lunes, 20 de julio de 2015

Recuerdos...


     Al llegar al departamento -5° piso, contra frente mirando al Oeste- deja la cartera en el perchero, el chal y la boa sobre el respaldo de un sillón. Se sienta en el sofá, se descalza, se sube el vestido y se quita las medias delicadamente. Mientras apoya los pies en el piso, hace juguetear los dedos sobre la alfombra mullida. Revisa las medias para ver si están corridas. Introduce el puño hasta llegar a la punta del pié, lo abre ligeramente cuidando de no tocar el fino material con las uñas y con la otra mano la retira lentamente mientras sus ojos exploran la trama en busca de enganches. Terminada la ceremonia se calza unas pantuflas y enfila para la cocina. Pone agua a calentar y prepara el mate con cascaritas de naranja más una pizca de azúcar.
  Mientras sorbe la infusión del verde y picado elemento, recorre las ventanas asegurándose que todas estén cerradas. Entreabre algunas cortinas y cierra completamente otras. Se detiene ante una repisa con dos fotografías; en la primera están ella y su madre, en la otra, Eugenia, Federico y Ludmila. Recuerda su infancia sin papá; vivió feliz con su mamá hasta los ocho años. Después, todo cambió; se sumó a su vida un padrastro, quien en la primera oportunidad que tuvo, no dudó en manosearla. Llorando se lo contó a su madre, pero ella finalmente optó por su hombre. Entonces la llevó a vivir con la tía, recientemente enviudada y con dos purretes.
La tía Eugenia era muy dinámica y alegre. Paraba la olla lavando y planchando para afuera. Ella cuidaba los críos y la ayudaba con la ropa; Eugenia le enseñó a coser botones y a hilvanar dobladillos. Sonríe al recordar que a la tía le gustaba el tango. Tarareando la segunda de uno de aquellos tangos arrabaleros de su infancia vuelve a la cocina. Regresa pava en mano y se sienta a recordar, mateando y dejando que las fotografías la lleven en busca de recuerdos. El conventillo en el que vivió con la tía estaba en los alrededores del Mercado de Abasto. Allí vivían dos guitarreros de boliche que por las tardes solían ensayar en el patio del frente. Los que a veces cantaban tenían letras picantes, con doble intención. Casi sin darse cuenta comienza a cantar bajito, con los ojos cerrados.
-El cachafaz cae a un baile
recelan los prometidos,
y tiemblan los maridos
cuando cae el cachafaz.
Y llega el recuerdo de aquel sábado de febrero… Los guitarreros tenían visita; un taita de Barracas al Sur, que además era bailarín. Ella los espiaba detrás del macetón de geranios mientras bailaban hombre con hombre a puro corte y firulete. ¡Era tan joven entonces, casi una  niña! Se ríe al recordar cuando la descubrieron.
-Ché, Correa, juná como nos vicha la “Malanena”.
-A ver, pebeta, ¿te gusta el gotán? Si te animás, te enseño unos pasos…
Entonces el ayer se hace presente y mate en mano se pone a bailar. Siente la presencia de aquel hombre. Su abrazo delicado. La barba bien afeitada sujetando su mejilla. Sus manos grandes guiándola con finura ¡Su olor… penetrando todo su ser… llenándola de sensaciones desconocidas!
Finalmente se deja caer en el sofá; ceba otro mate y entre sorbo y sorbo vuelve a cantar.
-Con mil promesas de ternura les oferta,
como todos, un mundo de grandezas
y nadie sabe que la pieza no ha pagado
y anda en su busca afligido, el acreedor.

Vuelve a mirar las fotos rememorando su vida. ¡Su historia de amor duró tan poco! Con diecisiete años se fue a vivir con el taura que cautivó su corazón aquella tarde. Pero apenas transcurrido un año, él le dijo: “Male, el amor no la vá con mi laburo, perdoname si podés.” Y se fué…
Hace chistar la bombilla y se enjuga una lágrima. Mas los recuerdos siguen aflorando. Después, apareció Don Giuseppe en su vida. El profesor de música que la esperó una tarde en la puerta del Conservatorio.
Ella volvía del taller de costura, cantando bajito como siempre lo hacía al caminar. El profesor le propuso estudiar canto con él; dijo que ella tenía condiciones y que le cobraría baratito. ¡Don Giuseppe! ¡Fue lo más parecido a un padre que tuvo en su vida! Él le consiguió la audición de prueba con aquella orquesta de tango en la que debutó como cantante. Y así la vida mistonga quedó atrás gracias a la expresividad de su fraseo, pulido por las enseñanzas del tan querido Profe Don Giuseppe.
Después de un largo bostezo lleva pava y mate a la cocina. Vuelve a la sala a apagar las luces. Se detiene frente a las fotografías. Acaricia la de la tía Eugenia y piensa que ella  vino a verla cantar varias veces; la última vino con Federico, Ludmila y su nuevo marido. Mira largamente la de su madre; sus ojos riegan las mejillas… y diciendo: “Nunca me viniste a visitar, pero yo siempre te hice llegar guita. Ni a mis hermanos me dejaste conocer”, pone el portarretrato boca abajo y se va a la cama.
Al apagar la luz del velador, sus labios musitan:
-¿Por dónde andás, Correa? ¡La pucha que te extraño! 

De mi libro Noches... ISBN 978-987-28908-1-0

lunes, 29 de junio de 2015

El porteño

   
     Todos lo llaman simplemente “el porteño”. Vive en un conventillo de la Ciudad Vieja y changuea en el Mercado del Puerto de Montevideo.
     Esa noche decidió caminar un poco antes de acostarse y al llegar a una esquina mal iluminada oyó quejidos, golpes y un relincho. Tenso, se acercó lentamente bien pegado a la pared y lo que vio lo llenó de indignación: dos tipos mal entrazados pegándole a un anciano recostado a un carro mientras otro sujetaba las riendas para que el caballo no se espante. Su mano voló a la cintura, ¡pero ya no llevaba daga! Sus ojos buscaron algo en la oscuridad y junto a un árbol distinguió los restos rotos de un catre. Sin pensarlo, se quitó la faja, la enrolló en el brazo izquierdo, le arrancó una pata al catre y con seguridad se dirigió a los malandras.
     -¡No es de hombres atacar en banda! ¡Eso es cosa de perros!
Una de ellos se da vuelta y saca un cuchillo de la cintura. El otro, un pardo con una cicatriz en la mejilla, solo gira la cabeza mientras sigue sosteniendo al anciano por el cuello.
     -¿Y a vos quien te dio vela en este entierro?
     -Nadie… Solo pasaba y quise emparejar…
     -Bo, “Oveja”, el canario éste se cree guapo.
     Y sueltan una carcajada. Le brillan los dientes al pardo en la oscuridad. Ahora los dos empuñan cuchillos y comienzan a separarse como para rodear al intruso. Pero “el porteño” no les concede ventaja. De un salto se les planta delante y revolea la pata del catre. Un golpe seco en la muñeca armada del primero y un puñetazo, con la maza entre sus dedos, en la nariz. Con el antebrazo izquierdo de arriba abajo del pardo –que además es zurdo- y con la madera golpea fuerte el brazo armado mientras su mano izquierda lo atenaza con fuerza. Retuerce con firmeza la muñeca hasta quitarle el cuchillo, que arroja lejos, y le aplica un rodillazo de costado, a medio muslo. Se retira un paso y le tira una estocada al pecho que lo hace retroceder boqueando en busca de aire. El que sujetaba el caballo, huyó. El de la nariz rota intenta volver a la carga. “El porteño”levanta la estaca como para bajarla sobre la cabeza del ventajero, pero éste opta por escapar. Pisa con la alpargata el cuchillo y lo envía saltando sobre los adoquines hasta la otra vereda.
     Pasado el peligro, se acerca al viejo.
     -¿Está bien, amigo? ¿Lo lastimaron mucho?
     -¡Esos mandrias me golpearon fiero! Buscaban plata, ¿sabe? Pero ¡qué me van a sacar si no tengo un cobre! Toda la biyuya la gasté en vino que compré en el mercado para vender en las quintas de Sayago. ¡Ay, me duele todo…!
     -Venga que lo ayudo a subir al carro. ¿Sabe qué vamos a hacer? Lo voy a llevar hasta su casa y ahí veo de remendarlo un poco.
     -No se moleste amigo, voy a estar bien… ¡Ay!
     -¡Déjese de pavadas, hombre! ¿Pa que están los criollos, si no?
     -¡Ta bueno, vamos entonces! Pero nos vamos a tomar un vinito del bueno, pa olvidar las penas.
     -Así me gusta. ¿Cómo se llama, don?
     -Maciel, Wilson Maciel. ¿Y vos?
     -Por acá me dicen “el porteño”, a secas.
     El traqueteo del carro sobre el empedrado desparejo le pinta una sonrisa; recuerda su trabajo de peón lechero cuando era purrete, allá en su lejano Buenos Aires.
         
                                              ≈ ≈ ≈ ≈ ≈ ≈

     El sol introduce su calidez por la ventana que mira al Este. Como cada mañana, la ceremonia se desarrolla plena de largos silencios solo interrumpidos por el chistar de la bombilla. Las palabras surgen como a la quinta o sexta ronda.
     -Hoy no vamos a salir con el reparto.
     -¿Qué le pasa Don Wilson, se siente mal?
     -¡No… no… No me pasa nada, me siento bien! Vamos a haraganear un poco, que lo tenemos muy merecido. Más tarde bajamos al centro, almorzamos por ahí y después de una caminata vamos a ver al Doctor Arizmendi, que nos espera pa firmar unos papeles.
     -¿Qué se trae entre manos? Si se puede saber…
     -¿Cuánto hace que nos conocemos? ¿Diez años?
     -Más o menos. Por ahí anda. ¿Y con eso, qué?
     -Cuando me salvaste de la paliza aquella noche cerca del Mercado del Puerto me dijiste simplemente que te decían “el porteño”. No quisiste agregar más y no te pregunté. Pero después que me curaste de la golpeadura y te quedaste a ayudarme con los vinos, yo te presenté a todos como mi sobrino Waldemar. ¿Te acordás? ¡Qué tiempos!¿no?
     -¡Vaya si me acordaré! ¡Salíamos tempranito con el carro y el matungo aquel, “Cipriano”!
     -Y después, cuando se murió de viejo, seguimos con el camioncito. Y nos extendimos hasta Colón y Santiago Vázquez. La verdad que la pasamos bien, pero sin tu ayuda, yo solo, no hubiera podido. Pero volviendo al asunto, desde entonces, sos Waldemar para todo el mundo.
     -¿Y con eso?
     - Y que ya es tiempo de que existas en los papeles también. El “tordo” tiene todo preparado. Testigos de que vos sos mi sobrino, no faltan. Además… sos mi único heredero y eso también quiero dejarlo arreglado. Me queda poca cuerda, ¿sabés?
     -¡No hable así Wilson! Pero… ¿y si aparece su sobrino?
     -¡Así nomás es la vida! ¡Se nos va cuando ella decide! Mi hermano y su mujer, murieron hace años, de viejos y de tristeza nomás. Mi sobrino murió de mala manera y lo enterramos en el campo allá por Cerro Largo.
     -¿Cómo fue eso? ¿Por qué de mala manera?
     -Contrabandiaba caña del Brasil y una noche se topó con una partida que le metió bala. Llegó malherido al rancho y a los pocos días murió. Lo enterramos ahí nomás, cerquita de las casas. La madre se enfermó de tristeza y pasó sus últimos años llorando y plantando flores sobre la tumba sin cruz ni cajón. Al morir mi hermano, vendí el campito y me vine pa Montevideo. Años más, años menos, tendría tu misma edad. Pa mí y pa los que te conocen por estos lados, sos Waldemar Maciel y hoy lo vamos a documentar.
     -Pero don Wilson…
     -¡Qué pero ni qué ocho cuartos! ¿Le vas a negar el gusto a este viejo que ya está más pal hoyo que pa vender vino? ¡No sé ni me interesa porqué te viniste! ¡Yo solo sé que sos un criollo derecho y con eso me basta! ¡Además, ahora tendrás una identidad y en breve, un negocito todo tuyo! ¿No te parece una buena razón pa celebrar en grande?
     -No, no le voy a negar ese gusto. Usted es más que un amigo para mí…
A media mañana se empilcharon bien y rumbearon para el centro como estaba planeado. Sobre el final del almuerzo, el viejo preguntó:
     -Estás preocupado, Waldemar. ¿En qué pensás?
     -En las vueltas que tiene la vida… en usted… en todos éstos años…
     -¡Dejá de preocuparte! Vos tenés una historia que te está tironiando. Soy viejo pero no zonzo. Un sábado sí y otro no, te vas de bailongo y volvés con olor a mujer, pero siempre solo. Eso lo entiendo; yo he vivido así toda mi vida. Pero muchas noches te he visto salir a pitar un pucho mirando las estrellas. Dentro de poco podrás pegar la vuelta –si eso querés- como Waldemar Maciel o como quiera que te llamés, eso ya es asunto tuyo. ¡Pero dejá de manijearte, bo! Firmamos los papeles y seguimos andando hasta que nos toque la última parada… ¡Y tá! ¡Salud, Waldemar!
     -¡Salud, don Wilson!
                                                          ≈ ≈ ≈ ≈ ≈ ≈

     Las paladas de tierra que los empleados municipales tiran sobre el féretro producen un sonido que estruja el corazón. Finalizado el entierro, Waldemar y los pocos conocidos que lo acompañan se despiden en las puertas del cementerio. Con las manos en los bolsillos se larga a caminar despacio, con la cabeza gacha por primera vez en su vida.
     Recuerda su historia de principio a final, etapa tras etapa. Su infancia, los padres que le faltaron cuando aún era purrete, el deambular por las casas de los parientes, el cuchillo y su vida de taura, Malena, don Wilson… y al final la pregunta:

     ¿Y quién carajo soy, Waldemar Maciel o Inocencio Correa? ¿O somos las dos caras de una misma moneda?

De mi libro "Noches..."
ISBN 978-987-28908-1-0  

miércoles, 29 de octubre de 2014

Una noche como tantas.

Medianoche. Esa hora en que muere el viernes y nace el sábado. El salón de baile está completo. Las parejas van y vienen por la pista disfrutando las cadencias sensuales del tango. Tras el último chán-chán de la orquesta, el locutor anuncia a la vocalista estrella de la noche. De inmediato, los habitué dejan la pista buscando sus mesas. Quedan solo las parejas nuevas. Cuando la voz anunciada comienza a cantar, cesan los murmullos y se instala un silencio como de respeto. Las pocas parejas que quedaban en la pista se van retirando. Las melodías se suceden coronadas por aplausos prolongados. Algunos lo hacen de pié. Ella parece estar más allá de todo. La cancionista ante el micrófono no gesticula, solamente deja brotar su voz que cautiva, que emociona, que le habla al corazón.
Finalizada su entrada, se dirige acompañada por el aplauso y el saludo de la concurrencia hasta la barra. El barman la felicita mientras limpia la copa que le va a ofrecer.
-Gracias por tus palabras.
-¿Le sirvo lo mismo de siempre?
-Si, por favor.
Mientras saborea el trago, su mirada vaga por el salón sin detenerse en nadie, pero su pensamiento vuela en el tiempo. La orquesta y los bailarines semejan un mundo aparte. De tanto en tanto un mozo le acerca una esquela de felicitaciones, a veces invitándola a bailar, o una tarjeta de presentación y otras, simplemente una flor. Agradece todos los gestos, pero nunca acepta bailar con nadie. Con la segunda copa, enciende un cigarrillo. Al ritmo de la milonga, las parejas parecen competir a cuál ejecuta el mejor corte o quebrada. Su mano deja la copa y comienza a marcar el compás sobre el mostrador, acentuando de a ratos la síncopa, y su rostro se ilumina con una sonrisa llena de añoranzas.
-¿Baila usted? Nunca la vi bailar en el salón.
-¡Si, chabón, sí que bailo! Pero acá me pagan por cantar…
-A lo mejor, si la viera en la pista el jefe, le pagaría unos pesos extras; no sé… a lo mejor…
-¡Quién te dice! ¿No? Pero no he visto pituco que me emocione. ¡Qué vueltas que tiene la vida! Pensar que hace unos años el tango se bailaba y nada más. Era diversión del malevaje, de los suburbios… Después le empezó a gustar a los cajetillas y hoy, ya lo ves, es baile de salón finoli ¡y además le escriben letras llorosas! ¡Quién lo hubiera pensado!
-Y… ¡los tiempos cambian! Pero a usted le vino bien.
-Tenés razón. Aquí me pagan por cantar y no tengo que ser la mina de nadie. Vivo mi vida. ¿Sabés quién me enseñó a bailar?
-No, usted dirá…
-¡Correa! Pero vos sos joven para saber de quién estoy hablando...
-¿Inocencio Correa? ¿El Taura de Barracas al Sur? ¡Cómo no voy a saber, si todavía se habla de él! ¡Pero eso fue hace muchos años! ¿Y bailaba?
-¿Qué si bailaba? ¡Su destreza con la daga era igual a la de sus piernas para el corte y la quebrada… y ni que hablar del firulete! Ahhh… yo era una pebeta entonces…
-¿Usted sabe qué fue de él?
-¡Y no! Como todo el mundo, no sé qué pasó con él, simplemente desapareció…
-Unos dicen que lo mataron… otros que está preso en Ushuaia.
-No, chabón, ¡Correa no se dejaría engayolar! ¡Y si mi corazón aún palpita, es porque el de él late todavía!
-Perdone, ¿no? Pero… ¿estuvo enamorada de él?
-¡Estuve y estoy! No hubo otro hombre en  mi vida, a pesar de que me dejó dos veces.
-¡Cómo dos veces? ¿Se fue, volvió y se fue otra vez?
-Una noche me dijo que su trabajo no le dejaba lugar al amor. Agarró sus pilchas y se volvió  al cotorro; pero seguí sabiendo de él por las mentas, hasta que un buen día se fue ¡vaya una a saber dónde!
-¡Y todavía enamorada!
-Cambiá el chamuyo, ¿querés?

Ahora, la orquesta toca un valsecito. Dos hombres vestidos con estilo se acercan a la barra.
-¡Buenas noches! ¿Cómo está la Reina de la Canción?
-¡Don Cátulo! ¡Usted siempre tan galante! Muy bien, ¿y usted?
-¡De parabienes! ¿De qué otra forma podría estar después de escuchar su voz, estrechar su mano y perderme en la profundidad de sus ojos?
-¡Déjese de zalamerías, que no ha de ser para tanto!
-¡En absoluto! Y para que vea que no exagero, le presento a mi amigo, que además de ser profesor de Literatura, es un enamorado de nuestra música. ¿Verdad que no miento, Homero?
-¡Para nada! Señora, es un honor besar su mano…
-Mucho gusto; es usted todo un caballero.
-Y usted la “Reina de la Canción”. Su voz de contra-alto es por demás expresiva. Hay en ella reminiscencias del arrabal… Expresa como muy pocas, los sentimientos más profundos… Hay… tristeza y bondad en su modulación. Créame, que he quedado muy, pero muy impresionado escuchándola.
-Homero, nos están esperando. Discúlpenos, Señora, pero tenemos un compromiso. Felicitaciones, otra vez.
-Vayan nomás, otra noche hablaremos. ¡Y muchas gracias por el cumplido!
-¡Qué homenaje!
-¡Cortála, ché! Servime una copa más y traeme las pilchas que la noche se terminó para mí.
Sorbo a sorbo termina su trago mientras pasea una vez más su mirada por el salón. Cubre sus hombros con el chal, envuelve su cuello con la boa y se despide.
-Hasta luego, Mariano. Me voy a apoliyar un rato.

-Hasta mañana, Malena. Que duerma usted bien…

Capítulo 2 de mi pequeñísima novela "Noches..."    
ISBN 978-987-28908-1-0         

miércoles, 13 de agosto de 2014

Otoño

Tarde gris de otoño. Después del almuerzo, mientras saboreo un café, observo el fondo a través del ventanal. Pasto recién cortado y gruesas gotas de lluvia que intentan humedecer el patio y las plantas.
 Los ciruelos perdieron ya sus hojas, y pienso que este año ¡se merecen una buena poda! Detrás de sus ramas desnudas se destaca la fronda del laurel, entre cuyo follaje perenne hicieron sus nidos al menos un casal de torcacitas, otro de zorzales. El verano pasado se sumó una tacuarita, que anidó en la enamorada del muro.
        Cada uno de ellos engalana con una melodía diferente al parque. Los zorzales y su bellísimo trino mañanero, interminable. Las torcazas parecen alargar las siestas con la languidez de su arrullo. A la tacuarita nunca la vi; en realidad se la adivina más que verla, pero su gorjeo breve y repetitivo alegró los atardeceres estivales confirmando su presencia.
         Un colibrí reposa no más de diez segundos en la punta de una rama desnuda de ciruelo, como tomándose un momento de reposo en su incesante búsqueda de néctar. ¡Es extraño verlo en esta época!
          Los zorzales, mis admirados, ya no bajan ni en pareja ni tan confiados como antes a buscar lombrices y hormigas. Es que ahora hay un gato en la casa y su presencia los mantiene en permanente estado de alerta. Se posan en el extremo de la rama más baja, lejos de la horqueta, y desde allí otean su presa. De a uno por vez, descienden, cazan una lombriz con su pico y vuelven a la rama a deglutirla. Por lo menos en el parque andan siempre atentos, como nerviosos. Cualquier movimiento en la casa los espanta y huyen hacia lugares más seguros. La presencia del gato cambió la armonía del hábitat compartido por aves y humanos. Aún así me resulta agradable contemplarlos y disfrutar sus cantos.
             El ciruelo próximo a la cocina, bajo cuya sombra un verano que parece tan lejano se rompieron las estructuras de mi vieja manera de vivir, enfermó. Casi no dio sombra ni frutos. Se está secando, como lo hizo mi amor. Así también el viejo ciruelo está envejeciendo y entregando su tronco a la tierra, de a poco, integrándose al nuevo ciclo de su vida…
De pronto, de entre el verde refugio del laurel, emerge el dueño de las madrugadas. Planea hasta posarse en la grama a mitad de camino entre el árbol y la parrilla. Semeja un gentilhombre impecablemente vestido: frac marrón, chaleco gris clarito y calzones cortos de color marrón rojizo. Por el porte es un macho adulto. Mira hacia el ventanal, también al pasto en su derredor y nuevamente al ventanal. Gira un cuarto de vuelta en dirección a la parrilla, da tres pasitos cortos, se detiene y vuelve a mirar en mi dirección.
Repite la acción dos veces y desaparece en la leñera. Pero de inmediato se asoma y otea todo el panorama. Ahora captó toda mi atención; casi no respiro. Vuelve a entrar y salir de la leñera, pero ahora con un grano de alimento para mascotas en su pico. Mira hacia la casa, traga su nuevo alimento y entra nuevamente. En cinco segundos lo veo aparecer con otro grano en el pico, que no deglute sin antes asegurarse que no hubo cambios a su alrededor. Repite la maniobra tres veces más y alzando vuelo se pierde en la seguridad del laurel.

ENCUENTROS DE CAFÉ II    ISBN 978-987-46957-0-3

lunes, 21 de julio de 2014

Otra Primavera

Días de sol en el conurbano bonaerense.  Los Aromos engalanan las aceras con sus últimos racimos de flores amarillas, fragantes, delicia de las abejas. El ciruelo del fondo estalló en flores rosadas. La gramilla semillada, hace del jardín un lugar de encuentro para Jilgueros,  Chingolos y Gorriones. Entre el cañaveral de adorno, que se está convirtiendo en una plaga, un casal de Tacuaritas entran y salen a cada rato; creo que están construyendo su nido. El clima por demás agradable me lleva a matear mientras riego el jardín
-¡Buenos días Doña Matilde! ¡Hermosa mañana! ¿No?
-Mmmm… ¡La pucha que son largas las cuadras hasta el mercado! ¡Y los años que me pesan cada vez más! No sé qué hago con semejante bolsa, si la plata nunca alcanza… ¿Y eso? ¿Una rosa tirada? No es de jardín; debió costarle unos cuantos pesos al tonto que la compró. ¡Qué digo tonto! ¡Dos veces tonto! Una por gastar la plata en una flor y otra por perderla… ¡Hay que ser, eh! ¡Y pensar que a mí sólo me alcanza para unos fideos, yerba y azúcar!
-¡Que disfrute usted este día, regalo de la vida!
Ni  bien el sol se deja ver, la mañana se torna dulcemente sonora. Los Benteveos se llaman unos a otros. El Zorzal atrajo con sus trinos al sol, pero sigue engalanando el día con su hermosa melodía. El Hornero llama con a su compañera una y otra vez, hasta que ella se suma al canto  para ejecutar su dueto; entonces, es hora de preparar el adobe. ¡Qué hermoso es tener esta cantidad de aves en derredor! Claro, no hay torres en el barrio y las casas que no  tienen jardín, tienen fondo y según mi amigo Rubén, los gatos de hoy son mascotas y comen alimento balanceado; pero según Juan, los pájaros no son tontos: saben que en la ciudad están a salvo del glifosato
Llega hasta mí la fragancia del Jazmín Japonés de mi vecino de enfrente. ¡Qué cosa, pienso! Ni bien el sol comienza a entibiar, las jóvenes bellezas lucen los escotes guardados por el frío, los brazos sin la protección de incómodas mangas y las uñas de los pies pintadas. Bueno… las no tan jóvenes también, a excepción de la “Reina del Limón Agrio”, mi vecina Matilde.

-Mmmm… A lo mejor la compró para hacer un regalo. Un regalo amoroso… ¡Qué estupidez el romanticismo! Como si sirviera para algo… Tal vez fue un ricachón de ésos que siempre hay y se le cayó. ¡Bien hecho! ¡Ahí se va tu platita, rodando entre bolsas y suciedad! ¡Pero qué me importa a mí una flor! Me estoy volviendo una vieja boba me parece… ¡Huy, ese carro la va a pisar! La pisó. Ahí se fue tu platita, ¡tonto! Me la hubieras dado a mí, que tanta falta me hace. Jajá, tu regalo quedó estampado en la calle. ¡No se salvó ni un miserable pétalo! ¿Me alcanzará la plata para un poco de aceite y harina? Azúcar me queda un poco todavía y puedo comprar los fideos más baratos que encuentre. Yerba, sí, tengo que comprar. A lo mejor me alcanza…

ENCUENTROS DE CAFÉ II    ISBN 978-987-46957-0-3

jueves, 26 de junio de 2014

Un amor de primavera

El Príncipe de los Horneros abandonó sus actividades y se dedicó a contemplar la luna. Sucede que desde que descubrió su brillo, se sintió fuertemente atraído  por Selene. De pie en la puerta de su castillo, la contemplaba hasta que el Lucero del Alba llegaba trayendo a la rastra los primeros rayos del sol.  Y estaba convencido de que ella también lo miraba. Un dulce sentimiento fue anidando en su pecho.

Cuando la luna volvió a brillar en toda su plenitud, ella lo invitó a visitarla. Él voló raudo a su morada. Ella lo recibió cariñosamente y casi sin darse cuenta, entraron abrazaditos a la alcoba. La luna se tendió en su lecho y el Príncipe de los Horneros contempló embelesado su nívea blancura. Se amaron intensamente, sin prisas y con una ternura nunca antes experimentada. Pero el devenir del tiempo hizo que la luna volviese a la rutina de su órbita y el príncipe a su castillo.

Durante su viaje por la noche solitaria ella se preguntaba si todo no habría sido un sueño, y él no cesaba de alegrar la luz del día con su carcajada de felicidad, esperando que llegase nuevamente el anochecer…

De mi libro "Ternas y Trilogías"     ISBN 978-987-28908-5-8

martes, 20 de mayo de 2014

Y... ¡así es!

El tipo llega a su casa después de casi 12 horas de ausencia; es que la vida del laburante es así: ocho o nueve horas en el yugo y tres horas como mínimo de traslado, ida y vuelta. Llega justo a la hora del mate de la tarde. La mujer lo espera con la mesa preparada, la pava con el agua caliente y los bizcochitos caseros que tanto le gustan. Los chicos aún no regresaron. Beso, pantuflas y las novedades domésticas del día. Que Rodolfo quiere largar el estudio y ponerse a trabajar; que Carolina anda medio de novia y bajó las notas en el colegio; que vas a tener que hablar con ellos porque a mí ya no me prestan atención.
-¿Y qué les voy a decir que ya no les hayas dicho? ¡Que se pongan las pilas y terminen de estudiar de una buena vez, que para eso me rompo bien el orto todos los días!
-¡Viejo, qué te pasa! ¡Estás muy nervioso! ¡Mirá que se te puede disparar la presión!
-¡Nada! ¡Nada! ¿Qué me va a pasar? ¡Lo mismo de siempre…!
-¿Más despidos? ¡Ay no, viejo, no me asustes!
-¡No, más no! ¡Son los mismos de la otra vez que no aceptan el despido y están todos los días en la puerta repartiendo panfletos y tocando el bombo! ¡Me tienen podrido!
-¡No te pongas así! ¡Aflojá un poco, che! Si te hubiera tocado a vos, también estarías ahí.
¡Nooo; ni en pedo! Yo agarro la guita y me las tomo. Si te quedás haciendo quilombo, no te llaman nunca más.
-¡No te sulfures, viejo! Tomate este matecito. ¿Querés que le ponga una cascarita de naranja?
-No, dejá; está bien así. ¿Sabés qué pasa? ¡Que si no se dejan de joder, no vamos a tener horas extras! ¿Qué carajo se creen? ¡Si ya están despedidos!
-Bueno, cambiando de tema, ¿vas a hablar con Rodolfito?
-¡Qué Rodolfito ni ocho cuartos! ¡Ro-dol-fo! Con el lomo que tiene no está para Rodolfito.
-Bueno, está bien, pero ¿le vas a hablar?
-Si, si, le voy a hablar. Decile que el fin de semana no haga planes que me tiene que ayudar con el muro del fondo. Ahí agarro y le hablo.
-¡Dale! Yo voy a tratar de hablar con Caro. Es muy chica para andar de novia, ¿no te parece?
-Mirá… ¡no le aflojés! Las pendejas de ahora son bastante rápidas y si se calientan, cualquier gil les hace el cuento del hijo…
-¡Ay, papi! ¡No hablés así! La nena no es una calentona, ¡no señor!
-Bueno, por las dudas entonces… ¿Podés arreglar un poco el mate? ¡Parece  una sopa de yerba!
Y continúa la rutina cotidiana. Cenan medio tempranón porque él se tiene que levantar a las cuatro de la mañana. ¡A las cuatro! ¡Pensar que ésa es la hora en que el cuerpo se relaja y descansa! Pero el laburante tiene que madrugar para no llegar tarde al trabajo. Porque si se llega tarde, chau premio de asistencia; y si se repite, ¡hay que poner cara de víctima cuando de Personal te llama para decirte una sarta de gansadas!
 Después de la cena, una hora mirando boludeces en la tele “para distraerse”, y a la cama. El tipo se duerme pensando. “¡Ya va a ver Rodolfo; va a tener que picar cascotes toda la mañana mientras me escucha!” “¿Y los plomos de la fábrica, hasta cuándo seguirán molestando en la puerta? ¿Y si vienen los zurdos a solidarizarse? ¡Ahí sí que se pudre todo!” “¡Que Carolina no haga ninguna cagada, por Dios!”
Así pasan los fríos días de invierno, densos, monótonos, hasta que una tarde el tipo llega contento a su casa. Contento porque los despedidos optaron por ceder en sus reclamos callejeros, dejaron de alborotar en la entrada de la fábrica y dirigieron sus esfuerzos al ámbito legal.
-¡Hola viejo, que carita de felicidad! ¿Qué te pasó?
-¡Se terminó el despelote de los despedidos! Ahora todo vuelve a ser tranqui.  Hacé unos mates con cascarita de naranja mientras me cambio, ¿sí? Mirá, compre facturas.
Y los días fríos y monótonos continuaron sin sorpresas. Rodolfo recapacitó y decidió continuar con sus estudios, debido a la picada de cascotes, a la perorata del padre, o quizás por ambas. Carolina se muestra más aplicada en el colegio, y eso trae tranquilidad a la familia.
El último día del mes de Agosto, la mujer lo recibe con cara de preocupación.
-¡Hola, viejo! ¿Todo bien en el trabajo?
-Todo bien, ¿por qué?
-¡A las tres de la tarde te llegó este telegrama!
Le extiende el telegrama sin abrir, con cara de preocupación. El tipo abre el telegrama y lo lee con ansiedad. Su rostro se va tornando pálido mientras recorre las palabras.

“Por restructuración de personal cesa en el día de la fecha su relación laboral con la Empresa Stop Haberes a su disposición a partir del cuarto día hábil del mes de Setiembre del corriente año Stop”                                

Publicado en la antología "Letras en el espejo".
BRAUSE Ediciones ISBN 978-987-28908-2-7

sábado, 12 de abril de 2014

Después de las cenizas

El auto se desplaza a buena velocidad rumbo al Este. El manto de la noche comienza a caer. Se insinúa el nuevo día. Los tres hermanos –Alejandro, Ezequiel y Matías- viajan a cumplir con un último deseo. Ninguno duerme. Van ocupados en sus propios pensamientos.
En una estación de servicios reponen combustible y agua para el termo. Continúan su camino y entre mate y mate reviven etapas de sus vidas, ríen y recuerdan anécdotas. ¿Te acordás cuando…? ¡Siií! Y cuando… ¿Y las peinadas con gomina para llevarnos a la escuela? ¿Y cuando te fuiste de casa y papi no te dejaba volver? ¡Si no fuera por nosotros, no volvías! Jajaja, sí que me acuerdo; sabía ponerse áspero, pero era un tierno… Ché, nunca me olvido cuando nos compró el trencito a pilas y a la media hora lo rompiste. Y… quería saber cómo funcionaba, jajaja.
Así continúan el viaje, de a ratos ensimismados y de a ratos conversando, repasando sus vidas. Al llegar a destino, la ciudad recién comienza a despertarse.
-¿Vamos ahora o primero desayunamos?
-¡Ché, yo tengo hambre! ¡Ese mate feo, sin azúcar me lavó las tripas!
-¿Porqué no tomamos un café, caminamos un rato para estirar las piernas y después vamos?
-Sí, sí, sí. Además tengo que ir al baño.
-Bueno, vamos…
A media mañana descienden hasta la playa. Zapatillas en mano se acercan al mar. Es Octubre y la brisa aún es bastante fresca. Con los pantalones arremangados dejan que las olas laman sus tobillos. Los rostros ahora están serios. Los tres sienten las gargantas anudadas. El del medio, que lleva una caja rectangular de madera en sus manos, se agacha, la sumerge en el agua cristalina, y con el reflujo de una ola que besó la orilla, la abre. Las cenizas contenidas se disuelven y se integran a la inmensidad de la naturaleza.
Ahora los tres permanecen abrazados, contemplativos, silenciosos…
-¡Chau, viejo! Estas vacaciones me vengo a bañar con vos…
-¡Papi… te voy a extrañar…!
-Eso… eso no era papá, solo cenizas…
Y tocándose la frente resume:
-Papi sigue aquí, sin tiempo ni distancias… ¡Sigue aquí!
-¡Ya está! ¿Y ahora qué hacemos?
-Vamos a recorrer la costa y después de almorzar pegamos la vuelta. Mañana tengo que laburar.
-Dale, vamos…
-¡Qué lástima no poder quedarnos a ver el atardecer! Ésta es la única playa donde el sol se oculta en el mar.
-Por eso al viejo le gustaba veranear aquí.
Los dos hermanos van mirando la numeración desordenadas de las calles.
-Eran tres cuadras desde la avenida y tres casas, no?
-Sí, allí está. El chalecito de dos plantas.
Bajan del auto, cruzan el pequeño jardín con mucho verde y tocan el timbre. Corridas y voces infantiles se oyen desde el interior.
-¿Quién es?
-No, no, yo llegué primero. Yo pregunto. ¿Quién es?
-¡Nenas, salgan de ahí!
La ventanita de la puerta enmarca el bello rostro de una mujer mayor. Primero denota extrañeza, pero enseguida asombro y alegría. Abre la puerta y mirando a uno y otro, exclama:
-¡Vos sós Ezequiel! ¡Y vos, Matías! ¡Qué sorpresa, pero pasen, pasen! Pendejitas, vayan para el fondo, ¡ya!
-¿Quiénes son Abue?
-Son amigos míos y de su papá. Saluden y ¡rájen!
Las niñas saludan con besos, y a las risas se van corriendo a retomar su juego en el parque. Cafecito de por medio, los tres conversan con una mezcla de alegría y tristeza.
-¿Cómo pasó todo? Él me llamó para despedirse… y no le quise creer…
-¡Bien… bien… todo muy tranqui! Papi simplemente quiso descansar. Vio cumplidos casi todos sus sueños y decidió partir…
-El último año me lo traje a vivir conmigo y la pasamos muy bién. Pero un día nos llamó a todos. Tomamos mate y nos dijo que había sido muy feliz, que deseaba que nosotros lo fuéramos también y que tuviésemos siempre un sueño por concretar. Después dijo que estaba cansado y que se iba a la cama…
-Cuando me fui a despedir, estaba durmiendo plácidamente con tu foto apretada en el pecho…
-¡Ché, dejen de lagrimear! Son muy lindas las mellicitas, ¿cómo se llaman?
-Claudia y Jorgelina. El papá eligió los nombres…
-Eran muy amigos, ¿no? Digo, ellos…
-Sí, la verdad que sí. Lo acompañó en todos los momentos de su vida. Desde las enfermedades de niño hasta el nacimiento de las nenas…
-¿Puedo preguntarte porqué si se querían tanto, nunca se casaron, o vivieron juntos al menos?
-¡No lo sé Ezequiel, no lo sé!
-Bueno, ché, muy rico tu café, pero nos tenemos que ir…
Vuelven silenciosos. Recordando al viejo, como dice Matías. Al parar en un semáforo, una extraña sensación se adueña de ellos. Se miran y sus ojos se humedecen.
-¿Lo sentís vos también?
Asiente con la cabeza y desvía la mirada para ocultar sus lágrimas…
-¡Dale, que cambió el verde!
Pone primera y sigue despacio, sin apuro. Después de una cuadra a puro silencio, se ríe y dice en voz alta:
-Jaja… ¡Si, papi, yo también te quiero mucho!
En tanto, la anciana abre lentamente, con delicadeza, el sobre que le dejaran. Es un álbum de fotos. Folio tras folio va mirando fotografías de ella, de cuando era muy joven. También algunas de su gran amor. Y sus cartas, esquelas y dibujos… y al final, la carta de despedida… Su mano acaricia cada uno de los recuerdos. De pronto siente una presencia viva a su lado y sus dedos se entrelazan con los de una mano invisible… pero que está ahí… Su voz susurra:
-Como siempre me escribías: “TkieroTkiero… y también Txtraño…”

De mi libro "Historias cotidianas"     ISBN 978-987-28908-0-3

miércoles, 8 de enero de 2014

Desregulación

                            Alexandra Jamieson, Diego Martín Lanis, Jorge Klinger. 

George espera. Es el tercer año que espera el contenedor, mas éste no llega. Un contramaestre se ofreció a intervenir –por una comisión- pero las noticias no son buenas. El gestor había sido detenido antes de partir y ahora cumple arresto en una prisión de máxima seguridad.
George piensa que si esperó tres años puede seguir así unos cuantos más.  Pero la espera por el contenedor no es pasiva. Además de contar con la ayuda del contramaestre, inició negocios con varios mafiosos a cuenta del contenido tan esperado. A cada uno le prometió algo distinto sin saber él mismo si alguna vez cumpliría. Mientras prepara su cena, George trata de recordar qué fue lo que prometió. Suena el timbre. “Soy yo.  Lo tengo” dijo la voz conocida por el intercomunicador.
George sufre un ataque de ira.

-¿Porqué no te vas a la pu… nta de un sauce verde? ¡Justo ahora tiene que llegar! ¿Para qué compré el contenedor de peluches?  ¡Si ahora hay un “Todo x$2” en cada esquina!

lunes, 23 de diciembre de 2013

FELIZ NAVIDAD Y AÑO NUEVO

Geseënde Kersfees en Nuwejaar
Frohe Weihnachten und Neujahr
Sretan Božić i Nova godina
Merry Christmas and New Year
Senang Krismas dan Tahun Baru
Feliz Natal e Ano Novo
Счастливого Рождества и Новый Год
Щасливого Різдва і Новий Рік
Chúc mừng Giáng sinh và năm mới
Dun keresimesi ati odun titun

martes, 10 de diciembre de 2013

Inspección

Alexandra Jamieson Barreiro, Lidia Rissotto, Braulio Senda

Hoy llegué a la oficina y me pareció que había estallado una guerra. La secretaria y la recepcionista sacaban fotocopias a granel; mi jefe gritaba órdenes imposibles por todos los teléfonos a mano; mis compañeros, de punta en blanco, trataban de dejar los escritorios ordenados. Cuando saludé, los pocos que me prestaron atención se quedaron boquiabiertos. Yo también, cuando me vi en el espejo del baño.
Allí, mirándome fijamente desde el azogue, había una cacatúa. Mi nariz es aguileña ¡pero nunca un pico! Alcé mi mano para tocarla y en lugar de mis uñas pintadas sobresalían de la manga de mi blusa verde unas horribles plumas blancas.
Creí que me desmayaba. Ese día teníamos la visita del gerente regional y yo con esa facha. Busqué el rubor y la base de maquillaje en la cartera; me temblaban las manos pero pude disimular un poco el pico. Lo de las plumas blancas me dio un poco más de trabajo hasta que logré peinarlas y darles un poco de brillo frotándolas con un pañuelo.

Oí que en la oficina se había hecho silencio: mi jefe ya no gritaba; supuse que había llegado el gerente. Me ajusté las tiras de las sandalias, compuse el penacho blanco y salí a saludar.

jueves, 7 de noviembre de 2013

El homenaje

La noche es cálida en Monte Caseros, la de las varias fundaciones, hoy también llamada “la Ciudad de los brazos abiertos”. Se va terminando el 5 de Octubre y se celebra la fundación del “caserío de Paso de los Higos”, el primer asentamiento en el lugar, con un gran espectáculo a pura música regional. Por ser una localidad de triple frontera –Corrientes, Uruguay y Brasil- la música es muy rica en sonoridades.
El teatro está literalmente colmado. Valdir se ubicó en la quinta fila al centro. Lo acompañan su esposa, su hija y sus nietos. Los hijos lo hacen desde el escenario. Actúan varias bandas, entre ellos la de sus hijos.
Cuando el conjunto que cierra el espectáculo anuncia el estreno de un tema con el que quieren homenajear a una persona muy querida, intuye que ése tema es para él. Con las primeras notas del chamamé “Cordiona desafinada”, así como suena,  Valdir cierra los ojos que comienzan a humedecerse y viaja lejos en el tiempo. Se vuelve a ver gurí trepado en la horqueta de un paraíso tratando de sacarle sonidos a aquella, su primer acordeón, mientras los hermanos le tiran piedras para que deje de tocar porque solamente salen ruidos feos del brillante instrumento. Y sonríe al recordar mientras sigue sonando la melodía de homenaje… ¡Y entre los acordes armoniosos se oyen sonidos verdaderamente desafinados! ¡Cuánto costó su primer instrumento! El abuelo se lo había prometido y falleció antes de comprárselo. ¡Cosas de la vida! Su mamá tenía una bombilla de plata y oro, regalo de la abuela, y un buen día ¡la vendió y le compró el acordeón! Recuerda las palabras llenas de ternura de su madre: “¡Éste es el regalo del abuelo!” Le temblaban las manos al acariciarla; pero claro, no había dinero para pagar un profesor, así que intentó como mejor pudo, con deseo y perseverancia, sacarle melodías a “la cordiona”, ¡pero sólo salían unos ruidos horribles! Pero él, ¡como si nada! ¡Dale y dale al acordeón tratando de sacarle sonidos lindos!
El espectáculo continúa ahora con el valseado “Monte Grande en bicicleta”. José, ajeno a los aplausos del público, disfruta el homenaje que es sólo para él. Rememora su adolescencia y ese Monte Grande de la Provincia de Buenos Aires que mil veces recorrió en bicicleta haciendo corretajes para un almacén mayorista. En la bicicleta que compró ¡con la venta de su tan preciada “Cordiona”! ¡Cuántas veces la añoró con una lágrima escondida! “Pero el sueldo de papá no alcanzaba y había que ayudar a parar la olla”, piensa sin tristeza mientras vuelve a recorrer una vez más las calles polvorientas que lo vieron crecer. En ese trabajo aprendió mucho de la vida, a conocer a la gente de laburo, aprendió la psicología del comerciante. También aprendió a emparchar con muchísima velocidad una rueda pinchada, de forma que no alterara su recorrido y poder mantener el itinerario programado. Si… sin dudas fue una buena experiencia que recuerda con gratitud.
El conjunto continúa su actuación con la sertaneja “Caatinga do meu sertao”. Ahora sus recuerdos van más allá de su vida. Se retrotraen a una historia que conoció ya de joven, cuando le preguntó a su padre la razón de su venida a la Argentina. Y los compases de la sertaneja lo hacen ver como en una película el relato de su padre y piensa “¡Qué lástima que no esté acá, este homenaje es para él!”
 Y la película que ahora ve es un baile en medio del sertao del Norte Riograndense. Su tío con unas cuantas copas de más, obliga a una joven a bailar con él. Esto es tomado como una ofensa por los familiares de la chica, que de inmediato buscan zanjar la situación mediante la violencia. Todos intervienen y la cosa no pasa a mayores. Pero la joven en cuestión y sus parientes se retiran de la fiesta y los varones prometen vengar la ofensa. Correrá la sangre, sin lugar a dudas…  Días después, cayendo la tarde, llegó un vecino a avisarle a su padre que los hermanos de la joven estaban emboscados esperando al tío. Sin dudarlo, pide prestado el caballo y parte a todo galope. Al llegar al cruce de caminos junto al  a un montecito, ve a su hermano frente a los vengadores, los tres sobre sus monturas y con las armas listas para hacer fuego. Salta del caballo y a la carrera intenta ponerse en medio de los contrincantes gritando “-¡Nao… nao…! (No… No…)”. Suena un disparo y los atacantes emprenden la retirada.   Su padre regresó con una bala en una pierna y el tío sin un rasguño. Después, la decisión de sus abuelos maternos de emigrar, cruzando el Uruguay, y sus padres con ellos. Se trataba de preservar la vida de la familia, porque el rencor seguiría buscando derramamiento de sangre.  Y así fue que comenzaron una nueva vida en la vecina Misiones… Allí nacieron él y tres hermanos más.
El espectáculo continúa. El rasguido doble “Tierra colorada” lo hace recordar su infancia. El sertao y el monte misionero sólo tienen en común la tierra colorada, ¡pero son tan diferentes! Los comienzos son siempre difíciles, y el pobre sólo tiene sus manos y perseverancia para construir  un nuevo amanecer.  Su padre y su abuelo fueron tareferos en los yerbales, hacheros en el monte y también martirizaron sus riñones en la cosecha del tung, mientras la abuela y su mamá se ocupaban de la economía doméstica  y la crianza de los niños, pero no había nada que ellos no hicieran para sostener a la familia que iba multiplicándose.
 Los aplausos lo sacan de sus recuerdos. Los músicos anuncian el final con una Litoraleña titulada “Como las aguas del río”.
“Como las aguas del río la vida tiene sus andares, mansamente o con bravura, con alegrías y pesares” dice la canción y Valdir se ve nuevamente en Monte Grande. Recuerda la “cordiona” y la bicicleta, el nacimiento de su hermano menor y la llegada del amor a su vida. “Y sí, la vida se parece mucho a las aguas del río, que bajan casi siempre turbias y plagadas de remolinos. Pero cuando encuentran un remanso en la orilla, trocan su fiereza en mansedumbre y aclaran su color.” Toma la mano de su compañera y la mira con ternura; Bety, apretándole la mano, le regala una sonrisa, ¡esa sonrisa que tantas veces le levantó el ánimo en momentos de dificultad! Su vida tuvo muchas vueltas, es verdad. El casamiento, los hijos, el negocito familiar, las crisis económicas, la inseguridad, y finalmente la decisión de comenzar de nuevo en otros lares. Su padre lo había hecho por amor, y él también lo haría. Esos andares de la vida lo llevaron a recalar en Monte Caseros. Como sus padres y abuelos tiempo atrás, ellos y sus suegros emprendieron una nueva etapa en este rinconcito del país.
Una vez finalizado el espectáculo, después de los aplausos y bises, el público se fue retirando de a poco. Valdir y los suyos esperan hasta que no quedan más que ellos en el auditorio.
-Abue, ¡qué lindo que toca mi papá! ¿Verdad que sí?
-¡Y el mío toca el acordeón más que lindo! Abuela ¿podemos comprar pipoca ahora?
-¡No se dice pipoca, se dice pochoclo, po-cho-clo!
-Bueno, bueno; pipoca o pochoclo es lo mismo. Ahora compramos…
Y lentamente comienzan a abandonar la sala. La charla de los nietos atempera la carga emocional que lo embarga, porque no se esperaba semejante homenaje. Ya en el hall, se despiden de los últimos vecinos mientras esperan a sus hijos. De pronto se oye música acercándose, de una guitarra y un acordeón brota la melodía de “Cordiona desafinada” con sus sonidos disonantes realmente feos. Son los hijos de Valdir que vienen del escenario haciendo sonar sus instrumentos. Al llegar a ellos, se funden en un abrazo prolongado con su padre. Después de las palmadas y los besos, uno en cada oído le dicen dos palabras, ¡tan solo dos palabras!: “¡Gracias, Papá!”.

Mientras mira a sus hijos a los ojos y les acaricia el rostro, se le hace que el eco de esas palabras cobran vida, que con forma de aves ganan la salida y levantan vuelo en distintas direcciones… unas hacia el  río buscando un bosquecito en la caatinga del sertao Riograndense; otras rumbo al Norte se dirigen a los yerbatales misioneros; y otras vuelan raudo hacia el Sur en pos de un árbol, de un paraíso en el Monte Grande bonaerense, donde una vez, hace mucho tiempo, hicieran nido… 
De mi libro "Historias cotidianas".     ISBN 978-987-28908-0-3