa chapa con ella, cuando de improviso la cabeza de mi prima se desprendió del cuerpo, y dando una voltereta en el aire, impactó sobre la mano que la empuñaba. Consecuencias del hecho: contusión, hinchazón, servicio médico y gran revuelo en el taller ¡por falta de seguridad en el trabajo! El humano estuvo un par de días sin venir a trabajar y se inició una exhaustiva investigación del suceso en busca de la mejor solución. ¡Esto no debía volver a suceder!

La solución llegó en forma de una orden concreta: “A todas las mazas y martillos se les debe insertar un seguro metálico que atraviese la cabeza y el mango”. Muchos humanos cumplieron con la orden, pero el mío decidió no hacerlo y me ocultó de la inspección. ¡Pasé así a vivir en la clandestinidad! La medida, por supuesto no funcionó. Como era de esperarse los cuellos blandos se debilitaron y adquirieron tal juego que imposibilitaba el uso adecuado de la herramienta. Ante el reclamo de los humanos fue necesario buscar otra solución. Y fue entonces que entró en escena ¡”el Roberpierre de los martillos”!

La orden fue tajante: Cortarle la cabeza a todas las mazas y martillos defectuosos. La “solución final” se puso en práctica y rodaron las cabezas. Su destino fue la fundición y el de los cuerpos, la basura. Yo no lo presencié porque permanezco en el anonimato, oculto, pero escuché los comentarios de los humanos entre jocosos e indignados.

El corte de cabezas se complementó con una compra de mazas y martillos de última generación. Finalmente llegaron las vedetes del taller: ¡dos esbeltas mazas de cuatro kilos con mango de hierro forrados en goma! Las de mano, las más pequeñas y de uso diario aún no arribaron, las esperan con curiosidad.

Mientras tanto, yo, sigo mi vida de misterio, porque aunque estoy y trabajo, el humano casi no me deja ver, por si Roberpierre reapareciere…

De mi libro "Historias cotidianas".     ISBN 978-987.28908-0-3

sábado, 22 de octubre de 2011

Un compañero de viaje

El personaje en cuestión es un hombre adulto que le tocó, por esas vueltas que la vida da, vivir una profunda crisis personal. Ésta le llegó justo cuando estaba viviendo –según él- su mejor momento. Las razones no las conocemos, pero debieron ser muy fuertes para que se diera el cambio que se dio en su comportamiento.

Se trata de alguien con muy pocas amistades íntimas. Algunos en su trabajo, un ambiente exclusivamente de varones, lo consideran un “tipo de fierro” porque siempre está cuando lo necesitan; pero su actitud no es propensa a la reciprocidad. Muy pocos conocen algo –solo algo- de su intimidad, y llegan a conocerlo cuando los acontecimientos ya pasaron, ya son historia, situaciones ya resueltas.

Lo cierto es que cuando tocó fondo, trató de bancársela sólo y como mejor pudiera, en definitiva así se las arregló siempre. Pero esta vez no alcanzó y entonces buscó un compañero con quien tuviera algo de afinidad para conversar. Lo único que obtuvo como respuesta de un par de su misma edad, aunque con los ojos a punto de lagrimear fue: “- La verdad, no sé qué decirte… Nunca pasé por una de esas…”

En la encrucijada en la que se encontraba, lo que necesitaba era un brazo donde apoyarse, un oído atento y más que nada una palabra que derivara en un diálogo fecundo. Sabiendo que necesitaba encontrar una salida, buscó otro en quien confiar. Esta vez la respuesta fue: “- No chabón, no te des manija. Distraete, tomátelo con soda.” Y a continuación pasó a relatarle una situación similar que a él le tocó vivir y cómo le llevó años de terapia para poder superarla. Lo único que se le ocurrió al desdichado fue preguntar por qué había elegido el Psicoanálisis en vez del Conductismo para su terapia, pero para no irse  por las ramas no dijo nada y optó por callarse la boca. Estaba siempre en el mismo lugar.

Un par de días más tarde se acerca otro que lo consideraba su amigo, aunque en realidad nunca habían hecho –ni uno ni otro- nada por cultivarla. Frontal como es, le dice: “- ¿Qué te está pasando, loco? Me dijo el flaco que te notó como ido. ¡Al fin alguien que preguntaba algo! ¡Y otro que había notado algo diferente!

-La verdad es que toqué fondo. Creo que estoy viviendo una crisis de identidad, pero ¡mal!

La respuesta fue demoledora. En lugar de establecer algún tipo de diálogo, simplemente le respondió: “- Sacate la presión del laburo, pedí médico, tomate unos días y fijate qué podés hacer con lo otro. Manejate tranquilo y llamame…”

Y así, el tipo en cuestión siente que su soledad se agranda y la crisis se hace más profunda. Como si esto no fuera poco, se le acerca otro compañero –bien intencionado sin duda- le pone una mano en el hombro y con naturalidad le dice: “- Cumpa, lo noté bastante bajoneado estos días. La situación está jodida pero no hay que hacerse mala sangre; a mal tiempo buena cara. Se lo digo yo, que de ponerle el cuerpo a las dificultades tengo experiencia. Piense en positivo, que después de la tormenta siempre sale el sol. Créame, es así de simple…”

Otra vez la misma historia. La gente pasa, arroja un salvavidas y sigue su viaje. Y nuestro personaje, con o sin salvavidas, continúa flotando como puede, pero sigue a la deriva, sin hallar una soga que lo ayude a salir de esta situación.

Un lunes al regreso del trabajo un compañero de viaje, joven como sus hijos le dice: “- Perdóneme que me meta. ¿Qué le está pasando? ¿Puedo ayudar?” El hombre se sorprende. Nunca habían hablado más que trivialidades, cosas del momento. Su primer pensamiento fue: “- ¿Y éste de qué la va?” La respuesta destemplada no llega a salir de sus labios al contemplar la mirada franca del joven. En lugar de una grosería responde con sinceridad: “- Y… me tocó bailar con la más fea, viste? A esta altura de mi vida, sentir que estoy debajo del felpudo me está haciendo bolsa, me entendés?”

- Mas o menos. Cuando lo conocí hace dos años usted era el compañero de la sonrisa fácil, el de la palabra de aliento; pero ultimamente se lo ve cabizbajo, silencioso, abatido…

- Tuteame por favor; me hacés sentir más veterano de lo que soy.

- Está bién, pero decime que te está pasando.

Y así, casi sin darse cuenta, comienza a soltar su angustia ante un perfecto desconocido. Pero hay franqueza en la actitud del joven y entonces el veterano deja fluir sus emociones. Sosegadamente, en el breve viaje en tren, va dejando fluir los motivos de su pesar. Pero además se interesa por la vida de su interlocutor y al compartir sus intimidades, surge en ellos una amistad y el impersonal saludo cotidiano se transforma en un abrazo espontáneo.

Nunca sabremos lo que le pasaba al hombre de nuestro cuento ni de lo que hablaron con el joven amigo, o tal vez lo podamos imaginar. Lo que sí podemos saber es que superó su crisis y comenzó una nueva etapa en su vida gracias a que encontró un compañero de viaje…
De mi libro "Historias cotidianas".

lunes, 19 de septiembre de 2011

Ella y El

La pareja en la cama disfruta del placer de una noche de amor. Se miman, se besan, recorren sus cuerpos desnudos con mil caricias. Ella se quita la chalina de seda, le venda los ojos a su hombre y lo hace recostar sobre su espalda. Sus labios comienzan a recorrer beso a beso el rostro amado, su cuello, su pecho, descendiendo hasta su vientre.
El percibe la nariz de Ella sobre su pubis…Entonces, los fantasmas del pasado vuelven a instalarse en su mente y las imágenes que creía olvidadas. Se apoderan de él. Vuelve a sentirse estaqueado en el elástico de hierro con los ojos vendados y en plena sesión de tortura. Se arquea como cuando la picana se ensañaba con su cuerpo… un jadeo de agonía escapa de sus labios mientras sus manos estrujan las sábanas con desesperación.
La voz de su compañera le llega como de muy lejos mientras le quita la chalina de los ojos.
- ¿Qué te pasa mi amor?
Sus ojos desorbitados tratan de enfocar el rostro de Ella, que denota preocupación. En milésimas de segundo se pregunta si debe o no contarle su pasado y decide no hacerlo para no asustarla. Con una mano le acaricia las mejillas y le acomoda el cabello, mientras la otra suavemente se apoya en esos labios donde sabe beber el néctar del amor pidiéndole silencio.
- No es nada mi cielo, ya pasó. Creo que al no poder mirarte me      descompuse.
- Perdoname mi amor, no quise…
- Shhh… no digas nada. Sigamos sin la chalina.

Sábado a la tarde. La invitación para ducharse antes de una “siestita” resultó por demás tentadora. Ella y El bajo la ducha de agua caliente. La sangre circula con toda su potencia. La belleza de los cuerpos desnudos embriaga los sentidos. Ella y El enjabonándose, acariciándose, besándose con pasión, llevan la mutua excitación casi al clímax. Entonces Ella sale de la bañera y susurra: “Te espero en la camita…”
Mientras El disfruta del agua caliente cayendo sobre su cuello, una manito pícara se mete por detrás de la cortina y abre toda la canilla del agua fría. El golpe destemplado sobre sus hombros y espalda lo lleva nuevamente al pasado. No es el agua de la ducha lo que siente sino el chorro de agua a presión saliendo de la manguera de tortura que lo empuja contra la pared y lo hace caer de rodillas. Un gruñido con la boca apretada es todo lo que exclama mientras sus músculos se tensan para contrarrestar el ímpetu del chorro de agua hoy inexistente pero que su mente revive en toda su magnitud.
Ella cierra el grifo apresuradamente, descorre la cortina y se arrodilla a su lado abrazándolo.
- ¡Uy! ¿Fue muy pesada la broma? No fue mi intención…
- Shhh; no pasó nada, tesoro… es que me resbalé al querer zafar del agua fría.
- Vení, vení que yo te seco.
- No hay nada que unos mimos tuyos no puedan solucionar. ¿Vamos?
Y así, abrazados se encaminan al dormitorio. El ambiente es propicio. Ella cerró las persianas y encendió una vela perfumada… El ventilador de techo girando lentamente mantiene la habitación en una agradable frescura.
A la química que desata el lenguaje de los cuerpos se suma la comunión de los sentimientos, y el amor se instala entre ellos en toda su plenitud.
- ¡Nunca me había sentido así!
- ¡Es que nadie te quiso como te quiero yo!
- ¿Y qué sabés si no me amaron más que vos? ¡Te crees el ombligo del mundo!
- ¡Basta de parla! No hables y sigamos…

Viernes a la noche. Ella y El duermen abrazados a pesar del calor. A Él le costó conciliar el sueño pensando en la reunión de la tarde. Para colmo los vecinitos están de joda. Son jóvenes, hablan en voz alta, se  ríen, cantan. Durante un rato El se entretiene escuchando el respirar rítmico y profundo de Ella, hasta dormirse con una sonrisa.
De pronto un grito destemplado lo despierta sobresaltado. Se ve nuevamente colgado desnudo en la “percha”; sus pies apenas tocan el suelo. Le sacan la capucha y los malditos están con máscaras de carnaval. Tienen a una piba estacada en un catre; cada vez que amenazan violarla ella grita con desesperación y ellos responden con carcajadas burlonas, sádicas.
Soltó el abrazo sin darse cuenta y está sentado en la cama jadeando y repitiéndose en silencio: “no me van a quebrar… no me van a quebrar…” Otra vez el pasado se hace presente en su mente.
- ¿Qué te pasa mi amor?
- Nada, nada. Voy a tomar un poco de agua. La pizza estaba muy salada. ¿Querés?
- ¡No, no! ¡Quiero dormir!
- Bueno, está bien, dormite…
Ya en la cocina, con mano temblorosa se prepara un vaso con jugo y busca una pastilla para dormir. No puede olvidar la experiencia. ¡Qué ironía del destino! Ésa fue la noche que los soltaron a él y a la piba. A ella porque tenía un pariente capo capo que la andaba buscando; y a él porque se habían equivocado de objetivo. Así zafaron ambos de cosas peores.
- ¿Qué voy a hacer con mi vida? Ni la terapia ni la medicación del psiquiatra lograron curar esas heridas. ¿Y si le cuento todo a Ella? A lo mejor lo comprende y pueda sanar mis recuerdos trágicos. ¿Y si se asusta y no entiende nada?
Y así, sorbo a sorbo, bebe el vaso de jugo mientras da vueltas el somnífero en la mano.
- No importa, en alguien tengo que confiar…
Tira la pastilla a la basura y se vuelve a la cama. Al volver a abrazarla y oler su pelo, piensa: “Mañana, con el desayuno, le cuento todo, y que sea lo que tenga que ser…”

De mi libro"Historias cotidianas".     978-987-28908-0-3

sábado, 6 de agosto de 2011

Uno de Piratas

     2° Premio en Narrativa Adultos de la Municipalidad de Lanús 2010.

          Barbacana, tras el mostrador de su taberna, en un puerto cualquiera de La Gran Tortuga, sirve jarra tras jarra de ron a sus clientes, todos piratas y bucaneros que regresan de sus correrías mar adentro. Entre risotadas y canciones marineras, todos cuentan o fabulan sus hazañas. Cuando la bebida empieza a hacer efecto es cuando todos comienzan a recordar a los compañeros caídos y a brindar por su memoria. Entonces llega la oportunidad de adulterar el brebaje, aunque hay que tener a mano del bueno para los que recién llegan.
          La taberna tiene algunos recuerdos de su vieja vida colgados en la pared a su espalda: su sombrero de Capitán, un par de cachiporras, un sable siempre afilado y reluciente por si acaso, un gancho de abordaje del que cuelga un amuleto para la buena suerte, la pata de palo de un camarada muerto, un gallardete con las tibias cruzadas…
          Barbacana nunca habla de su pasado. ¿Para qué, si todos conocen su historia? Después de muchos años, aún se alzan las copas por las aventuras de su barco el “Desconfiado”, que no logró sobrevivir a un temporal caribeño al volver buscando refugio, muy maltrecho después de un feroz enfrentamiento con buques de guerra españoles.
          Una noche de poco alboroto en la cantina, quizás porque los escasos parroquianos lograron un escaso botín o no lo habían conseguido en absoluto, sus pensamientos lo llevan a su pasada vida de aventuras. Con una sonrisa en los labios se sintió bogando en alta mar oteando el horizonte en busca de una presa; la excitante sensación de la adrenalina fluyendo por sus venas durante una persecución con todas las velas desplegadas y el viento a barlovento, o durante la huída de un navío de guerra, lo hacen sonreír.
          Lo sacan de su ensueño las quejas del cocinero preguntando qué van a hacer con el puerco asado que va a sobrar porque casi nadie come, y las protestas de las mujeres porque el ambiente es de desánimo y nadie desea un rato de placer, con lo que esa noche les faltarán algunas monedas. Entonces reclama la atención de todos golpeando una cachiporra sobre la gruesa tabla del mostrador.
- ¡A ver, a ver, lobos de mar! ¿Qué tal si cantamos una alegre canción: “La del regreso”?   Hay una medida extra de ron  para todos. Barbacana invita…
          Ahora sí se arma el alboroto. Vuelan gorras y sombreros por el aire y entre palmadas y golpes sobre el piso de tablas, todos comienzan a cantar, mientras las mujeres escancian el ron extra –adulterado, por supuesto- en las jarras vacías. También se suma a la algarabía una armónica y un tamboril, negro como las manos que lo tocan. ¡Todo vuelve a la normalidad!
          Después que los últimos clientes salen abrazados, completamente borrachos y cantando una canción, entre todos –cocinero, mujeres y cantinero- ponen un poco de orden en el local. Cuando los demás se retiran cada cual a su bohío, Barbacana enciende su pipa y camina a paso lento hasta los muelles, donde se balancean suavemente los barcos anclados. La brisa caribeña acaricia su curtido rostro mientras sus pensamientos vuelan mar adentro y tiempo afuera…
                                   .           .           .           .           .           .
          Otra noche de gran algarabía en la cantina. Los parroquianos están por demás exaltados. Todos obtuvieron buen botín y no escatiman gastos en la diversión. El ron corre en abundancia y las mujeres están alegres porque tendrán clientes generosos, felices por el regreso y dispuestos a disfrutarlo todo. En noches así hay que estar muy atento porque las peleas surgen sin aviso; viejos rencores, una broma interpretada como ofensa, una jarra volcada o la disputa por la atención de una mujer pueden terminar con una muerte dentro del local y Barbacana no ha permitido nunca que eso suceda. Por eso además de su cachiporra colgada de la muñeca y conocida por muchas cabezas, lleva al cinto un pistolón solamente para disuadir a algún borracho que se ponga pesado.
          Un par de Capitanes se acercan al mostrador para hablar con el viejo colega. Entre tragos de ron, del bueno por cierto, uno de ellos cuenta cómo se le escapó un barco que aparentaba ser una presa fácil pero no lo fue pese a sus conocidas habilidades marineras. Una y otra vez se puso fuera de su alcance cuando se disponía a dispararle, hasta que lo perdió de vista; en vano lo buscó durante tres días, hasta que encontró otra presa menos escurridiza y se abocó a ella. “Claudette” se llamaba el barco en cuestión y parecía ser portador de un rico cargamento.
          En su habitual paseo por los muelles a la luz de la luna, esa madrugada no hace sino pensar insistentemente en el barco escurridizo. ¿Sería realmente portador del botín que todo pirata anhela encontrar? ¿Pero a él qué le preocupa si ya se retiró de la vida en el mar? Sin embargo no deja de pensar en el tesoro que supone oculto en sus bodegas y en cómo haría para interceptarlo y poder abordarlo. Finalmente, sacudiendo la cabeza como para alejar estos pensamientos de su mente, emprende el regreso con paso cansino. Esa noche no logró conciliar el sueño. Pensaba y repensaba en el “Claudette” y cómo atraparlo…
                                   .           .           .           .           .           .
          Pasan los meses y el regreso a su antigua vida ya es una obsesión para el viejo pirata. Tal es así que un buen día se encuentra recorriendo los muelles y atracaderos ¡en busca de una nave para hacerse a la mar! Como las embarcaciones tácitamente pertenecen a La Hermandad, busca la que su mente concibió para llevar a cabo la que sería su última aventura. No encuentra en los muelles ninguna como la que imaginó, pero en la playa de una pequeña rada distingue una vieja goleta completamente desarbolada y con un par de boquetes en el casco bajo la línea de flotación. Su corazón late de prisa y la visualiza reparada y navegando bajo su mando. ¡La decisión ya está tomada!
          Después de obtener la aprobación de la Hermandad, negocia con los mercaderes la madera y el velamen necesarios para acondicionarla, recluta la escasa tripulación que necesita y con ellos encara la tarea de reparación de la maltrecha nave. Gran algarabía hubo en la isla cuando la goleta restaurada, ya en los muelles, comenzó a recibir las provisiones imprescindibles para navegar. Muchos viejos envidian la audacia del veterano pirata, que después de tantos años en tierra decide nuevamente hacerse a la mar. Al soltar amarras, lo despiden con disparos, sombreros al aire y muchas  bromas, dudando quizás de la suerte del viejo camarada, ya que no pudo conseguir los diez cañones por banda que necesita y sólo lleva seis. Pero nada hace dudar a Barbacana, que durante meses calculó los riesgos y está muy seguro de lo que decidió hacer. La cantina quedó a cargo de su cocinero, un robusto Taíno que lo acompañó desde el comienzo. El “Nuevo Desconfiado” ya está navegando con viento a favor.
          A los pocos días está abordando pequeños navíos que se dedican al comercio entre las islas y las poblaciones costeras. Ninguno de ellos representa un buen botín. Una madrugada en la que se encuentra acechando una formación de buques mercantes españoles que se dirigen a la península esperando que alguno se rezague, divisa a estribor un bergantín que navega a prudente distancia de la flota española y en sentido contrario. ¡Puede tratarse del “Claudette”, rumbo a La Louisiana! Con el corazón latiendo de prisa, ordena cambiar el rumbo y comienza la persecución a distancia. El mayor poder de fuego y velamen es una ventaja para el bergantín, pero el viento a sotavento es un aliado de la goleta, que por sus velas triangulares es muy maniobrable para navegar al través. Zigzagueando hábilmente, el “Nuevo Desconfiado” acorta distancia hora tras hora. Ahora sí, el catalejo distingue claramente el nombre de la presa escrito en la popa. ¡Es el “Claudette”!
          De pronto se disipan todas las expectativas. Hay que entrar en combate. ¡Todo el mundo a sus puestos y doble ración de ron! Barbacana quiere abordar su objetivo con el menor daño posible. Sólo piensa en el valor del tesoro que espera encontrar a bordo. Parece una misión  irrealizable pero confía en la estrategia en la que estuvo pensando todo el tiempo. Ordena cargar con metralla los dos cañones que tiene sobre cubierta. Mide la distancia que los separa, toma el tiempo que le lleva cada maniobra de zigzag; calcula y sonríe satisfecho. ¡Ya lo tiene a tiro! La goleta cambia de rumbo, cruza por detrás del bergantín en diagonal y dispara sus cañones hacia las velas para restarle velocidad. Inicia un giro hacia atrás tomando distancia de los cañones del “Claudette” mientras cambia los suyos de banda y ordena cargarlos con una mezcla de cadenas y metralla para intentar desarbolarlo. La mitad del velamen de su presa es inoperante pero no debe darle tiempo a que se recupere. El bergantín inicia un giro para ponerse a sotavento y embestirlo, pero la goleta ya vuelve a cruzarse en diagonal por la popa disparando dos andanadas de sus cañones. Se oye un fuerte crujido, cae el palo mayor. Estalla una gritería en la goleta. Barbacana ordena el abordaje.
          La resistencia no es mucha. Se impone el coraje de los piratas. El botín es mayor de lo que se esperaba. Barbacana inicia el regreso a la isla con el mejor tesoro jamás obtenido y ¡con un bergantín de regalo para la Hermandad! Llegan a destino cuando el sol aún se está desperezando. Despiertan a la aldea con una salva de cañones. Cuando atracan, no falta nadie en los muelles. Con diligencia se reparte el botín y solemnemente Barbacana entrega ambas naves a la Hermandad y anuncia que éste fue –ahora sí- su último viaje.
                                  .           .           .           .           .           .
          En las noches de cantina hay un nuevo tema de conversación: el viejo pirata debe contar una y otra vez su última y gran hazaña. El lugar de honor entre sus trofeos es el gallardete del “Claudette” y el ron ya no se adultera.
          Cada madrugada, después de cerrar, tiene lugar una extraña ceremonia. Parte de su botín es un extraño cofre lleno de las más hermosas joyas que hombre alguno haya visto. Cada vez que intenta tomar una de ellas, se corporiza un fantasma o genio con forma de mujer, la más bella mujer que sus ojos vieran, ¡pero que maneja el sable de abordaje y la daga como el más hábil de los piratas del Caribe! Y así, el viejo lobo de mar combate duramente noche tras noche para poder tocar una de las joyas. Y sólo si él vence tiene acceso al cofre, porque si es ella la vencedora, se encierra en él sin que pueda abrirlo ninguna llave hasta la próxima noche.
          Después de cada combate con semejante espadachín, Barbacana saborea una jarra de ron y ¡sonríe con felicidad!
De mi libro "Historias cotidianas".     ISBN 978-987.28908-0-3