martes, 10 de mayo de 2011

El Taura

Saco y pantalón gris a rayitas, sombrero al tono, alpargatas y camisa negras, pañuelo blanco al cuello. Inocencio Correa camina con paso lento pero seguro. El Doctor, su patrón, lo mandó llamar. ¡Inocencio, extraño nombre para un cuchillero!

Su mirada sin ser altiva, es frontal. Su andar se asemeja al del compadrito. Sin fruncir el ceño, su gesto es algo hosco, seco. Las mujeres que se cruzan con él, bajan inmediatamente la vista; los hombres en general parecen reconocer su oficio y lo saludan con respeto, ya sea con una breve inclinación de cabeza o tocándose el ala del chambergo. El vigilante de la esquina, de impecable uniforme, se hace el distraído y trata  de no mirarlo.

Al llegar al caserón frente a la plaza, golpea la gruesa aldaba de bronce y espera. Abre la puerta un sirviente de uniforme, quien lo reconoce y le franquea el paso, con la mirada indiferente. Al entrar, Inocencio le dice:

- El dotor m’espera...

Conocedor de la casa, se dirige a la oficina, golpea un par de veces la puerta y sin esperar respuesta la abre y entra. El abogado de doble apellido- levanta la vista de los papeles que estaba examinando y lo invita a sentarse con un:

- Ah, sos vos... pasá y sentate que ya te atiendo.

Inocencio no se sienta de frente al escritorio sino que mueve la silla para sentarse de costado y en el extremo izquierdo del mueble; él sabe que en el cajón de arriba de ese lado, el Doctor guarda el revólver. Apoya el antebrazo derecho en el escritorio y la mano cuelga displicentemente muy cerca del mango de su daga; es que con su patrón nunca se sabe... La mano izquierda juguetea con el sombrero mientras la vista recorre palmo a palmo la habitación. Desde ahí controla la puerta. A su espalda sólo hay una pared llena de cuadros y diplomas.

- Te mandé llamar por un par de asuntitos que no me dejaron satisfecho.
            - Usté dirá...
            - ¡Argüelles! ¿Qué pasó con Argüelles?
           - ¡Nada, qué vapasar! Lo asusté fiero y vino a pagar lo que debía, ¿o no fue así?
           - Si, si, vino a pagar, pero te encargué que lo mandaras al hospital, ¡y ni siquiera lo     marcaste!
           - ¿Y pa qué esperar que se sanase pa cobrar su deuda? Del susto que se pegó no se va a olvidar así nomás. No creo que vuelva a pedir plata, y si pide seguro que va a pagar.
          - No te pedí que pensaras; te mandé hacer un trabajo a mi manera ¡y no lo hiciste! ¿Y Argañaraz, el abogadito con pretensiones?
          - El dotorcito se volvió a la provincia con toda su familia y ¡bien asustado! No creo que vuelva por acá mientras usté viva...
          -Si, es posible, pero me dijeron en el ferrocarril que lo vieron sanito. ¿Qué te está pasando, Inocencio? ¿Te has vuelto maula de pronto?

El gesto del cuchillero se endurece. Se acomoda justo en el borde de la silla, la espalda bien derecha y la diestra acariciando su arma.

- No se le ocurra decirlo otra vez porque no respondo de mí...

Los dos hombres se miran en silencio, desafiantes. El Doctor sabe que no llegará a abrir el cajón antes que el taura le apoye el filo en la garganta y opta por tamborilear los dedos sobre el escritorio. Después sonríe socarronamente y se recuesta en su sillón.

- Mirá Inocencio, vamos a sosegarnos un poco. Algo te está pasando y me parece mejor esperar un poco antes de darte otro trabajito. ¿Te parece bien? Te adelanto unos pesos y te tomás unas vacaciones...
           - Como le parezca. Si me necesita, ya sabe donde encontrarme.

Tiempo después, en un tugurio que de día oficia de fonda y por las noches es un piringundín donde se mezcla el malevaje con los petiteros de bombín a bailar el tango, se encuentran ginebreando Inocencio y otro cuchillero de fama, Floreal Ramírez. El diálogo no es amigable sino desafiante. Inocencio tiene su fama bien ganada a punta y filo; Floreal tiene varias muertes en su haber y la suya es fama de hombre malo, no de guapo; eso hace que exista entre ellos una gran rivalidad. Floreal intentó de mil maneras provocar a su oponente sin lograrlo; la tranquilidad de Inocencio lo saca finalmente de las casillas y se dispone a hacer lo que vino a hacer... Le dice en voz alta para que todos escuchen.

-¡Cobarde!

En un solo movimiento se pone en pié, su mano izquierda suelta la copa y se apoya sobre la diestra del rival apretándola sobre la mesa mientras saca el cuchillo de la cintura y lo levanta para bajarlo a degüello sobre el guapo más mentado de Barracas al Sur.

En el boliche se hace un silencio pesado. Nadie puede creer que están viendo el final del cuchillero más guapo que conocieran todos.

Lo que nadie, pero nadie sabe en el submundo de malevos orilleros y compadritos es que el guapo Correa es ambidiestro. Sólo conocen la velocidad de su diestra y la daga que maneja.

La mano derecha de Correa gira y toma con fuerza la de quien quiere madrugarlo. La zurda parece apenas rozar la empuñadura de su daga y sin que ningún ojo pudiese seguir el movimiento de su mano, detiene lejos de su cuello el golpe asesino. Se pone de pié, patea la mesa a un lado y como si bailaran una extraña danza, sacude al traidor de un lado a otro con la mano que lo agarra con fuerza.

El asombro se refleja en el rostro de Floreal. De pronto retira su cuchillo de la traba de la daga para intentar un puntazo a fondo, pero la mano de Inocencio traza un dibujo en el aire y vuelve a bloquear el ataque. El filo de la daga cortó la frente de Ramírez que comienza a sangrar en abundancia.

Inocencio bloquea los ataques y marca al enemigo como demostrando quién es quién en la partida. Un tajo al pecho corta el pañuelo y la camisa del contrincante pero también la carne. La camisa comienza a teñirse de rojo. El rostro del matador denota ahora desesperación. Un último tajo, esta vez en la muñeca, hace que Floreal suelte el cuchillo.

La punta de la daga se apoya en su cuello justo debajo de la barbilla y lo empuja con firmeza hacia la puerta. No median las palabras; se  miran fijo a los ojos; la daga deja de presionar y las diestra de Inocencio suelta la muñeca que atenazara con fuerza durante el duelo. Uno se aleja a la carrera llevándose toda su humillación y el otro enfunda con delicadeza la filosa daga en su vaina.

 Ese mismo día, al anochecer, Inocencio Correa golpea la aldaba de la casa de su patrón. Cuando le abren la puerta entra sin decir palabra y se dirige al estudio, donde entra sin golpear. El abogado levanta la vista y el estupor se refleja en su rostro. La sorpresa dura solo un instante. Su mano derecha abre el cajón y empuña el revólver, pero el cuchillero en dos zancadas está junto al escritorio con la daga en la diestra. El abogado no llega a poner el arma en posición cuando un planazo aplicado con fuerza en el dorso de la mano lo paraliza; un segundo golpe en el mismo lugar pero con el canto del arma hace que ésta comience a hincharse, y cuando el dolor llega al codo, la mano se abre y el revólver cae sobre el escritorio. Inocencio lo arroja de un manotazo hacia un rincón de la habitación. Acto seguido, marca la palma de la mano de su patrón con un tajo poco profundo pero doloroso, desde la muñeca hasta el extremo del dedo índice.

- Esto es pa que no me olvide... Y si manda la policía a buscarme, no dude que lo degüello, no importa en donde esté. De Inocencio Correa naides se esconde...

Anochece en el Paraná. En un embarcadero de pescadores en el Delta del Tigre dos hombres ultiman detalles para soltar amarras en medio de la noche. Uno es un pescador entrado en años el dueño del bote- y el otro es un paisano de bombacha campera y boina vasca echada sobre la frente.

- Acomode su bolso debajo de las redes y recuerde que en este viaje no se puede pitar; la brasa de un cigarro se divisa de lejos y tenemos que esquivar a la autoridad...
            - No hay cuidado don; no fumo.
            - Mejor así. Siéntese y respire hondo. El Paraná es manso entre las islas pero el Plata es otro cantar. Se va a mover fiero cuando crucemos el canal, y si cambia el viento será jodido en serio.
           - No se preocupe amigo que por peores he pasado.

Poco a poco las rítmicas remadas los alejan de la orilla. La oscuridad es casi total; no hay luna y está nublado. El bote avanza como la continuación de las sombras de las islas. El pescador advierte a su pasajero:

- Si nos topamos con la lancha de prefectura tírese al piso y tápese con las redes. Saben que pesco solo y si lo ven van a maliciar que se está escapando de algo... o de alguien.
           - Descuide amigo... así se hará.

Por momentos la noche parece tragárselos; es cuando el pescador deja de remar aprovechando la correntada y los remos no levantan espuma.

La misma noche en que el cantor de los piringundines de Barracas al Sur estrena el tango Mi noche triste, Inocencio Correa cruza El Río de la Plata en busca de una nueva vida en tierra de los Orientales...

De mi libro "Cuentos con Historia".
ISBN  978-987-33-0843-7

miércoles, 6 de abril de 2011

MAS CUENTOS CON HISTORIA, 1863

Conforme a lo prometido, retomo la edición de estos cuentos, que no son historia ni pretenden hacerla, son solamente ficciones mediante las cuales traté de ver el hecho histórico que les da marco desde el punto de vista de uno de sus protagonistas, un hombre común de nuestra postergada Patria Grande en sus apasionantes comienzos. Aca vamos...
                                        1863

          Otra vez nos han vencido. De nada nos sirvió el coraje ni la autoridad del Chacho. Las lanzas no pudieron contra los rémington. ¡Una y otra vez nos derrotaron! Ahora nos persiguen como a delincuentes; no hay juicio ni perdón para nosotros. Si no nos mataron en combate nos matarán si nos rendimos; sólo nos queda escapar, pero no tenemos adonde huir…  Tendríamos que dejar los llanos y adentrarnos en la cordillera; si lo logramos podríamos intentar cruzarla, pero los matungos ya no dan más y ellos tienen caballada de remonta en cualquier pueblo… ¡estamos jugados!
          La polvareda nos envuelve, pero los siento cada vez más cerca. Mi potro echa espuma por la boca y parece querer tragarse el viento pero no afloja su carrera. ¡Ah pingo, si me sacás d´esta, no sé con qué pagarte! Los que se rezagan se desesperan taloneando sus montas, pero es inútil, los fletes no pueden más, galopeamos toda la noche y ya es media mañana…
          Cambió el viento. Ahora se puede ver la partida que nos persigue. Son muchos más que nosotros y se sienten triunfantes, anhelantes de muerte, de la nuestra… Ya se escuchan los  disparos… zumban cerca los proyectiles. No quiero mirar para atrás. Acaricio a mi moro y le susurro palabras en quichua que él parece entender; voy a intentar la desesperada. Si me matan, que al menos él se salve.
          Nos abrimos en abanico para dificultar la puntería. Al sentir pasar un plomo demasiado cerca, me dejo caer sobre el pescuezo de mi flete que afloja un poco su loca carrera y lentamente me voy deslizando hacia un costado hasta dejarme caer. El golpe es muy fuerte y ruedo cuatro o cinco veces sobre mí mismo hasta quedar despatarrado cara al cielo y con los brazos en cruz. El poncho casi me tapa la cara pero logro ver a mi caballo desprenderse de la formación y huir hacia la derecha. Me quedo inmóvil, con los ojos cerrados, esperando el desenlace. No los veo pero siento el golpe de los cascos cada vez más cerca. Ya están encima de mí. Uno… dos,  saltan por sobre mi cuerpo… siento sus alaridos de placer. El último se abre un poco y a la pasada me dispara su fusil. La bala al golpear mi hombro me sacude y aprieto los dientes para no gritar. “¡Cagaste gaucho!” exclama sin detenerse. ¡Por ahora zafé! Siento la sangre fluir y la herida parece quemarme, pero no debo moverme.
          El sol me abrasa. Me quedo quieto hasta sentir que el silencio vuelve a adueñarse de los llanos. Estos llanos donde pasé mi vida y ahora se las estoy dejando. ¡Pero no, no me voy a entregar ahora! Lentamente me incorporo sobre mi brazo sano hasta sentarme. Con la vincha tapono la herida que casi no sangra. Muy despacio logro ponerme de pié tratando de acostumbrar mis ojos a la luz cegadora de este sol nuestro. Perdí la noción del tiempo. Por mi sombra colijo que ha de estar avanzada la tarde. Tengo entumecido el brazo herido pero logro juntar las manos y después de varios intentos puedo soltar un largo y agudo chiflido en la dirección en que desapareció mi moro.
          El tiempo pasa lento y comienzo a caminar con pasos vacilantes; de pronto lo veo surgir de la nada al trote largo. Caigo de rodillas y le agradezco a la Pacha Mama su favor. Cuando llega a mi lado, sacude las crines y resopla fuerte sus belfos. Mientras lo acaricio le digo “¡Si, Morito, le esquivamos el bulto a la parca y juntos otra vez!”
          Al atardecer llegamos al montecito junto a un cañadón y mi corazón se paraliza de espanto. Los cadáveres de mis compañeros yacen con la manos atadas a la espalda y lanceados; ¡los ejecutaron con sus propias lanzas los muy hijos de perra! Al sargento lo colgaron de las muñecas y lo fusilaron. Más bién jugaron al tiro al blanco con él. Lo dejaron morir desangrado. ¡Habrase visto tanta maldad en un crestiano!  Me arrimo para descolgarlo y al cortar una soga brota un gemido de sus labios resecos. ¡Vive! Corto la otra soga y lo acomodo como mejor puedo sobre mi flete. Me duele el balazo pero lo bajo para recostarlo en la tierra. ¡No sale de esta! Con un pedazo de camisa traigo agua del cañadón y le mojo los labios. Al sentir el frescor del agüita abre los ojos, vidriosos y como mirando al infinito. Apenas susurra “Despéneme, soldado”… y vuelve a cerrar los ojos.
          Los míos se enturbiaron; ya no recuerdo cuándo fue la última vez que lloré, pero pelé el facón, lo apoyé en su corazón y dudé… Puso su mano hinchada sobre mi pierna y casi sin mover los labios me dijo “¡Hacelo, hermano!” Tragué saliva y dejé caer mi cuerpo sobre la faca. Pataleó una vez… y partió…
          Como pude amontoné los cuerpos. Cerré ojos abiertos. A cada uno le devolví su lanza. Los tapé con cuanta rama seca y hojarasca pude juntar y encendí el fuego. Grabé una tosca cruz en el tronco de un algarrobo, monté en el Morito y partimos en busca del consuelo y protección de la noche…
De mi libro "Cuentos con Historia".     ISBN  978-987-33-0843-7

martes, 8 de febrero de 2011

Dos a laburar

Cuatro y media de la mañana. Fría madrugada de invierno. El bamboleo del tren no impide que los trabajadores que viajan traten de dormir media horita más, acurrucados sobre sí mismos escapándole al frío que entra a través de los vidrios.
Los sacudones y el golpe rítmico de las ruedas sobre los rieles trac-trac, trac-trac- sólo permite dormitar, pero vale la pena cerrar los ojos un rato más.
Mi mente es una sucesión de ideas en constante movimiento, pero no puedo ordenarlas ni terminar de despertarme, como si fueran dos personas en un solo cerebro, en ágil diálogo.
-“¡Qué frío que hace! ¡Menos mal que salí con gorra de lana y guantes!”
-“Vos te quejás, ¿y los chabones que vienen en bicicleta? ¡Ellos suben con los labios morados! ¡Y algunos andan en alpargatas y estamos en invierno!
-“Bueno, bueno, bueno, ya empezamos a delirar. No le podés arreglar el sueldo a todo el mundo, ni todos pueden ganar lo mismo. Nuestro jornal depende de cómo esté la billetera del patrón.”
-“Si, pero el taller, la pyme y la multi existen porque hay laburantes que producen mucho y ganan poco, ¡y vos sabés bien adonde va a parar la diferencia!
-“¡Cortála; quiero dormir!
Pero cuando la modorra parece imponerse, surge la seguidilla de buscas ofertando mil cosas, y con la estridencia de su voceo, espantan otra vez al sueño.
 -“Joden, no?”
-”Y… un poco; pero por lo menos salen a ganarse el mango y no a meternos caño.”
-“De acuerdo, se ganan el mango, pero la guita, la guita se la lleva el mayorista; y no tienen obra social ni jubilación.”
-“¡Pará loco con la protesta!
-”Paro; pero dale que nos tenemos que bajar.
Unos apretujones con quienes también bajan y algunos empujones con los que están por subir. A comprar caramelos para conseguir una moneda, si no, no se viaja en colectivo.
-“¡Qué frío hace en esta parada!
-“Y sí, cuando se llenó el tren no nos dimos cuenta pero la temperatura llegó a ser agradable.”
-“A la hora del descanso me voy a hacer una siesta. ¡Hoy me hubiera quedado en casa! Vine por no perder el premio, ¡pero no me puedo despabilar!”
-“Vas a dormir si no hay truco. Si están Elgus y Frilans, chau tu siesta… por la gritería.”
-“Tenés razón. ¡Queca! ¡Y si está Elinge peor, todavía! Bueno, trataré de dormir los diez minutos del mate cuando lleguemos.”
-“Si, la hora del desayuno es tranqui, siempre y cuando no estén llorando por las horas extras que estamos perdiendo.”
-“¡Pah! ¡Qué garrón! ¡Cómo pueden pensar solamente en función de las horas extras! Todos gritan y se hacen los malos porque según el jefe- nosotros somos los que más perdemos, siendo que lo que perdemos no forma parte de nuestro jornal, es guita extra.
-“Si… mucha protesta, mucha protesta, pero cuando Latorre viene y plantea que lo importante es mejorar el básico y los premios, ninguno dice nada.”
-“Frilans es el único que habla en contra de las horas extras, pero lo desautorizan porque él nunca las hace. ¡Qué extraña manera de pensar tenemos los trabajadores!
-“No estoy de acuerdo. Pensamos diferente en función de nuestra relación íntima con el trabajo, el patrón o el jefe. ¡Te digo más! También depende de cómo llegaste a la fábrica, porque no piensa igual el que llegó finito de cintura por un aviso en el diario que el que llegó de parte del sindicato o recomendado por algún jefe, ¿ta claro?
-“¡Clarísimo! Ahí viene el bondi; a ver si puedo dormir algo… ¡Qué palma, loco!”
-“Dale, dale. Subí y sacá boleto. Si no dormiste en el tren, acá tampoco por las frenadas; si no es un semáforo, es un badén o un lomo de burro…”
-“Vos dejame dormir.”
De pronto alguien se sienta a mi lado abruptamente, empujándome con el hombro. Es un compañero con ganas de conversar.
-Hola cumpa, ¡qué fresquete!, no? ¿Pensando en la lucha que se avecina?
-La verdad es que sólo trataba de dormir un rato. ¿Cómo están las cosas con la nueva gerencia?
-Todo mal. No quieren saber nada con nosotros. No son negociaciones, mas bien son provocaciones. Quieren que hagamos alguna cagada para aplicar represalias con justificación.
-Pero creo que los compañeros en general los respaldan porque confían en ustedes… No creo que surja ningún loquito que meta la pata. Los conflictos de los últimos años se manejaron bien y logramos siempre un buen acuerdo.
-Si, pero esto es cansador. ¿Hasta cuándo nos va a bancar la gente? Nos pegan de todos lados y el único respaldo que tenemos es la unidad de los trabajadores, aunque pensemos distinto.
-¡Qué loco todo!, no? Lo único que pedimos fue que los dirigentes se pusieran a la cabeza de los reclamos, como corresponde.
-Es el precio de la independencia y lo tenemos que pagar. Yo creo que vamos por buen camino. Siempre buscamos el bien común y la preservación de los puestos de trabajo. Esta es una página más en la historia del movimiento obrero; tal vez no la veamos en toda su dimensión porque estamos metidos de lleno en ella…
_”¡Viste que no ibas a poder dormir! Elcone parla y parla; está metido muy en serio en su rol.
-“¡Pará loco, más respeto! Elcone no habla por hablar.
-“Solo estaba bromeando. Despabilate y dale a la sinhueso, que a vos te gusta el tema.”
-Habría que saber un poco de sociología para entendernos. En general nos debatimos entre que  somos una gran familia y el sálvese quien pueda.
-¿Cómo es eso? ¡Sea más explícito, cumpa! Yo soy un humilde trabajador y a veces no entiendo de mensajes subliminales.
-“¡Pah, viste qué léxico! ¡Aguante Elcone!”
-Dale, no te hagás el tonto que sabés bien a qué me refiero.
-Pero como dice el refrán, en toda gran familia hay hijos y entenados, no?
-¡Y… sí! Pero hay mucho temor a perder el laburo, hay que darles tiempo.
-“¿Porqué no le decís lo que pensás realmente, que son una manga de lúmpenes?”
-“¡Cortala con el vocabulario setentista!”
-La verdad es que tenemos que encontrarle la vuelta, ¿no le parece?
-¡Sin duda! Pero creo que el trabajo será de ustedes, la generación nacida durante la dictadura porque a nosotros nos aplastaron entre los milicos y el neo-liberalismo.
-¡No se apichone, cumpa! Fueron ustedes los que nos avivaron y nos hicieron pensar en una sociedad mejor…
-¡Y bueno! Ustedes agarraron la posta y ahora tienen que meterle para adelante y pasarla a su vez a los que vendrán o que ya están llegando. Los cincuentones ahora queremos cuidarnos un poco, mimarnos…
-Si, y también están los que nunca se preocuparon nada más que por trabajar y ahora tienen que seguir en la misma para que no se les caiga el promedio para la jubilación, sin darse cuenta que se les cayó hace rato y que jubilarse ahora significa pasar a ser pobre…
-¡Quéca!, no? ¡Toda una vida laburando para comprar la casa, criar los hijos, comprar el autito, después ayudar a los hijos que se casan, y ahora siguen en el yugo con la ilusión de lograr una jubilación digna!
-La jubilación se nos fue al carajo legislación mediante; y para cambiarla me parece que habría que cambiar primero a los legisladores.
-“Eso, eso… ¡Primero que se vayan todos y después metamos trabajadores al Congreso!”
-¡Y, si! Los que terminaron con la jubilación son prácticamente los mismos que siguen ocupando bancas, elección tras elección!
-La pelea la tenemos que dar los trabajadores, bien de abajo, creando conciencia hasta que ésta vaya contagiándose; no toda la sociedad esta podrida.”
-“¡Aguante Elcone! ¡Vamo arriba los trabajadores!”
-Llegamos…
-A bajar se ha dicho…
La conversación cambia al encontrarnos con otros compañeros en el camino. El tema ahora es la diaria: el partido de la selección, las minas de la tele, que uno está loco porque se quiere casar, que otro-muy joven- va a ser papá pronto… Sigue el ritual de cada día: comprar el diario, saludar cortesmente a la vigilancia, y al entrar al vestuario, el saludo cordial a los compañeros… y a cambiarse.
De pronto se escucha una voz conocida por todos que pasa rumbo a su sector y desde adentro lo saludan con cada uno de los sobrenombres que tiene y hay carcajada general.
-“Ta bueno reírse a la mañana temprano. Parece que nos reímos de nosotros mismos, y eso es bueno.”
-“¿A ésta hora vas a filosofar? ¿¡Cómo puede ser tan querido un tipo como Ñancul, con esa soberbia exacerbada y esa actitud discriminatoria de que hace gala a cada rato?!”
-“Creo que es una fachada. Es un buen trabajador, no es mezquino con los nuevos, es solidario cuando a alguien se le complica, la guita que no consigue acá la hace changueando afuera… es de los que pasan más tiempo fuera de la casa.”
-“Tenés razón… y además banca la universidad de los hijos. Es bastante contradictorio, no?”
-“Menos mal que sus contradicciones son visibles. Los trabajadores todos tenemos nuestras propias contradicciones, que a veces suman y otras restan…”
-“Muy bien, pero metele que andás lento y vamos a fichar tarde si no te apurás un poco.”
Una vez cambiado, ficho en el sector y me quedan casi diez minutos para tomar unos mates antes de que comience la jornada puertas adentro. Entro al comedor… saludo a todos un apretón de manos… ¡y a matear se ha dicho!
La modorra de la madrugada ya fué…

De mi libro "Historias cotidianas".     ISBN 978-987-28908-0-3

miércoles, 2 de febrero de 2011

CELOS

Con Ricardo nos conocemos desde hace años y compartimos una misma profesión, somos vendedores viajantes y disfrutamos nuestro trabajo porque ambos somos andariegos por naturaleza. Cuando coincidimos en algún punto de nuestros recorridos siempre nos organizamos para compartir un almuerzo y hablar de bueyes perdidos. Esta vez el encuentro fue en Rosario y a la sobremesa, entre café y café, la charla derivó a temas íntimos.
- Loco, tengo que contarte algo que me está matando… Está todo mal con Lidia…
-¿Qué decís, chabón? ¡No me jodas! ¿Cuanto hace que fueron a cenar a casa, quince días? ¡Y se los veía muy bien… mucho arrumaco mucho besito!
- Si, si… pero solo son apariencias o expresiones de deseo.
Ricardo termina su café y con el ceño fruncido me mira mientras yo, con mucho nerviosismo me concentro en hacerle nudos a las servilletas de papel.
-¿Podes ser mas especifico y contarme que te esta pasando?
- ¡Es que Lidia esta muy rara! Amanece casi siempre cansada y quejosa. Nuestro sexo ahora depende de las urgencias que ella tenga en mente…
- ¿Querés otro café?
- Bueno, dale…
Ricardo llama al mozo y aprovecha la pausa para pensar y buscar palabras que sirvan de ayuda. Una vez retirado el mozo, revolviendo mi café, me explayo como puedo…
- Hace unos meses me contó re-feliz que se habían encontrado con unos viejos compañeros de la época del Centro de Estudiantes.
- ¡Pero eso esta buenísimo! ¡Encontrarse con esas amistades y disfrutar otra vez de las emociones que nos dieron tanta felicidad es saludable!
- Si… si… pero Lidia se pasa de mambo. El mes pasado tuve libre un solo fin de semana. ¿Sabés que pasó? El sábado me dejó durmiendo solo en casa para ir a cenar con sus viejas amistades. Para colmo, al regreso no quiso ni que la tocara. Parecíamos gallinas, durmiendo sobre los palos…
- Me parece que estas magnificando la situación. ¿Lo hablaron por lo, memos?
- Si, lo hablamos. Y dice que no le pasa nada, que estoy un poco persecuta y nada más; dice que me quiere y punto.
- ¿Querés que le pida a Miriam que hable con ella? En una de esas las turcas se entienden mejor y componen el bolonqui. Me parece que vos estás aceleradito, pero solo vos sabés lo que pasa con tus emociones.
- No, dejá. A lo mejor son sólo manijas mías. Voy a ver qué puedo hacer para aclarar esto, que la verdad- ¡me está haciendo pelota!
Vuelvo antes, una noche antes. Dejo el auto en una cochera y hago las últimas cuadras caminando. Mis emociones están totalmente fuera de control. La certeza del engaño me hace apurar el paso hasta casi correr. Sin darme cuenta llego a la esquina de casa con el corazón golpeando como si fuera un tambor. Al oír tintinear las llaves en mi mano, las guardo y para disimular hago como que espero el colectivo mientras fumo un cigarrillo. Busco mil argumentos para serenarme mientras doy pitadas lentas, como queriendo saborear lo desagradable del papel quemado. ¡Qué vicio sucio y que no me puedo sacar de encima! Finalmente logro calmarme. Siento que el corazón recupera su ritmo mientras miro la colilla que voló de mi mano hacia la calle. ¡Otro hábito antisocial que debo corregir! El de tirar desperdicios a la calle, digo…
Ahora sí, a enfrentarme con la realidad. Suspiro hondo y recorro los últimos metros. Uso las dos manos para que la llave no haga ruido al abrir el portón. Las bisagras bien lubricadas, colaboran. Abrir la puerta es más difícil. Dejo el bolso en el piso y siempre con las dos manos hago girar la llave muy despacio. Espero unos minutos. El oído atento parece percibir con claridad el roce de la brisa en las hojas de las plantas.
Muy despacio retiro la llave, me cuelgo el bolso en el hombro y giro el picaporte. “¡Que no haga ruido, que no haga ruido! No hizo ni un ruidito, ¡menos mal!”
Al abrir la puerta me recibe la cálida oscuridad de la casa. Dejo el bolso en el piso contra la pared para no tropezar con él, y con el mayor sigilo cierro la puerta mientras mis pupilas se acostumbran a la penumbra.
Paso a paso me aproximo al dormitorio. Mi respiración es lenta y cadenciosa. Debe de estar amaneciendo porque una tenue claridad entra por la persiana entreabierta, resaltando suavemente los contornos.
Dos cuerpos duermen abrazados haciendo cucharita- de espaldas a la ventana. Su sueño es profundo y grato. Lo que puedo ver del rostro de ella denota felicidad. ¿Quién será el hijo de p… que me está cagando?
De pronto él parece querer ponerse boca arriba y yo me estiro para verle la cara mientras mis puños se crispan. ¡Y la rep………! Pero ella -siempre por debajo de la frazada- extiende su mano hacia atrás y tomándolo de la cadera lo vuelve a girar para que quede bien pegado a ella. Él suspira profundamente y sumerge la cara entre sus cabellos, mientras desliza despacio una mano buscando su vientre o sus senos.
- ¡Esas tetas son mías! ¡Te voy a matar!
Creí gritar como un loco, pero mi boca abierta no emitió sonido alguno. Me acerco con la idea de clavarle una trompada en la cabeza, pero mi puño no obedece; pesa como si fuera de piedra.
El toque parece gustarle a ella. Acomoda bien su cola contra la entrepierna del tipo y la mano que lo retenía busca la mano que la acaricia. Sus labios dejan salir un gemido de placer mientras gira la cabeza como ofreciéndole la oreja a la boca perdida entre su pelo. Una sonrisa ilumina su rostro…
-¡Qué hermosa que sos! ¿Por qué me hacés esto?
Quiero acariciarla y susurrarle que la amo pero sólo estoy ahí de pié, mirando y sufriendo mientras mis ojos se llenan de lágrimas…
Un sonido extraño a la calma del momento, rompe esa suerte de hechizo. El despertador avisa que es hora de levantarse. ¡Ahora se las verán conmigo! Me muevo para encender la luz.
El tipo que ocupa mi lugar, gira, y extiende su mano en busca del reloj.
-¡Ahora sí te veré la cara, desgraciado! Mi mano se detiene sobre la tecla de la luz.
Ella gime un “¡no… no!” y hunde el rostro en la almohada cubriéndose hasta la cabeza con el acolchado.
Giro en la cama. La mano que acariciaba se estira hasta alcanzar el celular sobre la mesa de luz que no para de sonar. Cancelo la alarma y lo acerco a mi rostro en un vano gesto de comprobar que es hora de levantarse.  Vuelvo a girar hasta quedar apretado contra su cuerpo y mientras la acaricio susurro en su oído: “Amor, voy a preparar el mate...”
De mi libro "Historias cotidianas".     978-987-28908-0-3

martes, 25 de enero de 2011

Un cuento de amor

Agustín se pasea nerviosamente de una esquina a la otra. Su nerviosismo se debe a que es la primera vez en muchos años demasiados talvez- que concurre a una cita romántica. No es un adolescente sino un adulto con unas cuantas cicatrices en su haber y sin embargo se siente inquieto, queriendo vanamente sosegar las palpitaciones de su corazón.
             Mira la hora, compra caramelos, va y viene… Cuando finalmente la ve llegar con una sonrisa capaz de eclipsar la belleza del amanecer, siente que sus rodillas tiemblan, que su voz se estrangula en la garganta. Es que está bellísima, como no se la podía imaginar
            Después de decir las únicas palabras que logró articular: “¡Estás preciosa!”, se sientan a conversar con un café de por medio. Se conocieron circunstancialmente hace apenas seis semanas y es la primera vez desde entonces que se ven; hasta ahora solamente se comunicaron por teléfono.
            Él es por naturaleza sensible e introvertido, pero mirando esos ojos que le robaron el sueño, va directo al grano y con palabras sencillas pero sinceras le dice que la citó para confesarle su amor. La sorpresa se refleja en el rostro de ella y un tenue rubor aflora en sus mejillas. El asombro parece resaltar su belleza y Agustín sonríe disfrutando ese momento, que será inolvidable para él.
            _ ¡Cómo puede ser! ¡Tan así… tan de repente! ¡Apenas nos vimos una vez!
Estas palabras y el timbre vibrante y juvenil de su voz, le dan mayor seguridad a él, que aumenta el desconcierto del rostro amado al decir:
            _ Cuando te vi por primera vez, quedé cautivo de tu mirada. La profundidad de tus ojos negros me invitaba a sumergirme en ellos y despertaron en mí, sentimientos jamás experimentados.
            El tiempo parece transcurrir sin prisa y el diálogo avanza sobre temas íntimos de cada uno de ellos. Como viejos amigos hablan de sus tropiezos, de sus esperanzas, del pasado y del presente. No hacen planes, sino que se cuentan cosas y reflexionan sobre lo que consideran importante. Sus historias son historias de gente común, con alegrías y tristezas, con éxitos y fracasos, con esperanzas y desencuentros…
            En todo momento Agustín la mira fijamente a los ojos, como sorbiendo la vida que de ellos parece brotar Solamente desvía la mirada cuando ella sonríe, porque de esa sonrisa parece nutrirse el sol No puede creer lo que está viviendo, cada gesto de ella le brinda felicidad!
            Cuando cada uno debe volver a sus quehaceres, se despiden con el compromiso de volverse a encontrar y seguir edificando esa relación. La carga emotiva de Agustín como consecuencia de ese encuentro fue de tal magnitud que todo le parecía novedoso y se sintió nuevamente joven y con nuevas ganas de vivir, y de vivir en plenitud. Desconcertante como siempre, esa noche la llamó y le cantó una serenata por teléfono.
            Durante un tiempo Agustín fue un hombre casi desconocido para sus amigos. Derrochaba optimismo, cantaba por la calle, escribía poemas, vivía sonriente; había cambiado su fría racionalidad por un sentimentalismo casi adolescente. A pesar de la amistad de muchos años que nos unía, nunca tomó en serio mis recomendaciones; él estaba convencido de que se había enamorado como nunca antes y que la fuerza y pureza de su amor eran más que suficientes para cambiar las situaciones más adversas.
            A mis argumentos, con una sonrisa bonachona, contestaba invariablemente:
_ Nunca olvides que el Palo Borracho florece en otoño y el Lapacho en invierno!
Pero así como una vez sus caminos se encontraron y continuaron por un tiempo en la misma dirección, bien superpuestos o aparejados, algo sucedió que los separó y cada uno tomó un sentido diferente.
Cierta noche llaman a mi puerta y al abrir me encuentro con mi viejo amigo con barba de varios días, cosa rara en él, desaliñado, con una botella de champán en una mano y una copa en la otra.
            _ Hola, necesito que me ayudes.
            Por su forma de hablar noté que no estaba borracho y eso me tranquilizó un poco.
            _ Por supuesto que si! Pero pasá por favor!
            _ No, no, aquí afuera está bien…
            Sirvió la copa hasta la mitad mientras un par de lágrimas corrían por sus mejillas y yo permanecía mudo en la puerta mirando sin entender lo que estaba sucediendo. Luego alzó la copa al cielo y contemplando la luna en su cuarto menguante dijo con voz entrecortada:
            _ Brindo por ella!!! Por que sea muy feliz!!!
            Mojó apenas sus labios en el líquido burbujeante y dejó caer la copa, que se hizo añicos contra la vereda. Bajó la mirada a los trozos de cristal y murmuró con tristeza:
            _ Así, como esa copa, mi amor se hizo pedazos contra su indiferencia…
            Después me miró, y alargándome la botella me pidió:
            _ ¿Podrías levantar los vidrios por mí?
            No pude articular palabras y asentí con la cabeza, tras lo cual se alejó con paso cansino, las manos en los bolsillos y susurrando una triste canción.
            El tiempo continuó con su inexorable devenir y Agustín siguió adelante con su vida, sin tanta euforia, sin tanto amor, pero con los pies sobre la tierra, y lo que es más importante, sin nuevas amarguras.
            Nunca supe el nombre de la causa de su dolor. Él tampoco lo mencionó, ni antes ni después de lo sucedido. Jamás volvió a hablar de ella, ni a brindar con champán
Es extraño, pero cuando la conoció solía describirla con lujo de detalles, conocía cada peca, cada gesto, cada bucle de su pelo, pero nunca dijo su nombre. Recuerdo que después de su primera cita, al contarme su experiencia, sólo dijo que “para él, ella era el alba de un nuevo día”…

De mi libro "Historias cotidianas"     978-987-28908-0-3