jueves, 27 de abril de 2023

El títere

 

A un compadrito le canto
que era el patrón y el ornato
de las casas menos santas
del barrio de Triunvirato.
Atildado en el vestir,
medio mandón en el trato;
negro el chambergo y la ropa,
negro el charol del zapato.
Jorge Luis Borges

 

Una tarde de agosto, esperando la llegada de la famosa tormenta de Santa Rosa, sentí la necesidad de ir al bar de la Avenida Pavón, seguro que me volvería a encontrar con Floreal Ramírez. Ya había aceptado que no era sólo imaginación mía, sino que el personaje era una entidad real. No me importaba si el resto de la gente podía verlo o no. Yo me podía comunicar con él y esa tarde era como que lo estaba extrañando.

Grande fue mi sorpresa cuando el mozo me dijo al entrar: -El malevo lo está esperando y encargó un café y una ginebra para usted.

¡Y allí estaba! Sentado muy quieto, de espaldas a la barra, como siempre, con las manos cruzadas sobre la mesa. Su atuendo era el de siempre: Saco gris a rayitas entallado, pantalón al tono y pañuelo blanco al cuello. Me acerqué con una sonrisa; me sentía feliz. Al saludarlo le dije: -¡Qué raro, usted tan temprano!

Me saludó sin levantarse y respondió: -Quería invitarlo a una copa y para eso tenía que llegar de prima, si no, lo encontraba con el cortado en la mano.

Ni bien me senté frente a él, llegó el mozo con dos cafés y dos copitas de ginebra. Mientras bebíamos el café me comentó que mientras buscaba a Correa, pudo conocer mucha gente que lo apreciaba de verdad y que hasta daban la vida por el taura a quien consideraban un amigo, y terminó diciendo:

El odio que me quemaba las tripas se fue yendo casi sin darme cuenta. Hasta la marca en la frente está desapareciendo, mire. -y se pasó la mano por donde antes yo había visto una cicatriz muy marcada y que ahora casi no se veía.

Entonces, sin pensarlo, le dije que finalmente había sabido de Inocencio Correa, que después de reencontrarse con su viejo amor se mudaron a San Juan y allí se habían dedicado a los vinos.

Levantó la vista del pocillo y dijo: Así que largó el cuchillo por el vino y ¡enamorado encima! -Terminó el café y preguntó si le podía decir algo sobre su muerte, a lo que respondí con un:

Estoy en eso; ya le podré contar algo. Pronto, espero.

Entonces él levantó la copa de ginebra y me propuso brindar por las novedades. Cuando vio que yo probaba un sorbo se sonrió y me dijo: -¡Mándesela de un trago, solo pa’ no hacer morisquetas!

Así que empiné la ginebra y sentí un fuego que me iba abrasando por dentro. ¡No sé cómo no me saltaron las lágrimas, ¡si hasta el mozo se rió! Después de recobrar el aliento le pregunté si conocía el viejo barrio de Triunvirato, hoy llamado Villa Crespo.

No sé cómo lo llaman ustedes, pero al Triunvirato ¡si lo habré caminado! Es que ahí estaban las mujeres más querendonas de los conventillos. Todas enamoradas del “Títere” ¡y laburaban para él!

¡No me diga que usted lo conoció!

-Como conocerlo, no. Yo era solamente un cliente más del rrioba. Lo conocí de vista nomás. Eso sí, vi cuando la policía lo mató.

¿La policía fue? ¿Está seguro?

Le cuento. Yo venía del lado del cementerio y lo vi discutiendo en medio de la calle con dos canas. Me hice el gil y pasé caminando despacito más bien contra la pared, pero con la oreja parada pa’ oír de qué hablaban. Ellos le pedían guita pa’ no molestar el levante de las minas. Al moreno le podían manosear el traste a cualquiera de sus mujeres, pero sacarle guita, ¡eso sí que no! Era guapo y manoteaba el cuchillo enseguida. Caminé como media cuadra cuando escuché dos tiros. Me escondí atrás de un árbol y pispié pa’ la esquina y ¿sabe lo que vi? A un cana guardando el arma mientras el moreno se tambaleaba sobre sus timbos de charol mirándose el pecho; Después se desplomó boca arriba y pude ver dos lamparones rojos manchando su chaleco.

¿Está seguro, Ramírez? Pregunté entre sorprendido y dubitativo. -A fin de cuentas, soy yo el que escribe las ficciones, pero ahora ¡era uno de mis personajes quien las dictaba!

Así fue nomás, don Braulio. Esa tarde no hubo cariños para mí. Todo el hembraje del barrio salió a llorarlo a la calle. ¡Era muy querido el morocho!

Después de un largo silencio, la charla terminó, y como de costumbre mientras se acomodaba el funyi gris, Ramírez se despidió con un:

Hasta la prósima.

Diálogos del arrabal. ISBN 978 987 46957 8 9

Juan del Taragüi. Primera parte.

 En 1871 las tropas del Ejército Nacional ocupan las ciudades entrerrianas costeras por orden del Presidente Sarmiento y López Jordán se hace fuerte en el interior, donde la vida parece seguir su curso ajeno a los acontecimientos políticos.

Montando un ruano patas largas de hermosa estampa, Juan llegó a la pulpería. Entró con el chambergo echado para atrás y su sonrisa permanente, vistiendo bombacha de campo, faja roja y alpargatas. Se presentó simplemente como el Juan oriundo de Taragüí.

A pesar de las vueltas y revueltas en las que estamos metidos le comentó al pulpero algún domador puede hacer falta por estos lugares. ¡Y sírvame una caña que nunca está de más!

Al poco tiempo ya estaba amansando caballos y su nombre se había hecho conocer. Era muy bueno entrenando animales para el trabajo o el paseo. No los maltrataba; los trataba con afecto. No permitía que observaran su trabajo, cosa que lo rodeaba de misterio. Pero los animales que pasaban por sus manos resultaban siempre reconocidos como muy buenos. Yvaté, su ruano, era muy famoso por su porte al extremo que muchos querían un caballo como ése.

Si bien trabajaba en una estancia, el amanse lo realizaba lejos del casco entre una lomada que ocultaba las miradas y un bañado; allí había levantado un corral para realizar su trabajo. Ni bien juntaba unos pesos, se entretenía jugando a los naipes y tomándose unas cañas en la pulpería. Una de esas noches de luna llena, de pronto el silencio se impuso en el boliche. A lo lejos se escuchaba el galope desenfrenado de un caballo y un alarido que no parecía brotar de garganta humana.

Juan, intrigado, sal a ver de qué se trata pero no distinguió nada más que el campo iluminado por la luna en su esplendor. Al regresar a la mesa los parroquianos le contaron la historia del alma en pena del Mocho y la luz mala. Él escuchó con atención y sin reírse, por respeto a los presentes, anunció con voz clara y fuerte:

Mañana vi’á dir en busca de la luz mala pa’ liberar esa pobre alma que anda penando por ái.

La respuesta del pulpero fue inmediata:

No conozco a naides que se le haya atrevido a una luz mala. ¡Y menos monte adentro! Tómese otra caña y olvídese del asunto, que al final de cuentas no molesta y sólo asusta a los maulas.

¡Pero esa pobre alma que anda penando nunca encontrará reposo! Y además esa luz mala no podrá con mi payé y acarició el amuleto que llevaba colgado al cuello: una pluma de caburé santiguada por su abuela y conservada en una bolsita de cuero de carpincho. Dichas estas palabras, apuró de un trago la caña que le habían obsequiado por su gesto, saludó a la concurrencia y se marchó.

A la noche siguiente comenzó a bordear el monte en busca de la tan mentada luz mala. En un lugar en que la llamada selva se volvía más espesa, le pareció ver una picada  y se adentró sin dudarlo. Al paso de su caballo, llegó a un claro donde la luna brillaba con todo su fulgor. Observó con extrañeza un inmenso ñapindá en cuyo tronco había un cuchillo clavado profundamente. Su hoja aumentaba la luminiscencia lunar reflejándose en ella y cada tanto producía una vibración semejante a una risa mal contenida.

Juan  sonriendo echó pie a tierra, se aproximó al árbol y tomó con firmeza el mango del arma que logró extraer tras un breve forcejeo. Observó con mirada entendida la faca con cachas de cuerno de vaca, la sopesó  cambiándola de manos y opinó que era buena; miró nuevamente el árbol y notó que su herida se estaba cerrando sin dejar cicatriz. Su mano acarició el payé mientras pensaba que el cuchillo merecía una linda funda para lucirlo en la cintura. Montó de un salto y emprendió el regreso al trote lento silbando un chamamé.

El filo de la Historia. ISBN 978 987 46957 8 9

viernes, 10 de febrero de 2023

MONCHO

 

Gritando como para darse ánimo, los conjurados entraron en tropel a la galería. “El pardo” recib un disparo en el hombro que lo tiró al suelo. El cordobés respond el fuego y ca “el Señor de San José” con la cara ensangrentada. Entonces los asesinos descargaron sus puñales en el pecho del odiado, una y otra vez.

Cumplido el asesinato, Moncho huyó a todo galope. Iba recordando la cara desfigurada y la sangre brotando por las heridas del pecho de quien manejaba los destinos de Entre Ríos hasta ese momento. Resonaban en sus oídos las palabras del viejo que abandonó la partida perdonándole la vida la noche anterior: Yo no despeno a los que galopiamos juntos.

Se detuvo a la vera de un arroyo, cuando ya el caballo estaba apunto de reventar, con el rostro desencajado. No utilizó su facón, emblema de su condición de gaucho, sino el cuchillo que robara en el despacho de Rosas años atrás para apuñalar a quien fuera su patrón y jefe en más de una ocasión. Sacó el arma de la cintura y observó que aún goteaba sangre. Como loco se echó de bruces en la orilla para lavarlo en el agua clara. De inmediato se formó un cordón de sangre que fluía sin disiparse en medio de la corriente.

Al ver lo que sucedía retiró el fierro del arroyo a la par que soltaba un ronco alarido. De la hoja del acero manaban gotas de sangre. Con angustia lo limpió en una mata de pasto, la cual comenzó a secarse de inmediato.

¡Noooo! gritó con desesperación y devolvió el cuchillo a la vaina. Luego, mientras retumbaban en sus oídos las palabras Yo no despeno a los que galopiamos juntosca a tierra sumido en un profundo desmayo.

Cuando el sol ya estaba asomando con un concierto de trinos y el murmullo manso del arroyo buscó su caballo, montó despacio y se alejó al paso, sin rumbo, con la mirada extraviada.

Lo cierto es que, desde ese día nefasto, en ese lugar del arroyo no hay más peces ni abrevan los animales y en el lugar donde limpió el cuchillo no crecen siquiera los yuyos, la tierra se secó.

Moncho se dedicó entonces a vagar sin rumbo, evitando siempre los poblados. De vez en cuando se conchababa en algún arreo o se dedicaba al contrabando. Pero por lo general deambulaba de aquí para allá, siempre al abrigo de la selva de Montiel.

Una noche sintió que lo llamaban desde dentro del monte. Rastreó la entrada de una picada y fue en busca de la voz misteriosa. Al llegar a un claro, donde la luna llena alumbraba a pleno, vio a Don Justo parado con los brazos en jarra, de poncho y galera mirándolo fijamente. El caballo se asustó y quiso recular, pero él lo sujetó con firmeza y lo calmó con unas palmadas en el pescuezo; desmontó, ató el cabestro a una rama baja y sacó el cuchillo asesino de entre las caronas. Al mirar el arma vio que de la hoja brotaban nuevamente gotas de sangre, ¡de la del asesinado a quien sin embargo tenía ahí, al alcance de la mano! Dirig la vista al finado, o espectro, que lo miraba con una gran sonrisa burlona.

De tres zancadas llegó hasta el Señor de San José y con toda su fuerza le clavó el cuchillo en el corazón. Por toda respuesta, el ahora dos veces asesinado estalló en una carcajada haciendo vibrar el mango del arma que sobresalía del poncho.

Una vez más el Moncho huyó a todo galope, dejando esta vez clavado el cuchillo en el pecho de quien se suponía muerto, mientras lo perseguía una risotada sarcástica obligándolo a espolear desaforadamente su caballo hasta perderse en el horizonte.

Nadie sabe a ciencia cierta qué fue de su vida. Las viejas de la zona dicen que se convirtió en un alma en pena y que su destino es ahora vagar eternamente sin rumbo. Cuentan que las noches de luna llena se puede oír el galope vertiginoso de su caballo y un alarido que pone los pelos de punta. Nadie lo ha visto, pero concluyen que se trata de él. Aquellos despistados que se arriman al monte de noche, afirman haber visto una luz mala moverse entre los árboles y oído una risita socarrona, pero nadie se atrevió a investigar.

Braulio Senda

El filo de la Historia   ISBN 978 987 46957 4 1

                                 FAJA DE HONOR NOVELA 2022 SADE

lunes, 31 de octubre de 2022

La maldición

3 de febrero de 1852. Rosas abandonó el campo de batalla de El Palomar frente a las tropas combinadas de argentinos, brasileros y uruguayos del Ejercito Grande, que luego de la victoria avanzarían inexorablemente sobre Buenos Aires. A galope tendido llegó hasta” El hueco de los Sauces” y desde ahí envió su renuncia a la Sala de Representantes, dirigiéndose de inmediato al fuerte, lugar en el que Mansilla ya había enarbolado la bandera blanca, al igual que en la Aduana.

Mascullando palabrotas, el Gobernador ingresó a su oficina y juntó todos los documentos que consideraba importantes para llevarse. Siguiendo sus pasos iba su bufón Eusebio, de impecable levita y galera. Antes de salir del recinto símbolo de su autoridad absoluta, se volvió y contempló con atención la silla desde la cual había regido los destinos de la Provincias Unidas durante los últimos años. Acarició su respaldo y se dirigió al bufón.

-Eusebio, dame tu verijero.

-¡Pero Amo, es un cuchillo sagrado!

-¡Te dije que me lo des! Y ponete a rezar en esa lengua extraña tuya, que yo voy a largar una maldición.

            Eusebio le entregó el verijero que ocultaba bajo su chaleco y se puso de inmediato a orar en su lengua: -Ova, mobeere pe ki o tetisi si ibeere yii ki o si se ititi ayeraye. (Ova, te pido que escuches este pedido y que lo cumplas eternamente).

En tanto, Rosas exclamó con furia:

-¡Maldigo este lugar y maldigo a cualquier estanciero  de esta desgraciada provincia que pretenda sentarse en este lugar de poder! –tras lo cual clavó con fuerza el cuchillo sagrado de Eusebio en el asiento.

Luego fue en busca de su amigo Robert Gore, Cónsul Británico, quien lo salvaría de una muerte segura. Finalmente, una semana después, con la sola compañía de Manuelita y Terrero partió a bordo del barco inglés HMS Conflict con destino a Southampton, Inglaterra.

El primero en entrar al despacho fue el Moncho en busca de algún objeto de valor para quedárselo; sólo encontró papeles tirados en el piso y cajones abiertos y vacíos. Sus ojos descubrieron el cuchillo y sin dudarlo lo desclavó con mucho esfuerzo, lo escondió entre sus ropas, tras lo cual se dirigió a otras habitaciones buscando aumentar el botín.

Braulio Senda

El filo de la Historia        ISBN 978 98746957 8 9

FAJA DE HONOR NOVELA 2022 SADE

jueves, 17 de marzo de 2022

CARLITOS

 


    Esta vez el encuentro fue en la ciudad de Mercedes, Provincia de Buenos Aires, en el ex Teatro Argentino, hoy Centro Cultural Julio Cesar Gioscio. Después de recorrer las renovadas instalaciones, al descender por la escalinata del ala izquierda, en un descanso de la misma, ¡lo encuentro a él, mirándome sonriente!

    ¡Carlitos! -exclamé sin pensar que me dirigía a una fotografía; ¡pero ahí estaba!, ¡cómo no lo iba a saludar! Él se rio con ganas y me dijo:

    ¡Chabón! ¿Qué andás haciendo por aquí?

    Vine a un encuentro de escritores y antes de irme quise conocer un poco la cultura de la ciudad-. respondí yo, feliz de poder nuevamente hablar con él.

    Escuchame, chabón. ¿Cómo te llamás? Porque cada vez que nos encontramos vos me tratás con respeto y yo te trato de chabón. ¿Sabés lo qué quiere decir en lunfa?

    Sí, se lo que significa, pero lo tomo como una condescendencia de parte suya, perdón, tuya, como me pediste en Montevideo

Nuevamente se río con ganas y volvió a hablar: -¡A la flauta! ¡Pavada de palabras que usás! ¡Pero decime tu nombre de una vez!

    Braulio, me llamo Braulio, como mi abuelo.

  Ahora sí puedo decir que tengo un amigo que se llama Braulio ¡y que me visita por cualquier lado!

Yo sonreí contento y tuve ganas de tocar la foto. Pero lo noté molesto.

 Él siguió diciendo: -¿¡Qué te parece dónde me vinieron a poner!? ¡En medio de una escalera! La gente pasa por acá mirando los escalones o esos aparatitos que llaman celular que llevan pegados a la mano. En los últimos tres meses solamente un veterano se dignó a mirarme; se sacó la gorra vasca para saludarme, me dijo “¡Usted canta cada día mejor!” y siguió su camino sin darme tiempo ni para abrir la boca.

    Es que la gente, con esto de la modernidad, vive casi toda alienada.

    ¡Y dale con las palabrejas! Pasa que me olvido que sos escritor y por eso tenés que manejar bien el palabrerío. Los letristas en mi época también lo usaban bien, aunque algunos se engancharon con el lunfardo. ¡Pero eran buenos! ¿No te parece?

    Sí que lo eran. ¡Poetas de primera! -respondí con énfasis.

    Che Braulio, ¿me ayudas a aflojar la gola? Como acá nadie me da bola, no puedo cantar. ¡Dale, anímate!

Un tanto sorprendido, miré abajo y arriba y le respondí: -Meta, Carlitos, arranque… arrancá vos.

    Percanta que me amuraste

    en lo mejor de mi vida cantó él,

    dejándome el alma herida

     y espina en el corazón continué yo,

    sabiendo que te quería,

     que vos eras mi alegría

     y mi sueño abrasador continuó él.

    Para mí ya no hay consuelo

     y por eso me encurdelo canté yo,

    pa’ olvidarme de tu amor –y terminamos a dúo.

 

    ¡Grande, Braulio! ¡Gracias! No te imaginás lo bien que me hacen estos encuentros…

¿Qué podía decir yo? Si todo estaba en mi cabeza, producto de la imaginación originada por la admiración que sentía por Gardel. Ante mi silencio, continuó hablado:

    ¿Sabés que Samuel era porteño y que Pascual nació acá cerca, en Chivilcoy?

    Sí, sí. Lo había leído-. respondí yo.

    Contursi vivía en Montevideo en mil novecientos diez y ocho. Durante una gira con Razzano, me hizo escuchar la letra que él le había escrito al tango Lita de Castriota. Como era ¡muy buena!, la estrenamos en el Teatro Urquiza, en la esquina de Mercedes y Andes.

    La verdad, es toda una novedad para mí. Ahí funciona ahora el Auditorio Nacional del Sodre.

    De eso no tengo la menor idea -respondió pensativo.

Entonces expresé yo: Y… los tiempos cambian sin que nos demos cuenta, pero el veterano de la gorra tenía razón al decirte ¡que cada día cantabas mejor!

    ¡Dejate de embromar! ¿Podrás hacer algo para que me saquen de este lugar y me lleven al vestíbulo de entrada? Creo que no merezco estar de adorno. ¿Qué decís?

    No te prometo nada, pero lo voy a intentar. Ahora tengo que dejarte. Carlitos, nos vemos en cualquier momento.

    Nos vemos, Braulio -me dijo a modo de despedida.

Al llegar al último escalón me encuentro con Stella Maris, quien cámara en mano y con una sonrisa pícara me dice: -Te vi cantando con Gardel y también saqué algunas fotos.

    ¿En serio me viste? -pregunté un tanto incrédulo.

    Sí que te vi; y parecías muy contento -respondió ella, tomándome del brazo y dándome un beso.

Después pedimos el libro de sugerencias para solicitar que la foto de Gardel se pusiese en un lugar privilegiado, acorde con su importancia, firmamos ambos y nos retiramos. Antes de salir, miramos la fotografía y estoy seguro que nos despidió con una guiñada…

Diálogos del arrabal   ISBN 978 987 46957 4 1

MENCIÓN DE HONOR NARRATIVA 2020-2021 SADE

martes, 28 de diciembre de 2021

El Zorzal criollo

 

Paseando por Montevideo encontramos una estatua de Carlos Gardel sentado a la mesa de un bar. Quise llevarme una foto de recuerdo y expectante tomé asiento junto a él.

¡Te parece a vos dónde me vinieron a sentar! Mirando hacia la Jefatura de policía, “Hotel del gallo” que le dicen por acá, ¡a ver si viene la yuta! ¡Y con una taza en lugar de un vaso de whisky con hielo!

Superado mi asombro, otra vez más una estatua de Carlitos me hablaba, respondí:

Es cierto, me parece una macana. El hotel mes en realidad la cárcel central y lo del gallo es por el emblema de la cana, pero hablemos de otra cosa. ¿Quién lo bautizó Zorzal criollo?

Betinotti, José Betinotti me puso el apodo. A él le gustaba mucho mi manera de cantar y a mí, sus composiciones. También solían llamarme El jilguero de Balvanera, por los tugurios en los que cantaba.

¿Fueron muy amigos con José Razzano? pregunte yo con ansiedad.

¡Si! –respondió él, agregando a continuación ¡Formamos un dúo inolvidable! Nos llamaban El Morocho y El Oriental, porque él era uruguayo declarado y me regaló una sonrisa pícara.

Bátame la justa, Carlos, ¿usted es uruguayo o argentino?

Después de reírse, me respondió:  Soy rioplatense. ¿Sabés que pasó? En Buenos Aires tuve un problemita por un asunto de polleras, ¿la junás? Entonces me nacionalicé para evitar el raje; después, después fui GARDEL y a nadie le importó mi pasado.

Pero su mamá era francesa, ¿no?

¡Sí! Berta era francesa y cocinera finoli. Resultó una fiera criándome; siempre buscando un mejor laburo para que no me faltara nada. De mi viejo, mejor no hablemos.

Me pareció que su rostro se había ensombrecido. Era cosa de locos, pero el rostro de la estatua había cambiado de expresión, entonces hablé de otro tema. Como era la tercera vez que conversaba con él me distendí y continué la charla.

¿Puedo preguntarle cómo se le ocurrió el tango canción?

¡No me tratés de usted, ché!,  hace tiempo que nos venimos encontrando y ya parlamos un buen rato.

Tenés razón. Nos vimos en Chascomús, en Gerli y ahora acá, en Montevideo.

Te cuento. Eso no fue cosa mía. El tango canción lo inventaron Castriota y Contursi. Yo de prima vi que era importante y me lo puse al hombro. En definitiva, si lo cantaba Gardel ¡era bueno! ¿Y sabés porqué lo hice? No fue por guita, no, no. Si el tango canción triunfaba con el Zorzal Criollo, seguía perteneciendo al arrabal, como yo.

Pensándolo bien, vos sos el arrabal, el tango y el sentir de las orillas. De las orillas de la ciudad y de las orillas del río.

¿Sabés que tenés razón? ¿Y a vos, porqué te gusta el gotán?

No sé. Será por mi viejo. Era gringo, eslavo, pero le gustaba mucho tu voz y la manera en que interpretabas el tango. Él siempre canturreaba mientras trabajaba: “Ché papusa hoy” y seguía tarareando.

¡Cómo hoy! ¡Sería oí!

No te olvidés que era gringo y pronunciaba como le salía.

Después de reírse con ganas me respondió:  ¡Entonces tu viejo cantaba en cocoliche!

Una pregunta más, Carlos, ¿por qué el tango es tan tristón?

Oíme, chabón y acentuó el chabón, ¿escuchaste alguna vez “Chorra”, “El choclo”, ¿“Al mundo le falta un tornillo” o “Padrino pelao”? ¿Dónde vez tristeza en esos tangazos? No, Braulio, ¡no! El tango, como la música criolla, expresa las emociones de la gente, todas las emociones; por eso somos cantores populares. El tango es puro sentimiento. Y los sentires a veces suben y otras, bajan; pero siempre sacan a la luz el desasosiego o el enternecimiento del tipo de carne y hueso que todos los días la yuga para ganarse el pan. Y ¡vaya si los poetas, letristas que les dicen ninguneándolos, saben expresar con calidad y sencillez!

Buenísimo, Carlos, pero ahora me tengo que ir. Te dejo mi último libro, acá no hay nada de tango, pero te bato la justa: voy a escribir uno dedicado a vos, posta. ¡Chau, Zorzal!

Con su eterna sonrisa me respondió: ¡Chau, chabón! No dejés de venir a visitarme que de aquí ¡no me muevo!

Braulio Senda

Diálogos del arrabal   ISBN 978-987-46957-4-1

MENCIÓN DE HONOR NARRATIVA 2020-2021 SADE

Nicanor Paredes

 

Venga un rasgueo y ahora,
con el permiso de ustedes,
le estoy cantando, señores,
a Don Nicanor Paredes.
No lo vi rígido y muerto.
Ni siquiera lo vi enfermo.
Lo veo con paso firme
pisar su feudo, Palermo.

Jorge Luis Borges

 

Hacía mucho que no sabía nada de Floreal Ramírez y ya estaba extrañando nuestros encuentros, raros encuentros con un personaje nacido de las páginas de un libro, de mi imaginación o ¡vaya uno a saber de dónde! Pero así es la relación con mis personajes; son ellos los que mueven mi mano al escribir y después me asombro al leer lo escrito, pero no puedo cambiarlo porque ahí están ellos. Así que me dirigí al bar de los encuentros, me senté en a la misma mesa y pedí como siempre un cortado en jarrito. Como estábamos en tiempos pre electorales y la vorágine de la prensa había saturado mi mente, comencé a revolver el pocillo observando la espuma del café.

De pronto lo vi sentado frente a mí. ¡Una vez más el guapo del 900 venía a mi mesa! El mozo ya llegaba con el café y la ginebra.

¡Floreal, lo estaba extrañando!

Don Braulio. –Y se tocó el ala del chambergo; después se lo quitó y lo depositó sobre la silla vecina. Mientras revolvía su café preguntó:

¿En qué anda ahora?

En nada en especial, pero me gustaría que me contara algo sobre Nicanor Paredes. Usted dijo que lo conocía.

Es verdad. Supo ser en su tiempo el amo de la parroquia de Palermo. Con el chal sobre los hombros y el talero en la diestra imponía su autoridad. ¡En época de elecciones allá no se votaba en contra!

Mi amigo Borges, como usted lo llama, habla de una muerte y un cuchillo, pero sin dar detalles. ¿Usted sabe algo de eso?

Que usaba cuchillo, ¡por supuesto!, como todo guapo que se tuviera por tal. Lo demás son habladurías nomás; no son pa’ considerar.

Y dicen que le gustaban los burros y los naipes también.

¡Macanas! Usté sabe que Palermo era la orilla ‘e la ciudad. A él le gustaban las cuadreras y pa’ verlas había que rumbear pa’l oeste, buscando campo. Pero don Nicanor no jugaba su plata a las patas de ningún flete. Disfrutaba las carreras, alababa algún parejero, tomaba una que otra giñebra y se volvía. ¡A los naipes sí le gustaba jugar! Pero mano a mano y nunca por plata. Una vez me desafió al truco y en la segunda mano yo le grito flor y truco. Él muy tranquilo me respondió:

¡Contra flor al juego! 

Yo tenía treinta y una de mano y bravas, así que no iba a andar reculando. ¡Puede creer que me ganó con treinta y dos de copa! Era muy ligador en el truco, pero nunca jugó por plata ni por el trago. Si ganaba, convidaba y si perdía, aceptaba el convite, pero nada más.

¿Y usted anduvo mucho por Palermo en esa época?

Bastante. Andaba buscando a Correa ciego de odio por la marca en la frente. Nunca le pregunté a Paredes por él, pero un día me llamó y me dijo:

Mire Ramírez, usté ha sido bien recibido en esta parroquia, pero para mantener una buena relación, más vale que deje de preguntar por el amigo Inocencio, que en Palermo supo ganarse la amistad de todos. –y sus ojos metían miedo, ¡créame! Así fue que dejé de verlo; si el taura no andaba por ahí, tendría que buscarlo por otro lado. No me atreví siquiera a rastrear al cuchillero más mentado de Palermo, Juan Muraña, quien sin duda pudo conocer a Correa.

Quedé mirando a Ramírez mientras bebía su ginebra. Después nuestras miradas se encontraron y vi en sus ojos una cierta mansedumbre. Tomó su chambergo, como siempre le sacó una imaginaria pelusa, se lo acomodó bien requintado, se puso de pie y al darme un fuerte apretón de manos me dijo:

Sabe don Braulio que dispongo de poco tiempo para venir a verlo. Después vuelvo a la nada… ni se adónde vuelvo. Algún día le voy a pedir que me ayude a descubrir por qué me mataron. Lo que pasó con Correa ya lo entendí. ¡Hasta la vuelta!

Yo quedé parado junto a la mesa del bar contemplando alejarse ¡a mi personaje!, sintiendo en la mano la fuerza del apretón y experimentando una extraña sensación en la garganta que no lograba definir.

Braulio Senda

Diálogos del arrabal  ISBN 978-987-46957-4-1

MENCIÓN DE HONOR NARRATIVA 2020-2021 SADE

martes, 31 de agosto de 2021

Prólogo de "Diálogos del arrabal"

         Diálogos del arrabal es un libro que contribuye al enriquecimiento y valoración de una jerga: el lunfardo que ha ido adquiriendo categoría estética en obra de letristas de tangos y en poemas o cuentos de prestigiosos escritores, como Jorge L. Borges, y se ha ido expandiendo fuera de los límites rioplatenses. Su autor, Braulio Senda ha diseñado una estructura bipartita subtitulada Malevos y Gardel. Inicia su escritura con una intertextualización de su anterior libro Cuentos con historia, del que toma un personaje, Floreal Ramírez, que busca a su contrincante, Inocencio Correa, luego de una pelea a cuchillo que no definió al vencedor. Floreal Ramírez, luego de una insólita e insistente llamada telefónica al autor, le propone un encuentro para contarle lo ocurrido con él mismo y con los malevos de su tiempo, algunos de ellos mentados por Borges. En efecto, los epígrafes de Borges dan cuenta de la presencia o desaparición en el tiempo de algunos de estos personajes suburbanos.  Es así como Braulio Senda completa lo acontecido con ellos pero a través de la voz de su interlocutor procedente de un pasado remoto, invisible para todos, menos para el autor. En efecto, a través de una inserción dialogal en la narración y, obviamente, la consecuente intertextualización que los epígrafes señalan, nos enteramos de lo acontecido a Jacinto Chiclana, a Manuel Flores, a Don Nicanor Paredes, al apodado El títere “que hace laburar a mujeres”, al chileno Saverio Suárez a quien “lo cosieron a puñaladas” y al Malevo de Fierro cuya historia tiene un epígrafe de María Luisa Carnelli.

     Hay una breve introducción de Braulio Senda en la que da cuenta de los motivos de la elección de sus personajes: una tácita admiración a la búsqueda de fama y prestigio, el cuidado de una presencia, que luego se describirá en la vestimenta, la capacidad de seducción y habilidad como bailarines o guitarristas.

     El libro incluye el recurso metaficcional de la literatura de hoy. El autor habla de sí mismo y de su proceso de escritura, se incluye como personaje e incluye como personaje testigo a Stella Maris, que va tomando fotos en que no quedan indicios de la interlocución de Braulio con Floreal, pero sí de la simpatía demostrada por Gardel hacia ella, en la segunda parte del libro, bajo el subtítulo Gardel.

     Gardel es el referente de esta parte de la obra de Braulio Senda, el motivo son los lugares en que se exhiben estatuas, el busto, gigantografías, retratos, fotos del cantante, compositor de tangos, cultor del tango canción y el máximo exponente del género musical que tuvo en su voz y su presencia carismática la mayor difusión en el mundo de la canción popular de un momento histórico. Braulio Senda describe esos lugares que son precisamente los que guardan la huella en nuestro país y el Uruguay de El Mago, el Zorzal Criollo, el Mudo, el Morocho del Abasto, el Rey del tango, Carlitos, Troesma, apelativos que el autor aplica a distintos momentos de su encuentro imaginario y supuesto diálogo con su interlocutor que va contando fragmentos de una vida, hasta hoy enigmática, pero que el escritor da a conocer sin entrar en detalles conflictivos para los historiadores. Es así como se explicitan los datos principales de una biografía aceptada aunque no del todo comprobada, razón por la que el escritor apela a estrategias evasivas, como el lugar de nacimiento, los padres y las sucesivas residencias de su personaje. Lo principal es que reivindica el reconocimiento de Gardel en este país, su éxito en Europa y la memoria viva de los barrios porteños y ciudades rioplatenses por donde transitó. Hay una frase indiscutida: “Cada día canta mejor” que el autor destaca en su libro, como del mismo modo, la amistad y el dúo artístico con José Razzano,

     El título del libro se justifica también en esta parte, ya que las pendencias y provocaciones entre malevos diestros en pelear con cuchillos se convirtieron en motivos de sainetes suburbanos y tangos con tipos sociales de los suburbios rioplatenses en la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX. Por otra parte, hay un adecuado manejo del lunfardo, jerga del habla subestándar popular de los criollos descendientes de los gauchos que vivieron en los arrabales convirtiéndose en los “guapos” cuchilleros y en los “compadritos” bailarines de milonga y tango, guitarristas y proxenetas que Borges recuerda en su poema “Los compadritos muertos”.

     Es este un libro que indudablemente, tendrá muy buena recepción por los lectores y que se cierra con un poema del autor.

Lic. Bertha Bilbao Richter

Vicepresidenta del Instituto Literario y Cultural Hispánico (ILCH)

Miembro de Número de la Academia de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina

domingo, 22 de agosto de 2021

Contratapa de "Diálogos del arrabal"

      La historia de una vida comienza en un punto cualquiera. Tal vez Floreal Ramírez no sabía qué sería de su vida y, por lo tanto, la suya no tiene inicio. Pero el tiempo no borra nada. Braulio Senda, personaje y testigo captado por Floreal, en la locura fisiológica del sueño, se presenta despiadado como la verdad y la naturaleza. ¿Con qué fragmento del mundo pasado insiste en penetrar la actualidad? Contemporáneo de Paredes y Chiclana, para Floreal ser guapo y cuchillero fue una cuestión de autonomía; una forma de vida que apareció por entonces por este lado del Río de la Plata. Y los encuentros con esa otra realidad, se dan en el choque con el inconsciente, desde donde Braulio desmadeja, con maestría sobre la mesa de un bar, los hechos interiores y ulteriores; es decir la materia prima de éstos relatos. Como merodeador de misterios, Gardel siempre presente en el imaginario popular, no podía estar ausente de los devaneos oníricos de Braulio, imantado a la sonrisa del morocho, para darnos la oportunidad de compartir sus divagaciones y complicidades junto al monumento.

Otilia Da Veiga         

Poeta y Presidente de la     

Academia Porteña del lunfardo


miércoles, 21 de julio de 2021

Amigo

 Eucaliptus añoso y seco,

¡cuántas veces a tu lado pasé!

¡Cuántas noches de luna, serenas,

tu oscura silueta al andar divisé!

 

Aún cuando el cielo no estaba estrellado,

y te vestías con manto de brava tormenta,

desde lejos veía tu enhiesta figura

de pié, cual si fueras un viejo profeta.

 

Desde entonces fuimos amigos.

Al pasar –tarde o noche- te hablaba

y tu voz era el silbo del viento

en tu tronco, que me contestaba.

 

Pero un día al llegar ya no estabas

de pié, orgulloso, señalando el cielo.

Y vi la grandeza de tu cuerpo seco

allí, abatido, cual bravo guerrero.

 

El filo del hacha vibraba al golpearte.

Sé que en silencio sufrimos los dos.

Y escuché el eco de tu voz nudosa:

repitiendo -¡¡¡Adiós… amigo… adiós!!!

                                        Jorge Klinger

ENCUENTROS DE CAFÉ    ISBN 978-987-28908-6-5

lunes, 12 de julio de 2021

Ño Onti

             Una tarde de primavera en los Andes australes, Mallku Kunturi, Señor de las Alturas, acondiciona la gran caverna en la que habita. Espera la visita de Pachamama. Una o dos veces al año ellos se encuentran para dialogar y evaluar el comportamiento de los hombres a su cuidado. Cuando arriba la visita, ambas divinidades se saludan con un fraterno abrazo.

¡Mallku, qué alegría verte!

¡Bienvenida, Pachamama! Hace muchas lunas que no nos vemos.

 Y se sientan en torno al fuego a beber té de coca y conversar. Pachamama manifiesta alguna preocupación por el cariz que fue tomando el desarrollo de la civilización incaica.

¿Qué es lo que le preocupa, Mama? -pregunta él.

¡El Inca, Mallku, el Inca! Desde los tiempos del anciano Viracocha les he estado enseñando a vivir en comunidad y en paz. Y en verdad mucho han aprendido, pero desde que el Inca se designó a sí mismo como Hijo de Inti (el sol), considerándose un dios, las cosas fueron cambiando. Y ahora extienden su dominio sobre otros pueblos quienes también están a nuestro cuidado. ¡Y han comenzado a practicar sacrificios humanos, cosas que jamás les enseñé que hicieran!

¿Y qué es lo que vamos a hacer para corregirlos?

No lo sé, Mallku. ¡No lo sé! ¡Ayúdame a buscar una solución! Pero ahora, sírveme otra taza de ese rico té que sabes preparar para mí.

Mientras el “Señor de las Alturas” sirve una nueva ronda de la cálida infusión, pregunta:

¿Te has fijado en el joven que luna tras luna escala la montaña y trepa aún a los picos nevados?

No, no lo he visto. Debo andar muy preocupada para no haberme dado cuenta. ¿Quién es y qué hace?

No lo sé. Pero lo he visto trepar las peñas dejando jirones de su calzado de por sí muy pobre. Se envuelve las manos con trapos que siempre terminan húmedos con su sangre. No sé qué busca, pero es constante y decidido. No he visto nunca decaer su ánimo.

¡Qué extraño! Éste no es lugar para humanos.

Mallku se acerca a la entrada de la caverna y otea las alturas. De pronto exclama: -¡Mira, Mama Pacha, allí está! Trepando, como siempre, trepando para luego descender.

Madre Tierra se aproxima y observa la tarea del muchachito, casi un niño, que sube y sube sin mirar atrás. Después de un rato, cuando el escalador llega a la zona nevada, ella habla:

Mallku, ve a buscarlo y tráelo. Mientras tanto yo cocinaré un guiso de quinoa y papa púrpura, espesado con kiwicha y embebida en sacha inchi, bien calentito para compartir con él.

Cuando llega el dueño de casa con el visitante, los espera un caldero humeante del que emana un delicioso aroma. El joven no se imagina ante quienes se encuentra. Para él se trata de un par de ancianos con cara de buenos. A manera de bienvenida, Pachamama le brinda un abrazo que le transmite calor al aterido y pequeño cuerpo del invitado.

Ven, siéntate junto al fuego y comparte con nosotros este alimento.

¡Gracias, señora! ¡Huele rico!

La comida transcurre en silencio. Las divinidades se limitan a observar al hambriento huésped. Finalmente, Mallku pregunta:

¿Cómo te llamas y qué haces por estas montañas?

Ño Onti (pobre) me llaman, porque nada tengo; ni padres, ni hermanos. Mi familia es la comunidad. Somos Huarpes algarroberos.

¿Y por qué cada nueva luna trepas las montañas casi sin alimento y sin abrigo?

Porque unos viajeros hace mucho tiempo contaron que hay un pueblo que construye caminos en la montaña y que avanzan sin cesar. Y yo quiero divisarlos de lejos antes que lleguen para avisarle a mi gente. No sé qué haremos, pero estaremos avisados. Quizás ustedes me pudieran ayudar con un poncho abrigado para cuando lleguen las nieves.

Pachamama y Mallku se miran, poniéndose de acuerdo sin palabras. Afuera, pasa el viento silbando. Entonces él sale de la caverna y comienza a entonar quedamente una letanía que es como un rezo dirigido a las cumbres nevadas, a los desfiladeros y al viento que se calla y deja de bailar. Entonces ella, mirando fijamente los ojos del jovencito le habla:

Te ayudaré si solamente confías en que lo haré.

La mirada de la extraña mujer le transmite una gran serenidad. Entonces, sin dudarlo, responde: -Sí, ¡confío!

Entonces, tomados de la mano salen de la cueva y se paran en el borde del abismo. Ya no silba el viento. El silencio presta atención a la canción de Mallku. Entonces Pachamama le pide que cierre los ojos y que extienda sus brazos en cruz. Cuando el jovencito obedece, ella le dice:

Ño Onti, desde hoy te llamarás Kuntur y serás el vigía eterno de tu pueblo. Siempre cuidaré de ti y cuando lo necesites, podrás venir a conversar con Mallku Kunturi. Ni siquiera el Aconcagua se interpondrá en tu visión.

Sumándose al canto de Mallku, ella empuja con suavidad al joven hacia el abismo, quien sin abrir los ojos y con los brazos en cruz comienza su descenso en caída libre, totalmente confiado en las palabras que le dijera Pachamama. Experimenta cómo el aire lo envuelve con fuerza arrancándole la ropa, pero en vez de frío su cuerpo comienza a sentir un ligero cosquilleo y luego una agradable sensación de calor. Sus oídos parecen escuchar nuevos sonidos. De pronto su caída se detiene y le parece que comienza a ascender lentamente. Entonces decide abrir los ojos.

La visión lo llena de asombro. ¡Se está elevando planeando en círculos! Examina entonces sus brazos abiertos y descubre que ya no son tales sino alas, ¡inmensas alas de plumas negras y blancas! que lo sostienen en el aire cálido que sube trazando espirales. Todo su cuerpo está cubierto de plumas y sus pies son ahora grandes garras. ¡Pachamama lo ha convertido en un ave inmensa! Entonces bate sus brazos, en realidad sus alas y comienza un ascenso en línea recta hacia las altas cumbres.

Jorge Klinger

 Encuentros de café II   ISBN 978-987-46957-0-3