miércoles, 6 de julio de 2011

COMUNICACIONES

Marina trajina en la cocina, ordenando, barriendo y calentando un desayuno mientras de tanto en tanto se ceba un mate con edulcorante. Está preocupada porque su hijo llegó después de la medianoche y pronto tendrá que despertarlo o llegará tarde a trabajar. Mientras se seca las manos en el delantal, su rostro se ilumina con una sonrisa al oír los pasos de su hijo acercándose.
Miguel, con cara de sueño pero sonriente, se asoma a la puerta y su voz siempre queda, mansa, dice:
-¡Buen día mami, casi me duermo! En cinco minutitos estoy.
-Andá, apurate, que ya te sirvo el cafecito con leche...
Miguel vuelve del baño afeitado, el pelo lacio bien peinado y con esa sonrisa bonachona que no pierde ni cuando duerme. Besa a su madre, la anuncia anuncia abraza y la sacude con cariño.
-¡Ay mami, mami...! ¿No te  parece que ya soy un poco grandecito para que me prepares el desayuno?
-¡Y si, ya sos todo un hombre, pero es que anoche legaste tan tarde! Apenas dormiste cuatro horas.
-Bueno, bueno, no te preocupes. Luego hago una siestita y todo resuelto.
- Julián se fue preocupado por vos.
- ¡No me digas que también te levantaste a cebarle mate a papá!
- ¡No, nene, no! Pero viste que cuando a tu padre le preocupa algo se le da por caminar. Lo oí mucho rato yendo y viniendo y me levanté a ver qué le pasaba.
- ¿Y?
- Y estaba preocupado por vos. Sabés bien que no le gusta ese barrio donde pasás tantas horas ayudando gente que ¡quién sabe si algún día te lo agradecerán!
- ¡Me extraña, mami, que digas eso! Es un barrio como cualquier otro... medio jodido para los de afuera, pero a mí me consideran uno más... ¡No tengan miedo!
Mientras Miguel termina el café con leche y el pan con manteca, su madre le prepara un paquetito para que se lleve a la fábrica.
- Acá tenés dos porciones de tarta de fiambre y un poco de fruta. ¿Vas a venir a sestear un rato?
- ¡Si, mami, si! Ya le dije al Padre Carlos que hoy iba a ir mas tarde. Y gracias por cuidarme... ¡Sos una madraza!
- ¡Andá, andá!
Terminado el desayuno, Miguel guarda el almuerzo en el bolso, se lo cuelga al hombro, besa a su madre en la mejilla y con una tenue carcajada le desata el delantal alejándose. Desde la puerta le dice:
- Dale un beso a Silvina y decile que este año termina la escuela y yo espero que con excelentes notas. ¡Chau!

Tal como lo prometiera, Miguel volvió temprano de la tarde y se acostó a dormir. Después de un par de horas de siesta, se une a la mateada en la cocina con sus padres.
- ¡Hola Miguel! ¿Descansaste bien? ¡Qué tarde se te hizo ayer!
- ¡Hola papá! Si, dormí bárbaro. Y... ayer fue un día de mucho trajín en el barrio, pero todo salió bien.
-¡Ay nene, si tanto te gusta la acción social podías venirte a la parroquia del Padre Alberto, que es más cerca de casa, no sé, digo yo!
- No mami, de Cristo Obrero no me voy. Usted sabe que cavé los pozos para los cimientos... ese es mi lugar...
- ¡Ah si, ahora me tratás de usted!
- ¡Bueno mami, no te enojés! Usted o vos son la misma mami para mí...
-¿Y qué fue lo que te mantuvo tan ocupado ayer?
Miguel unta una media milonguita con abundante manteca, recibe de su padre un mate amargo y mientras lo sorbe despacio comenta:
- Y... antenoche unos inadaptados se robaron la reja de la ventana del frente de la salita...
- ¿Cómo que se robaron la reja?
- Y... la habrán lingado y la arrancaron de un tirón; supongo que con algún rastrojero o una mudancera. Pero lo bueno es que cuando yo llegué como a las tres y pico, un vecino que es herrero estaba haciendo una nueva con hierros de la construcción que otros vecinos arrimaron. A las seis ya estaba amurada de nuevo y un grupo pasó la noche de guardia hasta que fraguara el cemento. ¡Eso es so-li-da-ri-dad! ¡Eso es lo que el Padre Carlos predica todo el tiempo!
Mientras acomoda el mate, una sonrisa apenas esbozada parece suavizar el gesto siempre adusto de Julián. Sin duda el pecho se le llena de orgullo al escuchar las palabras de su hijo, quien mientras se prepara más pan con manteca, sigue contando sus aventuras.
- También tuvimos que llevar de raje un pibe al hospital. El Doctor Mauro lo derivó de urgencia por un cuadro complicado de desnutrición. Tiene trece años y parece tener ocho. Lo jodido fue convencer a la madre, porque padre no tiene, de dejarlo internado unos días y que también llevara sus otros hijos a control. Pero el cura tiene labia y carisma para esas cosas...
- ¿Y vos qué pito tocás en todo eso?
- Papá, yo lo acompaño al cura a todos lados, salvo cuando viene Ricardo a verlo, entonces me quedo en la capilla atendiendo a los que vienen por ropa o comida. En realidad soy una especie de secretario y oreja, porque el Padre también necesita alguien que lo escuche, que le sirva de cable a tierra.
- ¡Y ahí entrás vos! Tendrías que haber estudiado sociología o algo así en vez de electricidad, ¿no te parece?
- Puede ser... ¡qué se yo! Ah, también balearon a un pibe a la entrada del barrio y tuvimos que llevarlo al hospital, y lidiar con la cana, que en lugar de investigar se lo quería llevar preso. ¿Te parece a vos?
Marina mira con ternura a su hijo y se persigna mientras la otra mano aprieta la medallita que siempre lleva al cuello. En eso entra Silvina como una tromba, y subiéndose  a la falda de Miguel le llena la cara de besos, a lo que él responde haciéndole cosquillas. La cocina, la casa toda, se llena de risas...

Una semana más tarde, para sorpresa de Marina y Julián, Miguel llega a la hora del mate con un paquete de tortafritas aún tibias.
- ¡Sorpresa! ¡Tatán! ¡Les traje un regalo de Misia Deonilda!
- ¡Bueno, bueno, mate con tortafritas! Guárdenme algunas que me tengo que ir.
- Silvina, ¿adonde te vas?
- Voy a lo de Rosario a preparar un trabajito de matemáticas para el viernes. Chaucito y ¡no se las coman todas, eh!
Marina pone las tortas en una panera grande en el centro de la mesa y los tres adultos se dedican a saborearlas entre mate y mate mientras la charla vuelve a fluir entre ellos.
- ¡Qué raro, nene, vos tan temprano!
- ¡Mami, cortala con lo de nene!, si?
- Bueno, Miguel, no te enojes...
- Lo que pasa es que es raro verte en casa temprano; ¿qué paso?
- Nada, papá, solo que Ricardo se comprometió con todo con el laburo de la capilla y van a hacer una especie de “retiro administrativo” para ver qué se puede conseguir del Ministerio de Acción Social.
- Mmmmm...
- ¿Eso qué quiere decir?
- Que tengan mucho cuidado. El Ministro es un mal bicho...
- ¡Julián, vos siempre el mismo pesimista!
- No sé; a mí tampoco me gusta el tipo, pero bueno, hay que buscar todas las manos que se puedan conseguir. ¡Hay mucha necesidad en el barrio!
- Decime Miguel, ¿cómo lo conociste al curita rubio ese?
- Un compañero de la fábrica, que es cura tercermundista como el Padre Carlos me lo recomendó cuando supo de mi interés por los necesitados.
- ¿Un “cuervo” laburando? ¡Eso sí que no lo puedo creer! Contame, contame cómo es la cosa. ¿Trabaja de sotana?
- ¡No, pá! Usa las pilchas de laburo como todos. Es un buen laburante y muy buena persona. Es el que mejor cuida las máquinas, aunque no lo puedas creer.
- ¿Y en qué máquinas trabaja?
- Atiende dos inyectoras y un molino. Es muy prolijo y eficiente, pero regula siempre su producción para no superar la media de los compañeros; por eso todos lo quieren mucho.
- Nene, y ¿cómo supiste que era sacerdote?
- ¿Otra vez con el nene? Te voy a dejar de llamar mami, a ver si te gusta...
- Bueno, bueno, disculpame... se me escapó.
- Primero sospeché porque usa una remera negra y un cuellito blanco; pero anda de jeans y zapatillas igual que yo. Después, conversando, él me contó su historia. Predica el Evangelio en los conventillos de la Boca y usa su sueldo para ayudar al prójimo. La Curia lo ignora, pero él sigue firme en su opción por los pobres. Un día que yo le conté de mis preocupaciones por los más necesitados, me sugirió que lo fuera a ver a su amigo Carlos. Así fue...
- ¿Viste Julián que hay curas como la gente, que no todos son “cuervos explotadores” como vos decís?
- Ante los hechos... me rindo.
- Ah, antes que me olvide, el sábado tenemos un casamiento importante y me gustaría que ustedes estuviesen presentes.
- ¿Quién se casa que te resulta tan importante el acontecimiento?
- Lucía y José Luis, ¿los recuerdan? Cuando recién se conocieron vinieron conmigo a casa un par de veces.
- José Luis... José Luis... ¿El de la silla de ruedas?
- Si, el mismo José Luis.
Y así las semanas transcurrían ora con sobresaltos ora con tranquilidad. Miguel Con su militancia cristiana en el barrio de los desplazados, Julián peleando el mango para poder parar la olla, Mariana administrando las finanzas del hogar y Silvina esforzándose por ser una buena alumna.

Pero una madrugada fría y húmeda de mayo, todo se alteró. Miguel llegó cuando el día ya clareaba, con la ropa ensangrentada y el rostro desencajado por el dolor. Sus padres lo esperaban en el living mientras la radio repetía la noticia del atentado. Al ver a sus padres, corre hacia ellos abrazándolos y gritando:
- ¡Lo mataron... los hijos de puta lo mataron! ¡Lo ma-ta-ro-o-on!
Y lloró, y lloró hasta terminar sus lágrimas.

El sepelio fue multitudinario. La ciudad nunca había visto tanta gente llevando un féretro en andas... y eran los pobres y despreciados que despedían al Padre Carlos,  al que los había tratado como auténticos hermanos y les había devuelto su dignidad como personas.
Miguel cargó el ataúd sobre su hombro hasta el final. De sus ojos enrojecidos no salieron lágrimas y la sonrisa se borró de su rostro juvenil.
Al cabo de unas pocas semanas, desapareció de su casa y del trabajo. Al irse dejó en la mesa de la cocina un sobre con dinero y una nota de despedida.
“Papá, mamá, Silvina, a Carlos lo mataron porque su forma de vivir molestaba a los poderosos y había que desmovilizar al pobrerío de una buena vez. Yo sé bien lo que tengo que hacer. Sólo volveremos a vernos si se logra terminar con este sistema podrido de injusticia social y corrupción. Mi opción siguen siendo los pobres y desclasados. Los quiero mucho, mucho, mucho.
              Miguel”
De mi libro "Cuentos con Historia".     ISBN 978-987-33-0843-7

martes, 7 de junio de 2011

¡Así no!

         Año 1945. El 17 de Octubre se presenta cálido. La Plaza está colmada de gente que corea consignas a favor de su líder. Miguel se incorporó a una columna que había entrado a la Capital por el Puente Saavedra. A media tarde, curioso por conocer más detalles de los que llegaron como él hasta allí, Miguel se desplaza entre la multitud, sonriente, entonando cada tanto los cánticos junto a distintos grupos de personas, todos con el mismo fervor, llenos de esperanza.

         Comienza a anochecer y el cansancio de la larga espera se hace sentir, pero la expectativa de lo que está por vivir es mayor que el cansancio y el sueño; hay que ser paciente. No se sabe quién comenzó, pero las antorchas de papel de diario se multiplican por cientos, dándole un nuevo color a ese auténtico Cabildo Abierto.
          Al pasar cerca de la Pirámide de Mayo, unos ojos color miel le llaman la atención; mira a la dueña de esos ojos tan lindos, que no le devuelve la mirada y continúa su camino. “Tal vez no  me vio, pero juraría que sí”, piensa mientras sigue desplazándose entre la gente. Con ese pensamiento, a poco andar, decide volver sobre sus pasos en busca de la mujer junto a la Pirámide.
          Cuando el líder sale a un balcón de la Casa Rosada, la multitud comienza a corear enfervorizadamente su nombre. Las filas se cierran, ya no hay espacio para caminar. Por más que se estire y se ponga en puntas de pié, no llega a verla. Todo esfuerzo por avanzar resulta en vano, nadie quiere ceder su lugar. El Coronel recién liberado comienza a hablar; la muchedumbre ahora esta quieta, estática, hace silencio como queriendo apropiarse de cada palabra que él les dirige, porque les está hablando a ellos, al pueblo trabajador, a su pueblo.
          Terminado el acto y después de cantar una y otra vez consignas de victoria, la muchedumbre comienza a desconcentrarse, en orden, llenos de felicidad, comentando los sucesos y abrazándose en un gesto solidario de triunfo. Miguel retoma su intento de volver hasta la Pirámide, pero debe avanzar contra la marea humana y cada dos pasos hacia delante retrocede uno.
          De pronto se encuentra frente a frente con la belleza de los lindos ojos, a menos de un metro de distancia. Ella trastabilla y él apenas logra tomarla de un brazo evitando la caída. Ahora sí se miran el uno al otro, muy próximos los rostros. Ella le regala una sonrisa y un cálido “Muchas gracias”.   Miguel la toma del brazo y se ofrece para acompañarla hasta salir del medio del gentío. Muy juntos se desplazan siguiendo la corriente y casi sin darse cuenta también ellos comienzan a comentar los sucesos y las palabras que escucharan hace pocos minutos.
- ¿No le parece que éste es un momento demasiado importante para los trabajadores? La lucha de clases produjo como resultado la aparición política de un hombre como el Coronel.
- ¡No me diga que es usted comunista o anarquista! Ellos son los que propagan esa doctrina.
          - ¡Pero no, la lucha de clases no es una filosofía, es un hecho comprobado!
          - La inventó Carlos Marx, el del Manifiesto Comunista, ¿o no?
- No, no, no. Él ideó un método científico de interpretación de la historia y le puso palabras al hecho que los grandes cambios se producen cuando los explotados enfrentan a quienes los explotan.
- Mmm… tendría que pensarlo un poco. ¡Me llama la atención que a una mujer le interese la política y esté tan informada!
          Las cuadras se suceden una tras otra y el tema de conversación comienza a ser más personal. Intercambian nombres, ocupaciones y esas cosas que a un hombre le interesan saber de una mujer. En una de esas él le pregunta:
          - Y dígame, Princesa, ¿es usted todavía solterita?
- ¡No me llame así! En este país se terminaron los títulos nobiliarios hace casi ciento cincuenta años… Y no, soy viuda.
           - ¿Tan joven y ya viuda?
- Si; me casé con el hombre equivocado. Era pendenciero y golpeador. Una madrugada a la salida de un piringundín de los que frecuentaba, lo apuñalaron. Me hicieron un favor…
          - ¡Ah! Pero lo de Princesa lo decía como homenaje a su belleza…
          - Le deben hacer falta anteojos. Yo no soy linda.
          - ¡No me diga eso! Cuando llegue a su casa, pregúntele al espejo y verá.
- ¡No diga pavadas, quiere! Todos los días me miro al espejo y sé muy bien lo que veo. Además, ¡los espejos no hablan, sólo estaría preguntándome a mí misma, y ya sé la respuesta! Llegamos. Aquella es mi casa. Déjeme aquí nomás.
- Al menos regáleme la esperanza de volver a verla. La invito a pasear el domingo.
- Está bien. Espéreme en la Avenida que recién cruzamos a las cuatro de la tarde, ¿le parece?
Y los encuentros se fueron sucediendo uno tras otro. El romance, inevitablemente, surgió entre ellos. Un buen día resolvieron irse a vivir juntos y a duras penas consiguieron una pieza con balcón al frente en un inquilinato de San Telmo. Allí comenzaron una nueva etapa de sus vidas. Sus expectativas corrían parejas con las de la mayoría de la población, que por fin veían el comienzo del país tan esperado.
Diez años después, luego de varias mudanzas de inquilinato en inquilinato, la vida les regaló un hijo que ya tiene tres años. Son tiempos convulsionados los que vive el país ahora, pero ellos siguen apostando al futuro.
Los trabajadores nunca tuvieron mejor trato. Cierto que las contradicciones se acentuaron, sobre todo con la nueva realidad: la mayoría de los asalariados ya no son emigrantes sino provincianos desplazados de sus terruños, que buscan en la ciudad una nueva calidad de vida, que no siempre logran, pero así son las cosas.
Esa mañana Miguel tiene franco y después del mate se prepara para salir. Es que la C.G.T. pidió a todos los trabajadores estar alerta porque hay rumores de golpe de estado.
- No salgas Miguel. Quedate con nosotros. ¡Tengo un mal presentimiento!
- ¿Usted con presentimientos? ¡No sea zonza! Voy hasta la Plaza a ver cómo está la cosa y vuelvo a contarle. ¡Quédese tranquila, mujer!
Y Miguel sale a la calle y comienza a caminar hacia el Norte a paso vivo, porque él también tiene una desazón que no le dá tregua. A poco andar oye ruido de aviones acercándose. Sin detenerse levanta su mirada al cielo. El sonido de los motores es cada vez más fuerte. Acelera el paso al ritmo de su corazón. De pronto percibe un nuevo sonido; el de un avión en picada. Escudriña el cielo, pero nada alcanza a ver. Al sonido ensordecedor lo sucede el ruido de explosiones.
Miguel se desplaza ahora en frenética carrera. Brotan lágrimas de sus ojos. Su mente es un torbellino de ideas. Siente en los pies el temblor de las explosiones. Suelta un grito desgarrador sin detener su carrera…
- ¡Noooo! ¡Hijos de putaaaa! ¡Asesinos! ¡Asi nooo!

De mi libro "Cuentos con Historia".     ISBN 978-987-33-0843-7

martes, 10 de mayo de 2011

El Taura

Saco y pantalón gris a rayitas, sombrero al tono, alpargatas y camisa negras, pañuelo blanco al cuello. Inocencio Correa camina con paso lento pero seguro. El Doctor, su patrón, lo mandó llamar. ¡Inocencio, extraño nombre para un cuchillero!

Su mirada sin ser altiva, es frontal. Su andar se asemeja al del compadrito. Sin fruncir el ceño, su gesto es algo hosco, seco. Las mujeres que se cruzan con él, bajan inmediatamente la vista; los hombres en general parecen reconocer su oficio y lo saludan con respeto, ya sea con una breve inclinación de cabeza o tocándose el ala del chambergo. El vigilante de la esquina, de impecable uniforme, se hace el distraído y trata  de no mirarlo.

Al llegar al caserón frente a la plaza, golpea la gruesa aldaba de bronce y espera. Abre la puerta un sirviente de uniforme, quien lo reconoce y le franquea el paso, con la mirada indiferente. Al entrar, Inocencio le dice:

- El dotor m’espera...

Conocedor de la casa, se dirige a la oficina, golpea un par de veces la puerta y sin esperar respuesta la abre y entra. El abogado –de doble apellido- levanta la vista de los papeles que estaba examinando y lo invita a sentarse con un:

- Ah, sos vos... pasá y sentate que ya te atiendo.

Inocencio no se sienta de frente al escritorio sino que mueve la silla para sentarse de costado y en el extremo izquierdo del mueble; él sabe que en el cajón de arriba de ese lado, el Doctor guarda el revólver. Apoya el antebrazo derecho en el escritorio y la mano cuelga displicentemente muy cerca del mango de su daga; es que con su patrón nunca se sabe... La mano izquierda juguetea con el sombrero mientras la vista recorre palmo a palmo la habitación. Desde ahí controla la puerta. A su espalda sólo hay una pared llena de cuadros y diplomas.

- Te mandé llamar por un par de asuntitos que no me dejaron satisfecho.
            - Usté dirá...
            - ¡Argüelles! ¿Qué pasó con Argüelles?
           - ¡Nada, qué va’pasar! Lo asusté fiero y vino a pagar lo que debía, ¿o no fue así?
           - Si, si, vino a pagar, pero te encargué que lo mandaras al hospital, ¡y ni siquiera lo     marcaste!
           - ¿Y pa qué esperar que se sanase pa cobrar su deuda? Del susto que se pegó no se va a olvidar así nomás. No creo que vuelva a pedir plata, y si pide seguro que va a pagar.
          - No te pedí que pensaras; te mandé hacer un trabajo a mi manera ¡y no lo hiciste! ¿Y Argañaraz, el abogadito con pretensiones?
          - El dotorcito se volvió a la provincia con toda su familia y ¡bien asustado! No creo que vuelva por acá mientras usté viva...
          -Si, es posible, pero me dijeron en el ferrocarril que lo vieron sanito. ¿Qué te está pasando, Inocencio? ¿Te has vuelto maula de pronto?

El gesto del cuchillero se endurece. Se acomoda justo en el borde de la silla, la espalda bien derecha y la diestra acariciando su arma.

- No se le ocurra decirlo otra vez porque no respondo de mí...

Los dos hombres se miran en silencio, desafiantes. El Doctor sabe que no llegará a abrir el cajón antes que el taura le apoye el filo en la garganta y opta por tamborilear los dedos sobre el escritorio. Después sonríe socarronamente y se recuesta en su sillón.

- Mirá Inocencio, vamos a sosegarnos un poco. Algo te está pasando y me parece mejor esperar un poco antes de darte otro trabajito. ¿Te parece bien? Te adelanto unos pesos y te tomás unas vacaciones...
           - Como le parezca. Si me necesita, ya sabe donde encontrarme.

Tiempo después, en un tugurio que de día oficia de fonda y por las noches es un piringundín donde se mezcla el malevaje con los petiteros de bombín a bailar el tango, se encuentran ginebreando Inocencio y otro cuchillero de fama, Floreal Ramírez. El diálogo no es amigable sino desafiante. Inocencio tiene su fama bien ganada a punta y filo; Floreal tiene varias muertes en su haber y la suya es fama de hombre malo, no de guapo; eso hace que exista entre ellos una gran rivalidad. Floreal intentó de mil maneras provocar a su oponente sin lograrlo; la tranquilidad de Inocencio lo saca finalmente de las casillas y se dispone a hacer lo que vino a hacer... Le dice en voz alta para que todos escuchen.

-¡Cobarde!

En un solo movimiento se pone en pié, su mano izquierda suelta la copa y se apoya sobre la diestra del rival apretándola sobre la mesa mientras saca el cuchillo de la cintura y lo levanta para bajarlo a degüello sobre el guapo más mentado de Barracas al Sur.

En el boliche se hace un silencio pesado. Nadie puede creer que están viendo el final del cuchillero más guapo que conocieran todos.

Lo que nadie, pero nadie sabe en el submundo de malevos orilleros y compadritos es que el guapo Correa es ambidiestro. Sólo conocen la velocidad de su diestra y la daga que maneja.

La mano derecha de Correa gira y toma con fuerza la de quien quiere madrugarlo. La zurda parece apenas rozar la empuñadura de su daga y sin que ningún ojo pudiese seguir el movimiento de su mano, detiene lejos de su cuello el golpe asesino. Se pone de pié, patea la mesa a un lado y como si bailaran una extraña danza, sacude al traidor de un lado a otro con la mano que lo agarra con fuerza.

El asombro se refleja en el rostro de Floreal. De pronto retira su cuchillo de la traba de la daga para intentar un puntazo a fondo, pero la mano de Inocencio traza un dibujo en el aire y vuelve a bloquear el ataque. El filo de la daga cortó la frente de Ramírez que comienza a sangrar en abundancia.

Inocencio bloquea los ataques y marca al enemigo como demostrando quién es quién en la partida. Un tajo al pecho corta el pañuelo y la camisa del contrincante pero también la carne. La camisa comienza a teñirse de rojo. El rostro del matador denota ahora desesperación. Un último tajo, esta vez en la muñeca, hace que Floreal suelte el cuchillo.

La punta de la daga se apoya en su cuello justo debajo de la barbilla y lo empuja con firmeza hacia la puerta. No median las palabras; se  miran fijo a los ojos; la daga deja de presionar y las diestra de Inocencio suelta la muñeca que atenazara con fuerza durante el duelo. Uno se aleja a la carrera llevándose toda su humillación y el otro enfunda con delicadeza la filosa daga en su vaina.

 Ese mismo día, al anochecer, Inocencio Correa golpea la aldaba de la casa de su patrón. Cuando le abren la puerta entra sin decir palabra y se dirige al estudio, donde entra sin golpear. El abogado levanta la vista y el estupor se refleja en su rostro. La sorpresa dura solo un instante. Su mano derecha abre el cajón y empuña el revólver, pero el cuchillero en dos zancadas está junto al escritorio con la daga en la diestra. El abogado no llega a poner el arma en posición cuando un planazo aplicado con fuerza en el dorso de la mano lo paraliza; un segundo golpe en el mismo lugar pero con el canto del arma hace que ésta comience a hincharse, y cuando el dolor llega al codo, la mano se abre y el revólver cae sobre el escritorio. Inocencio lo arroja de un manotazo hacia un rincón de la habitación. Acto seguido, marca la palma de la mano de su patrón con un tajo poco profundo pero doloroso, desde la muñeca hasta el extremo del dedo índice.

- Esto es pa’ que no me olvide... Y si manda la policía a buscarme, no dude que lo degüello, no importa en donde esté. De Inocencio Correa naides se esconde...

Anochece en el Paraná. En un embarcadero de pescadores en el Delta del Tigre dos hombres ultiman detalles para soltar amarras en medio de la noche. Uno es un pescador entrado en años –el dueño del bote- y el otro es un paisano de bombacha campera y boina vasca echada sobre la frente.

- Acomode su bolso debajo de las redes y recuerde que en este viaje no se puede pitar; la brasa de un cigarro se divisa de lejos y tenemos que esquivar a la autoridad...
            - No hay cuidado don; no fumo.
            - Mejor así. Siéntese y respire hondo. El Paraná es manso entre las islas pero el Plata es otro cantar. Se va a mover fiero cuando crucemos el canal, y si cambia el viento será jodido en serio.
           - No se preocupe amigo que por peores he pasado.

Poco a poco las rítmicas remadas los alejan de la orilla. La oscuridad es casi total; no hay luna y está nublado. El bote avanza como la continuación de las sombras de las islas. El pescador advierte a su pasajero:

- Si nos topamos con la lancha de prefectura tírese al piso y tápese con las redes. Saben que pesco solo y si lo ven van a maliciar que se está escapando de algo... o de alguien.
           - Descuide amigo... así se hará.

Por momentos la noche parece tragárselos; es cuando el pescador deja de remar aprovechando la correntada y los remos no levantan espuma.

La misma noche en que el cantor de los piringundines de Barracas al Sur estrena el tango “Mi noche triste”, Inocencio Correa cruza El Río de la Plata en busca de una nueva vida en tierra de los Orientales...

De mi libro "Cuentos con Historia".
ISBN  978-987-33-0843-7

miércoles, 6 de abril de 2011

MAS CUENTOS CON HISTORIA, 1863

Conforme a lo prometido, retomo la edición de estos cuentos, que no son historia ni pretenden hacerla, son solamente ficciones mediante las cuales traté de ver el hecho histórico que les da marco desde el punto de vista de uno de sus protagonistas, un hombre común de nuestra postergada Patria Grande en sus apasionantes comienzos. Aca vamos...
                                        1863

          Otra vez nos han vencido. De nada nos sirvió el coraje ni la autoridad del Chacho. Las lanzas no pudieron contra los rémington. ¡Una y otra vez nos derrotaron! Ahora nos persiguen como a delincuentes; no hay juicio ni perdón para nosotros. Si no nos mataron en combate nos matarán si nos rendimos; sólo nos queda escapar, pero no tenemos adonde huir…  Tendríamos que dejar los llanos y adentrarnos en la cordillera; si lo logramos podríamos intentar cruzarla, pero los matungos ya no dan más y ellos tienen caballada de remonta en cualquier pueblo… ¡estamos jugados!
          La polvareda nos envuelve, pero los siento cada vez más cerca. Mi potro echa espuma por la boca y parece querer tragarse el viento pero no afloja su carrera. ¡Ah pingo, si me sacás d´esta, no sé con qué pagarte! Los que se rezagan se desesperan taloneando sus montas, pero es inútil, los fletes no pueden más, galopeamos toda la noche y ya es media mañana…
          Cambió el viento. Ahora se puede ver la partida que nos persigue. Son muchos más que nosotros y se sienten triunfantes, anhelantes de muerte, de la nuestra… Ya se escuchan los  disparos… zumban cerca los proyectiles. No quiero mirar para atrás. Acaricio a mi moro y le susurro palabras en quichua que él parece entender; voy a intentar la desesperada. Si me matan, que al menos él se salve.
          Nos abrimos en abanico para dificultar la puntería. Al sentir pasar un plomo demasiado cerca, me dejo caer sobre el pescuezo de mi flete que afloja un poco su loca carrera y lentamente me voy deslizando hacia un costado hasta dejarme caer. El golpe es muy fuerte y ruedo cuatro o cinco veces sobre mí mismo hasta quedar despatarrado cara al cielo y con los brazos en cruz. El poncho casi me tapa la cara pero logro ver a mi caballo desprenderse de la formación y huir hacia la derecha. Me quedo inmóvil, con los ojos cerrados, esperando el desenlace. No los veo pero siento el golpe de los cascos cada vez más cerca. Ya están encima de mí. Uno… dos,  saltan por sobre mi cuerpo… siento sus alaridos de placer. El último se abre un poco y a la pasada me dispara su fusil. La bala al golpear mi hombro me sacude y aprieto los dientes para no gritar. “¡Cagaste gaucho!” exclama sin detenerse. ¡Por ahora zafé! Siento la sangre fluir y la herida parece quemarme, pero no debo moverme.
          El sol me abrasa. Me quedo quieto hasta sentir que el silencio vuelve a adueñarse de los llanos. Estos llanos donde pasé mi vida y ahora se las estoy dejando. ¡Pero no, no me voy a entregar ahora! Lentamente me incorporo sobre mi brazo sano hasta sentarme. Con la vincha tapono la herida que casi no sangra. Muy despacio logro ponerme de pié tratando de acostumbrar mis ojos a la luz cegadora de este sol nuestro. Perdí la noción del tiempo. Por mi sombra colijo que ha de estar avanzada la tarde. Tengo entumecido el brazo herido pero logro juntar las manos y después de varios intentos puedo soltar un largo y agudo chiflido en la dirección en que desapareció mi moro.
          El tiempo pasa lento y comienzo a caminar con pasos vacilantes; de pronto lo veo surgir de la nada al trote largo. Caigo de rodillas y le agradezco a la Pacha Mama su favor. Cuando llega a mi lado, sacude las crines y resopla fuerte sus belfos. Mientras lo acaricio le digo “¡Si, Morito, le esquivamos el bulto a la parca y juntos otra vez!”
          Al atardecer llegamos al montecito junto a un cañadón y mi corazón se paraliza de espanto. Los cadáveres de mis compañeros yacen con la manos atadas a la espalda y lanceados; ¡los ejecutaron con sus propias lanzas los muy hijos de perra! Al sargento lo colgaron de las muñecas y lo fusilaron. Más bién jugaron al tiro al blanco con él. Lo dejaron morir desangrado. ¡Habrase visto tanta maldad en un crestiano!  Me arrimo para descolgarlo y al cortar una soga brota un gemido de sus labios resecos. ¡Vive! Corto la otra soga y lo acomodo como mejor puedo sobre mi flete. Me duele el balazo pero lo bajo para recostarlo en la tierra. ¡No sale de esta! Con un pedazo de camisa traigo agua del cañadón y le mojo los labios. Al sentir el frescor del agüita abre los ojos, vidriosos y como mirando al infinito. Apenas susurra “Despéneme, soldado”… y vuelve a cerrar los ojos.
          Los míos se enturbiaron; ya no recuerdo cuándo fue la última vez que lloré, pero pelé el facón, lo apoyé en su corazón y dudé… Puso su mano hinchada sobre mi pierna y casi sin mover los labios me dijo “¡Hacelo, hermano!” Tragué saliva y dejé caer mi cuerpo sobre la faca. Pataleó una vez… y partió…
          Como pude amontoné los cuerpos. Cerré ojos abiertos. A cada uno le devolví su lanza. Los tapé con cuanta rama seca y hojarasca pude juntar y encendí el fuego. Grabé una tosca cruz en el tronco de un algarrobo, monté en el Morito y partimos en busca del consuelo y protección de la noche…
De mi libro "Cuentos con Historia".     ISBN  978-987-33-0843-7

martes, 8 de febrero de 2011

Dos a laburar

Cuatro y media de la mañana. Fría madrugada de invierno. El bamboleo del tren no impide que los trabajadores que viajan traten de dormir media horita más, acurrucados sobre sí mismos escapándole al frío que entra a través de los vidrios.
Los sacudones y el golpe rítmico de las ruedas sobre los rieles –trac-trac, trac-trac- sólo permite dormitar, pero vale la pena cerrar los ojos un rato más.
Mi mente es una sucesión de ideas en constante movimiento, pero no puedo ordenarlas ni terminar de despertarme, como si fueran dos personas en un solo cerebro, en ágil diálogo.
-“¡Qué frío que hace! ¡Menos mal que salí con gorra de lana y guantes!”
-“Vos te quejás, ¿y los chabones que vienen en bicicleta? ¡Ellos suben con los labios morados! ¡Y algunos andan en alpargatas y estamos en invierno!
-“Bueno, bueno, bueno, ya empezamos a delirar. No le podés arreglar el sueldo a todo el mundo, ni todos pueden ganar lo mismo. Nuestro jornal depende de cómo esté la billetera del patrón.”
-“Si, pero el taller, la pyme y la multi existen porque hay laburantes que producen mucho y ganan poco, ¡y vos sabés bien adonde va a parar la diferencia!
-“¡Cortála; quiero dormir!
Pero cuando la modorra parece imponerse, surge la seguidilla de buscas ofertando mil cosas, y con la estridencia de su voceo, espantan otra vez al sueño.
 -“Joden, no?”
-”Y… un poco; pero por lo menos salen a ganarse el mango y no a meternos caño.”
-“De acuerdo, se ganan el mango, pero la guita, la guita se la lleva el mayorista; y no tienen obra social ni jubilación.”
-“¡Pará loco con la protesta!
-”Paro; pero dale que nos tenemos que bajar.”
Unos apretujones con quienes también bajan y algunos empujones con los que están por subir. A comprar caramelos para conseguir una moneda, si no, no se viaja en colectivo.
-“¡Qué frío hace en esta parada!
-“Y sí, cuando se llenó el tren no nos dimos cuenta pero la temperatura llegó a ser agradable.”
-“A la hora del descanso me voy a hacer una siesta. ¡Hoy me hubiera quedado en casa! Vine por no perder el premio, ¡pero no me puedo despabilar!”
-“Vas a dormir si no hay truco. Si están Elgus y Frilans, chau tu siesta… por la gritería.”
-“Tenés razón. ¡Queca! ¡Y si está Elinge peor, todavía! Bueno, trataré de dormir los diez minutos del mate cuando lleguemos.”
-“Si, la hora del desayuno es tranqui, siempre y cuando no estén llorando por las horas extras que estamos perdiendo.”
-“¡Pah! ¡Qué garrón! ¡Cómo pueden pensar solamente en función de las horas extras! Todos gritan y se hacen los malos porque –según el jefe- nosotros somos los que más perdemos, siendo que lo que perdemos no forma parte de nuestro jornal, es guita extra.
-“Si… mucha protesta, mucha protesta, pero cuando Latorre viene y plantea que lo importante es mejorar el básico y los premios, ninguno dice nada.”
-“Frilans es el único que habla en contra de las horas extras, pero lo desautorizan porque él nunca las hace. ¡Qué extraña manera de pensar tenemos los trabajadores!
-“No estoy de acuerdo. Pensamos diferente en función de nuestra relación íntima con el trabajo, el patrón o el jefe. ¡Te digo más! También depende de cómo llegaste a la fábrica, porque no piensa igual el que llegó finito de cintura por un aviso en el diario que el que llegó de parte del sindicato o recomendado por algún jefe, ¿ta claro?
-“¡Clarísimo! Ahí viene el bondi; a ver si puedo dormir algo… ¡Qué palma, loco!”
-“Dale, dale. Subí y sacá boleto. Si no dormiste en el tren, acá tampoco por las frenadas; si no es un semáforo, es un badén o un lomo de burro…”
-“Vos dejame dormir.”
De pronto alguien se sienta a mi lado abruptamente, empujándome con el hombro. Es un compañero con ganas de conversar.
-Hola cumpa, ¡qué fresquete!, no? ¿Pensando en la lucha que se avecina?
-La verdad es que sólo trataba de dormir un rato. ¿Cómo están las cosas con la nueva gerencia?
-Todo mal. No quieren saber nada con nosotros. No son negociaciones, mas bien son provocaciones. Quieren que hagamos alguna cagada para aplicar represalias con justificación.
-Pero creo que los compañeros en general los respaldan porque confían en ustedes… No creo que surja ningún loquito que meta la pata. Los conflictos de los últimos años se manejaron bien y logramos siempre un buen acuerdo.
-Si, pero esto es cansador. ¿Hasta cuándo nos va a bancar la gente? Nos pegan de todos lados y el único respaldo que tenemos es la unidad de los trabajadores, aunque pensemos distinto.
-¡Qué loco todo!, no? Lo único que pedimos fue que los dirigentes se pusieran a la cabeza de los reclamos, como corresponde.
-Es el precio de la independencia y lo tenemos que pagar. Yo creo que vamos por buen camino. Siempre buscamos el bien común y la preservación de los puestos de trabajo. Esta es una página más en la historia del movimiento obrero; tal vez no la veamos en toda su dimensión porque estamos metidos de lleno en ella…
_”¡Viste que no ibas a poder dormir! Elcone parla y parla; está metido muy en serio en su rol.
-“¡Pará loco, más respeto! Elcone no habla por hablar.
-“Solo estaba bromeando. Despabilate y dale a la sinhueso, que a vos te gusta el tema.”
-Habría que saber un poco de sociología para entendernos. En general nos debatimos entre que  somos una gran familia y el sálvese quien pueda.
-¿Cómo es eso? ¡Sea más explícito, cumpa! Yo soy un humilde trabajador y a veces no entiendo de mensajes subliminales.
-“¡Pah, viste qué léxico! ¡Aguante Elcone!”
-Dale, no te hagás el tonto que sabés bien a qué me refiero.
-Pero como dice el refrán, en toda gran familia hay hijos y entenados, no?
-¡Y… sí! Pero hay mucho temor a perder el laburo, hay que darles tiempo.
-“¿Porqué no le decís lo que pensás realmente, que son una manga de lúmpenes?”
-“¡Cortala con el vocabulario setentista!”
-La verdad es que tenemos que encontrarle la vuelta, ¿no le parece?
-¡Sin duda! Pero creo que el trabajo será de ustedes, la generación nacida durante la dictadura porque a nosotros nos aplastaron entre los milicos y el neo-liberalismo.
-¡No se apichone, cumpa! Fueron ustedes los que nos avivaron y nos hicieron pensar en una sociedad mejor…
-¡Y bueno! Ustedes agarraron la posta y ahora tienen que meterle para adelante y pasarla a su vez a los que vendrán o que ya están llegando. Los cincuentones ahora queremos cuidarnos un poco, mimarnos…
-Si, y también están los que nunca se preocuparon nada más que por trabajar y ahora tienen que seguir en la misma para que no se les caiga el promedio para la jubilación, sin darse cuenta que se les cayó hace rato y que jubilarse ahora significa pasar a ser pobre…
-¡Quéca!, no? ¡Toda una vida laburando para comprar la casa, criar los hijos, comprar el autito, después ayudar a los hijos que se casan, y ahora siguen en el yugo con la ilusión de lograr una jubilación digna!
-La jubilación se nos fue al carajo legislación mediante; y para cambiarla me parece que habría que cambiar primero a los legisladores.
-“Eso, eso… ¡Primero que se vayan todos y después metamos trabajadores al Congreso!”
-¡Y, si! Los que terminaron con la jubilación son prácticamente los mismos que siguen ocupando bancas, elección tras elección!
-La pelea la tenemos que dar los trabajadores, bien de abajo, creando conciencia hasta que ésta vaya contagiándose; no toda la sociedad esta podrida.”
-“¡Aguante Elcone! ¡Vamo arriba los trabajadores!”
-Llegamos…
-A bajar se ha dicho…
La conversación cambia al encontrarnos con otros compañeros en el camino. El tema ahora es la diaria: el partido de la selección, las minas de la tele, que uno está loco porque se quiere casar, que otro-muy joven- va a ser papá pronto… Sigue el ritual de cada día: comprar el diario, saludar cortesmente a la vigilancia, y al entrar al vestuario, el saludo cordial a los compañeros… y a cambiarse.
De pronto se escucha una voz conocida por todos que pasa rumbo a su sector y desde adentro lo saludan con cada uno de los sobrenombres que tiene y hay carcajada general.
-“Ta bueno reírse a la mañana temprano. Parece que nos reímos de nosotros mismos, y eso es bueno.”
-“¿A ésta hora vas a filosofar? ¿¡Cómo puede ser tan querido un tipo como Ñancul, con esa soberbia exacerbada y esa actitud discriminatoria de que hace gala a cada rato?!”
-“Creo que es una fachada. Es un buen trabajador, no es mezquino con los nuevos, es solidario cuando a alguien se le complica, la guita que no consigue acá la hace changueando afuera… es de los que pasan más tiempo fuera de la casa.”
-“Tenés razón… y además banca la universidad de los hijos. Es bastante contradictorio, no?”
-“Menos mal que sus contradicciones son visibles. Los trabajadores todos tenemos nuestras propias contradicciones, que a veces suman y otras restan…”
-“Muy bien, pero metele que andás lento y vamos a fichar tarde si no te apurás un poco.”
Una vez cambiado, ficho en el sector y me quedan casi diez minutos para tomar unos mates antes de que comience la jornada puertas adentro. Entro al comedor… saludo a todos un apretón de manos… ¡y a matear se ha dicho!
La modorra de la madrugada ya fué…

De mi libro "Historias cotidianas".     ISBN 978-987-28908-0-3