miércoles, 17 de febrero de 2021

Manuel Flores

 

                                                     Manuel Flores va a morir,

eso es moneda corriente;

 morir es una costumbre

que sabe tener la gente.

Y sin embargo me duele

 decirle adiós a la vida,

esa cosa tan de siempre,

 tan dulce y tan conocida.

Jorge Luis Borges

 

     Un atardecer raro de junio, que dé a ratos llovía y de a ratos salía el sol, como andaba falto de inspiración me dirigí al bar de la calle Pavón. Me acomodé en la mesa de siempre y pedí un cortado tal como era mi costumbre. Al mirar al mozo me di cuenta que no era el mismo de siempre. Después que dejó el pedido y se retiró, yo me dediqué a revolver el café preguntándome si volvería a aparecer Ramírez. Después entretuve la espera mirando correr el agua contra los cordones de la vereda mientras intentaba garabatear las líneas de un poema. En eso lo vi llegar, con su paso lento y su funyi gris.

     Entró al bar y sin saludar al mozo vino directamente a mi mesa. Nos estrechamos las manos y se sentó frente a mí, como era su costumbre. Entonces, suponiendo que el mozo nuevo no lo podía ver, levanté la mano y lo llamé. Ambos guardábamos silencio. Él jugueteaba con el sombrero. Cuando llegó el mozo yo tenía el café por la mitad.

     -¿En qué puedo servirlo? -preguntó, mientras Ramírez lo miraba y se sonreía con sorna.

     -Tráigame un café y una ginebra.  -le pedí. Cuando intentó levantar mi cortado le dije:

     -No, no. Déjelo y traiga el nuevo pedido.

     Me miró extrañado, se encogió de hombros y volvió a la barra.

     -Se dio cuenta, ¿no? Hoy solamente usté me puede ver.

     -¿Y eso por qué? -pregunté, a lo que él respondió:

     -Ni la menor idea.

     -Yo tampoco me lo imagino. -dije ocultando el asombro que me provocaba estar hablando con uno de mis personajes como si estuviera vivo.

     -¿Y, sigue ocupado con las letras de su amigo? -preguntó mientras el mozo ponía el café y la ginebra sobre la mesa frente a mí.

     Cuando se retiró, Ramírez acomodó el pocillo y la copa frente a sí y me miró con curiosidad.

     -Sí, sí. Estoy leyendo la milonga de Don Manuel Flores.

     -¡Manuel Flores, qué tipo! ¡Un guapo como pocos!

     -¿También lo conoció? -pregunté ya sin experimentar sorpresa.

     -Sí, don Braulio, lo conocí. Fue en un piringundín de San Telmo. Me dijo que él me podía averiguar algo de Correa. Quedamos en encontrarnos una noche en la calle Defensa en la esquina frente al parque. Al ir llegando, de lejos vi la estampa del guapo recostado a la columna de un farol, con el pucho humeando entre los labios y las manos en los bolsillos. Tranquilo, esperando. Cuando me faltaba media cuadra para llegar hasta él, Manuel se enderezó, tiró el pucho, manoteó el naife y mirando fijamente hacia el parque, le gritó a alguien que yo no alcancé a ver:

     -¡Atrévanse, cobardes! -y en ese momento escuché cuatro disparos. Vi los fogonazos salir de dos armas. Las balas golpearon el pecho de Manuel Flores tirándolo contra el farol.  Yo me largué a correr hacia el parque pegado a la pared mientras Flores doblaba las rodillas y se deslizaba lentamente hasta quedar tendido en la vereda. Cuchillo en mano, desde la esquina traté de ver algo, pero sólo vi oscuridad. Entonces me acerqué al caído. Manuel Flores murió con cuatro tiros en el pecho, los ojos abiertos y la mano agarrotada en el cuchillo. Le cerré los ojos, le acomodé el gacho para que la luz del farol no molestara su alma en la partida y me fui.

     Floreal Ramírez quedó con la mirada perdida en el vacío mientras yo terminaba mi café. Después dejó unas monedas sobre la mesa, se acomodó el funyi y me dijo muy serio:

     -Hasta más ver don Braulio. Esta vez, invito yo, y dejó unas monedas sobre la mesa.

     Guardé las monedas antiguas en un bolsillo, le pagué al mozo con billetes buenos y me retiré del bar.

Braulio Senda

Diálogos del arrabal      ISBN 978 987 46957 4 1     

                           MENCIÓN DE HONOR NARRATIVA 2020-2021 SADE

domingo, 7 de febrero de 2021

Historias con malevos y un zorzal.

SENDA, BRAULIO. DIALOGOS DEL ARRABAL. Lanús Oeste (Bs As) : BRAUSE, 2020, 90 p.

Reseña por Eduardo Cormick

      Braulio Senda, prolífico autor uruguayo aquerenciado en el suburbio sur de Buenos Aires y que presenta documentación a nombre de Jorge Klinger, nos regaló, para terminar el aciago e impredecible 2020, el bello Diálogos de arrabal.

     Profundo conocedor de la tradición poética y musical rioplatense, el autor de Morenos regresa con este libro a un territorio que conoce en profundidad, y que ya había recorrido en Cuentos con historia.

     Es con Floreal Ramírez, uno de los personajes de Cuentos…, con quien Braulio Senda apela al recurso dialógico para contarnos acerca de la vida, y en ocasiones de la violenta y repentina muerte, de algunos malevos, semidioses que pueblan el Olimpo arrabalero rioplatense.

    Malevos el título que encabeza la primera parte del libro, y en ella Senda rescata a Jacinto Chiclana, Manuel Flores o Nicanor Paredes, entronizados por la palabra poética de Jorge Luis Borges o el Malevo de Fierro, a quien recordaba en Valentín Alsina una escultura de José Perera.

     A través de siete relatos, precedidos por un texto “a modo de introducción” y con un epílogo como cierre, Malevos da cuenta de un rescate preciso de los recursos idiomáticos del lunfardo (“de cayetano” por silencioso, “naife” por cuchillo), o las costumbres propias de los primeros años del siglo XX (la indumentaria de Ramírez, su hábito de beber la ginebra de un trago rápido después del café). Todo lo hace sin que resulte sobrecarga ni caricatura.

     Braulio, que es autor, es al tiempo narrador y protagonista de estos diálogos con Floreal Ramírez, con quien lo separa un siglo. Es por ese motivo que, en las ocasiones en las que el malevo paga la cuenta, Braulio se ve obligado a corregir algunos desajustes que ha provocado el paso del tiempo:

     "Después dejó unas monedas sobre la mesa, se acomodó el funyi y me dijo muy serio:
     —Hasta más ver, don Braulio. Esta vez invito yo.
     Guardé las monedas antiguas en un bolsillo, le pagué al mozo con billetes buenos y      me retiré del bar."

     El autor, en su rol de protagonista, se ve en apuros cuando el personaje lo interroga sobre una duda que lo persigue, y nos lo cuenta:

    "—¿Y usté, no averiguó nada ‘e mi muerte? y se dio vuelta para mirarme."

    Imagínense la situación: ¡un personaje de ficción preguntándole a su creador si no sabía    el  porqué de su muerte!"

    Los personajes sobre los que dialogan son parte de la tradición cultural de Buenos Aires, símbolos de la transición que experimentó la sociedad, en la que los gauchos predominantes en los relatos del siglo XIX rural, se acercan e integran al circuito urbano que prevalece en el naciente siglo XX. En ese tránsito del medio rural al urbano llevan con ellos ciertos códigos en los que el uso del cuchillo como arma y la destreza en su manejo son atributos que hablan de su coraje. Es por eso que en un diálogo, Ramírez exclama:

     "—¡No está bien, no señor, que a un malevo lo entierren sin el cuchillo!"

     Pero también la música es parte de su esencia y es la milonga la que los acompaña en ese viaje desde el campo a las orillas de la gran ciudad. No en vano fue esa la métrica y la sonoridad que eligió Jorge Luis Borges para rescatar el nombre de alguno de ellos.

     Estos encuentros entre Braulio y Ramírez, siempre en el bar de Pavón y Galicia, siempre en la misma mesa, continúan hasta que, nos lo cuenta poéticamente el autor

     "Después de ajustarse el pañuelo en el cuello, se alejó caminando despacio, con la mano izquierda en el bolsillo del saco y balanceando apenas la derecha. Comencé a seguirlo y después de caminar dos cuadras su figura comenzó a aclararse más y más con cada paso, hasta que simplemente se esfumó en el aire tardecino de un cálido diciembre."

      La segunda parte está dedicada a los encuentros de Braulio con el Mago, el Morocho del Abasto, el Zorzal Criollo, Carlitos, el Mudo, el Rey del Tango, el Troesma o, como informaba su documento de identidad, Carlos Gardel. En efecto, esta segunda parte se llama Gardel.

      Como en la primera parte, Braulio Senda utiliza el doble recurso de ser narrador y protagonista y de dialogar con su personaje. Pero si con Floreal Ramírez el lugar de encuentro, explícitamente acordado, era el bar de Pavón y Galicia, con Gardel coinciden en una esquina, en una plaza o en un teatro. Se saludan en Chascomús, Gerli, Mercedes, San Miguel del Monte, Chivilcoy, en el barrio de Montserrat en Buenos Aires o al otro lado del Plata, en Montevideo.

     Otra vez Braulio Senda nos lleva, ahora montados en los diálogos con Gardel, a repasar la historia musical de Buenos Aires y el Río de la Plata.

      En uno de los encuentros pregunta al ídolo cómo nació el tango, y surge así una explicación exquisita:

     "Un criollo con la guitarra le dice a un moreno: “Che negro, tocá el tambor”. El morocho va a la pieza y vuelve con el tambor, se sienta, acaricia la lonja con cariño y repite: “Negro, tocá tangó”. Las manos oscuras dejan volar una melodía cadenciosa; el guitarrero comienza a acompañarlo y en una de esas, un tano se suma con su mandolina, un alemán se aparece con un bandoneón y de una zapie de arriba, un judío deja oír su clarinete."

     Hablan de si las chicas de New York eran rubias o teñidas, y de cómo Buenos Aires, ciudad rica en lo musical, puede ofrecer payadores como Ezeiza y Bettinotti a la vez que permite crear un fox-trot o grupos que cultiven el jazz.

     Contra la opinión de que el tango es sinónimo de tristeza, Senda hace decir a Gardel:

     "...El tango es puro sentimiento. Y los sentires a veces suben y otras, bajan."

     En esta parte Braulio Senda incorpora dos elementos novedosos. El primero, Braulio, el personaje, está siempre en compañía de Stella Maris, quien toma fotos, al principio con una cámara pero luego con el teléfono, para registrar las reuniones Gardel-Braulio pero, con prudencia, no interviene en los diálogos. El segundo, esas fotos son parte del libro como paratextos que se incorporan, complementan y dan sentido al relato, en otro hallazgo del autor, como en la primera parte había apelado a los epígrafes con los fragmentos de poemas.

     Para quienes siguen con atención la obra de Braulio Senda, esta obra continúa y confirma su estilo.  Para los que todavía no se asomaron a su producción, no se lo pierdan. Diálogos del Arrabal es un libro para leer y degustar, como quien disfruta de una bella música o un poema contundente.

                                                      Eduardo Cormick. Buenos Aires, enero de 2021.

sábado, 30 de enero de 2021

El mago

 

Una tarde de verano paseando por Chascomús, al cruzar el bulevar Libres del Sur vi un monumento a Gardel. Inmediatamente le pedí a mi compañera que me sacara una foto con él y me puse en pose. De pronto oí una voz que me decía de lo alto: –Oiga, don, ¿sería tan amable de decirme la hora?

¡Con una sorpresa de aquellas levanté la cabeza despacio, despacio y el asombro pintado en el rostro! Allí estaba él, El Mago, con su eterna sonrisa. Pensé que se trataba de algún artilugio que le hubieran puesto a la estatua para reproducir su voz como atracción turística; pero por más que revisé no encontré nada. Entonces él volvió a hablar: –No busque cosas raras y dígame la hora por favor. A quien me plantó acá no se le ocurrió mejor idea que ponerme de espaldas al Reloj de los Italianos, que está en la otra cuadra; si no pasa alguien que me dé bolilla, ¡no sé en qué hora vivo!

Le miré el rostro y sus ojos seguían a los míos, o al menos eso me pareció. Así que arriesgándome a hacer el ridículo miré mi reloj y dije: –Son las cinco menos cuarto.

–¡Las cinco de la tarde! ¡Linda hora para tomarse unos verdes! ¿Toma mate usted? – preguntó.

–A eso iba –respondí.

–¿Y si mañana se viene a las cinco y me convida con unos amargos? Ah, y pídale a su pebeta que se arrime con unos bizcochitos de grasa ¡que me gustan tanto!

Retrocedí un paso, lo miré fijamente mientras pensaba en lo que estaba viviendo. Él, imperturbable como buen bronce. Su sonrisa me parecía más agradable por momentos. Pensé en Borges, a quien no le gustaba Gardel. Medité en lo que estaba viviendo en ese preciso instante: ¡hablando con un monumento! Y a mí me gusta la voz de El Mago. le dije que sí, que mañana vendríamos a tomar mate con él.

–Chas gracias amigo; acá lo espero –respondió risueño.

Al mirar a mi compañera vi que venía feliz mirando las fotos que había sacado.

–¡Saliste muy bien! Te saqué varias para que elijas la que te guste más.

Al verlas me doy cuenta que estoy siempre en la misma posición y que las fotos fueron tomadas desde distintos ángulos. De mis movimientos alrededor del busto o de mi charla con El Mago, ¡ni rastros! Le pregunté si no me había visto moverme y hablar con alguien. Me dijo que no, que solamente me había puesto en pose y muy quietito; ah, en un momento había mirado la hora.

Consulté mi reloj y comprobé que habían pasado apenas 30 segundos de las cinco menos cuarto. Le dirigí una mirada al busto, le hice un guiño y abrazado a mi compañera terminamos de cruzar el bulevar mientras le proponía que al otro día viniésemos a tomar mate con bizcochitos al pie del monumento.

Diálogos del arrabal     ISBN  978-987-46957-4-1     Braulio Senda

Jacinto Chiclana

 

                                 Me acuerdo, fue en Balvanera,
                                    en una noche lejana,
                                    que alguien dejó caer el nombre
                                    de un tal Jacinto Chiclana.
                                    Algo se dijo también
                                    de una esquina y un cuchillo.
                                    Los años no dejan ver
                                    el entrevero y el brillo.

                                                           Jorge Luis Borges

                Desde aquella tarde de mi encuentro con Floreal Ramírez, del que aún no salgo de mi asombro, opté por frecuentar aquel bar al menos una vez al mes y me siento en una mesa junto a la ventana que da a la Avenida Pavón a saborear un café.

Una tardecita fresca de abril en que me encontraba corrigiendo unos manuscritos, lo veo llegar a paso firme, entrar al bar y dirigirse directamente a mi mesa. Nos saludamos con un fuerte apretón de manos. Se sentó, limpió su chambergo, como era su costumbre, lo depositó en la silla contigua y esperó callado la llegada del mozo con el café y la ginebra. Era el mismo guapo del 900 ¡en pleno Siglo XXI!, solamente el mozo y yo lo podíamos ver. Después habló.

–Don Braulio, lo vi un par de veces por acá, pero como no preguntó por mí, colegí que no tenía novedades de Correa.

–Así es Ramírez, ¡cómo si efectivamente se lo hubiese tragado la tierra!

–¿Y qué anda leyendo entre tantos papeles, si se puede saber?

–Estoy leyendo unas milongas que escribió Borges, ¿oyó hablar de él?

–¡Cómo no, si fue vecino de mi amigo Paredes!, escribe lindo, pero eso es apenas la mitad de la historia.

–Y, eso es parte de la literatura, dejar un final abierto para que el lector lo complete.

–Ocurre que a veces es solamente una suposición –afirmó con seguridad después de terminar su café.

–¿De qué o quién está hablando? –pregunté.

–De Jacinto Chiclana, yo le voy a contar lo que pasó aquella noche –dijo y empinó su ginebra. Luego prosiguió:

–Él y yo nos cruzamos en un boliche de Balvanera cuando lo andaba buscando a Correa. Pregunté por el susodicho en voz alta y se hizo el silencio. De una mesa del fondo surgió una voz:

Correa es un amigo de esta casa, ¿quién pregunta por él?

–Soy Floreal Ramírez y Correa tiene una cuenta pendiente conmigo –respondí sin darme vuelta.

Se oyeron unos pasos acercándose lentamente y la misma voz me dijo:

Si le parece bien, yo me ofrezco a pagar la deuda del amigo.

Me di vuelta despacio hasta enfrentarme con los ojos serenos, firmes, de un verdadero guapo. Y como yo andaba rabioso detrás de Correa acepté el convite.  

Salimos, nos paramos bajo la luz de un farol, pelamos los cuchillos y nos trenzamos en una pelea a punta y tajo. Chiclana era guapo, rápido con el fierro y sin temor. No dejó en ningún momento de mirarme a los ojos. Creo que nunca pensó en matarme; sólo quería saldar la deuda del amigo, la pelea siguió sin tregua.

Cada lance me enardecía más y más, pensando en Correa. En un momento le tiré un puntazo fiero; él retrocedió y por esas cosas raras de la vida, tropezó y para recuperar el equilibrio no tuvo más remedio que descuidar la guardia.

Como yo me había tirado a fondo, le enterré el naife hasta el mango en el pecho. De sus labios no surgió ni un quejido; pestañeó soltando el fierro, terminó de caer y continuó mirándome hasta que dejó de resollar.

Después saqué el cuchillo de su pecho, lo limpié con mi pañuelo porque no me atreví a hacerlo en su ropa, le cerré los ojos, levanté su chambergo del suelo y con él tapé la herida. Le devolví el arma a su mano y me fui cabizbajo, lamentando esa muerte. Así fue don Braulio como sucedieron las cosas.

Al tiempo de irse se acomodó el funyi y me dijo:

–Se agradece el convite, hasta la próxima. –Se fue como había llegado, lentamente, en silencio, sin impresionar a nadie más que al mozo y a mí.  

Braulio Senda

Diálogos del arrabal     ISBN  978 987 46957 4 1    

MENCIÓN DE HONOR NARRATIVA 2020-2021 SADE


viernes, 15 de enero de 2021

Diálogos del arrabal.

 Prólogo

       Diálogos del arrabal es un libro que contribuye al enriquecimiento y valoración de una jerga: el lunfardo que ha ido adquiriendo categoría estética en obra de letristas de tangos y en poemas o cuentos de prestigiosos escritores, como Jorge L. Borges, y se ha ido expandiendo fuera de los límites rioplatenses. Su autor, Braulio Senda ha diseñado una estructura bipartita subtitulada Malevos y Gardel. Inicia su escritura con una intertextualización de su anterior libro Cuentos con historia, del que toma un personaje, Floreal Ramírez, que busca a su contrincante, Inocencio Correa, luego de una pelea a cuchillo que no definió al vencedor. Floreal Ramírez, luego de una insólita e insistente llamada telefónica al autor, le propone un encuentro para contarle lo ocurrido con él mismo y con los malevos de su tiempo, algunos de ellos mentados por Borges. En efecto, los epígrafes de Borges dan cuenta de la presencia o desaparición en el tiempo de algunos de estos personajes suburbanos.  Es así como Braulio Senda completa lo acontecido con ellos pero a través de la voz de su interlocutor procedente de un pasado remoto, invisible para todos, menos para el autor. En efecto, a través de una inserción dialogal en la narración y, obviamente, la consecuente intertextualización que los epígrafes señalan, nos enteramos de lo acontecido a Jacinto Chiclana, a Manuel Flores, a Don Nicanor Paredes, al apodado El títere “que hace laburar a mujeres”, al chileno Saverio Suárez a quien “lo cosieron a puñaladas” y al Malevo de Fierro cuya historia tiene un epígrafe de María Luisa Carnelli.

     Hay una breve introducción de Braulio Senda en la que da cuenta de los motivos de la elección de sus personajes: una tácita admiración a la búsqueda de fama y prestigio, el cuidado de una presencia, que luego se describirá en la vestimenta, la capacidad de seducción y habilidad como bailarines o guitarristas.

     El libro incluye el recurso metaficcional de la literatura de hoy. El autor habla de sí mismo y de su proceso de escritura, se incluye como personaje e incluye como personaje testigo a Stella Maris, que va tomando fotos en que no quedan indicios de la interlocución de Braulio con Floreal, pero sí de la simpatía demostrada por Gardel hacia ella, en la segunda parte del libro, bajo el subtítulo Gardel.

     Gardel es el referente de esta parte de la obra de Braulio Senda, el motivo son los lugares en que se exhiben estatuas, el busto, gigantografías, retratos, fotos del cantante, compositor de tangos, cultor del tango canción y el máximo exponente del género musical que tuvo en su voz y su presencia carismática la mayor difusión en el mundo de la canción popular de un momento histórico. Braulio Senda describe esos lugares que son precisamente los que guardan la huella en nuestro país y el Uruguay de El Mago, el Zorzal Criollo, el Mudo, el Morocho del Abasto, el Rey del tango, Carlitos, Troesma, apelativos que el autor aplica a distintos momentos de su encuentro imaginario y supuesto diálogo con su interlocutor que va contando fragmentos de una vida, hasta hoy enigmática, pero que el escritor da a conocer sin entrar en detalles conflictivos para los historiadores. Es así como se explicitan los datos principales de una biografía aceptada aunque no del todo comprobada, razón por la que el escritor apela a estrategias evasivas, como el lugar de nacimiento, los padres y las sucesivas residencias de su personaje. Lo principal es que reivindica el reconocimiento de Gardel en este país, su éxito en Europa y la memoria viva de los barrios porteños y ciudades rioplatenses por donde transitó. Hay una frase indiscutida: “Cada día canta mejor” que el autor destaca en su libro, como del mismo modo, la amistad y el dúo artístico con José Razzano,

     El título del libro se justifica también en esta parte, ya que las pendencias y provocaciones entre malevos diestros en pelear con cuchillos se convirtieron en motivos de sainetes suburbanos y tangos con tipos sociales de los suburbios rioplatenses en la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX. Por otra parte, hay un adecuado manejo del lunfardo, jerga del habla subestándar popular de los criollos descendientes de los gauchos que vivieron en los arrabales convirtiéndose en los “guapos” cuchilleros y en los “compadritos” bailarines de milonga y tango, guitarristas y proxenetas que Borges recuerda en su poema “Los compadritos muertos”.

     Es este un libro que indudablemente, tendrá muy buena recepción por los lectores y que se cierra con un poema del autor.

Lic. Bertha Bilbao Richter

Vicepresidenta del Instituto Literario y Cultural Hispánico (ILCH)

Miembro de Número de la Academia de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina

 ISBN 978-987-46957-4-1

jueves, 3 de diciembre de 2020

El ángel del deseo

 

Serena inmensidad de piel absorben mis pupilas

alumbra una media luz en la tarde temprana

Curvatura perfecta de armónicas posturas

incitan a mis titilantes párpados

Honda

brilla la retina que percibe y aloja imágenes

Una y otra vez la memoria infinita

acumula historia

Vuelo de notas encadenadas

eleva una melodía de Grieg desde el vibrante piano

Yo etérea y liviana transito entre sueños

ese amado universo sonoro

Nace un sosiego de ansiedades

hay calma en el alma inquieta

y mensajes sin palabras dormidas

Hay aroma a incienso y lavanda

transita el ángel del deseo sin mostrar alas

Solo la caricia del aleteo roza la piel

y en el desliz cósmico de nuestro mundo

en cada acorde

habita tu nombre

                                             Stella Maris Zamora

ENCUENTROS DE CAFÉ      ISBN 978-987-28908-6-5

La rueda

 

Soy la rueda derecha de una carreta. Giro por caminos de tierra polvorientos en verano y barrosos en la temporada de lluvias. Mi trabajo consiste en hacer que el carromato se desplace con facilidad. Junto con mi compañera de la izquierda y el eje de dura madera que nos une, cumplimos nuestro cometido y soportamos el peso de toda la carga que en él se transporta. No somos nosotras las que decidimos el camino a recorrer sino el hombre que la guía; nosotras cumplimos sin protestar, giramos en la dirección que el conductor elige, siempre igual, gira que te gira.

      No somos como los humanos pero tenemos también como ellos, algunos sentidos: vemos, oímos y percibimos. No sé cómo funciona pero vemos en forma panorámica, es decir que podemos ver simultáneamente todo lo que está a nuestro alrededor; con el oído sucede lo mismo, percibimos una cacofonía de sonidos pero podemos distinguirlos claramente. También toda nuestra superficie en contacto con el suelo es sensitiva; distinguimos cuando la superficie es blanda o dura, si es rugosa o lisa.

Esta mañana temprano, al volver del mercado, me sucedió algo muy extraño. Pisé una flor tirada en el camino. Literalmente la trituré con mi peso y el de la carreta. La vi cuando me dirigía hacia ella, pero el destino es inexorable, aunque hubiese querido, no hubiera podido evitarlo. Mientras me acercaba, deseando que el carretero cambiara de dirección, pude verla claramente. 

Era un pimpollo rojo, bello, de largo tallo, con sus pétalos a medio abrir. Al pisarla sentí el crujir de su tierna naturaleza y una suerte de estremecimiento recorrió toda mi tosca estructura. Luego vi sus despojos adheridos a la dura piedra del camino, completamente deshecha; sólo una hojita permaneció intacta, separada del tallo, como mudo testigo de que eso, alguna vez fue un ser vivo. Algunos pétalos quedaron pegados a mí pero se fueron desprendiendo en cada giro y contemplé cómo iban quedando atrás siendo arrastrados, ya sin peso, por la brisa matinal en todas direcciones. 

Mas algo de la ella quedó incorporado a mí: su perfume, que le dio un toque de sutil delicadeza a mi madera ya seca y sin su aroma original. La hermosura de la flor dejó en mí un poco de su belleza…

ENCUENTROS DE CAFÉ II    ISBN 978-987-46957-0-3

miércoles, 25 de noviembre de 2020

Río Uruguay

 


Corre tumultuoso en su camino hacia el mar,

besando la ribera de todo el litoral,

entre remolinos,

¡Mi Río Uruguay!

Navegando siempre va el verde camalotal,

lavando sus largas ramas está el saucedal

en tus bravas aguas,

que bajando van.

En el despertar, tus aguas reflejan

todos los colores, cual mágico cristal.

Ríen las naranjas

en el salto, viéndote jugar

y se duerme en tus orillas

la nostalgia del ceibal.

Corre, salta, juega,

nunca dejes de bogar.

Bendice por siempre la tierra

del Charrúa,

¡Mi Río Uruguay!

Encuentros de café         ISBN  978-987-28908-6-5

martes, 6 de octubre de 2020

El acopiador de historias

       Avanzaba el auto por la carretera en dirección sudeste, el sol por detrás disminuía su color naranja rojizo sobre la línea de horizonte. El río Salado manso y casi gris, extendía su cauce entre matorrales que simulaban islotes.

El conductor decidió descansar y entró en una ciudad bonaerense muy antigua y con historia de criollos aguerridos, el cartel de entrada saludaba “Bienvenidos a la ciudad de Lobos”.

Buscó un hotel, se instaló cómodamente y después de un baño reparador salió en busca de algún lugar donde comer. Dejó sus libros en el bolso de viaje y en su morral solo llevó el tradicional cuaderno Gloria y la birome azul, era un acopiador de historias cotidianas.

Caminó lento al tiempo que observaba la edificación, algunas casas modernas, otras conservando un estilo más antiguo, todas bajas, le agradó no toparse con edificios altos como en la ciudad de Buenos Aires.

Ahí se respiraba bien el aire puro, limpio de estruendos y ruidos ciudadanos. Pronto sufrió una leve desilusión al enfrentarse con un resto-bar, más adelante con un snack-bar y frente a la plaza con un edificio de cinco pisos. Entonces cambió de rumbo y preguntó dónde se ubicaba la zona más antigua de la ciudad:

-¿Ve ese semáforo? -le indicó el kiosquero de la esquina- doble a la derecha, camine tres cuadras y cruce la calle justo frente a una rotondita, siga un poco más, dos cuadras más o menos y doble a la izquierda, ahí va a encontrar un boliche, de los de antes, no se va a arrepentir mi amigo.

Saludó el cansado conductor y sonrió por la forma de orientar que tienen los pueblerinos, porque al fin y al cabo más que ciudad estaba caminando por calles de un pueblo de campo.

Llegó al citado lugar después de preguntar a otro vecino quien le indicó otro camino para llegar al famoso Boliche del Recuerdo.

Fachada antigua, ladrillos a la vista, puertas y ventanas de madera bien lijada y al natural, postes con argollas de hierro sobre el cordón de la vereda para los otrora caballos de la paisanada.

Sonrió otra vez y fue muy entusiasmado directo al mostrador, un ancho y largo mostrador que lucía sus años de uso, marcas de cigarros consumidos sobre la madera, algunos nombres tallados a cuchillo, marcas varias y agujeros tapados con masilla. Todo era de época, sillas, mesas, cuadros, adornos. Sacó fotos con su celular al tiempo que el dueño le preguntaba:

-Hola, qué tal, ¿querés tomar algo?

-Sí, sí, hola, buenas noches, ¿que hay para comer?

Y le mostró una carta más que suculenta con especialidades de la casa.

Eligió la mesa más cercana a la ventana y pidió una picada de campo. No pudo con su genio y pronto entabló conversación con el dueño; así se enteró que ese boliche había sido del abuelo paterno del muchacho, en los años de 1900 era un almacén de ramos generales, pero mucho antes su bisabuelo Ramón Montes era quien había levantado esa casona donde atendía su boliche para copas y descanso de los viajeros, una posta como se llamaba en tiempos idos, aunque muchas veces funcionaba como casa de encuentros íntimos.

Ahora que están de moda los almacenes de campo reciclados en boliches tipo resto-bar, el muchacho al recibirlo en herencia lo acondicionó y hoy es el más visitado por vecinos y turistas.

La conversación se fue extendiendo y el cansado conductor ya había superado el dolor de cintura por manejar tantos kilómetros en ruta, disfrutaba cada minuto en aquel espacio lejano en el tiempo y tan cercano a sus inquietudes.

Volaba su imaginación en el tradicional boliche lobense, cada rincón al que llegaban sus pupilas era motivo de ensueño, de pronto escuchó galope de caballos seguidos de un grito de alarma y se abrió la puerta de un saque a la vez que un gaucho se abalanzaba sobre el mostrador casi sin aliento, el bolichero, de bigotes abundantes, boina negra y camisa remangada hasta el codo, lo saludó algo desconfiado:

-Buenas y santas Moreira, ¿le sirvo una ginebra?

-Nada de eso don Ramón, déjeme pasar pal fondo que me viene persiguiendo la milicada pa achurarme -ahí nomás saltó el mostrador y huyó hacia el patio de atrás.

El bolichero quedó con la botella de ginebra en una mano y un vaso en la otra mientras una media docena de milicos también saltaban el mostrador rumbo al fondo.

Tiros de revolver, de fusil, forcejeos y un grito desgarrador rompió el silencio nocturnal.

La noche temprana fue testigo de un bayonetazo que Moreira recibió en sus riñones y la tapia se cubrió de sangre mientras la tierra apenas fría y húmeda, recibía el cuerpo del perseguido que en una demostración más de su guapeza, intentaba defenderse sin éxito con su facón.

El murmullo de los parroquianos que rodeaban el boliche para chusmear obnubiló al ocasional turista, ahora su gesto era serio, dubitativo y pensante.

-Y ¿qué tal la picada, le traigo algo más? -le preguntó el joven dueño.

-No gracias, está bien así.

Terminó de comer hasta el último trozo de salame y queso, después de pagar yendo al inmenso mostrador de rústica madera, lo acarició tiernamente y emprendió el regreso al hotel, pero antes de retirarse largó una mirada obsesionada hacia la puerta trasera, seguía intrigado.

Al llegar sacó del morral su cuaderno de anotaciones y empezó a escribir esta historia con muchos más detalles, le quedaban datos por averiguar sobre la localidad de Lobos en la provincia de Buenos Aires. Por la mañana retomaría su viaje de investigación sobre la historia de hombres que marcaron una época en nuestro país.

                                                         Stella Maris Zamora

Encuentros de café II       ISBN 978-987-46957-0-3

domingo, 20 de septiembre de 2020

Reseña: Los siete locos.

 Arlt, Roberto. Los siete locos. Buenos Aires, 1929.

Reseña breve por Jorge Klinger.

Escrita en 1929, ésta es una novela urbana en la que concurren el policial, la historia, la psicología y la ciencia ficción. El narrador es del tipo omnipresente y habla en tercera persona.

La obra consta de dos historias que terminan entrelazándose. La primera es la del personaje principal, Erdosain, quien estafó a su empleador y sale en busca de dinero para reponer y no terminar en prisión. En este rastreo se va relacionando con otros personajes, tan “fronterizos” como él, hasta formar una sociedad secreta al estilo de la “Orden del Gran Sello” estadounidense y contemporánea de la novela; he aquí la verosimilitud.

Como discurso narrativo, Arlt utiliza la heteroglosia de porteños de las clases sociales más bajas, quienes arman una suerte de comunidad secreta para socavar las bases del mundo que los tiene relegados a una vida miserable, para intentar crear un nuevo estado de cosas al mejor estilo de la masonería, pero recurriendo a las mismas artimañas de la sociedad oligarca y corrupta que pretenden cambiar.

Con esta obra, el autor cuestiona y critica a los dueños de la Argentina de su época a través de personajes sin rostros, ya que no describe sus características y en un caso no le da siquiera un nombre, designándolo simplemente como el Astrólogo. Todos ellos se debaten en la oscuridad de la angustia, el odio, el suicidio, etc., producto de la falta de esperanza, legado de la primera guerra mundial.

Llena de monólogos interiores y reflexiones de todo tipo donde se cuestiona el alienamiento absoluto de la sociedad, el capitalismo como invención malvada, así como la fría rigidez de la tecnología.

  La acción dura setenta y dos horas; los personajes recorren diferentes lugares de la ciudad combinándose en todo momento la realidad y la imaginación, con un lenguaje muy abundante y pleno de descripciones, reproduciendo la Argentina de los inmigrantes, que arribaron a una sociedad desigual y opresora, llegando a configurar una clase obrera industrial empobrecida.

Las introspecciones del relato ocupan algo así como las dos terceras partes de la novela, poniendo de manifiesto las contradicciones y conflictos de cada uno, muy contemporáneos por otra parte. 

Como gran contraste con la opulencia de la sociedad que no les permite integrarse, se debaten entre la aspiración de ser mejores y la imposibilidad de serlo.

En la novela no hay momentos de felicidad tales como casamientos, bailes o amor, ni siquiera sexo, como corroborando el pensamiento de Dostoievski de que “cada hombre lleva en su interior un verdugo de sí mismo”.